Tailandia (Día 6). Montañas de Chiang Mai.

ÍNDICE VIAJE

FICHA

FICHA

DÍA 1Llegada a Bangkok.
DÍA 2Templos de Bangkok.
DÍA 3Wat Pho. Gran Palacio. Chinatown.
DÍA 4Ayutthaya.
DÍA 5Chiang Mai. Doi Suthep.
DÍA 6Montañas de Chiang Mai.
DÍA 7Chiang Mai.
DÍA 8Hacia Koh Samui.
DÍA 9Lamai. Chaweng.
DÍA 10Chaweng.
DÍA 11Koh Samui. Hacia Bangkok. Mercado de Patpong.
DÍA 12Parque Lumphini.

RESUMEN DEL DÍA

LO MEJORLO PEOR
La excursión supone una actividad diferente...… pero es una turistada totalmente preparada.
Tiempo después de este viaje se puso en conocimiento del mundo el trato que se dispensa a los elefantes. Si volviera, no repetiría.

DIARIO

La teníamos reservada para este día desde que organizamos el viaje en casa pero decidimos contratarla en la misma Chiang Mai esperando encontrar mejores precios. Ciertamente los hay, pero por no preguntar y comparar precios en las docenas de oficinas de turismo de la calle principal de la ciudad, la reservamos en el hotel pagando más.

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Por la mañana nos pasa a recoger el Songthaew que nos llevará a la oficina de turismo que organiza la excursión y donde otro Songthaew nos llevará a nuestro destino. La primera parada tras una hora de trayecto es la granja de las orquídeas. Sinceramente, no vale mucho la pena: nos dan literalmente 5 minutos para visitarla, y tristemente esos 5 minutos dan de sobras para curiosear los apenas 60 metros cuadrados que tienen las instalaciones.

Tras otra hora de trayecto y varios minutos adentrándonos en las montañas por un camino de mala muerte llegamos a nuestro siguiente destino: descenso de río con una balsa. Esperamos allí con nuestro guía pero no aparece nadie. Resulta que ha habido un fallo de planificación y hasta una hora después no empezaremos a ponernos el casco y el chaleco para subirnos a la balsa. Después de las primeras decepciones, por suerte, a partir de ahora empieza propiamente lo que esperábamos de la excursión. Ahora sí que nos lo pasaremos bien.

El descenso del río apenas tiene un par o tres de momentos de ajetreo pero para mi, que nunca había realizado una actividad así, son divertidísimos, más cuando voy en la parte delantera del bote junto a un italiano, tragando agua a tutiplén y siendo los encargados de remar y virar cuando el instructor situado en la parte posterior nos lo dice. Obviamente los dos vamos perdidísimos y aunque nos creemos que somos los amos de la embarcación, el que está llevando realmente el control es el monitor. Pero yo me lo estoy pasando bien. Tras un salto de agua  escucho un grito, me giro y veo a una de las extranjeras que venía con nosotros en el agua, cogida a una roca: se ha caído. ¿Cómo se ha caído? Si no era un salto importante y el monitor ha avisado a tiempo de que nos agacháramos y nos cogiéramos a las cuerdas de la embarcación. A lo largo del día me daré cuenta de lo torpe que es la pobre chica. El monitor vira la embarcación hacia la orilla, nos pide que agarremos una rama de un árbol y que no nos vayamos de allí y da un vociferio, momento en el que aparecen un montón de niños tailandeses para rescatar a la chica. En apenas 10 segundos la tienen fuera del agua y poco después vuelve a la embarcación con su novio, el cual ni se ha inmutado en ningún momento. Reanudamos la marcha.

En los momentos tranquilos del descenso, en los que oteo el paisaje que me rodea, selva y más selva, ramas de árboles que caen sobre el agua del río y pequeñas casetas de madera oscura, me doy cuenta de que aquello me resulta familiar: ahora caigo, soy un marine estadounidense bajando un río en plena selva de Vietnam y en cualquier momento van a bajar corriendo a la orilla miles de amarillos, de putos vietcong, con sus AK47 a coserme a balazos. Hago la broma a mi compañero italiano, a su novia y a Marta unas 64 veces para asegurarme que lo han cogido y les hace gracia.

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Llegamos a un punto en el que varios thais en la orilla nos piden que bajemos de la balsa para subir a la balsa de cañas de bambú. ¿Qué balsa? Nos señalan la orilla pero no logro ver nada. Nuestra balsa del descenso se acerca y nos dicen que saltemos y nos subamos a la balsa de bambú imaginaria. No entiendo nada. Saltamos y dos palmos debajo del agua noto la forma circular de los muchos troncos de bambú unidos. Nos subimos pero apenas logramos mantener el equilibrio las seis personas que íbamos en nuestro bote y los otros seis que acaban de llegar en el bote que iba detrás nuestro. Nos dicen que nos sentemos. ¿Sentarnos? ¿Dónde? ¿En el agua? Me agacho y pongo mi trasero en el agua hasta que toca la balsa. Choff, tengo mis partes nobles metidas en un agua turbia de color marrón. Hacen todos lo mismo. Supongo que ahora harán algo para que la balsa salga a la superficie y podamos seguir descendiendo el río. Pues no. Sueltan la balsa, que sigue dos palmos bajo la superficie, y nos dejan a la deriva descendiendo el río por el efecto de la corriente.

Me imaginaba yendo en una balsa de cañas de bambú sentado a ras del agua, con un balsero de pié remando con quietud, mientras me veo deslizar con mucha suavidad, como si se parara el tiempo, entre una densa selva de un saturado color verde, con el tenue sonido del agua y de exóticos pajaritos apenas acompañando muy de fondo el silencio que monopoliza el ambiente, y llevándome así este conjunto de sensaciones a abstraerme del mundo terrenal y alcanzar la paz interior. No. En vez de eso me veo junto a otras once personas haciendo el ridículo, con el cuerpo metido en agua embarrada hasta la altura del pecho, sin apenas poder aguantar el equilibrio porque la balsa no para de virar de un lado al otro. Y así 10 largos minutos en los que me empieza a picar todo. En aquel momento me acordé de los padres y madres de todos los tailandeses existentes y aún por existir pero ahora es una de esas situaciones que me hacen soltar una carcajada cuando lo recuerdo.

Por fin llegamos al siguiente punto de reunión en el que vamos a comer. Antes todos mis acompañantes se cambian de ropa, menos un servidor que se ha olvidado la ropa de recambio en el hotel. Bravo por mi, ¿por qué no metes la cabeza en ese agua marrón y acabas con esto?, me pregunto. En el fondo me lo estoy pasando bien, en serio.

La ración es escasa, unos noodles rodeados en una hoja enorme de algún árbol que desconozco y varias ensaladas repartidas por la mesa para compartir. Acabamos de comer, nos subimos al Songthaew y nos llevan a nuestro siguiente actividad: paseo en un elefante.

Llegamos a un campamento base en el que veo están varios elefantes preparados para que nos subamos a una plataforma de madera y así nos podamos montar en ellos. De repente escucho un griterío a mi izquierda, me giro y veo una señora elefanta con un elefantito acercándose decididamente hacia nosotros. El tamaño del elefante impacta. Me siento vulnerable. La señora elefanta se acerca y extiende su trompa en busca de comida. Parece un manso perro que ha venido a saludarnos y, de paso, ver si le cae algo. Me deja muy sorprendido lo sociables y mansos que son estos colosos de cuatro patas.

Llega el momento de subirnos al elefante. Varios compañeros de excursión ya lo han hecho y se les ve subidos de dos en dos en su elefante tan anchos. Parece que es cómodo. Incluso más tarde los guías ayudarán a algún turista a subirse en la misma cabeza del animal. Subimos a nuestro elefante, da sus primeros pasos algo alborotado y se sitúa detrás de otro elefante para empezar el paseo todos en fila india. Arrancan uno a uno todos los elefantes y se confirman nuestras sospechas: nos ha tocado el elefante tarado. Como no podía ser de otra forma. Nos tenemos que coger en la montura porque del traqueteo nos damos golpes con las barras metálicas en la espalda. De repente, el guía de nuestro elefante (cada uno tiene el suyo) se va unos metros adelante para ayudar a que la procesión vaya bien ordenada. Vemos como claramente nuestro elefante, alarmado, hace un sprint en busca de su dueño. Realmente enternecedor aunque mis riñones no piensan igual. Esta será la tónica del paseo: nuestro guía se va hacia adelante y nuestro elefante hará un sprint, nuestro guía se va hacia atrás y nuestro elefante colocará la cabeza ladeada mirando de reojo que no se vaya muy lejos, especulando con tomar dirección al precipicio.

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Nos lo pasamos pipa. La experiencia de montar en un elefante, más si te gustan los animales, es una pasada. Es gigante, sientes el suelo abajo, muy abajo. Luego allá donde miramos ves vegetación y más vegetación. El paseo se nos hace muy corto, entre que te acostumbras al traqueteo,  la curiosidad por tocar la piel dura del animal, el bocado que un insecto me da (que no picotazo, ese bicho directamente me ha mordido) y las vistas te entretienes de tal manera que cuando te das cuenta has llegado a tu lugar de destino. No quiero bajar.

Los guías nos dan bolsas de plátanos (previo pago de una cantidad irrisoria) y damos de comer a todos los elefantes que se acercan a nosotros. Estoy rodeado de bestias de 4 o 5 toneladas cada uno y en ningún momento me abandona la sensación de cuan vulnerable es el ser humano ante las fuerzas de la naturaleza. Y un elefante es una de ellas, sin duda. Son tan sociales y con movimientos tan parsimoniosos que la sensación no va más allá.

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Siguiente actividad: trekking por la selva. El trekking realmente no es más que un paseo por un camino rural de la zona. No me quejo, siento el cuerpo agotado y tampoco estoy para caminar 3 horas seguidas por mucho que me guste el senderismo. El recorrido es ida y vuelta a una pequeña cascada, la cascada Mae Wang. Son 20-30 minutos la ida, otros 20-30 la vuelta y otros 20-30 sentados enfrente de la cascada de auténtico relax.

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Es hora de marcharnos. Estoy satisfecho de como ha ido la jornada, a pesar de que la excursión empezó de aquella manera. Nos subimos en los songthaew y empezamos a serpentear por los caminos rurales entre montañas.

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Llega un momento que paramos, el guía se baja y nos dice que iremos a ver a la etnia Akha, que no estaba incluido en la excursión pero que nos pasaremos 5 minutos para verlos. Nos desviamos por otro camino y pocos minutos después llegamos al poblado. Está claro que las visitas a las etnias del norte de Tailandia están muy montadas tal y como se puede leer en cientos de blogs y páginas web. Te suelen llevar a un sitio donde tienen cuatro cabañas montadas, ahí no residen, hay un par de mujeres de la etnia ataviadas con piezas de ropa y bisuterías que seguro que en su día a día no se ponen, e intentan venderte todo lo que pueden. Pero nuestra visita ha sido espontánea, además hoy es festivo para la gente de la etnia, y al llegar al poblado apenas nos reciben un par de mujeres que vigilan a varios críos que juegan en un columpio de mucha altura hecho con árboles talados, no nos intentan vender nada y así pasamos 10-15 minutos ojeando el poblado y viendo a los chiquillos jugar. Incluso un par de nuestro grupo se unen a ellos y se suben al columpio. La visita se torna el colofón de la excursión.

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Nos volvemos a subir a nuestro vehículo y vuelta a Chiang Mai. Se nos haría muy pesado si no fuera porque estamos agotados y caemos en un profundo y breve sueño.

Hemos llegado a Chiang Mai. Hoy cenamos en el hotel. Comemos de lujo.

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