Tailandia (Día 3). Wat Pho. Gran Palacio. Chinatown.

ÍNDICE VIAJE

FICHA

FICHA

DÍA 1Llegada a Bangkok.
DÍA 2Templos de Bangkok.
DÍA 3Wat Pho. Gran Palacio. Chinatown.
DÍA 4Ayutthaya.
DÍA 5Chiang Mai. Doi Suthep.
DÍA 6Montañas de Chiang Mai.
DÍA 7Chiang Mai.
DÍA 8Hacia Koh Samui.
DÍA 9Lamai. Chaweng.
DÍA 10Chaweng.
DÍA 11Koh Samui. Hacia Bangkok. Mercado de Patpong.
DÍA 12Parque Lumphini.

RESUMEN DEL DÍA

LO MEJORLO PEOR
What Pho, Gran Palacio y pasear por todos los jardines, salas y templos de ambos.El gentío y las colas de ambos templos. Visitarlos a primera hora o a última, quizá es una mejor opción.

DIARIO

Segundo y último día en Bangkok, sin contar el último día y medio del viaje en el que volveremos a la capital para hacer cuatro compras que nos dejamos para el final. Después de visitar los cuatro templos dispersos por Bangkok que nos parecieron más interesantes el plan de hoy consiste en visitar el Wat Pho y el Gran Palacio para después por la tarde visitar el barrio chino y cenar allí con unos amigos que casualmente están también de vacaciones en Tailandia.

Nos levantamos pronto y tras el café con leche obligatorio nos vamos a la parada de los barcos-taxis (klongs) que tenemos más cerca de nuestro hotel. Al llegar allí nos damos cuenta de que por esa parada apenas paran klongs. Un hombre nos ofrece llamar a uno privado para darnos una vuelta a nosotros y a cuatro chicas españolas que nos encontramos allí pero no tenemos tiempo y el precio que ofrecen, que ahora no recuerdo, nos parece excesivo. Ellas tampoco aceptan.

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Total, volvemos a la vía principal a la que desembocan los callejones en los que se encuentra nuestro hotel y cogemos un tuktuk con destino Wat Pho. Tras pagar la entrada correspondiente entramos en el recinto en el que se encuentra el enorme buda. Es impresionante. Me muevo arriba y abajo intentando encontrar una perspectiva desde donde poder captar con mi cámara la inmensidad que tengo frente a mi pero me acabo dando cuenta de que es imposible. El impresionante Buda reclinado mide 46m de longitud y 15m de altura. Representa su paso al nirvana, es decir, la muerte de Buda. Está construido de ladrillo y recubierto de escayola y pan de oro. Los pies tienen incrustaciones de madreperla que ilustran 108 características de Buda.

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Tras hacernos las muchas fotos de rigor salimos a los patios. Dan la talla del gran Buda que acabamos de ver. Jardines perfectamente cuidados, murallas y chedis muy curiosas abruman a donde quiera que pongas la vista. Hay además varios santuarios con imágenes y budas, otras instalaciones monásticas, una escuela de masaje y los restos de Rama I (1737-1809) que descansan en el complejo. El nivel de detalle de la arquitectura impresiona.

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Seguidamente nos dirigimos al Gran Palacio. Por desgracia las entradas que se encuentran más próximas al Wat Pho sólo tienen acceso personas autorizadas por lo que hacemos la pateada del día hasta la entrada correspondiente. Antes damos una vuelta por las calles colindantes que a su vez desembocan en el río, con sus puestos de comida y paradas en las que venden absolutamente de todo para acabar tomando un café a pié del río Chao Praya con el Wat Arun de fondo.

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Decidimos no cruzar el río para ir a visitarlo porque tampoco vamos demasiado bien de tiempo y desde el otro lado se aprecia muy bien el magnífico Wat Arun con su aire miliciano. La historia cuenta que tras la caída de Ayutthaya, el rey Taksin tomó posesión de su cargo con toda la pompa en el emplazamiento de un santuario local donde establecería después un palacio real y un templo para proteger al Buda esmeralda. El templo fue rebautizado con el nombre del dios hinduísta del amanecer Aruna en honor a la fundación de la nueva Ayutthaya. Después, cuando la capital y el Buda Esmeralda se trasladaron a Bangkok, ya en tiempos de la dinastía Rama, el Wat Arun recibió la prang de estilo jemer de 82m de altura. Su construcción comenzó durante el reinado de Rama II, a principios del s.XIX, y finalizó con Rama III.

Sus mosaicos están hechos con pequeños trozos de porcelana china de las toneladas hechas añicos que desechaban los barcos chinos al llegar al puerto de Bangkok. En su interior guarda un Buda que la historia dice que diseñó el mismo Rama II.

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Nos dirigimos al Gran Palacio, complejo construido en 1782, el primer año de la capitalidad de Bangkok y hoy el gran reclamo turístico de la ciudad. Para entrar hay que ir estrictamente tapado: hombros, piernas, etc. Hasta ahora con un pareo en la mochila habíamos salvado todas las situaciones pero aquí son muy exigentes y nos dicen que con el pareo no entramos. Hacemos una cola de órdago para que nos den ropa. Nos vestimos con unas prendas aún húmedas del sudor del anterior turista y con las que además parecemos payasos.

El lugar está atestado de gente. Es el gran reclamo turístico de Bangkok y hay cientos y cientos de personas paseando por los diferentes recintos que componen el Gran Palacio. Se nota que estamos en un lugar importante, aunque sea por el pelotón de infantería que se encuentra firme en un barracón nada más entrar. Primero vamos al Wat Phra Kaew. Impresiona. El detalle de las columnas hace un efecto óptimo curioso. Realmente el sitio transmite poder, el templo está tan perfectamente detallado hasta el último milímetro que se nota que fue la antigua residencia real tailandesa. Es enorme pero apenas puedes verlo a 20-25 metros de distancia por mucho que lo vayas rodeando. Una lástima porque visto de lejos seguro que será más impresionante aún.

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El recinto además se encuentra lleno de pequeñas figuras, chedis, multitud de salas con toda su ornamentación y en una de ellas el Buda esmeralda, situado en un altar elevado que siempre va ataviada con vestimentas reales, una para cada estación (calurosa, fría y lluviosa)… todo son detalles, allá donde mires hay más y más detalles que harían inacabable la visita. Da la sensación de que todo está amontonado, sobrecargado, que hay mucha gente o ambas cosas a la vez.

Vamos a los aseos y desde ahí vemos una estampa de las murallas muy bonita, con un montón de chedis alineadas perfectamente una al lado de la otra. Transmite equilibrio.

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Después visitamos el Chakri Mahaprasad Hall. No nos gusta demasiado aunque es un señor edificio, pero esa mezcla de arquitectura del Renacimiento italiano y tailandesa no nos casa muy bien. Cuestión de gustos. El edificio fue diseñado en 1882 por británicos.

Volvemos al hotel para ducharnos y ponernos algo más decentes para cenar con nuestros amigos en China Town. En el camino de vuelta al hotel cae el primer chaparrón del viaje. Llega de repente, suelta agua hasta lo que no está escrito y cuando se va lo hace en un momento dejando el cielo completamente despejado. Acabo de conocer a mi primer lluvía monzónica.

Nuestro siguiente destino es Chinatown. El barrio en sí no tiene grandes templos, sino una intrincada red de callejuelas, bulliciosos e infinitos mercados y puestos callejeros y enormes letreros iluminados. Perderse por el barrio, nada aburguesado, es toda una experiencia. Chinatown se remonta a 1782 cuando los chinos de Bangkok, muchos de ellos mano de obra contratada para levantar la nueva capital, fueron trasladados aquí por imperativo real.

Cogemos un taxi para ir a Chinatown porque en tuktuk podemos acabar empapados. El hombre habla sólo, dice continuamente “number one, i’m number one”, “schumacher? no, i’m number one” mientras serpentea ligero por las calles de Bangkok. Se llega a poner en contradirección mientras dice al mundo (a su mundo, al que habita en su cabeza) que es el “number one”. Finalmente llegamos a China Town, el hombre nos deja donde le pedimos y se despide agradablemente. Menudo personaje.

Paseamos por la calle principal de China Town. El suelo está mojado y al caminar salpica agua sobre mis pantalones piratas. No habría problema si no fuera porque de la cantidad de suciedad quede la polución cae con la lluvia y la que hay en las calles de Bangkok el agua está manchando mis pantalones blancos es negra como el carbón. Al llegar a casa ni el detergente, ni la lejía ni un jabón fabricado artesanalmente serán capaces de eliminar la suciedad de Bangkok de mis pantalones.

Como venía diciendo, nos damos una vuelta por la calle principal. Llama la atención la típica estampa de letreros y más letreros iluminados en letras chinas sobre el ya oscuro cielo. Hay mucho tráfico, peatones, muchos restaurantes, puestos de comida y un mercado plagado de gente. Parece un barrio concurrido, tanto por chinos como por tailandeses y extranjeros.

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Tras subir y bajar la calle damos con el hotel en el que se encuentran nuestros amigos y subimos a saludarlos. Cenamos en un puesto con mesas y sillas en la misma acera y luego nos hacemos un masaje de piernas y pies. Yo no quiero entrar, llevo los pies y las piernas negras de la suciedad del agua de los charcos que me han ido salpicando. Me da mucha vergüenza pero los demás insisten. Le digo mil veces lo siento al lady boy que me tiene que hacer el masaje. Primero trae como a los demás paños calientes pero al ver mis piernas decide traer un cubo a rebosar de agua caliente. Qué vergüenza. No se lo toma a mal, me sonríe y también se ríe con sus compañeros al ver el panorama. Mientras tanto veo otros masajes que hacen al resto de extranjeros que están en el local: a uno le inflan la cara a hostias (literal), a otra no entiendo como no le han partido la columna vertebral en dos y a otro le succionan la carne con unas ventosas. Lo mejor del caso es que todos acaban con una cara que refleja relax. Se les ve contentos. No entiendo nada. Por mi parte, yo ya me he olvidado del momento embarazoso que acabo de pasar: el masaje es una delicia.

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