Suiza y Francia (Día 2). Nîmes. Gruyères. Berna. Langnau.

ÍNDICE VIAJE

FICHAFICHA
DÍA 1Nîmes.
DÍA 2Nîmes. Gruyères. Berna. Langnau.
DÍA 3Langnau. Aareschlucht. Rosenlauischlucht. Interlaken.
DÍA 4Lauterbrunnen.
DÍA 5Interlaken. Aletschgletscher. Zermatt.
DÍA 6Zermatt.
DÍA 7Zermatt.
DÍA 8Zermatt. Chamonix. Annecy.
DÍA 9Annecy.

RESUMEN DEL DÍA

LO MEJORLO PEOR
La presumida Gruyeres.
Lo confiados que son los europeos.

DIARIO

Descansé muy bien en el Fasthotel, aunque durmiéramos pocas horas. Salimos de Caissargues a las 8h y pasada una hora de camino nos paramos en una estación de servicio para desayunar. El resto de camino hasta Suiza transcurrió sin incidencias.

Como era de prever tratándose de un coche español ocupado por cuatro jóvenes, nos detuvieron en la aduana para revisar nuestra documentación. DNI y papeles del coche. El trámite se prolongó más de la cuenta, mientras veíamos pasar por nuestro lado coches y coches sin vigilancia alguna. Al final, tras varias llamadas de la policía aduanera, todo correcto, como era de esperar.

Ya estábamos en Suiza. Dejamos a nuestra derecha Ginebra, Lausanne y el inmenso lago Lemán, un auténtico mar rodeado de montañas. Llegamos a Gruyères cerca de las 14h, con ligero retraso respecto a nuestro horario previsto.

Gruyères es un pequeño y encantador pueblo situado en la falda de una pequeña colina, con maravillosas vistas de las montañas del cantón de Friburgo. De aspecto medieval, pero tan bien conservado que apenas se percibe ese origen, como si se hubiera mimetizado con la modernidad y su entorno.

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Como el hambre empezaba a apremiar nuestro estómago, decidimos comer ahí algo rápido. Fue nuestro primer gasto en Suiza, sin tener en cuenta la vignette, el peaje de pago obligatorio en la aduana para poder circular por Suiza, y la sensación de encontrarnos en un país caro caro fue instantánea desde el primer establecimiento que entramos.

Después de comer y visitar el resto del pueblo, volvimos a la carretera rumbo a Berna, a la que llegamos hacia las 17h. La tranquilidad que se respira por las calles de Berna te hace creer que te encuentras en un pueblo grande, cuando en realidad se trata de toda una capital de estado. Señorial, apacible, elegante y extremadamente limpia, en Berna se respira la esencia del centro de Europa en cada esquina.

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Quizás no se trata de una ciudad para visitar aposta, por lo pequeña que es, pero sí de visita obligatoria en cualquier viaje a Suiza. El casco antiguo se ve en apenas una hora, pero de tan bello y elegante que es daban ganas de recorrerlo una y otra vez. No posee un patrimonio especialmente remarcable, a excepción del Zytglogge, la torre del reloj, en funcionamiento ininterrumpido desde 1530 y con un original mecanismo para marcar las horas, pero no lo necesita para enamorar a sus turistas. Toda ella en su conjunto conforma un patrimonio en la que el todo es más que la suma de sus partes.

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Con sus fuentes, sus calles empedradas recorridas por tranvías y llenas de arcadas, el Bärengraben (foso de los osos, símbolo de la ciudad), los senderos a la orilla del río Aar… hay más que suficiente para caer rendidos al encanto de Berna.

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Con Berna finiquitada (a excepción del museo Einstein, que no dio tiempo de visitarlo), cenamos en un McDonalds por un riñón y medio y nos pusimos en marcha de nuevo, rumbo a Langnau, en la región de Emmental, donde íbamos a dormir. El trayecto hasta ahí es uno de los más bellos que he tenido el placer de conducir. La carretera transcurre entre prados y colinas verdes, de forma tan perfectamente redondeada que parecen esculpidas por una mano humana, como si de un decorado se tratara.

Una vez en Langnau, el GPS no encontraba nuestro albergue y nos vimos perdidos varias veces buscándolo. Dimos vueltas y vueltas al pueblo en busca de la calle adecuada, hasta que un suizo, viéndonos en apuros consultando el mapa boca arriba, boca abajo, de lado, de canto, a contraluz y haciendo el pino, se prestó a ayudarnos. Con su coche, nos hizo de guía y en apenas 2 minutos ya estábamos en el albergue. Fue un auténtico detalle, el principio de lo que iba a ser una semana conviviendo en una sociedad educada, amable y cívica hasta el infinito.

Una vez en el albergue, nos encontramos con que no había nadie en recepción, ni tampoco nos habían dejado ninguna nota con el número de nuestra habitación, tal y como habíamos acordado. La noche era oscura y daba la sensación de estar abandonado, parecía la escena de una película. Investigamos por dentro del albergue, ya que no había ni un solo cerrojo que nos lo impidiera, y encontramos una habitación semiabierta con cuatro camas. Fuera o no la nuestra, la conquistamos sin dudarlo un instante.

Cuando uno viene de un país en el que se premia el engaño y la pillería como España, cuesta entender que hubieran confiado en dejarnos una habitación abierta esperando a que pagáramos la mañana siguiente. Daban ganas de recomendarles que no sean tan confiados, que así como con nosotros no iban a tener ningún disgusto, no podíamos asegurar que fuera así con todos los turistas.

Así, sin haber hecho Check-In alguno, nos fuimos a dormir tras un primer día de viaje de lo más satisfactorio. La sensación de encontrarnos en un país sensacional nos emocionaba y era el tema de todas nuestras conversaciones, y no podíamos evitar las odiosas comparaciones con España.

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