Marruecos (Día 7). Medina de Fez.

ÍNDICE VIAJE

FICHAFICHA
DÍA 1 DÍA 1: Medina de Marrakech.
DÍA 2 DÍA 2: Medina de Marrakech.
DÍA 3 DÍA 3: Essaouira.
DÍA 4 DÍA 4: Essaouira.
DÍA 5 DÍA 5: Hacia el desierto de Zagora. Ait Ben Haddou.
DÍA 6 DÍA 6: Hacia Marrakech. Ouarzazate.
DÍA 7 DÍA 7: Medina de Fez.
DÍA 8 y DÍA 9 DÍA 8 y DÍA 9: Medina de Fez.

RESUMEN DEL DÍA

LO MEJORLO PEOR
Reservar alojamiento en la zona más desamparada de Fez (zona este de la Medina) casi nos cuesta huir de la ciudad a las primeras de cambio. Infame.

DIARIO

Cansados por el madrugón y por la paliza del día de ayer, tras unos minutos de aposentamiento en el tren cerramos los ojos para intentar dormir. Apenas pasan unos segundos cuando la voz de una chica árabe con la que compartimos cabina se mete en nuestras cabezas de forma estridente. Acompañada por dos chicos árabes de más o menos nuestra edad, no les habla, les grita. Y además no calla ni un instante. Parece que le va la vida en ello. Carlo la mira mal, pero es como si no fuera con ella. No podemos descansar ni un minuto. Al final optamos por pasearnos por el tren: nos vamos a comprar una bebida, a hacer un cigarrillo o sencillamente a chafardear. Unas tres horas de trayecto después la chica y uno de los chicos bajan del tren. Por fin, aunque ya es tarde, ya no tenemos sueño. Sacamos una baraja de cartas para jugar y  ofrecemos unirse al chico árabe que se ha quedado solo. Acepta. Acabamos pasando todo el viaje jugando a juegos que él nos enseña… el “Oh Messieur”, el “Oh Madamme”… no recuerdo cómo se juega a ninguno de ellos, pero sí que nos amenizó muchísimo el viaje.

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Llegamos a la estación de trenes de Fez. A diferencia de Marrakech, donde sus gentes están mucho más preparadas para el turismo, Fez es cerrada, tradicional, introspectiva. Pronto lo veremos. Cogemos sin miramiento alguno un taxi y lo dirigimos hacia el hotel que Jose ha seleccionado de la Lonely Planet. Bueno, bonito y barato, según los comentarios de la guía parece que lo tiene todo. El taxi para en una Bab o puerta de la Medina de Fez. Parece una zona descuidada pero como vamos directos a localizar el hotel no nos fijamos en exceso. Lo localizamos apenas a 30 metros de la puerta, tras la plaza que separa la puerta de los primeros edificios. Entramos a través de una estrecha puerta tras la cual suben unas escaleras. No tiene apariencia alguna de hotel. Arriba hay una amplia habitación con claraboya en el techo, lo que la hace tener mucha iluminación exterior, a la que dan muchas puertas que deben ser las habitaciones. La estancia es cutre como ella sola, parece el fregadero o patio de luces de una casa vieja. Nos recibe un hombre que habla español, nos dice precio y sin pensarlo demasiado aceptamos. Es una pensión cutre y cochambrosa pero nos sentimos tan adaptados al país que no tenemos problema alguno. Ingenuos. Cuando decimos que sí nos pide que esperemos un momento. Una de las habitaciones tiene la puerta abierta y en su interior un par de hombres árabes están sentados en un colchón en el suelo. No sé qué hacen ahí. El hombre que gestiona la pensión los manda salir y sacar de otra habitación otro colchón, que lo llevan a esa primera habitación. Empiezan a mover mobiliario, colocar colchones.. parece ser que esa va a ser nuestra habitación. Sí, la del colchón en el suelo, los hombres extraños, y a la que va a parar un desconocido colchón de otra habitación. Cuando la han preparado nos invitan a pasar. El recibimiento ha sido bastante repulsivo. El hotel y habitación no son menos.

Volvemos a la estancia principal con el ánimo de que no hemos acertado con la riad pero compensado con la ilusión de visitar una nueva ciudad de Marruecos. Hablamos con el casero para que nos recomiende dónde podemos ir a comer. En el ajetreo de la llegada y posterior anonadamiento ante las circunstancias no nos habíamos fijado, pero el hombre es un yonki de la vida. Mientras se fuma un porro del tamaño de Arkansas nos explica su vida hablándonos de forma muy dispersa. Entonces se saca una china de hachís y se la da a Carlo. Carlo le dice que no la quiere pero ante la casi acosadora insistencia del hombre se la guarda. Luego nos insiste en llevarnos al sitio para comer. Le decimos que no pero se empecina en acompañarnos. No nos queda otra, aunque al menos tenemos que asegurarnos de que no nos cobre nada y de que nos lleve a algún lugar barato. Se lo dejamos muy claro y no parece sentarle muy bien.

El hombre se coloca el primero y los tres le seguimos. Lo primero que nos llama la atención es el colocón que lleva encima. Camina a veces recto y otras en diagonal, sin apartarse lo más mínimo cuando se cruza con otras personas. Las calles y casas están destrozadas, no parece muy bonita la ciudad. Pero lo peor está por llegar. Aunque me cohibe el lugar saco la cámara para hacer una foto. Dos hombres me ven y me chillan en árabe a la vez que hacen el amago de venir hacia mi. Salgo corriendo y me pongo a la altura de los demás. Luego, el hombre accede desde la calle a una especie de escalera de caracol subterránea, oscura, estrecha y muy repugnante que conecta con otra calle. Le seguimos. Salimos del agujero oscuro y veo a Carlo que camina delante a pocos metros del árabe. ¿Y Jose? Estaba conmigo. Me giro y tras un segundo le veo salir de la escalera con una yonki casi lamiéndole el cuello. Jose con cara de acojonado me pide ayuda, es una prostituta que le está acosando descaradamente, tocándole la cara como si no hubiera visto un hombre en su vida. Logramos salir del paso, una carrera y nos ponemos a la altura del árabe y Carlo.

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Miro a mi alrededor. Las calles no están asfaltadas, en el suelo hay piedras de todos los tamaños y hay edificios medio abandonados, medio derruidos. Parece una ciudad bombardeada. Al cabo de unos minutos más pasamos al lado de lo que parece un mercadillo. La gente nos mira, como si estuvieran diciéndonos con la mirada que salgamos de allí, que estamos en el lugar equivocado. Seguramente tienen razón, no he visto a un turista por allí. Aquello no es para turistas. A todo esto, el árabe que nos acompaña no se ha girado ni una sola vez, él sigue a lo suyo mientras nosotros intentamos sortear los obstáculos para seguir su ritmo.

Finalmente llegamos a una plaza medianamente decente en la que hay un restaurante con dos amplias salas. Subimos a la planta superior con el árabe y nos enseñan la carta. Nos piden unos precios descabellados. Le decimos que no era lo que habíamos pactado y a regañadientes dice que le sigamos. El tío hace lo que le da la gana y nos está empezando a cansar. Volvemos a vagar por las calles de esa horrible ciudad hasta que llegamos a la plaza que separa la puerta del hotel, ahora atestada de gente, seguramente porque cuando llegamos era la hora punta de la comida. El hombre nos señala el restaurante que para él corresponde con nuestras exigencias: es una barra en medio de la calle, parece la típica nevera-barra con el logo de cocacola, sobre la cual hay un solitario pollo asado. Tras la barra hay una señora de avanzada edad y a la derecha de ésta unas cuantas mesas y sillas destartaladas que hacen de terraza. Todo es muy surrealista. El hombre habla con la señora, seguramente negociando su comisión. Nos sentamos, dejándonos llevar por las circunstancias que escapan a nuestra capacidad de entendimiento.

La amable señora se nos acerca para preguntarnos qué queremos comer. Hay pollo y poco más. Cuando se va nos miramos a los ojos. No sé qué cara debo tener, pero la de Jose se me quedará grabada a fuego. Es una cara entre terror y perplejidad. Nos preguntamos qué hacemos, planteamos muchas opciones: nos vamos a otra ciudad, nos vamos a otro hotel, nos quedamos y tragamos con todo aquello dos días y dos noches más. Nadie quiere quedarse en aquella ciudad. Poco después la mujer vuelve con los platos: pollo asado con patatas fritas. No tiene mal sabor, quizá algo aguado. Carlo y Jose no tienen el mismo estómago que yo y no comen demasiado. Durante la comida nos percatamos de que al lado de la barra hay un cubo con agua turbia y un cazo. Varios transeuntes que pasan por allí se llenan el cazo de agua y se la toman. Me entran ganas de vomitar. Luego un loco, de esos de mirada perdida y alienado completamente, intenta acercarse a nosotros hasta que la señora mayor sale de detrás de la barra y lo espanta con aspavientos. Cuando hemos acabado me pido un café que se parece extrañamente a un café que ha dejado casi sin empezar otro cliente. Todo muy nauseabundo.

Decidimos darle una oportunidad a la ciudad, dirigirnos a los lugares de interés y ver si realmente toda Fez es una ciudad tan fea. Salimos por la Bab o puerta de siempre con la intención de rodear Fez hasta la zona de la ciudad en la que se ubica el Palacio Real y tras caminar unos metros unos chavales jóvenes nos miran con curiosidad. Nadie se percata de ello y como no nos dicen nada no le doy mayor importancia. Seguimos bordeando la ciudad. Vemos en lo alto una fortificación árabe que resulta ser el Borj Nord, un fuerte militar del s.XVI construido para controlar la medina y protegerla de agresiones exteriores y que hoy contiene el Museo de las Armas de Fez. Parece bonito y tiene unas vistas espectaculares pero hay que caminar un buen trecho y tenemos ansias por ver la ciudad y poder afirmar o descartar que  nuestra primera impresión es aplicable a Fez en su totalidad. Minutos después nos vemos bordeando la ciudad por una carretera muy pero que muy feucha. Esto no pinta bien hasta que media hora después nos cruzamos con una bonita Bab. Dudamos si es la entrada principal que andamos buscando pero no es posible, no hay un alma tras ella. Diez minutos más y por fin llegamos a nuestro destino.

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Tras una amplia explanada tenemos frente a nosotros el Palacio Real de Fez y sus grandes porticones, construido en el s.XIV. La arquitectura grandilocuente y el hermetismo del palacio denota aires de importancia, de grandeza. Aquí tampoco se permite entrar, por lo que nos tenemos que conformar con ver las siete impresionantes puertas de diferente tamaño que representan los siete días de la semana y los siete niveles de la monarquía y conducen al palacio Después de hacer las fotos correspondientes vemos que a la derecha del Palacio se adentra en la Medina una amplia calle. Con mucha cautela tomamos esa calle para después girar a la izquierda por otra, sin perder en ningún momento la referencia de cómo volver. Y es que la Medina de Fez se caracteriza por ser un laberinto de más de nueve mil calles, la más grande del mundo. Las calles aquí también son un enorme mercado, aunque aquí no está el sentido consumista de Marrakech, ya que da la sensación de estar lejos de los procesos artesanales de las tiendas, de verlo en tercera persona. Cada tienda merece dedicarle unos minutos, más cuando los vendedores apenas te atosigan como en Marrakech. Perfecto. Cuando empezamos a cogerle el gusto a Fez nos percatamos de que ha anochecido. Volvemos al Palacio Real y caminamos rumbo a la ciudad nueva de Fez.

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Mientras nos tomamos unos deliciosos batidos en una coctelería aparece un chico de nuestra edad ofreciéndonos ir a un local a tomar algo y fumar de una cachimba. Nos planteamos si ir pero el chico no nos da ninguna confianza, está nervioso mientras insiste en que vayamos, mueve repetitivamente el pié o la mano y apenas nos mira a los ojos. Le insistimos en que no queremos ir pero no se va. Nos acaba acompañando todo el tiempo hasta que nos vamos de ahí. Pedimos un taxi que nos lleve a la Bab que da a nuestra horrible pensión. Llegamos y la Bab está atestada de hombres que van de aquí para allá. Las calles no tienen ningún tipo de iluminación, están totalmente oscuras. Nos da desconfianza, así que hacemos un sprint y entramos al hotel. En la estancia principal está el casero. Lo saludamos con la intención de entrar rápidamente a la habitación pero nos para y nos saca un pedrusco de hachís. Mira a Carlo y se lo ofrece a cambio de un precio. Carlo le vuelve a decir que no queremos fumar y entonces el le dice de muy malas maneras que le devuelva la muestra que le había dado al mediodía. Mientras tanto una extraña pareja entra a una habitación apresuradamente. El hombre tiene toda la pinta de ser el cliente de la mujer. Qué horror de pensión.

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