Marruecos (Día 5). Hacia el desierto de Zagora. Ait Ben Haddou.

ÍNDICE VIAJE

FICHAFICHA
DÍA 1 DÍA 1: Medina de Marrakech.
DÍA 2 DÍA 2: Medina de Marrakech.
DÍA 3 DÍA 3: Essaouira.
DÍA 4 DÍA 4: Essaouira.
DÍA 5 DÍA 5: Hacia el desierto de Zagora. Ait Ben Haddou.
DÍA 6 DÍA 6: Hacia Marrakech. Ouarzazate.
DÍA 7 DÍA 7: Medina de Fez.
DÍA 8 y DÍA 9 DÍA 8 y DÍA 9: Medina de Fez.

RESUMEN DEL DÍA

LO MEJORLO PEOR
Recorrer el atlas y los cambios de paisaje de éste...... no recorrerlo a nuestro ritmo, pudiendo parar donde queramos.
Escuchar canciones bereber frente a una hoguera y bajo la luna. Un momento precioso.La turistada del camello. Además, son incomodísimos.
Confirmar que el Desierto de Zagora se queda a la altura del betún en comparación al desierto de Merzouga, el verdadero desierto de Marruecos. Visita que quedará pendiente.

DIARIO

Partimos bien pronto, con toda la ilusión del mundo por ver algo parecido a un desierto, a un desierto de los de verdad. Visitaremos lo que se conoce como el predesierto o desierto de Zagora, que no es tan espectacular como el de Merzouga y sus dunas llamadas Erg Chebbi. No me preocupa, al fin y al cabo Marruecos ya me está pareciendo un país sencillamente espectacular, vistoso, genuino, cargado de mil anécdotas, y un país al que algún día volveré para ver todo lo que me quedará pendiente.

El trayecto es agotador, inaguantable si no fuera por el efecto sedante que produce el embobamiento con el que me quedo mirando las maravillas naturales que se van mostrando a través de la ventana del minibus. Y es que son 10 horas de trayecto (con una parada de 2 horas para comer y visitar el ksar de Ait Ben Haddou), nada más y nada menos que 10 largas horas que te lastran más físicamente que psicológicamente, porque como acabo de decir, en todo momento tu mente está embobada, pendiente de cada nuevo paisaje: oasis de palmeras, nieve, desierto más color marrón camel, más color rojizo, montaña árida o una mezcla de todo a la vez. El Atlas es una auténtica maravilla, un lugar para perderte días y días y descubrir todos los rincones que seguramente esconde.

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La primera hora y media es de ascensión al Atlas que cruza perpendicularmente el país y que tenemos que atravesar para llegar a nuestro destino. La carretera en este primer tramo discurre por una zona más boscosa, parecido a un bosque típicamente mediterráneo con la diferencia de que donde no hay nada se ve una tierra de un color más bien rojizo. Conforme nos acercamos a la cima las montañas son de un contrastado color marrón, están más peladas con apenas unos cuantos matojos y se ven coronadas por una manta de nieve. Sí, en Marruecos también hay nieve. Y aquí es donde el minibús hace su primera parada, en una rudimentaria área de descanso, perdida en la nada, con su bar y sus puestos de artesanías aprovechando el filón de que aquí paran turistas para estirar las piernas y tomar un café. No dejan pasar una.

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Volvemos al minibús. 20 minutos después vuelve a parar para contemplar la grandeza del Atlas. Otra vez hay paradas con artesanía, lo que viene a decirnos que las agencias deben tener algún tipo de comisión con los vendedores si hacen sus paradas donde éstos tienen sus puestecillos. El paisaje aquí ya es de alta montaña, rocoso, desértico, rodeados de picos y con la nieve a nuestra altura. La carretera se la ve cómo sinuosamente serpentea entre las montañas. Da vertigo imaginarse a uno conduciendo por ahí. El paisaje es precioso, bellísimo, y a partir de ahora todas las paradas van a dejarme boquiabierto.

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Una hora y media después hacemos nuestra primera visita propiamente dicha. Delante de nosotros tenemos una de las instantáneas más impresionantes que he tenido el gusto de disfrutar: el Ksar de Ait Ben Haddou, una ciudad fortificada formada por un conjunto de edificios de adobe o barro rodeados por altas murallas y cuyas construcciones más antiguas parece ser que datan del s. XVII. Fue declarada Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO en 1987. Aún hoy miro las fotografías de la ciudad fortificada y me quedo anonadado.

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Nos dan una hora y media para visitarla. Entramos por el lateral izquierdo viendo el ksar desde el frente, y aparte de los cuatro vendedores que deambulan por allí parece que no vive mucha gente. Por lo visto la mayoría de habitantes de la ciudad viven en el nuevo pueblo, al otro lado del río, aunque algunas familias aún tienen su hogar dentro del ksar. Conforme vamos subiendo vemos tanto casas modestas como otras que se asemejan a castillos urbanos con altas torres. Hay espacios comunitarios como mezquitas o madrassas que al menos yo no localizo. Un hombre nos ofrece entrar a su casa por algunos dirhams. Es imprescindible ver una casa de adobe desde dentro, con toda su ornamentación y artilugios tradicionales. Lástima que nadie pueda explicarnos qué son muchos de los chismes que vemos. Salimos de la casa y cruzamos el ksar de izquierda a derecha y damos a parar  al lugar en el que se grabaron algunas escenas de la película de Gladiator, concretamente las primeras arenas en las que Maximo Decimo Meridio empieza a luchar. El lugar es increíble, mágico, singular.

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Nos separamos. Cada uno elige recorrer su propio camino, vivir al máximo, a su aire la experiencia de pasear por el interior de un ksar. Decido subir a la cumbre, al punto más alto. Apenas me cruzo con algunos árabes mientras fijo mi vista en las rampas, escaleras y más escaleras que voy trepando. Desde arriba las vistas del ksar son increíbles, el conjunto parece un grande y detallado castillo de arena construido en la playa. Ahora me tengo que dar prisa, la hora y media ha pasado y hemos quedado abajo para ir a comer a un restaurante de la ciudad nueva.

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Reanudamos la marcha. Tras una hora más de minibus, empiezo a tener agarrotadas las piernas, hacemos una breve parada para ver la una de las muchas gargantas que esconde el Atlas. En un entorno pedregoso pienso sobre lo hermoso que está siendo el cambio de paisajes que apreciamos en cada parada. Otra hora más y nueva parada, esta vez en una solitaria pero flamante gasolinera. En los primeros instantes tengo la mente más pendiente de estirar las piernas, el viaje está siendo ya muy cansado, hasta que advierto que frente a nosotros tenemos el oasis de Skoura, enmarcado al norte por el imponente macizo del M’Goum. Entre el palmeral de más de 700.000 palmeras se divisa una especie de ksar o kasbah de infinito menor tamaño que Ait Ben Haddou, también de adobe o barro, y tal y como pongo mi vista hacia mi derecha veo otro ksar o kasbah, algo mayor. Hay decenas de kasbahs y aldeas en la zona. Es una lástima que no vayamos por libre con nuestro propio auto, dedicaría mucho más tiempo a descubrir los secretos de esta ruta.

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Otra hora más y nueva parada. Desde un espacio que parece habilitado para contemplar el paisaje podemos observar otro oasis, y entre éste y nosotros se extiende otro curioso pueblo de adobe. Justo en ese momento dos árabes, uno subido en burro y el otro a pie, entran a ritmo pausado en el pueblecito como si todo lo que pasa fuera de allí sea propio de otro universo.

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Llegamos a Zagora. Apenas tenemos tiempo de bajar del minibus y hacernos una mochila con las cuatro cosas que nos llevaremos a la jaima. El grueso de las mochilas se lo lleva un todoterreno para guardarlo hasta que volvamos mañana. El cerebro me responde algo lento, estoy cansado, en el segundo uno quiero llevarme esto y lo otro y en el segundo dos se enciende la bombilla recordándome que vamos a dormir en una jaima en medio del desierto. Ni duchas, ni lavabo, ni armario en el que guardar ropa. Además estamos sólo una noche. Antes de partir nos ofrecen comprarnos un turbante. Carlo ya tiene uno, Jose y yo no y nos lo compramos seguramente a un precio mayor que el que nos hubiera costado en cualquier otro sitio. Nos importa poco.

Los guías, de nuestra edad más o menos, nos colocan los turbantes antes de subirnos a los camellos que nos llevarán a las jaimas. Ya en ruta, con el sol cayendo y el turbante fijadísimo a nuestras cabezas, encontramos los primeros minutos para poder disfrutar realmente de la excursión. Hasta ahora he tenido la sensación de que hemos ido de bólido. Carlo se baja del camello porque dice que no lo aguanta, le duele y no encuentra la postura, no sin antes aprovechar para filtrear con unas guiris alemanas. Jose no sé lo que hace, ergo supongo que tendrá la mirada fijada en el horizonte infinito mientras se reafirma en que no somos nada. Y yo voy observando el entorno, viendo los caminos rurales, casuchas y pequeños montes con los que nos cruzamos e intentando captar hasta el más mínimo detalle con la cámara. Parece un entorno rural, lo que vendrían a ser los “campillos” de aquí, aunque con el encanto de la orografía de Marruecos dista mucho de la sensación de suciedad que tengo cuando paseo por los caminos rurales del Baix Llobregat.M2011_001-496

Tras 40 minutos en camello (menos Carlo que ha ido a pie todo el camino junto a los simpáticos guías marroquís) llegamos a lo que es un campamento ya en medio del desierto de Zagora. Éste no es el desierto que todos tenemos en mente, un desierto arenoso, de una duna tras otra con metros y metros de altura. Éste desierto es más bien plano pero pedregoso y con algunas pequeñísimas dunas de arena que no superan el metro de altura. Por eso lo hemos visto referenciado en alguna web como el predesierto del Sáhara. El desierto de verdad de Marruecos empieza en Merzouga pero no hemos podido ir porque queda mucho más lejos.

Llegamos y nos reunimos todos en lo que es el comedor para cenar. Tanto el comedor como las habitaciones se encuentran en jaimas, una especie de tiendas de campaña usadas por los pueblos nómadas en el desierto. Cuando acabamos de cenar bajo una tenue luz el resto de turistas paulatinamente se van yendo a dormir. Apenas deben ser las 22 horas de la noche. ¡Horario de guiris! Carlo que ha hecho amistad con uno de los guías le pregunta dónde están las fátimas, dónde está la fiesta. El guía se ríe pero Carlo le insiste y nosotros nos unimos. Queremos una fátima para cada uno que nos baile danza del vientre en medio del desierto para nosotros, ¿acaso no entra en el precio?

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Al final entre broma y broma sin darnos cuenta los árabes encienden una hoguera a unos 200 metros de las jaimas para hacer algo parecido a una fiesta bereber. Nos dicen que vayamos. En medio del desierto, con la luz de las llamas iluminando tenuemente nuestros rostros, todos los guías del campamento empiezan a tocar tambores bereber y a cantar canciones tradicionales de su pueblo. Algunos de los turistas que se habían ido a dormir salen de las tiendas y se unen al grupo, formando un círculo alrededor del fuego mientras los marroquís nos regalan sus canciones. Es seguramente uno de los mejores y más mágicos momentos de mi vida.

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La noche va llegando a su fin y Carlo sigue pidiendo su fátima. La broma está bien pero ya no sorprende a nadie. Hasta que el guía con el que hemos cogido más confianza le dice muy en serio que tiene una fátima para él. Será broma. Pero entonces se la señala. La fátima es uno de los guías, el chico que parece más joven. El chico le mira y le sonríe. No, esto es una broma, pero ellos insisten en que es su fátima y la sonrisa del chico cada vez demuestra como más amor, más pasión. El marroquí mira a Carlo y le hace un gesto: una mano en forma de puño, la otra abierta, choca la primera contra la segunda y le dice que quiere hacer eso con él en el desierto. Las carcajadas se debieron escuchar desde Toronto, el chico marroquí le está proponiendo darle una buena ración de cariño en el desierto. Jose me dice que nos vayamos cuando se despiste y le dejemos allí. Suena cruel. La idea me hace, quiero ver la cara que se le queda cuando se vea solo, hasta que Carlo se percata de nuestro plan y me persigue suplicando que no le deje allí. Entre una cosa y la otra Jose ya se ha ido, ¿quizá para llamar la atención a las fátimas del campamento bereber y tener también su pasión en el desierto? Ya volviendo a las jaimas los guías también se retiran y el chico sigue insistiendo a Carlo. Se ha enamorado de verdad. Una de las veces le coge el brazo y le hace cosquillas. El filtreo empieza a subir de tono. Dejamos atrás a los guías y nos metemos en la tienda, ha llegado la hora de dormir. Justo antes de coger el sueño entra un guía a la tienda con una luz. Creo que es el amor de Carlo, intentándolo una vez más. Recuerdo a Carlo, con su turbante tapándole toda la cara excepto sus ojos azules y la tez blanca que le rodea. Está hasta guapa. Ahora lo empiezo a entender todo. Jose tendrá que buscar su fátima en otro sitio. Un día inolvidable.

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