Marruecos (Día 3). Essaouira.

ÍNDICE VIAJE

FICHAFICHA
DÍA 1 DÍA 1: Medina de Marrakech.
DÍA 2 DÍA 2: Medina de Marrakech.
DÍA 3 DÍA 3: Essaouira.
DÍA 4 DÍA 4: Essaouira.
DÍA 5 DÍA 5: Hacia el desierto de Zagora. Ait Ben Haddou.
DÍA 6 DÍA 6: Hacia Marrakech. Ouarzazate.
DÍA 7 DÍA 7: Medina de Fez.
DÍA 8 y DÍA 9 DÍA 8 y DÍA 9: Medina de Fez.

RESUMEN DEL DÍA

LO MEJORLO PEOR
Essaouira, visita obligada. Sus desconchadas casas blancas y sus murallas color tierra, rodeadas por el mar atlántico y el suave clima de esta zona. Que nos trampearan unos billetes a Essaouira en un autocar destartalado.
El divertido regateo para comer en las paradas de pescado fresco. La media de ofrecimiento al día de hachís debe rondar las 40 ocasiones. Eso sí, a diferencia de Marrakech, aquí los chicos de los puestecitos te dejan vivir.

DIARIO

Cuando ya nos disponemos a emprender la marcha hacia la estación de autobuses, al pasar por recepción, me da por recordarle al hombre que volvemos a Marrakech y a la riad mañana. El hombre mira su agenda y niega con la cabeza, nos dice que le reservamos para la noche de pasado mañana. Le insistimos de que no es así y además estamos muy seguros porque se lo dijimos en castellano, francés e inglés. Era nuestro primer contacto con un marroquí e insistimos justamente para evitar confusiones. El hombre se lo toma mal, le cambia el gesto de la cara y nos dice de malas maneras que no volvamos al hotel. Así, de repente, sin mediar mucha más palabra nos acaban de echar de una riad.

Llegamos en taxi a la estación de autobuses. Se acercan unos hombres que literalmente nos quitan las maletas de las manos. Nos piden dinero por mover 30 metros la maleta hasta el autocar. Parece que no hemos aprendido. Nos subimos al autocar, por llamarlo de alguna manera. Nos la han colado. El asiento que está al lado del asiento de Jose no existe, es como si lo hubieran arrancado. Las cortinas están húmedas y el autocar en general tiene un olor a rancio nada agradable. Husmeando desde la ventana veo llegar pasajeros, una carretilla con garrafas de gasolina, hago fotos a los viejísimos autocares que circulan por allí… y pasa la hora de salida sin que nadie tenga la intención de arrancar el autocar. Sigue pasando el rato hasta que sube al autocar el conductor dando unos berridos que parecen querer decir que nos tenemos que bajar. Y eso hacemos. Entonces llega otro autocar y nos piden que subamos. El anterior estará averiado. No sé por qué no me extraña demasiado.

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Por fin emprendemos la marcha. El trayecto es de algo más de 5h, tiempo en el cual efectuamos innumerables paradas para recoger a personas que lo esperan literalmente en medio de la nada. El autocar se llena y las últimas personas que han subido poblan todo el pasillo central. Ni rastro de turistas. A medio camino hace una parada. Miramos fuera y vemos un tétrico pueblo. Preferimos no bajar. Antes de reanudar la marcha me parece ver a un hombre acercándose al portamaletas del autocar con un pavo real. Se lo comento a Jose y Carlo, los cuales me miran como si se me hubiera ido la cabeza. Creo que era un pavo real pero empiezo a dudar. El viaje está siendo tan surrealista que no estoy seguro de nada.

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Llegamos a Essaouira. Por fin. Bajamos casi los primeros y una marabunta de hombres nos atosigan con carteles anunciando hoteles, habitaciones, riads, camellos. Hacemos caso omiso, estamos empezando a aprender a esquivarlos. Cuando abren la compuerta del autocar me quedo con cara de tonto: sentado sobre mi maleta está el mentado pavo real con el pico atado con una cuerda. Antes de que asimile lo que estoy viendo aparece una mano de un marroquí que arranca al pavo de encima de mi maleta y se lo lleva. Supongo que será su cena.

Cogemos las maletas. Excelente, la mía está cagada. El traqueteo del autocar no le ha sentado muy bien al pavo. Empezamos a caminar en busca del hotel, dejando atrás la marabunta de plastas que en la estación esperan la llegada de turistas a los que ofrecerles de todo. Estamos a las afueras de Essaouira. La primera impresión es de ciudad derruida, sin el encanto de lo árabe antiguo. Me da la sensación de que estoy en Kabul tras un bombardeo americano. No entiendo cómo la maleta aguanta la cantidad de piedras, baches y agujeros que hay por el camino. 15 minutos después llegamos al centro, la ciudad antigua. Totalmente enmurallada con casitas de un muy degradado pero igualmente encantador blanco y azul asomándose por encima de las imponentes murallas de corte militar construidas en el siglo XVIII, como intentando ver el mar. Nos encanta.

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Primero dejamos las maletas en la riad. Escondida en un callejón, necesitamos la ayuda de un yonki que accede a guiarnos con la condición sine qua non de que no habrá premio. Exceptuando a los caseros la riad parece vacía. La planta entera es para nosotros, con sus dos habitaciones y su patio interior pintado también de blanco y azul. Subimos a la terraza superior donde tampoco vemos un alma. Con unos azulejos de color amarillo mostaza en el suelo, oteamos el horizonte y vemos que estamos rodeados de casitas de ese gastado color blanco que pinta toda la ciudad y alzando un poco la vista nos rodea la inmensidad de mar.

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Cuando bajamos nos encontramos al mismo drogadicto de antes. Nos quiere vender hachís. Yo ya paso absolutamente pero Carlo se acaba enganchando con el yonki. Una coña por aquí, otra por allá, el marroquí insiste en encolomarnos algo hasta que Jose y yo le decimos a Carlo que corte para continuar nuestra marcha. Tomamos la calle que parece principal, pasamos por la Plaza Mulay el Hassan rodeada de cafés y terrazas, contemplamos las siempre presentes murallas hasta que cruzamos a la Bab Sebaa para acercarnos al puerto. Bordeando la medina llegamos a la Skala du Port,  que se trata de una continuación de las murallas compuesta por dos torres fortificadas y cuyo recinto interior amurallado veremos más tarde. Echamos un ojo a una de las fortificaciones pero no vemos forma de entrar desde aquí. No habría un alma si no fuera por un mendigo sentado en el suelo que revisa la suela de sus zapatos.

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Al puerto no hemos venido por casualidad. Hemos leído que aquí hay puestecitos de pescado fresco en el que por cuatro duros puedes ponerte hasta las botas. Volteamos la calle y divisamos los puestos. Con ya algunas clases de regateo aprendidas empezamos la partida. En el primer puesto preguntamos qué nos dan de comer por 50 dirhams cada uno. Entre ellos no se respetan el turno, cuando en un puesto nos están poniendo una bandeja en la báscula con todo el pescado que nos ofrecen por ese precio, el marroquí de al lado casi chillando nos enseña que él nos pone más pescado o más bueno por el mismo precio. Al principio el regateo puede agobiar, pero una vez les pillas el truco y pasas a una posición dominante en la negociación, te diviertes lo que no está escrito. Finalmente acabamos en la séptima u octava parada, donde nos han convencido con 1.5kg de pescado y una botella de cocacola. Degusto una de las mejores comidas de mi vida, seguramente más por las circunstancias y el lugar. Gambas, chipirones, sardinas, filete de algún pescado… una experiencia imprescindible que hay que vivir en Essaouira.

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Volvemos nuestros pasos para profundizar en la Skala du Port. Para llegar recorremos una estrechísima callejuela, la Rue du Skala, que separa la muralla de las primeras casitas, donde a lado y lado hay multitud de tiendas insertadas en las casitas o en los huecos de la misma muralla. Antes de alcanzar el bastión defensivo nos llama la atención una tienda, tanto que acabamos entrando y empezando nuestra segunda mesa de negociación bereber con un simpático marroquí que accede a cualquier cosa para vender. Carlo le coloca sus llamativas gafas Rayban de montura blanca para que le hagamos una foto. La vida con Carlo cerca se torna surrealista con demasiada facilidad.

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Con un buen té en mano, el marroquí nos pide que elijamos qué nos gusta, lo coloca encima de la mesa y apuntemos el precio que queremos pagar en una libreta. Luego él escribe el precio y así cada vez. Primero le toca a Carlo, regatean un par de precios, hasta que pasa turno. Me toca a mi. Conmigo en el primer regateo ya me pasa el turno al siguiente, que es Jose. La psicología es fundamental, ¿quiere que me sienta ansioso y ceda antes? ¿o realmente le estoy ofreciendo un precio irrisorio? Con Jose el regateo se desarrolla más o menos de la siguiente manera:

“Jose: 50. Marroquí: 300. Jose: 250. Marroquí: 280. Jose: ok”

A día de hoy aún discutimos Carlo y yo cuántas veces habrá dado la vuelta al mundo el amigable bereber con el dinero de Jose. Finalmente nos llevamos varias artesanías, Carlo por 180 dirhams un collar y una pipa de fumar y yo una figura de madera que representa la cabeza de un ave por un precio que no recuerdo.

Al salir de la tienda con la sonrisa dibujada en la cara subimos una rampa y llegamos por fin al corazón de la fortificación Skala du Port. Una plataforma con cañones construidos por españoles y portugueses apuntando al mar, un espacio en el que guardaban las armas y municiones y unas vistas privilegiadas de la bahía, la isla de Mogador y la medina fortificada. Un escenario perfecto desde el que contemplar la belleza arquitectónica y paisajística de la ciudad.

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Las horas de sol van llegando a su fin mientras paseamos por el puerto y las playas, donde una madre y su hija árabes nos regalan unas bonitas instantáneas. Volvemos al interior de la ciudad antigua, paseamos por las callejuelas. La medina tiene ese punto de degradación en el que el paso del tiempo hace las cosas encantadoras. La medina de Essaouira es bonita, enigmática, cautivadora, a veces perfecta y a veces deshecha. A diferencia de Marrakech, aquí no nos sentimos perdidos ni vulnerables, los vendedores no te acosan excepto para ofrecernos decenas y decenas de veces hachís. Cenamos en un precioso y romántico restaurante con velas y mesas bajas con manteles de un rojo pasión. Quizá aquí cambiaría de compañía. Damos un paseo más y nos vamos a dormir mientras el casero de la riad y sus amigos echan una acalorada partida de cartas en el piso inferior.

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