Marruecos (Día 2). Medina de Marrakech.

ÍNDICE VIAJE

FICHAFICHA
DÍA 1 DÍA 1: Medina de Marrakech.
DÍA 2 DÍA 2: Medina de Marrakech.
DÍA 3 DÍA 3: Essaouira.
DÍA 4 DÍA 4: Essaouira.
DÍA 5 DÍA 5: Hacia el desierto de Zagora. Ait Ben Haddou.
DÍA 6 DÍA 6: Hacia Marrakech. Ouarzazate.
DÍA 7 DÍA 7: Medina de Fez.
DÍA 8 y DÍA 9 DÍA 8 y DÍA 9: Medina de Fez.

RESUMEN DEL DÍA

LO MEJORLO PEOR
La Medersa Ben Youssef, bello arte islámico.Encontrar cerrados, por llegar tarde, los Palacio Bahía, las Tumbras Saadíes y el Palacio Badi.
Sentirte aclamado por los embaucadores y simpáticos marroquíes de los puestos nocturnos para cenar de la Plaza Djemaa el-Fna. Son un espectáculo.

DIARIO

A las 9 de la mañana subimos a la terraza superior de la riad donde sirven los desayunos. Pedimos un desayuno continental: zumo de naranja, café con leche, croissants, pan, mermelada y mantequilla. Desayuno básico pero en grandes cantidades, perfecto para empezar con energía.

Hoy visitaremos los distintos puntos de interés de la Medina de Marrakech, que son pocos y no nos van a ocupar más de una mañana. Me siento más seguro, somos tres y entre todos y de día no creo que tengamos problemas para localizarnos en el laberinto marroquí. El primer destino es el Museo de Marrakech, ubicado desde 1997 en un palacio que anteriormente fue una vivienda y desde mediados de los 60 un colegio femenino. El museo es pequeño, apenas alberga en un par de salas una reducida colección compuesta principalmente de cerámica, alfombras y otros objetos tradicionales de Marruecos. La colección nos deja indiferentes pero lo destacable del museo es el patio interior, con sus fuentes y sus plantas, con las formas y colores en mosaicos y columnas al estilo árabe, y con su gran lámpara. Es un patio interior de grandes dimensiones y muy suntuoso que vale la pena visitar.

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Al salir del museo nos acercamos a la Koubba Ba’Adiyn, un edificio construido en 1117 y que se descubrió en 1948 enterrado bajo una de las dependencias de la cercana mezquita Ben Youssef. Es un pequeño edificio de principios del s. XII que se utilizó para las purificaciones con agua antes de las oraciones y también tenía un sistema de lavabos, duchas y fuentes para beber. El edificio es muy modesto y para más inri se ve perfectamente desde el exterior. Nos damos cuenta de que pagar la entrada combinada con el museo no vale la pena. Le dedicamos más tiempo del necesario porque Carlo entabla una extraña relación de amor-odio con un gato que nos persigue y al que le acaba haciendo cien fotos.

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El siguiente destino es la Medersa Ben Youssef. Una medersa es un colegio o escuela musulmana de estudios superiores y especializada en estudios religiosos. Ésta en concreto es la medersa más grande e importante de Marruecos. Su construcción, por orden del sultán Abdallah al-Ghalib, finalizó en 1565 y tiene 130 celdas que permitieron alojar más de 900 estudiantes. El patio es espectacular. El nivel de detalle de los mosaicos, columnas y el tallaje de las maderas es una auténtica maravilla. Una pequeña piscina con el agua en completa calma sobre mosaicos de color negro y azul anuncia el sosiego y equilibrio que se respira en el complejo. La visita además permite perderse por los pasillos que que dan a parar a las celdas privadas de los estudiantes, a salas de oraciones, etc. El conjunto impresiona, es una visita más que imprescindible.

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Planeamos nuestros siguientes pasos. Decidimos que saldremos por la puerta norte de la Medina en dirección a los Jardines Majorelle, unos jardines a las afueras propiedad de Yves Saint Laurent que albergan multitud de plantas y muestras de arte islámico. Después  nos acercaremos a la ciudad nueva de Marrakech, llamada Gueliz. Pasamos por un zoco de pieles donde árabes discuten el precio de las piezas. Alguno que otro me hace gestos como si les molestara que les grabemos. El mayor hermetismo de estas calles es evidente. La salida de la Medina la localizamos tras una impresionante puerta o bab que separa la Medina de una amplia explanada. Las paredes y viviendas están muy deterioradas, hay bastante mugre, parece una parte pobre de la ciudad. Si en cuanto callejeas por los zocos apenas ves a un turista aquí ya directamente no existen.

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Al salir de la explanada nos vemos rodeados de las típicas carreteras de las afueras, de las zonas comerciales e industriales que rodean cualquier ciudad. Intentamos orientarnos pero tras un buen rato caminando aceptamos que nos hemos perdido. Nos cruzamos con una comisaría y decidimos preguntarle a uno de los guardias de la puerta. Una comisaría española al lado de ésta parece el lugar más hospitalario del mundo. Me acerco cautelosamente y le pregunto al guardia cómo llegar a los jardines. Muy amablemente me indica las carreteras que hemos de tomar. En los zocos las distancias no parecen tanto, quizá porque es mucho más entretenido, pero por estas carreteras nos parece estar haciendo una media maratón.

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Cuando nos estamos acercando a los jardines se pone a diluviar. Entramos en un bar para resguardarnos y tomar un café justo ya en la que parece ser la calle en la que se ubican los Jardines Majorelle. Después de la kilometrada, la lluvia y las bambas embarradas hemos perdido las ganas de visitarlos. Además tenemos hambre por lo que ponemos rumbo a Gueliz. La ciudad nueva no nos parece interesante por absolutamente nada. Es zona de turistas y hombres de negocios de Europa, repleta de hoteles y restaurantes más occidentales. No perdemos el tiempo en dar ni una mísera vuelta, tal y como vemos un buen restaurante nos sentamos y nos pedimos ensalada y pizza. Carlo y su estómago de papel agradecen la comida.

Para la vuelta estamos más hábiles y contratamos un taxi. Le pedimos que nos acerque a la estación de tren en la avenida Hassan II para comprar los billetes Marrakech-Fez y luego cogemos otro para que nos acerque a la estación de autobuses para comprar los billetes de ida y vuelta a Essaouira, que partimos mañana mismo. La estación de buses, que está en la misma avenida, se encuentra frente a una de las puertas a la Medina, concretamente la situada al oeste. Tal como enfocamos nuestra mirada hacia la estación empiezan a asediarnos multitud de árabes ofreciéndonos destinos, autocares y compañías varias. Intentamos hacerles caso omiso, estoy empezando a aprender que en Marruecos hay que hacerlo todo por uno mismo porque a la que pides ayuda aparecen diez árabes de debajo de las piedras, uno para cada nimiez imaginable y que, obviamente, te piden dinero después. No sé cómo ni por qué acabamos siguiendo a uno de los árabes que nos han asediado. Teníamos que llegar al interior de la estación y localizar la ventanilla de la compañía de autobuses más preparada para el turista, Supratours, y de repente nos vemos en una ventanilla mugrienta, con apenas iluminación y ventilación, regateando el precio del billete para ir y volver a Essaouira con dos árabes vestidos de calle.

Tras comprar los billetes volvemos a la Medina por la puerta que tenemos cerca. Ésta, aunque no está tan deteriorada como la que pasamos esta mañana para salir de la ciudad antigua, tiene un público tan extraño como el de la otra. Hago un par de fotos hasta que un mendigo que está durmiendo dentro de la caja de madera de una carretilla se intenta levantar con la mano en alto y la intención de acercarse a mi para llamarme la atención. Apenas se puede levantar. Bajo la cámara y seguimos adelante.

Nos quedan unas horas para visitar la zona sureste de la Medina en la que se ubican el Palacio Bahía, las Tumbras Saadíes y el Palacio Badi. Esta zona es diferente a lo que hemos visto hasta ahora de la Medina porque aquí hay calles y por ende, coches. Parece algo banal, pero cambia por completo la fisonomía de la ciudad. Callejeamos en busca de los palacios y las tumbas. Ambos palacios están cerrados, hemos llegado tarde, y las tumbas no las encontramos. No nos frustramos porque callejear por Marrakech es ya un espectáculo.

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Leo en mis papeles que estamos cerca del que fue el barrio judío de Marrakech. Se construyó durante la dinastía del sultán Moulay Abdallah a partir de 1558 en un espacio junto al Palacio Real rodeado de dos murallas y dos puertas que se cerraban de noche para evitar conflictos con la población musulmana. En la actualidad los pocos judíos que no se fueron al estado de Israel tras la Segunda Guerra Mundial viven en la ciudad nueva de Gueliz. Intentamos llegar a él para ver la sinagoga, el cementerio y un gran mercado cubierto. El barrio conserva la magia de un barrio medieval de estrechas y misteriosas callejuelas. Los edificios son tan altos y las calles tan estrechas que apenas llega luz al nivel del suelo. Giramos una esquina y vemos unos chavales jugando a fútbol. Cuando. llegamos a su altura se giran y nos lanzan una mirada desafiante. Uno de ellos me hace un cañito y me mira vacilón, la misma cara del gamberro que se te acerca cuando eres adolescente y sabe que no tienes escapatoria. Le río la gracia y sigo caminando. Hacen lo propio Carlo y Jose. Los dejamos atrás y no nos dicen nada más. Segundo momento de tensión del viaje.

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Salimos a la calle principal y volvemos a nuestra riad sin haber encontrado antes de que el cansancio hiciera mella los lugares de interés del barrio judío. Dejamos las cosas y bajamos a la plaza para cenar en uno de los puestecillos de comida. Cuando nos acercamos los camareros de todos los puestos empiezan a vociferarnos y a pelearse entre ellos para que nos sentemos en su mesa. Hacen lo mismo con todos los turistas, les gritan y cuando se sientan les aplauden. Cenamos y hacemos el café en una terraza a dos o tres pisos de altura desde la que hay unas vistas espectaculares de la plaza.

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