Marruecos (Día 1). Medina de Marrakech.

ÍNDICE VIAJE

FICHAFICHA
DÍA 1 DÍA 1: Medina de Marrakech.
DÍA 2 DÍA 2: Medina de Marrakech.
DÍA 3 DÍA 3: Essaouira.
DÍA 4 DÍA 4: Essaouira.
DÍA 5 DÍA 5: Hacia el desierto de Zagora. Ait Ben Haddou.
DÍA 6 DÍA 6: Hacia Marrakech. Ouarzazate.
DÍA 7 DÍA 7: Medina de Fez.
DÍA 8 y DÍA 9 DÍA 8 y DÍA 9: Medina de Fez.

RESUMEN DEL DÍA

LO MEJORLO PEOR
Si nunca has estado en un país con un choque cultural tan grande, la sensación al pasear por la Medina de estar en el medievo es salvaje.Perderte solo por la Medina confiando en tu sentido de la orientación. Y que te anochezca. Temeridad, aquí tus sentidos están completamente sobrepasados.
Es imposible pasear por la Medina sin sentirse agobiado. Activar el chip de no oír ni ver a los dependientes es una cuestión de supervivencia mental.

DIARIO

Salimos al exterior del aeropuerto para buscar el autobús que nos acercará a la Medina, la ciudad antigua de Marrakech en la que expresamente hemos reservado la riad. El aeropuerto es pequeño pero muy moderno, con una fachada blanca que parece imitar el dibujo y formas de una colmena, y en cuyas cavidades hay unos cristales con los mismos dibujos que las lámparas árabes en forma de triángulo retorcido que todos hemos visto o comprado alguna vez. Mi primera reacción al pisar suelo marroquí es buscar claros signos de una cultura tan diferente a la nuestra. Apenas hay construcciones alrededor del aeropuerto y las primeras diferencias apreciables denotan el concepto de antiguo, viejo, pasado de moda: los hombres (y digo a propósito hombres) que deambulan por allí visten muy parecido a como vestían en España hace 30 años y hay una infinita cola de taxis desfasados (mucho Fiat Uno y Mercedes de los 90’s) de un trasnochado color beige.

Tomamos el autobús, un autobús que no destaca. Tras 15 minutos de trayecto nos bajamos cerca del epicentro de la ciudad antigua de Marrakech, la Plaza Djemaa el-Fna. Al bajar no la vemos pero al caminar unos metros se abre ante nosotros la mítica plaza de Marrakech. Nos adentrarnos a ella. Una de las sensaciones más brutales que he sentido en un viaje empieza a embargarme a partir de este momento. Me va a resultar difícil describirla. La plaza es muy grande y espaciosa, no debería tener problema alguno en cruzarla con la mente en blanco pensando en mis cosas. Nada más lejos de la realidad. A cada paso, a cada metro recorrido la magia de Marruecos concentrada allí va secuestrando paulatinamente nuestros sentidos. Olores, colores, voces y músicas totalmente únicos nos obligan a un ejercicio de entendimiento imposible porque para nosotros todo aquello es nuevo. Nos hemos trasladado siglos atrás, a la Edad Media, el caos nos abruma, ni siquiera nuestro ser más primitivo entiende este océano de sensaciones. Una mezcla de olor a comino, curry y otras especias que jamás había olido antes. Las voces de los marroquís que no hablan, gritan, y a veces esos gritos van dirigidos a nosotros casi obligándonos a colocarnos un mono en la cabeza, a tomarnos un vaso de zumo de naranja, a comprar cualquier cosa. Música tradicional marroquí o bereber de fondo. Colores muy contrastados y saturados de las ropas, especias o frutas que se venden en puestecillos que parecen intentar tapar cada rincón de la mágica arquitectura árabe, de las fachadas y tejados que delimitan la plaza. Seres humanos ataviados con unas tupidas túnicas que las cubren desde la cabeza hasta los pies con un curioso capuchón, donde se asoman unas rudimentarias alpargatas. Cuando parece que hemos asimilado todos el shock inicial del entorno nos miramos a los ojos Carlo, Jose y yo. Sus caras deben estar expresando lo mismo que la mía. Es magnífico, uno no sabe por dónde empezar a descubrir este nuevo mundo.

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Nuestro primer objetivo es localizar el hotel. Hay que tomar un callejón al noreste que se adentra en los zocos desde la plaza para después tomar otro callejón a la derecha. Las calles no tienen nombres y nos tenemos que ubicar con un mapa y la guía de orientación más básica: norte, sur, este y oeste. Localizamos la riad, subimos a nuestra habitación y dejamos las mochilas. El concepto de riad lo cogemos desde el minuto uno: una tradicional casa marroquí cuyo protagonista es su patio interior, decorado con alguna fuente, alguna planta, entorno a él se alzan los dos o tres pisos en los que se encuentran las habitaciones que dan al patio, nunca a la calle, y arriba del todo una amplia terraza.

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Empieza nuestra andadura por Marrakech. Venimos avisados: los marroquís son muy pesados y los zocos son laberintos en los que no hay que tomar una esquina sin tener muy claro cómo volver a la plaza Djemaa el-Fna, el centro de todo. Con estas dos premisas básicas nos adentramos en los zocos a través de un callejón situado al noroeste de la plaza. Apenas 30 metros después nos percatamos de la extraordinaria facilidad para perderse. Todo son callejuelas y pasadizos, a veces cubiertos y otras descubiertos, enclaustrados por los muros de las casas que parecen gigantes o rodeados de un sinfin de puestos de todo tipo de artesanías, ropas, alimentos, especias y un largo etcétera. Estamos metidos de lleno en un zoco, en el típico mercadillo tradicional árabe con la sensación de que estamos sumergidos en el Marruecos de mil años atrás.

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Nos maravilla la cantidad de pequeñas tiendas pero aún más la indumentaria que llevan los hombres y las mujeres de Marruecos. No es lo mismo verlo por televisión que en directo. De repente empieza a llover y Jose recomienda resguardarnos en la famosa cafetería Café Des Epices de Marrakech para después volver a callejear. En las medinas de Marruecos, el callejear por callejear, sin más fin que ese, sin querer llegar a ninguna parte, es propiamente la atracción turística. Esa sensación de sorpresa y curiosidad infantil que uno tiene cuando de chiquillo descubre una casa abandonada en medio del bosque se apodera de nosotros cada vez que doblamos una esquina nos sumergimos en un nuevo pasadizo, en una nueva callejuela.

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La cafetería se encuentra en la plaza con el mismo nombre, en el corazón de los zocos. Nos sentamos en las mesas bajas de la primera planta desde donde contemplamos el ajetreo exterior, por primera vez desde que hemos llegado desde la tranquilidad de la lejanía.

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Tras el descanso volvemos a sumergirnos en los zocos. Nos quedamos embobados con la cantidad de especias de un puestecillo y el dueño, un chico de poco más de 30 años vestido, curiosamente aquí, con ropa de moda italiana, nos invita a pasar muy amablemente, casi seduciéndonos como sólo saben hacer ellos. Pide que nos sentemos y empieza a prepararnos un té. Somos conscientes de que sin darnos cuenta el vendedor nos tiene donde quería, con la obligación moral de comprarle algo. Lo sabemos pero en el fondo anhelábamos nuestro primera negociación bereber, sentarnos para participar en su juego de regateo, con toda la ornamentación que lo acompaña, aún sabiendo que muy posiblemente nos van a enredar. Pasamos un buen rato formulando y contestando preguntas con el vendedor, haciéndonos fotos con él y con unas telas que nos intenta vender el dueño de un puestecillo colindante, siempre con un buen té de menta caliente en mano. Finalmente compramos algunos saquitos de especias. Nuestra primera experiencia con el regateo ha sido divertida y ha demostrado la capacidad de encandilarte que tienen los hábiles comerciantes árabes.

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Llega la hora de comer en nuestro primer restaurante marroquí. Volvemos a la plaza, que nunca hemos perdido de vista, y elegimos el Chez Chegrouni, cuyo comedor perfectamente decorado al más puro estilo árabe se encuentra en la primera planta. Unos amplios ventanales invitan a disfrutar de unas bonitas vistas de la plaza. Es uno de los mejores restaurantes de la plaza Djemaa el-Fna y el precio es muy asequible. Devoro mi primera tajine, mi primera ensalada marroquí y el obligado cigarrillo mientras pienso que aquí una ley antitabaco como la española no llegará hasta al menos 30 o 40 años. Si es que llega.

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Nos hemos levantado a las 3 de la noche para coger el vuelo hasta Marruecos. Después de comer el agotamiento hace acto de presencia y Carlo y Jose deciden irse a echar la siesta. Yo también estoy cansado pero el deseo de seguir descubriendo la Medina puede con todo. Cojo mi cámara de fotos y empiezo un nuevo paseo por la ciudad antigua. Desde la plaza levanto la mirada y me planteo hacia donde irán mis siguientes pasos. Lo veo claro, primero me dirigiré a la mezquita Kutubia, cuyo minarete de 69 metros de altura se alza despampanante ante mi, al final de la principal avenida que desemboca en la plaza. Foto por aquí y foto por allá mientras miro de reojo el aún desconocido para mi público marroquí.

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A continuación decido tomar una de las calles situadas al suroeste de la plaza para explorar los zocos por este flanco. Empiezo a recorrer callejuelas dejándome llevar por la curiosidad. El cielo ha ido oscureciendo, sin darme cuenta se ha hecho de noche y los vendedores están empezando a guardar el género para cerrar. Lo que antes era un laberinto de pasadizos vivos a rabiar de personas y colores ahora empieza a ser un barrio deteriorado y marginal, con cutres paredes alumbradas, si es que lo están, por una pobre luz naranja de alguna cosa parecida a una farola. Lo que antes estaba poblado por centenares de vendedores que transportan su género de aquí a allá, ahora empieza a estar poblado por elementos extraños que se te quedan mirando fijamente como si supieran que andas perdido, que eres vulnerable.

En efecto me he perdido. Me doy cuenta que he pasado tres o cuatro veces por el mismo lugar. Me pongo algo nervioso e intento aplicar una solución distinta, buscar otra salida, pero sigo dando vueltas sobre el mismo punto. Un chico marroquí me para y me empieza a hacer preguntas. De dónde soy, cuántos días estaré en Marruecos… Con la cabeza en otra parte le contesto, preparado para que en cualquier momento me la quiera colar, pero la conversación culmina con un amable “encantado de conocerte amigo, espero que te guste mi país”. Detrás de la picaresca árabe suele haber también mucha amabilidad y hospitalidad juntas.

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Los callejones desaparecen y una amplia calle se abre ante mi, en la que decenas de marroquís parecen retirarse de una jornada de trabajo más en la Medina. Pero el ambiente es peor si cabe, más elementos extraños deambulan por aquí y conforme avanzan mis pasos todo está más deteriorado. Dudo en si avanzar o no pensando que una avenida así sólo puede dar a parar a la plaza, que no deja de ser el centro de todo aquello, pero de repente un chico me dice que dé media vuelta, que estoy dirigiéndome a un lugar peligroso para los turistas. Me desespero. He leído que intentan confundirte para ofrecerse sus servicios como guía y sacarse un dinero del ingenuo turista pero realmente no me da buena espina el lugar al que va a parar esta oscura calle. Me doy la vuelta y vuelvo a mis callejones sin hacer caso del chaval, como si supiera a donde voy.

¿Y ahora qué? Se acabó, han ganado, voy a buscar a alguien que me guíe a la plaza y ya le regatearé el precio. Me cruzo con otro chaval que parece que me esté esperando. Le pido chapurreando francés que me guíe a la plaza y antes de que pueda discutirle el precio enfila los callejones y me pide que le siga. Le pido precio, me dice que no hay ningún problema, le insisto en que me diga precio, me vuelve a decir que no hay problema. Conversación de besugos. Entonces me percato de que me está llevando por callejones muy extraños, callejones en los que ni siquiera de día debe haber un alma allí. Me hago mi película mental, ahora es cuando saldrán de la oscuridad sus amigos y me robarán todo lo que llevo: mi pasaporte, mi cámara de fotos. Miedo. Le pregunto a donde vamos, le digo que no escucho la plaza, y pocos metros después se para, señalándome con el dedo que allí está. Yo no la veo. Entonces me pide dinero. No estoy en la plaza, estoy más perdido aún y encima tengo a un marroquí pidiéndome dinero por el rato que me ha dedicado para llevarme a no sé dónde. Me vuelve a insistir que la plaza está al lado. Le regateo el precio que me pide por traerme hasta aquí porque veo que por alguna extraña razón no quiere ir más allá. Tengo prisa por irme, por avanzar a alguna parte y acabo pagándole 3 eurazos por 5 minutos de su tiempo. Y entonces cojo la dirección que me ha señalado con el dedo, doy la vuelta a la esquina y ante mi se aparece la enorme y bulliciosa también de noche plaza Djemaa el-Fna. ¡Si parece que la había tenido al lado todo el tiempo!

Voy al trote hasta la riad. Carlo y Jose siguen durmiendo. Los despierto con los nervios a flor de piel. Les explico todo lo que ha pasado pero están más dormidos que despiertos. Les burcho para que abran los ojos y me hagan caso. Les cuento toda la historia. Se ríen de mi. A día de hoy aún dudo de que entiendan las sensaciones que tuve solo en la Medina, de noche.

Ya a la hora de cenar paseamos por la plaza. Está preciosa, con todo de puestecitos de comida desde los cuales los camareros se pelean y te gritan para que comas en su puesto, espectáculos en directo con mujeres (y hombres vestidos de mujeres) bailando música bereber y mucha gente acosándote: ahora una mujer te pide limosna, ahora un niño, ahora un hombre te intenta encolomar un mono en la cabeza a cambio de que le pagues. Con Carlo lo consiguen y le hacemos una foto pero como le hemos insistido en que no queríamos al condenado mono no le damos un duro. El hombre se enfada y nos envía al infierno en su idioma. Tras la cena volvemos a la riad. Llega a su fin, sin duda, uno de los días más fascinantes de mis viajes en la retina.

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