Mallorca (Día 3). Serra de la Tramuntana. Sa Calobra. Deià. Valldemossa.

Día 3. Serra de la Tramuntana. Sa Calobra. Deià. Valldemossa.

En Mallorca no sólo hay calas que enamoren, ya que la montaña aquí tiene también mucho que enseñar. La Serra de la Tramuntana está declarada Patrimonio Mundial por la Unesco y es un claro ejemplo de la simbiosis entre la acción humana y la naturaleza. Apenas vemos construcciones, más allá de la sinuosa carretera que serpentea graciosamente entre las montañas. El entorno intercambia espacios muy rocosos con zonas boscosas de encinares y pinares. Sin ser un paraje especialmente verdoso transmite belleza por todos los costados.

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Llama la atención la cantidad de coches y autocares de visitantes que circulan por la zona. Eso dice mucho de su atractivo. Intercambiamos la circulación con la parada en algunos miradores con unas vistas increíbles. Bastantes curvas después nos cruzamos con una formación rocosa muy curiosa donde las paredes de la montaña parecen querer estrujar la carretera.

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Tras serpentear por la Serra de la Tramuntana llegamos a Sa Calobra. El principal niconveniente de esta visita lo apreciamos incluso antes de llegar: el excesivo turismo que discurre por el lugar, tanto en las carreteras de acceso que forman caravana como en interior del recinto. Bajamos a pie de playa entre restaurantes y y torcemos por un camino que nos lleva hacia la cala. Tras un túnel por dentro de la roca aparecemos en la cala, que más que para bañarse, la definen unas espectaculares paredes rocosas que que han creado el Torrente Pareis. La cala tiene una anchura de unos 25 metros, insertada entre los 200 metros que llegan a alcanzar los acantilados, y aunque el espacio del Torrente lo encontramos sin apenas agua, la sensación al adentrarse entre las enormes montañas me llega a recordar a alguna escena de Jurassic Park.

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Después de comer en Sóller, un pueblo al que no le dedicamos atención porque no nos parece tan coqueto y porque nos cae el gran diluvio, nos dirigimos a Deià, una pequeña localidad asentada en un valle. Habiendo recorrido un par de calles ya apreciamos la mezcla de carácter rural y elegancia de sus casas. Sus callejuelas y entorno sosegados se combinan con amplias y cuidadas casas muy cotizadas en la isla. Damos un amplio paseo que acaba en el cementerio donde se tienen unas vistas singulares sobre el mar.

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Aparcamos cerca de un paseo que a primera vista tiene mucha presencia. La carta de presentación de Valldemossa no engaña. Caminamos por el paseo hasta la una cuesta donde se agolpan varios edificios monumentales. Aquí visitamos el Palacio del Rey Sancho, vivo ejemplo de ello, que situado frente a la iglesia del pueblo, lo mandó edificar el Rey Jaime II de Mallorca para su hijo Sancho en el s.XIV. Es un edificio imponente y construido con aires muy medievales. Las guías hablan maravillas de su interior pero como el tiempo apremia no hacemos ni siquiera el amago de entrar. Merece dedicarle más tiempo para rodearlo y apreciar todos sus rincones.

Un poco más allá otro edificio, la Iglesia de la Real Cartuja de Valldemossa, una iglesia de los frailes cartujos que está distribuida alrededor de un bonito jardín que se abrió al público en 1960. Según las palabras de un periodista de la época es un paseo señorial, amplio, romántico e impregnado de silencio. Y tal cual acierta. La iglesia destaca por su campanario más moderno y de un color turquesa intenso. No llegamos a entrar a su interior.

Nos vamos de Valldemossa con la sensación de que es uno de los pueblos más atractivos de la Isla de Mallorca, por los notables edificios que visitamos, sus callejuelas adoquinadas y sus casas de piedra que transmiten historia. Una última visita a la altura de esta isla, última porque Palma de Mallorca apenas la podemos ver deprisa y bajo una lluvia torrencial para comprar las tan típicas ensaimadas.

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