Malasia y Singapur (Día 9). Langkawi.

Mientras preparan las habitaciones alquilamos unas motos con apariencia de juguete para movernos por la isla.  El lugar en el que se ubica nuestro hotel es la típica calle turística de una zona de playa, con muchos restaurantes y tiendas. Mucho cemento. No es nada bonito pero tampoco está masificado ni la altura de los edificios llega a pesar, por lo que de momento no me siento agobiado.

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Después de subir las mochilas a la habitación nos dirigimos a un pequeño centro comercial cercano. Estamos en plan guiri total, pero después de las aventuras vividas, no sienta nada mal. Comemos en el McDonalds y, aprovechando que la isla es “Dutty Free”, compramos una botella de whisky para la noche. La isla invita a ello.

Nos subimos a las motos. Preparo el GPS con dirección al famoso mirador de Langkawi. La aplicación nos lleva a rodear el aeropuerto y tras éste nos introduce rápidamente en una carretera de curvas, con vegetación tropical a lado y lado. La isla tiene su aquél. Minutos después aparecen monos en el arcén. Como de costumbre, sus movimientos apuntan a que están haciendo alguna gamberrada. Desacelero no tanto por atropellar a los simios, sino por esperar a Raúl y Uri, cuyo ritmo evidencia algún tipo de dificultad en el manejo de los scooters. 

De repente nos encontramos de frente con la policía. Nos hacen una señal para que paremos. Por su vestimenta parecen los típicos policías estadounidenses: casco modular blanco, gafas de aviador americano y uniforme beige. Recuerdo que soy el único que lleva el permiso de conducir internacional, así que una figurada negra nube se cierne sobre nuestras cabezas. Raúl enseña su DNI y Uri el permiso de conducir español, sin vacilar ambos ni medio segundo. Los policías comprueban los documentos, sonríen y muy amablemente nos dicen que prosigamos la marcha. Ni multas ni advertencias, parece que en Langkawi miman al turista.

Llegamos al complejo situado a los pies de la montaña donde se encuentra el mirador. Me recuerda a “La Roca Village” de Barcelona, un centro comercial descubierto con calles peatonales dónde sólo hay tiendas y bares, especialmente pensado para el turista. Aquí le acompaña un lago artificial.

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La cola para subir es infernal aunque los ventiladores evaporizadores de agua rebajan un poco la humedad asfixiante. Llega nuestro turno. Pasamos a una primera sala donde vemos un corto tipo IMAX 3D. Muy pasado de moda. Después llegamos a una segunda cola, ésta para el cable-car que nos llevará al mirador. Subimos y conforme vamos ascendiendo aprecio la ladera completamente poblada de vegetación tropical y las líneas de la costa del mar azul de fondo. Una imagen muy bonita. Encuentro un agujero en el cristal para colar la cámara. Ya tengo entretenimiento.

El recorrido tiene dos paradas en sendos miradores. Bajamos en el primero. Mientras me recreo con las vistas escucho mi nombre. Me giro y veo a Raúl con el rostro pálido. Me pide que salgamos pitando de aquí, necesita encontrar un wáter y aquí le han dicho que como el lavabo no tiene agua no puede utilizarlo. Rápidamente nos dirigimos de nuevo a la cola del cable-car. La mirada perdida junto a los movimientos nerviosos de Raúl denotan que está muy apurado.

Llegamos al mirador más alto. Raúl rápidamente desaparece y mientras, aprovecho para sacar instantáneas jugando con las luces y sombras de las montañas y el mar que nos rodea.n Las vistas son espectaculares.

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A mi izquierda veo el Sky Bridge, que basándome en la publicidad que tiene, es toda una atracción aquí. Es un puente que une un pico con otro. No acaba de seducirme y por los comentarios de mis compañeros de viaje, parece que a ellos tampoco. Eso que nos ahorramos, como buena turistada el ticket de entrada es caro.

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Empiezo a tener retortijones en el estómago. Me muevo de manera serpenteante por la plataforma del mirador en busca de espacios vacíos donde mis ventosidades tengan vía libre para alcanzar el cielo. No funciona, cada vez me encuentro peor. Raúl y Uri se han sentado a tomar algo. Me acerco a explicarles la premura. Entro en descomposición en 3, 2, 1… correr. Me paso la mitad del tiempo aquí arriba en el baño. Al salir decidimos bajar del complejo. El cable-car de bajada impresiona, pega un primer estirón y decidido desciende la ladera. Da sensación.

Estamos en tierra firme buscando un sitio que hemos visto anunciado y donde Raúl se podrá subir a un elefante. Le hace gracia. Pero justo cuando alcanzamos la entrada me paro. Tengo que darme media vuelta y encontrar un baño. Raúl se gira y me sigue mientras reconoce que también lo necesita. A partir de aquí nos enfrentamos a la segunda entrega de la búsqueda del baño perdido, que promete ser mejor que la primera. El tiempo que pasamos dentro confirma que hemos cumplido las expectativas.

Raúl tiene cierto recelo a circular en motos por aquello de hacérselo en marcha. Entiendo que la tensión en la moto va a cerrar todas las vías de escape pero los baches juegan en nuestra contra. Le animo. El camino hasta nuestro pueblo discurre con tranquilidad. Buscamos un bar con lavabo, por si acaso. Parece que estamos bien, así que es momento de analizar los motivos de lo acontecico. La cocacola con hielo del McDonalds que tomamos solamente Raúl y yo es claramente sospechosa.

Con el estómago en calma decidimos ir a buscar las dos playas a las que la Lonely Planet hace referencia. Uri pregunta al camarero para tener más señas. Primero encontramos una más al sur y después otra más cercana al hotel. No son playas paradisíacas pero los colores del atardecer me dejan embobado durante unos minutos.

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La calle principal está atestada de personas, coches, ruidos y luces en la oscura noche. Todo el mundo está ahora mismo concentrado aquí. Buscamos un restaurante que nos llame la atención y el elegido es un hindú. Tras una cena subida de picante nos vamos a la playa a tomar un whisky, aquella botella que compramos al mediodía. Intentamos encontrar algún camino desde la calle principal, desde nuestro hotel, que nos lleve a la playa. Pasamos entre dos edificios y ahí está, literalmente detrás del hotel. El espacio está tan ocupado que no hemos percibido en todo este tiempo la cercanía de la costa. Ni oirla, ni olerla, ni verla.

La playa está muy animada. Nos sentamos junto a un chiringuito con mesas en la arena, iluminadas apenas por un par de velas. El ambiente y la música chillout acompañan. Pasamos las horas conversando, primero sobre cuestiones banales, pero conforme transcurre el tiempo sobre cuestiones trascendentales para cada uno. Momentos de confianza. De fondo nos acompañan las luces verdes de los barcos de los pescadores.

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Uri y yo nos animamos a salir a tomar unas copas, a descubrir el ambiente nocturno. Raúl no está completamente recuperado del estómago y no se atreve. Nos despedimos. Junto a Uri y el puntillo cuyo responsable es el alcohol que circula por nuestras venas, andamos la playa dirección norte. Entre la oscuridad veo las figuras de unas personas. Conforme nos acercamos, me fijo en artificiales escotes y facciones masculinas. Son transexuales. Pasamos de largo entre silbidos y proposiciones indecentes, pero no muy de largo, pues no hay absolutamente nada abierto. Damos media vuelta y Uri se para a preguntarle a los transexuales. Se acerca y la mirada de las chicas cambia. Acaba de ofrecerles una puerta a nuestro espacio de confort. Error.

Las transexuales nos dicen que la fiesta está hacia el sur. Mientras tanto una de ellas intenta empcinadamente que contratemos sus servicios. Miradas, morritos, lengua traviesa. Uri sigue dándoles coba, les vacila en broma, coge de las manos a una de ellas mientras ríe y dice que sólo quiere fiesta. De repente, la que tiene cogida de las manos le ataca, agarrándole los testículos y apretándoselos con fuerza. Parece que no le ha sentado muy bien. Yo me empiezo a reir a carcajada limpia. Me llevo a Uri de la escena antes de que la cosa vaya a peor, casi no puede respirar. Si es que se veía venir.

Cogemos las motos porque el lugar que buscamos intuyo que está lejos. Mi moto está aparcada justo delante de una garita de la policía, con un agente en su interior. Me siento bien para circular en moto pero me la estoy jugando. Daría positivo, sin lugar a dudas.

Llegamos a una pequeña discoteca, a reventar de turistas y autóctonos. En la mochila, whisky en una botella de plástico. Bien previsto, pues los cubatas son carísimos y además de tamaño de un vaso de plástico normal. El resto de la noche me la paso yendo detrás de un Uri muy borracho. Conforme va conociendo a personas, a las que se lanza sin ningún tipo de vergüenza, me las va pasando a mi. Un chico de Qatar, una chica de Langkawi que su expareja es italiana y una pareja a la que Uri intenta convencer para que compartan su botella de Coca-Cola con escaso éxito. Uri borracho es un peligro.

Aparco la moto de nuevo frente al policía. No se ha inmutado antes y tampoco lo hace ahora. Tenemos hambre y un KFC justo delante nuestro está abierto. Blanco y en botella (sin whisky).

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