Malasia y Singapur (Día 7). Kinabatangan.

Me despierto. Las primeras palabras que escucho son improperios de Raúl y Uri, menciones varias a toda mi familia. Parece ser que he roncado como un gorila. Supongo que para integrarme en el entorno.

El sueño ha sido muy reparador, me ha atenuado en gran medida el resfriado tropical con el que me fui a dormir ayer. Parece que no tendré impedimentos físicos para disfrutar de esta experiencia de supervivencia en la selva. Error. Y es que cuando me levanto de la cama y empiezo a moverme, el sudor pegajoso y la sensación de suciedad generalizada en mi cuerpo me llevan a pensar otra cosa. Salvo que ponga remedio.

Cojo el neceser decidido a darme una ducha. Tal y como llego a la tarima habilitada al efecto me entra el pánico escénico. El efecto visual de las aguas estancadas en los barriles industriales y el ejército de mosquitos que hacen ronda en el lugar invitan a marcharse de aquí. Me quito la camiseta, me doy un agua y jabón rápidamente, y salgo escopeteado antes de contraer alguna extraña enfermedad. Apenas he recorrido unos metros de vuelta por la pasarela que la sensación de llevar semanas sin ducharme vuelve a apoderarse de mi. Estoy pegajoso otra vez. La ducha no ha servido para nada.

Nos sentamos en los botes para hacer el safari matutino. Arranca el motor soltando bofetadas de humo gris sobre el agua. El viento fresco de la mañana me alivia la percepción de suciedad. Pero pronto me olvido de ésta cuando vuelvo a estar delante de monos, hoy activos, cocodrilos y algún reptil que reposa estratégicamente  buscando los primeros rayos del sol.

DSC_0450 DSC_0470

Veo el muelle de un poblado de lugareños. Aquí, en medio de la nada. Creo que es la misma bifurcación que cogimos ayer en el safari nocturno. Me pregunto cómo debe ser la vida en un lugar como éste. Demasiado lejano para mi como para hacerme una idea real.

En el campamento vuelven a jugar otro partido de fútbol. Paso absolutamente. Dedico el tiempo a desayunar, fumarme un cigarro y mirar las fotos de la réflex. Aparece Mariano, algo sobreexcitado. Me dice que ha visto infinidad de monos correteando detrás de nuestra cabaña, le sigo y antes de alcanzarla veo pequeñas formas marrones deslizarse por la jungla. Conforme me voy acercando aparecen más y más, un enorme grupo de simios que discurren todos ellos hacia nuestra izquierda. Salto de la pasarela, me adentro en la selva con prisa esquivando ramas para intentar seguir al grupo. Levanto la vista y veo a un mono inmóvil, claramente mirándome y vigilando mis pasos. Intento acercarme pero huye con los demás. Intento acelerar el paso pero lo tienen perfectamente entrenado: cada pocos metros un mono se para y se me queda mirando, esperando adivinar mis movimientos, y al ver que me sigo acercando corre y mediante alaridos avisa al resto del grupo. No los alcanzaré ni en cuatro vidas.

Los guías nos señalan las botas de plástico para hacer el trekking, nuestra siguiente actividad planificada. Quiero ir con mis bambas pero me dicen que habrá mucho barro. Justo cuando nos acercamos a buscar nuestro número nos avisan de que miremos dentro de las botas porque puede haber algún insecto. Nos hace el gesto de meter la mano en la bota. El guía ve mi semblante, mi risa nerviosa. Lo ha captado, así que coge mi bota, mete la mano y le da la vuelta. Caen varias arañas de tamaño considerable. Sorpresa, asco y un poquito de alivio al no haber metido yo la mano ahí.

DSC_0488 DSC_0490

Estamos de nuevo en el bote con el guía más serio, pero esta vez solamente el cuarteto hispano: Raúl, Uri, Mariano y yo. La familia chilena la he perdido de vista. Volvemos a remontar el río, a tomar exóticos afluentes. Me sigo sorprendiendo con la espesura de la vegetación tropical y con algunos lugareños pescando en estropeados y envejecidos botes.

El guía enfila la proa de la barca hacia una orilla completamente embarrada. Para llegar a tierra firme tenemos que subir por una pequeña cuesta también enfangada y resbaladiza. Hago auténticos equilibrios para no caer.

DSC_0493

Llegamos todos vivos arriba. Y el guía se transforma. Está sobreexcitado, con los ojos que le van a salir de las cuencas. Arranca una hoja de una planta y nos dice que la probemos. Uri se atreve, yo después, Raúl no quiere. Saben a hoja de planta, no hay más. Nos explica algo de lo que no entiendo ni la mitad. Se ríe nerviosamente. Acto seguido nos enseña un fruto y nos hace el gesto de pintarnos la cara. Yo me bajo del carro, Uri se apunta como era de esperar. Y Raúl sigue pasando. Le dibuja unas líneas de camuflaje en la cara. Al guía se le ha ido la pinza completamente, quiere darle una emoción tan artificial que roza el ridículo.

Empezamos a caminar. El sendero está lleno de barro, impracticable, haciendo el trekking aquí algo inútil y frustrante. Hacemos algunas paradas para que nos enseñe un árbol, una planta, un insecto. Pero nada a destacar. El guía sigue motivado como si le fuera la vida en ello y nosotros a momentos escépticos, a momentos riéndonos o a momentos vociferando improperios y quejas. Al guía no le hace mucha gracia nuestra actitud, no tenemos feeling ninguno porque lo que tendría que ser una ruta de trekking ha sido un fraude: traernos a un rincón embarrado de la selva para hacernos creer que es la actividad más salvaje que hemos hecho en nuestras vidas. Bastante lamentable. Pero al final soy de los que prefiere tomárselo con humor. Estar en la selva de Borneo aunque sea para dar un paseo, aunque sea para no hacer nada, es una experiencia.

DSC_0512

Volvemos al bote. Apenas habremos recorrido en total 300 metros. Lo mejor ha sido ver un enorme ciempiés y ver la planta que los locales se fuman, lo que vendría a ser su marihuana legal. Nos sentamos y el guía estira la cuerda de arranque del motor. No pasa nada. Vuelve a estirar con más fuerza. Tampoco. Una y otra vez el guía intenta arrancar el bote sin éxito. Nos acordamos de los que nos explicaron ayer: los cocodrilos con el motor encendido no se acercan a las barcas. Pero es que esto no enciende. A ver si la aventura va a darse a partir de ahora.

DSC_0522

Después de comer nos ofrecen ir a pescar. El sol aprieta fuerte, tanto que prefiero la humedad que se respira aquí dentro. Al cabo de un rato nada nuevo ha pasado, hasta que aparecen los niños chilenos que sí se fueron a pescar. Vienen sobresaltados, han visto varios cocodrilos enormes e incluso han estado a punto de chocar con uno de ellos al quedarse unos segundos sin motor. Me arrepiento de mi anterior decisión.

Llega la hora del safari al atardecer. Aunque estoy un poco saturado del bote, en el día de hoy los mejores momentos han sido navegando en él. El trekking funesto, las horas de después totalmente muertas y yo más guarro, más sudado y con la misma ropa.

El safari es más de lo mismo pero no por ello menos interesante: algunos lugareños pescando, pájaros, crías de cocodrilo, monos. Disfruto más del paseo propiamente en el barco que de lo que vemos, ya que la luz a estas horas es preciosa, difuminando las formas y los colores. Se respira una atmósfera de paz, apenas interrumpida por el ruido del motor que se funde con el entorno hasta tal punto de que sólo me veo a mi con la basta naturaleza de Borneo. Adoro esta isla.

DSC_0562

Empieza a llover. Menos mal que llevo puesto el chubasquero que mi suegra insistió en que me trajera a Malasia. Con el resfriado que aún colea podría haber derivado en drama.

Por la noche hay un safari nocturno pero a ninguno de los tres nos apetece. Esta vez acertamos, ya que minutos después vemos la expedición dando vueltas alrededor del campamento, iluminando con las linternas los árboles en busca de a saber qué. La despedida de la selva de Borneo se aproxima, sólo nos separa de irnos de aquí una cena, una guitarra, canciones y la buena compañía.

Marcar el Enlace permanente.

No se admiten más comentarios