Malasia y Singapur (Día 6). Sepilok. Kinabatangan.

Una furgoneta nos deja en la entrada del centro de rehabilitación del orangután de Sepilok, la visita que tenemos programada por los chicos de Uncle Tan antes de partir hacia el campamento en el Kinabatangan. Localizamos las taquillas, pagamos las entradas, nuestras y de una de las cámaras, y nos obligan a dejar nuestros enseres en unos pequeños armarios habilitadados para ello. Entre una cosa y la otra se nos ha hecho la entrada más engorrosa de lo que nos hubiera gustado, como si estuviéramos entrando en una prisión de alta seguridad. Quizá la reserva de orangutantes, es de orangutanes delincuentes.

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Empezamos a caminar por la pasarela de madera, rodeados de densa vegetación e infinidad de árboles. El centro está muy bien cuidado y la ambientación me hace sentir sumergido en la selva tropical. A mi derecha aparece una tarima, similar a las que vi en Indonesia, donde los cuidadores dejan la comida a una hora determinada que los orangutanes ya conocen, para sacarlos de su escondite y que los turistas los podamos ver y fotografiar. Antes de dejar de recordar la experiencia con los orangutanes en el Borneo indonesio veo que frente a nosotros hay un cruce donde un malayo aguarda dentro de una garita. Nos señala la pasarela de la derecha, la seguimos y aparecemos frente a un edificio. Entramos. En uno de los laterales no hay paredes, sino unas grandes cristaleras tintadas de un tono verdoso y tras las cuales hay una especie de parque de juegos para orangutanes. Apenas hay un par de simios inmóviles pero el aire acondicionado a todo trapo se agradece.

Volvemos hacia la tarima que vimos al principio. Nos la encontramos completamente atestada de gente,. Raúl nos recuerda que hoy es domingo. Mal día para venir. Como era de esperar, aparece un hombre en escena con fruta y poco a poco van apareciendo los animales descolgándose por unas cuerdas preparadas al efecto. La escena no me impresiona demasiado, seguramente porque ya la he vivido y porque es algo más artificial, al encontrarse en un centro excesivamente cuidado. Para disfrutarlo hay que tener muy claro que no es un zoo pero tampoco es una expedición por la jungla en busca de orangutanes que no han visto jamás un humano. No.

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Siento una sombra acercarse por mi izquierda, me giro, y un cuidador llega por la pasarela con un orangután junto a él. Sus movimientos pausados y su mirada dulce y tranquila me dejan paralizado y observante. Se me sigue haciendo extraño verles tantos parecidos a nosotros. Esta cercanía sí que me conmueve. El orangután lanza una mirada perdida en la inmensidad del cielo. Foto de Instagram.

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Seguimos a la marabunta de gente que se dirige al edificio que hemos visitado antes. Tras la cristalera ha llegado la hora de la comida, y varios orangutanes y alguna ardilla aparecen en escena, todos con una entrada a escena muy particular. Uno aparece haciendo volteretas a lo Donkey Kong de Nintendo.

Salimos y en el cruce de la garita preguntamos al chico a donde nos lleva la pasarela que sigue recto. Es el camino de los pájaros. Con expectación empezamos a recorrerlo, pero apenas 30 metros después estamos caminando por el barro. Yo llevo botas de trekking pero Raúl va con chanclas. Media vuelta, ya tendremos dosis de selva esta misma tarde.

Mientras Raúl y Uri toman algo en el bar situado fuera del complejo salgo a inspeccionar la zona. Justo enfrente hay un centro de conservación de un oso autóctono, o eso creo. Busco alguna entrada donde al menos echar una ojeada a los osos, intentando evitar tener que pagar la entrada para los 15 minutos de tiempo que deben quedar hasta que nos vengan a recoger. Recorro todo el camino de subida para nada.

Esperamos la furgoneta, nosotros y otros turistas que no reconozco. Nos estiramos en los bancos, boca arriba de cuerpo entero. Mi mirada se dirige al cielo pero un movimiento extraño al nivel del suelo me llama la atención. Estiro el cuello. No me lo puedo creer. Un orangután con sus largos brazos está saltando la valla, se apoya en el suelo y se dirige directamente hacia nosotros. Llamo la atención a los demás y damos todos un brinco para ponernos en pié. Cuando nos alcanza estamos todos expectantes, intentando adivinar sus intenciones. Nos apartamos de su paso y vemos que se dirige directamente a la bolsa de papel donde tenemos nuestra botella de agua. La abre, mira y la deja de nuevo en su sitio, con un gesto claro de que no le interesa en absoluto. Sigue caminando, seguido de un turista que parece del país y que lo graba sonriente con su móvil. El orangután de repente se para, se queda medio segundo inmóvil y se gira, enfocando su mirada en una solitaria riñonera. La coge. El turista sonriente hace un gesto de sorpresa. Es su riñonera. El orangután ya se la ha llevado y está subiéndose a un árbol unos metros más allá. Las risas se escuchan desde España. Hay que ser inocente para dejar la riñonera al alcance cuando un orangután se acerca a ti.

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Todos los turistas nos dirigimos al árbol. Empiezan a caer monedas, billetes, papeles, todo lo que el pelirrojo va sacando de la mochila va cayendo al suelo. Sigue sin encontrar nada de su interés. Mientras tanto, el turista y otros que le ayudan, vam recogiendo las pertenencias del suelo. Se ríe, pero me imagino mi pasaporte en manos del orangután y me entra un escalofrío. Quince Go Pro con su selfie palo, como mínimo, graban la escena.

Volvemos al campamento base con el resto de turistas, muchos de los cuales no tenía vistos porque habrán llegado esta misma mañana. Mientras esperamos nos unimos a la mesa de ping pong donde juegan unos chavales sudamericanos. Les pregunto de donde son porque su acento parece argentino pero apenas entiendo lo que dicen, no pronuncian. Me dicen que son chilenos, me acuerdo del jugador del Barça Alexis Sánchez y ahora todo me cuadra.

Aparece el jefe de Uncle Tan, más sereno que ayer por la noche. Nos da cuatro indicaciones que debido a mi nulo nivel de inglés no entiendo. Preparan una furgoneta y una pick up y nos dicen que nosotros tres nos subamos a ésta última. El conductor y uno de los guías nos acompañan. Parecemos unos gangsters, aunque la apariencia se estropea cuando la música de Dirty Dancing empieza a sonar y a nuestros acompañantes se les escapa un leve movimiento corporal acompañando la canción.

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Raúl pregunta a uno de los gangsters si podremos comprar bebidas en el campamento. El copiloto nos dice que sí, pero que nos saldrá mucho más barato avituallarnos aquí. Acto seguido paramos frente a un supermercado, ofreciéndonos así una clara muestra de honestidad cuando podrían haberse aprovechado perfectamente de nuestra falta de previsión. Eso o el jefe del súper es su primo, a saber.

Tal y como entramos en el supermercado me percato de que somos una celebridad. Las miradas que nos siguen mientras recorremos los pasillos en busca de bebidas y tentempiés, acaban reuniéndose en la zona de cajas cuando nos llega el momento de pagar. Mujeres, hombres y niños observándonos como si fueran turistas y el orangután de Borneo fuésemos nosotros. La curiosidad no tiene fronteras ni entiende de color de piel.

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Tras 1 hora de trayecto llegamos a un poblacho a la vera de un ancho río de aguas marrones. Mientras cargan los barcos con nuestras mochilas y con las bolsas que llevan nuestros desayunos y comidas, me voy a dar una vuelta por el sitio buscando alguna foto singular. El pueblo es auténtico de verdad. Mariano, el argentino, me sigue. Apenas hemos subido 50 metros cuando el conductor de nuestra pick up, que parece irse ya, se para junto a nosotros y nos señala la fachada de madera de la casa que está justo frente a mi. No le entiendo. Entonces Mariano asiente y me insta a fijarme en las fechas inscritas en la madera de la fachada. Son las alturas que alcanzó el río en las inundaciones de los diferentes años. Me invade una sensación de espanto al pensar que ese aparentemente apacible e inocente río posiblemente sesgó muchas vidas.

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El motor de la lancha empieza a rugir con mucha fuerza, y en apenas unos segundos, estamos navegando por el ancho río de aguas marrones a toda velocidad, rodeados de una densa arboleda, adentrándonos en el corazón de la selva cual expedicionario inglés del siglo XV buscando alguna tierra remota que colonizar. Estoy otra vez en la isla de Borneo, en aquella isla que descubrí en una revista, de adolescente, el primer recuerdo que tengo de cuando la palabra viajar me transmitió algo diferente. Me encanta.

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Una foto por aquí, un vídeo de GoPro por allá, una mirada reflexiva y bohemia a lo lejos mientras el viento moldea mi cara, una mirada curiosa al nuevo paisaje que aparece tras una curva sinuosa del recorrido del río. Pero de repente la lancha para de golpe. Me sobresalto. Nos giramos y miramos al conductor, el cual tiene su vista clavada en un punto. Lo señala. Me fijo en el lugar y del agua asoma una figura. Enfoco. Mis ojos identifican un enorme cocodrilo de más de 2 metros. Un escalofrío recorre mi cuerpo, una mezcla de respeto ante ese monstruo de la naturaleza que se mueve a escasos metros de mis pies y de intensa emoción por ver algo así en libertad, en su mismísimo hábitat. El cocodrilo acelera y desaparece bajo las aguas.

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El motor empieza a desacelerar. Frente a nosotros, en la rivera derecha del río, un muelle parece nuestro destino. La ambientación del lugar es total, si asaltaran el muelle unos tiraflechas aparecidos desde la espesura de la selva no me parecería tan irreal.

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Subimos las escaleras, recorremos un sendero y llegamos al campamento. Una chabola de considerable tamaño es el bar y está situado junto a un rudimentario y pequeño campo de fútbol. Estamos en el corazón de la selva, nos cuesta respirar porque aquí dentro falta el oxígeno. La sudoración es máxima, asfixiante, agobiante. 

Mientras me acabo mi cigarro todos los demás siguen la pasarela que penetra en la jungla. Me apresuro en darle las últimas caladas y voy en su busca. Nos han ubicado en la última chabola, por llamarla de alguna manera. Cuatro maderas, todo abierto, un colchón en el suelo dentro de una tupida mosquitera. Y la barraca, la pasarela, situada sobre una enorme charca de vivos y espectaculares tonos verdes. Increíble. Saco rápidamente la cámara para captar la imagen que bien podría ser la portada de una National Geographic. No tengo trípode, lo necesito porque en la selva no hay luz, pero tengo una papelera. No puede haber lugar más auténtico. Qué pasada.

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En la parte de atrás hay un espacio que son las duchas. Básicamente son unos cuantos bidones azules con agua marrón. Pero lo peor no es el color, es barro, lo que me repele de ducharme aquí es la cantidad de mosquitos que sobrevuelan la plataforma.

Vuelvo con el grupo al bar. Los chicos de Uncle Tan nos proponen jugar un partido. Raúl y yo nos sumamos. Craso error. No he iniciado la primera carrera que chorretones de sudor empapan mi camiseta. Pasan los minutos y apenas he tocado una pelota en condiciones, sólo hago más que sudar y sudar. Y ahogarme por momentos. Antes de lo esperado vuelvo al bar con una camiseta menos. Sólo me queda una muda limpia, de manga larga, para un día y medio, sin una ducha en condiciones y con esta opresiva humedad. No puedo haberlo preparado peor.

Los locales y los chavales chilenos se van a duchar al muelle. No parece buena idea meterme en un río donde habitan hambrientos reptiles de más de dos metros. Me limito a quitarme la camiseta y dejar que mi cuerpo se seque. Al cabo de un rato vuelven enteros. Por lo que comentan se han bañado con el motor de las lanchas encendido rodeándoles, porque así los cocodrilos se asustan y no se acercan. Sigo sin verlo claro, me parece una temeridad.

Después de la cena de bufet, con más variedad que en Scuba Junkie, nos juntamos con los locales. Yo no me encuentro demasiado bien, la rinitis alérgica o algún resfriado fulminante ha aparecido en escena para hacerme la supervivencia en la selva un poco más dura.

El más gracioso de los guías, el que nos ha acompañado en la pick up, toca la guitarra mientras los turistas le escuchamos, animamos y nos fumamos algún que otro cigarro. No sé cómo ni por qué Uri acaba por convencerles para nos inviten a un licor hecho a base de arroz, llamada arak. Malísimo, por cierto. Es momento de distracción y recreo. 

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Nos llaman a filas. Junto al bar hay una chabola muy a lo Indiana Jones. Aquí nos reúnen y explican las actividades durante nuestra estancia en el campamento. Y la primera viene a continuación. Volvemos al muelle y nos subimos a las lanchas para hacer nuestro primer safari nocturno. Nos dividen en dos grupos, los hispanos y los guiris, es decir, familia chilena, Mariano y nosotros en una lancha. Me gusta la idea. Empezamos a navegar por el río cuando aparece un afluente a nuestra derecha. Torcemos por ahí. Nos espera la magia de acercarnos a pájaros de vivísimos colores escondidos en la oscuridad de la noche, crías de cocodrilo escondidas en las orillas y monos durmiendo. Pero lo que más me llama la atención es la facilidad con la que los guías encuentran a esos seres, como si supieran dónde nos esperan, siendo capaces de ver los diminutos ojos de una cría de cocodrilo a veinte metros de distancia con sólo enfocar con una linterna. Jungla en estado puro.

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Estamos de vuelta y siento que empieza a penetrarme el frío en los huesos. El aire de la noche es frío, la humedad asfixiante ha desaparecido. La capacidad del kleenex empieza a verse sobrepasada. Tengo ganas de llegar.

Ya en el campamento retomamos el momento de distracción anterior. Vuelven las guitarras, las canciones, los cigarros y el asqueroso licor de arroz.

Llega la hora de irnos a dormir. Camino por la pasarela medio grogui, la cabeza me va a estallar y no puedo respirar debido a la congestión nasal. No se ve un pimiento, no podíamos esperar farolas en este rincón del mundo. Alcanzamos la chabola. Milagrosamente nadie ha caído a la charca. Hacemos malabarismos para cambiarnos y entrar en la mosquitera. E intentamos dormir. Pero el sonido de la jungla de noche es bestial, hipnotizador, me hace sentir pequeño y frágil ante fuerzas de la naturaleza tan extrañas para mi. Mi oído irrumpe en mi cerebro con todo tipo de estímulos que se transforman en indescriptibles emociones.

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