Malasia y Singapur (Día 6). Sepilok. Kinabatangan.

ÍNDICE VIAJE

FICHAFICHA
DÍA 1Kuala Lumpur.
DÍA 2Hacia Mabul.
DÍA 3Mabul.
DÍA 4Mabul.
DÍA 5Semporna. Sepilok.
DÍA 6Sepilok. Kinabatangan.
DÍA 7Kinabatangan.
DÍA 8Kinabatangan. Kuala Lumpur.
DÍA 9Langkawi.
DÍA 10Langkawi.
DÍA 11Langkawi.
DÍA 12Singapur.
DÍA 13Singapur.
DÍA 14Malaca.
DÍA 15 Kuala Lumpur.
DÍA 16Kuala Lumpur.

RESUMEN DEL DÍA

LO MEJORLO PEOR
El orangután escapista ladrón.
Haber podido ver de cerca un cocodrilo en libertad. Acongojante.
Las sensaciones del primer día en el perdido y salvaje campamento: los colores y los sonidos de la selva.

DIARIO

Una furgoneta nos deja en la entrada del Reserva Forestal de Kabili-Sepilok, la visita que tenemos programada por los chicos de Uncle Tan antes de partir hacia el campamento en el Kinabatangan. Esta reserva es una de las más famosas del mundo, pues a ella se traen los orangutanes huérfanos y heridos para rehabilitarlos y devolverlos a la vida salvaje. Localizamos las taquillas, pagamos la entradas, por persona y por una de las cámaras, y nos obligan a dejar nuestros enseres en unos pequeños armarios habilitados para ello. Entre una cosa y la otra se nos ha hecho la entrada más engorrosa de lo que nos hubiera gustado, como si estuviéramos entrando en una prisión de alta seguridad. Quizá la reserva de orangutantes, es de orangutanes delincuentes.

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Iniciamos nuestra andadura por la pasarela de madera, rodeados de densa vegetación e infinidad de árboles. El centro está muy bien cuidado. A mi derecha aparece una tarima, similar a las que vi en Indonesia, donde los cuidadores dejan la comida a una hora determinada que los orangutanes ya conocen, para sacarlos de su escondite y que los turistas los podamos ver y fotografiar. Llegamos a un cruce donde un malayo aguarda dentro de una garita. Nos señala la pasarela de la derecha, la seguimos y aparecemos frente a un edificio. Entramos. En uno de los laterales no hay paredes, sino unas grandes cristaleras tintadas de un tono verdoso y tras las cuales hay un parque de juegos para orangutanes. Apenas hay un par de simios inmóviles pero el aire acondicionado a todo trapo se agradece.

Volvemos hacia la tarima que vimos al principio. Nos la encontramos completamente atestada de gente,. Raúl nos recuerda que hoy es domingo. Mal día para venir. Como era de esperar, aparece un hombre en escena con fruta y poco a poco van acercándose los animales, descolgándose por unas cuerdas preparadas al efecto. La escena no me impresiona demasiado, seguramente porque ya la he vivido y porque es algo más artificial, al encontrarnos en un centro de rehabilitación y no en medio de la nada. Para disfrutarlo hay que tener muy claro que no es un zoo pero tampoco es una expedición por la jungla en busca de orangutanes que no han visto jamás un humano. No.

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Siento una sombra acercarse por mi izquierda, me giro, y un cuidador llega por la pasarela con un orangután junto a él. Sus movimientos pausados y su mirada dulce y tranquila me dejan paralizado y observante. Se me sigue haciendo extraño apreciar tantos parecidos a nosotros. Esta cercanía sí que me conmueve. El orangután lanza una mirada perdida en la inmensidad del cielo. Foto de Instagram.

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Seguimos a la marabunta de gente que se dirige al edificio que hemos visitado antes. Tras la cristalera ha llegado la hora de la comida, y varios orangutanes y alguna ardilla aparecen en escena, todos con una entrada a escena muy particular. Uno de ellos aparece haciendo volteretas a lo Donkey Kong de Nintendo. Por el tamaño de los orangutanes y la zona de juegos habilitada para ellos, me da la impresión de que éste es el espacio para los orangutanes más jóvenes o débiles.

Salimos y en el cruce de la garita preguntamos al chico hacia dónde nos lleva la otra pasarela. Es el camino de los pájaros. Con expectación empezamos a recorrerlo, pero apenas 30 metros después estamos hundidos en el barro. Yo llevo botas de trekking pero Raúl va con chanclas. Media vuelta, ya tendremos dosis de selva esta misma tarde.

Mientras Raúl y Uri toman algo en el bar situado fuera del complejo salgo a inspeccionar la zona. Justo enfrente hay un centro de conservación de un oso autóctono, o eso creo. Busco alguna entrada desde donde al menos poder echar una ojeada a los osos, intentando evitar pagar la entrada para los 15 minutos de tiempo que quedan hasta que nos vengan a recoger. Recorro todo el camino de subida para nada.

Esperamos la furgoneta, nosotros y otros turistas que no reconozco. Nos estiramos en los bancos, boca arriba. Mi mirada se dirige al cielo pero un movimiento extraño al nivel del suelo, a través del rabiullo del ojo, me llama la atención. Levanto la cabeza. No me lo puedo creer. Un orangután con sus largos brazos salta la valla, se apoya en el suelo y se dirige decididamente hacia nosotros. Llamo la atención a los demás y damos todos un brinco para ponernos en pié, en guardia. Cuando nos alcanza estamos todos expectantes, intentando adivinar sus intenciones. Nos apartamos de su paso y vemos que se dirige directamente a la bolsa de papel donde guardamos nuestra botella de agua. La abre, mira y la deja de nuevo en su sitio, con un gesto claro de que no le interesa en absoluto. Sigue caminando, seguido por un turista que parece del país y que lo graba sonriente con su móvil. El orangután de repente se para, se queda medio segundo inmóvil y se gira, enfocando su mirada hacia una solitaria riñonera. La coge. Al turista sonriente le cambia el semblante. Es su riñonera. El orangután ya se la ha llevado y está subiéndose a un árbol unos metros más allá. Las risas se escuchan desde Catalunya. 

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Todos los turistas nos dirigimos al pié del al árbol. Empiezan a caer monedas, billetes, papeles, todo lo que el pelirrojo va sacando de la mochila va cayendo al suelo. Sigue sin encontrar nada de su interés. Mientras tanto, el turista y otros que le ayudan, recogfen las pertenencias del suelo. Se ríe, pero me imagino mi pasaporte en manos del orangután y me entra un escalofrío. Quince Go Pro con su selfie palo, como mínimo, graban la escena.

Volvemos al campamento base con el resto de turistas, muchos de los cuales no tenía vistos porque habrán llegado esta misma mañana. Mientras esperamos nos unimos a la mesa de ping pong en la que juegan unos chavales sudamericanos. Les pregunto de donde son porque su acento parece argentino pero apenas entiendo lo que dicen, no pronuncian. Sn chilenos, me acuerdo del jugador del Barça Alexis Sánchez y su ininteligibles palabras, y ahora todo me cuadra.

Aparece el jefe de Uncle Tan, más sereno que ayer por la noche. Nos da cuatro indicaciones que debido a mi nulo nivel de inglés no entiendo. Preparan una furgoneta y una pick up y a nosotros nos piden que nos subamos a ésta última. El conductor y uno de los guías nos acompañan. Parecen unos gangsters, aunque la imagen se estropea cuando empieza a sonar Dirty Dancint y a nuestros acompañantes se les escapa un leve movimiento corporal acompañando la canción.

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Raúl pregunta a uno de los gangsters si podremos comprar bebidas en el campamento. El copiloto nos dice que sí, pero que nos será mucho más barato avituallarnos aquí. Acto seguido paramos frente a un supermercado, una clara muestra de honestidad, pues bien podrían haberse aprovechado perfectamente de nuestra falta de previsión. Eso o el propietario del súpermercado es su primo, a saber.

Tal y como entramos en el supermercado me doy cuenta de que somos una celebridad. Las miradas que nos siguen mientras recorremos los pasillos en busca de bebidas y tentempiés, acaban reuniéndose en la zona de cajas cuando llega el momento de pagar. Mujeres, hombres y niños observándonos como si fueran turistas y el orangután de Borneo fuésemos nosotros. La curiosidad no tiene fronteras ni entiende de color de piel.

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Tras 1 hora de trayecto llegamos a un poblacho a la vera de un ancho río de aguas marrones. Mientras cargan los barcos con nuestras mochilas y con las bolsas que llevan nuestros desayunos y comidas, me voy a dar una vuelta por el sitio buscando alguna foto singular. El pueblo es auténtico de verdad. Mariano, el argentino, me sigue. Apenas hemos subido 50 metros cuando el conductor de nuestra pick up, que parece irse ya, se para junto a nosotros y nos señala la fachada de madera de la casa que está justo frente a mi. No le entiendo. Mariano asiente y me insta a fijarme en las fechas inscritas en la madera de la fachada. Son las alturas que alcanzó el río en las inundaciones de diferentes fechas. Me invade una sensación de espanto al pensar que ese aparentemente apacible e inocente río posiblemente sesgó muchas vidas.

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El motor de la lancha empieza a rugir con mucha fuerza. En apenas unos segundos estamos navegando por el ancho río de aguas marrones a toda velocidad, rodeados de una densa arboleda, adentrándonos en el corazón de la selva cual expedicionario inglés del siglo XV que busca alguna tierra remota que colonizar. Estoy otra vez en la isla de Borneo, en aquella isla que descubrí en una revista, de adolescente, el primer recuerdo que poseo de cuando la palabra viajar me transmitió algo diferente. Me encanta.

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Una foto por aquí, un vídeo de GoPro por allá, una mirada reflexiva y bohemia a lo lejos mientras el viento moldea mi cara, una mirada curiosa al nuevo paisaje que se asoma tras una curva sinuosa. Pero de repente la lancha para de golpe. Me sobresalto. Nos giramos y miramos al conductor, el cual tiene su vista clavada en un punto. Lo señala. Me fijo en el lugar y del agua asoma una figura. Enfoco. Mis ojos identifican un enorme cocodrilo de más de 2 metros. Un escalofrío recorre mi cuerpo, una mezcla de respeto ante ese monstruo de la naturaleza que se mueve a escasos metros de mis pies y de intensa emoción por ver algo así en libertad, en su mismísimo hábitat. El cocodrilo acelera y desaparece bajo las aguas. Increíble.

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El motor empieza a bajar de revoluciones. Frente a nosotros, en la rivera derecha del río, un muelle parece nuestro destino. La ambientación del lugar es total, como si tuvieran que asaltarnos desde el muelle unos indígenas aparecidos desde la espesura de la selva decididos a que seamos su menú de esta noche. Genial.

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Subimos las escaleras, recorremos un sendero y llegamos al campamento. Una chabola de considerable tamaño es el bar, junto a un rudimentario y pequeño campo de fútbol. Estamos en el corazón de la selva, donde incluso cuesta respirar debido a la falta de oxígeno. La sudoración es máxima, asfixiante, agobiante. 

Mientras me acabo mi cigarro todos los demás siguen la pasarela que penetra en la jungla. Me apresuro a darle las últimas caladas y salgo tras ellos. Nos han ubicado en la última chabola, por llamarla de alguna manera. Cuatro maderas, todo abierto, un colchón en el suelo dentro de una tupida mosquitera. Pero la barraca, la pasarela, está situada sobre una enorme charca de vivos y espectaculares tonos verdes. Espectacular. Saco rápidamente la cámara para captar la imagen que bien podría ser la portada de una National Geographic. No tengo trípode, lo necesito porque en la selva no hay luz, pero tengo una papelera. No puede haber lugar más auténtico. Qué pasada.

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En la parte de atrás hay un espacio que son las duchas. Básicamente son unos cuantos bidones azules con agua marrón. Pero lo peor no es el color, es barro, lo que me repele a ducharme aquí es la cantidad de mosquitos que sobrevuelan la plataforma.

Vuelvo con el grupo al bar. Los chicos de Uncle Tan nos proponen jugar un partido. Raúl y yo nos sumamos. Craso error. No he iniciado la primera carrera que chorretones de sudor empapan mi camiseta. Pasan los minutos y apenas he tocado una pelota en condiciones, sólo hago más que sudar y sudar. Y ahogarme por momentos. Antes de lo esperado vuelvo al bar con una camiseta menos. Sólo me queda una muda limpia, de manga larga, para un día y medio, sin una ducha en condiciones y con esta opresiva humedad. No puedo haberlo preparado peor.

Los locales y los chavales chilenos se duchan en el muelle. No parece buena idea meterme en un río habitado por hambrientos reptiles de más de dos metros. Me limito a quitarme la camiseta y dejar que mi cuerpo se seque. Al cabo de un rato vuelven enteros. Por lo que comentan se han bañado con el motor de las lanchas encendido rodeándolos, porque es la manera de que los cocodrilos se asusten y no se acerquen. Sigo sin verlo claro, me parece una temeridad.

Después de la cena bufet, con más variedad que en Scuba Junkie, nos unimos a los guías. Yo no me encuentro demasiado bien, la rinitis alérgica o algún resfriado fulminante ha aparecido en escena para hacerme la supervivencia en la selva un poco más dura. El más gracioso de los guías, el que nos ha acompañado en la pick up, toca la guitarra mientras los turistas le escuchamos, animamos y nos fumamos algún que otro cigarro. No sé cómo ni por qué Uri acaba por convencerlos para nos inviten a un licor hecho a base de arroz, llamado arak. Malísimo, por cierto. Es momento de distracción y recreo. 

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Nos llaman a filas. Junto al bar hay una chabola muy a lo Indiana Jones. Aquí nos reúnen y explican las actividades durante nuestra estancia en el campamento. Y la primera viene a continuación. Volvemos al muelle y nos subimos a las lanchas para hacer nuestro primer safari nocturno. Nos dividen en dos grupos, los hispanos y los guiris, es decir, la familia chilena, Mariano y nosotros en una lancha. Me gusta la idea. Ya navegando por el río seguimos un afluente a nuestra derecha. Nos espera la magia de acercarnos a pájaros de vivísimos colores escondidos en la oscuridad de la noche, crías de cocodrilo escondidas en las orillas y monos durmiendo. Pero lo que más me llama la atención es la facilidad con la que los guías encuentran a esos seres, como si supieran dónde nos esperan, siendo capaces de ver los diminutos ojos de una cría de cocodrilo a veinte metros de distancia con sólo enfocar con una linterna. Jungla en estado puro.

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Empieza a penetrarme el frío en los huesos. El aire de la noche es frío, la humedad asfixiante ha desaparecido. La capacidad del kleenex empieza a verse sobrepasada. Tengo ganas de llegar. 

Ya en el campamento retomamos el momento de distracción anterior. Vuelven las guitarras, las canciones, los cigarros y el asqueroso licor de arroz.

Llega la hora de irnos a dormir. Camino por la pasarela medio grogui, la cabeza me va a estallar y no puedo respirar debido a la congestión nasal. No se ve un pimiento, tampoco podíamos esperar farolas en este rincón del mundo. Alcanzamos la chabola. Milagrosamente nadie ha caído a la charca. Hacemos malabarismos para cambiarnos y entrar en la mosquitera. E intentamos dormir. Pero el sonido de la jungla de noche es bestial, hipnotizador, me hace sentir pequeño y frágil ante fuerzas de la naturaleza tan extrañas para mi. Mi oído irrumpe en mi cerebro con todo tipo de estímulos que se transforman en indescriptibles emociones.

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