Malasia y Singapur (Día 5). Semporna. Sepilok.

Ha llegado el momento de dejar atrás las tortugas y las horas de hacer el vago en la hamaca y en los sofás del bar. Ha llegado la hora de marchar. Acudimos a la recepción y le decimos al chico que venimos a hacer el check-out. Ojea sus papeles y tras un par de segundos de reflexión nos indica que tiene apuntado que nos vamos por la tarde. Dejamos muy claro en la oficina de Semporna que nos iríamos por la mañana. Cosas del directo. En cuestión de segundos se movilizan y nos acompañan a uno de los barcos que está a punto de salir. Lo tienen bien montado.

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Entre saltos que acaban por ser hipnotizantes y con la brisa del mar contorneando nuestros algo más morenos rostros, es el momento perfecto para pensar en la experiencia vivida y ordenar mentalmente las que vienen ahora. Siento que volvemos a la civilización. Aunque Mabul no es la isla paradisíaca y hay más bien poco que hacer, aparte de snorkel y más snorkel para acercarnos principalmente a las graciosas tortugas marinas, me he sentido aislado del mundo. Y eso siempre es bueno.

Alcanzamos la costa de Semporna. Aquí el mar parece una autopista, con multitud de pequeñas embarcaciones de locales que van aquí y allá, en todas direcciones. Disfruto sacándoles fotos, me estoy llevando pruebas fehacientes del modo de vivir tan auténtico de la zona. Me fijo en que el yate semihundido de la ida ya no está. Estamos entrando en el puerto, que hoy con la cantidad y movimiento de barcos parece más importante.

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Lo hacemos fácil. Dejamos las mochilas en la oficina de Scuba y nos dirigimos para comer a la pizzería que hay justo enfrente. Los precios no son lo más barato del mundo pero tenemos mono de pizza y las chicas son encantadoras. En mitad de la comida aparece desde la calle y frente a nuestra mesa un loco dibujando cosas extrañas en un papel. Uri saca el móvil y le hace una foto. Me da que tendremos un buen recopilatorio de grotescas fotos a la vuelta.

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Me coloco el primero con el sencillo mapa que nos ha dibujado la chica de Scuba Junkie para llegar a la estación de autocares. Veo por el rabillo de ojo que Raúk y Uri dudan de que hayamos tomado el camino correcto y preguntan al conductor de un coche. Sigo caminando. Pasamos delante del KFC en el que comimos antes de partir hacia Mabul y torcemos a la derecha. Una carretera nos lleva a nuestro destino. Compramos los tickets y mientras esperamos que arranque el autocar doy una vuelta por la zona. Nada interesante.

El autocar para a un lado de la solitaria carretera. Pasan los minutos y no nos movemos de aquí. Algunos pasajeros acaban saliendo y nosotros hacemos lo mismo. Esto no tiene buena pinta. Aparece el copiloto con un barreño de agua. Pasamos a la parte de atrás y lo entendemos: nos hemos quedado tirados, el autocar se ha roto. Durante casi 45 minutos el conductor y su compañero pasan el tiempo echando agua al motor sobrecalentado. Me veo aquí pasando la noche, en una aislada carretera en el otro extremo del mundo rodeado de la vegetación tropical de Borneo. Suena a muy novelero y soñador, aunque a excepción de alguna pickup que pasa haciendo rallys, no hay absolutamente nada, por lo que estoy más bien cerca de ser devorado por un extraño animal aún no descubierto que por pasar un momento de fantasía.

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Tras 5 horas desde que partimos de Semporna el puntito azul en el GPS se acerca a Sepilok, donde se debería encontrar al campamento base de la agencia con la que hemos contratado nuestra estancia en mitad de la selva. Estamos yendo a la aventura, ya que me fío completamente de lo que me dice Google maps. Me acerco al conductor y le pido que nos deje en Sepilok, ya que si nos bajamos al final, en Sandakan, tendremos que retroceder un buen tramo. El conductor accede, denotando estar muy acostumbrado a este tipo de peticiones. No somos los primeros.

Minutos después estamos bajando en medio de la carretera, una vez más en un lugar que define perfectamente la idea de soledad, pero esta vez, además, añadiendo el factor nocturno. Doy vueltas sobre mi mismo para situar los puntos cardinales en el GPS del móvil. Retrocedemos 100 metros y torcemos por un camino asfaltado, más camino que calle atendiendo a la absoluta falta de luz, cosas o personas. Rápidamente nos sumergimos en una melodía de ruidos extraños, desconocidos para nosotros, de todo tipo de animales e insectos que la mente puede rescatar de aquellos míticos documentales de la 2. Me siento en el corazón de la jungla.

Vemos la tenue luz de una casa. Frente a ella y de entre las sombras aparece un cartel: Uncle Tan. Hemos llegado. Viva Google maps. Entramos y nos reciben dos hombres que muy amablemente nos acomodan y nos muestran las mesas donde cenar, aplazando el check-in para después. Hambre no nos falta. Nos acompañan en la sala una pareja y un hombre que parece ir solo. Cuando apenas estamos dando nuestros primeros bocados aparece un tercer hombre, recién duchado, que parece el jefe del sitio. Se nos presenta, gestiona el check-in y rápidamente se une a sus amigos. Poco tiempo pasa hasta que las latas vacías de cerveza de la mesa empiezan a crecer como setas. La vida de Borneo no parece muy estresada.

Se nos acerca el hombre que va solo. ¿Hablan español? Pregunta con un claro acento argentino. Asentimos. Acto seguido nos dice que le perdonemos pero se muere de ganas de hablar en español con alguien. Un argentino muriéndose de ganas de hablar con alguien. ¿Puede haber un guión mejor para una película de terror?

En el televisor están dando la Premier League y eso significa que hay televisión por satélite. Raúl pregunta si dan el Barça. El jefe coge el mando y empieza a pasar canales. Y lo encuentra. En la Isla de Borneo, en medio de la selva, veremos un Málaga-Barça. Brutal, esto es la globalización. Empieza el partido. Horrendo de principio a fin, aunque el juego es ajeno a los tres hombres que han seguido hincándose una cerveza tras otra. Por su parte, la experiencia con Mariano, el argentino, ha sido absolutamente llevadera. Parece un buen tipo y además simpatiza con el Barça y con Messi. Da comienzo una bonita amistad viajera.

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