Malasia y Singapur (Día 2). Hacia Mabul.

Día 2. Hacia Mabul

Son las 4:30 de la noche. Bajamos a la recepción del hotel y pedimos un taxi. Nos ofrecen el mismo precio que ayer. La última carta no ha funcionado, parece que no hay manera de regatear ni un sólo ringgit. Esperamos.

Llega el taxi y mientras el conductor me ayuda a levantar la maleta para introducirla en el maletero le recuerdo el precio con los peajes incluidos. Me asiente con la cabeza. Después de un tiempo desconocido, pues sigo adormilado, llegamos al aeropuerto. Antes de bajar el taxista nos reclama el dinero del peaje. Le contesto que no, no es lo que habíamos acordado, y el muy maleducado empieza a vociferar y a hacer aspavientos como si le fuera la vida en ello. Parece que algunos taxistas de alrededor del mundo comparten algún gen que la ciencia no ha logrado descubrir.

El avión empieza a descender. Las vistas son espectaculares, con la bastedad de la verde jungla sólo interrumpida por decenas de ríos embarrados. Borneo, vuelvo a estar aquí. Aterrizamos en un aeropuerto ridículo, donde una furgoneta de Scuba Junkie, nuestro alojamiento en la isla de Mabul, nos espera.

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Después de dos horas de rally por la isla y de mutuas miradas de terror, nos dejan en Semporna, justo enfrente de las sus oficinas. Cumplimos el trámite del check-in y nos vamos a dar una vuelta por el pueblo mientras esperamos la hora de embarcar. El papeleo aquí es importante, ya que Mabul y los alrededores están vigilados por el ejército al haber sido atacados por una rama local de Al-Qaeda proveniente del sur de Filipinas.

Semporna es un pueblo feucho cuya vida parece girar entorno las agencias de buceo situadas cerca del puerto. Decidimos dirigirnos a la entrada del pueblo, donde Uri cree haber visto un KFC. Apetece. Caminamos hasta el final de la calle, desde donde discurre un callejón colonizado por un destartalado mercadillo. Es muy auténtico y parece estar destinado principalmente a los locales. Venden básicamente frutas, verduras, pescado fresco y gallinas. A nosotros no nos intentan vender nada.

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Desde el callejón aparecemos en una carretera. Creo que es la misma por la que entramos en Semporna con la furgoneta. Estamos cerca. Buscamos el KFC y damos con él. En la puerta algunos críos piden limosna. Este pueblo cuanto más lo caminamos, más me huele a pobreza. Acabamos de comer y buscamos algún sitio donde Uri y Raúl puedan tomarse una cerveza. En Scuba Junkie nos han avisado que no venden en todas partes. Guiados por la casualidad vemos un local que parece un club de bebedores clandestino, con sus rejas protegiendo la caja y sin apenas luz. Faltan un par de mugrientas y drogadas stripers para que la composición sea perfecta. A mi no me queda más remedio que irme a comprar un ice coffe por la zona. Pero no me quejo, el auténtico antro merece tal esfuerzo.

Empezamos a bordear la costa con la embarcación a todo gas. La costa está totalmente poblada, con infinitas y humildes casas de madera y chapa aposentadas en pilotes sobre el mismo mar. Una Venecia indigente.

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Hacemos una parada en un pequeño embarcadero. Se suben dos locales, un hombre y una mujer de avanzada edad. Perfecto, ambos serán utilizados como entretenimiento, ya que en pocas ocasiones puedo estar tan cerca de un local para sacarle una buena fotografía. Pero el trayecto me aguarda más cosas. Primero nos cruzamos con un yate semihundido. Sí, un yate, no una embarcación cochambrosa de las muchas que se cruzan con nosotros. Y luego, algunas islas evocadoras que podrían ser perfectas para una novela cualquiera que narre un naufragio, con esa vegetación tan tropical de la que cabe esperar que se asome un feroz indígena.

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Una hora después la barca está disminuyendo la velocidad. Estamos llegando. Me llama la atención una estación petrolífera que tenemos justo delante de la isla de Mabul. Creo recordar que allí tiene el alojamiento una de las muchas agencias de buceo de Semporna.

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Escogimos Mabul porque en estas fechas está alejada del monzón y porque es un lugar privilegiado debido a la multitudinaria y colorida vida marina que se esconde bajo sus aguas. Además, tiene a unos pocos kilómetros la isla de Sipadan, una Meca del submarinismo. Nosotros no tenemos intención de bucear, por precio y por carecer de experiencia, y siendo así y sin una reserva previa no podremos acercarnos a la reserva protegida de Sipadan. Pero si vemos la oportunidad de infiltrarnos en alguna inmersión o convencer a alguien para que nos lleve a hacer snorkeling a Sipadan, lo haremos. Ya se verá si la aventura valdrá la pena.

Caminamos el largo muelle con el monitor de Scuba Junkie que nos ha venido a recibir. Cuando nos acercamos a la playa de arena nos señala un poblado situado justo a nuestra izquierda. Es un poblado de gitanos del mar. Nos pide que respetemos su espacio igual que ellos respetan el nuestro. Viven en unas condiciones terribles, en casuchas sobre el mar rodeadas de basura y entre las cuales corretean niños desnudos y sucios.

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Scuba Junkie ocupa la mitad del espacio frente a la playa de arena. Seremos vecinos de los gitanos del mar. Pasamos al lado de un cercado donde hace algunas semanas incubaron y salieron decenas de tortuguitas de su cascarón. Y tardarán en volver a poner huevos por aquí. Una pena, es uno de los espectaculos de la naturaleza que ansío poder ver.

Hacemos el check-in de nuevo. El bungalow es bonito, tanto por cuidado como por los espacios comunitarios que lo rodean. Mucha vegetación tropical. Mientras yo me fijo en esto Raúl no tarda mucho en observar con una amplia sonrisa que estamos al lado del bar. No perdona sus cervezas ni en la otra punta del mundo. Ahí pasaremos una hora y media, tomando algo y dedicándonos a vivir la vida. Sin más.

Cuando empieza a anochecer nos dirigimos a la playa de arena. Con otra compañía podría decir que es un momento romántico. La playa está atestada de niños correteando, entre dunas, alguna embarcación vieja y restos de basura. La isla es muy genuina, más que por ser un paraje recóndito de cocoteros y aguas cristalinas, por compartir espacio con personas que viven aisladas del mundo, aquí y en estas condiciones. La única sensación desagradable que me transmiten estas gentes es la del cargo de conciencia por las diferencias entre su nivel de vida y el mío. Y es que ni siquiera interactúan con nosotros, como si no estuviéramos, como si se esforzaran en evitar que nos sintamos molestados. Paseamos tranquilamente por la playa de una isla perdida.

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