Malasia y Singapur (Día 13). Singapur.

ÍNDICE VIAJE

FICHAFICHA
DÍA 1Kuala Lumpur.
DÍA 2Hacia Mabul.
DÍA 3Mabul.
DÍA 4Mabul.
DÍA 5Semporna. Sepilok.
DÍA 6Sepilok. Kinabatangan.
DÍA 7Kinabatangan.
DÍA 8Kinabatangan. Kuala Lumpur.
DÍA 9Langkawi.
DÍA 10Langkawi.
DÍA 11Langkawi.
DÍA 12Singapur.
DÍA 13Singapur.
DÍA 14Malaca.
DÍA 15 Kuala Lumpur.
DÍA 16Kuala Lumpur.

RESUMEN DEL DÍA

LO MEJORLO PEOR
El templo Buddha Tooth Relic y el ambiente que se respira en su interior.

DIARIO

Me despierto. Los primeros estímulos que llegan a mi cerebro son los de Raúl y Uri con un tono de voz propio de quien está maldiciendo a alguien. Presto atención. Por lo visto la mezquita ha estado emitiendo por los altavoces y a altas horas de la madrugada la llamada al rezo. Luego ha habido una discusión a gritos entre algunos de sus feligreses. Yo, como de costumbre, no me he enterado de nada.

Hoy tenemos planificadas las visitas al barrio chino y al barrio indio de Singapur. Dejamos el lujo occidental. Bajamos en la parada de metro del barrio chino y nada más aparecer en la superficie nos topamos con una ridícula combinación de rosas, verdes, naranjas y amarillos. Esta composición de colores no da lugar a dudas de que estamos en el lugar correcto, estamos en la Chinatown de Singapur. Me viene a la mente el viaje a China, y el recuerdo de lo horteras que son mezclando colores. He aquí la prueba.

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Las calles están atestadas de gente, principalmente chinos de China. Turistas, vaya. Hay una algarabía de locales de comida y de otros comercios, mucha actividad. A nuestra izquierda destaca una larguísima cola para comprar unas extrañas tiras de cerdo. Debe ser un conocido manjar para ellos. Uri, con el descaro que le caracteriza, se acerca al mostrador saltándose la cola y le pide al camarero probarlas, a lo cual éste accede sin problemas. No le ha entusiasmado.

Giramos en una calle y aparecemos en lo que parece el epicentro de Chinatown, inmersos en un enorme mercadillo. Aprovechamos la oferta de todo tipo para buscar un bar en el que desayunar. Me pido un plato de arroz con pollo, ya que como era de esperar, en este barrio no iba a encontrar una apetecible palmera de chocolate. De la misma manera que en China la gastronomía de calle no me agradó demasiado, aquí me sucede lo mismo.

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Salimos de la calle por el otro extremo y seguimos al recorrido por el barrio. El estado de conservación y limpieza de sus calles y edificios denota que la inmigración china no es pobre. Vemos el portón de un templo que no nos llama demasiado la atención, por lo que seguimos nuestro camino hacia el que es verdaderamente nuestro objetivo, el principal templo budista de Singapur. Antes de proseguir la marcha nos paramos en una callejuela a echar un cigarrillo, minutos en los que nos acompañará un chino anciano que nos habla y nos habla sin entenderle ni una palabra. El señor tiene muchas ganas de hablar.

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Llegamos al templo Buddha Tooth Relic. Este enorme templo tiene cinco plantas y alberga el supuesto colmillo izquierdo de Buda, rescatado de su pira funeraria de Kushinagar, al norte de la India. La reliquia se expone en el cuarto piso aunque su autenticidad está muy discutida. En la entrada varias personas practican el típico ritual con los palitos que nunca me cansaré de mirar. Pero lo realmente hipnotizante es lo que acaece en el interior. Se está celebrando una ceremonia en la que el ritmo constante pero tranquilo, acompasado, de los cánticos budistas rápidamente me embriaga por completo. No sé cuánto tiempo me quedo absorto, de pie, escuchando y dejándome llevar por esta atmósfera que lleva mis pensamientos a kilómetros y kilómetros de aquí. ¿10 minutos? ¿20? ¿Media hora? Los monjes con sus vivos atuendos naranjas vienen y van, con movimientos que evitan romper la armonía que se respira.

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Subimos a los pisos superiores en un cuidado ascensor. Subimos a la tercera planta, que viene a ser un museo, con piezas varias y una sala en la que se encuentra la importante reliquia. Diversos carteles recuerdan la prohibición de grabar imágenes, una de esas normas que tanta rabia me da porque me impide llevarme un recuerdo de un lugar. Así que ni corto ni perezoso, en un ataque de rebeldía, cojo la GoPro, la enciendo y me la coloco detrás, cogida con las manos como un objeto cualquiera al que no le prestas demasiada atención.

Bajamos de nuevo a la planta baja. Raúl ha salido al exterior. Yo decido quedarme unos minutos más observando la ceremonia. Me despido mentalmente del lugar, de este oasis de espiritualidad en la moderna y fresca Singapur. Me adentro en el gentío que se agolpa en el exterior, contracorriente, y localizo a Raúl. Pero no sólo a él. Miro justo a su lado. No me lo puedo creer. ¡Es Mariano! La casualidad ha querido que nos volvamos a encontrar. Aprovechamos la oportunidad para quedar esta noche e ir a tomar algo por Marine Bay.

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Con una parada técnica de por medio para llenarnos el estómago en un restaurante vietnamita de un moderno centro comercial, nos dirigimos al barrio indio de la ciudad: Little India. La lluvia que ha aparecido hace unos minutos y las piernas que empiezan a dar síntomas de cansancio nos han aconsejado trasladarnos en autobús. Tal como entramos en el barrio indio nos quedamos literalmente atónitos. Habíamos leído que es obligado acercarse a este lugar el domingo por la tarde, porque es su día libre, y por ende es el día en el que se puede apreciar la vida en el barrio, el día que el efecto Mumbai es total. Y justo hoy lo es. Pero lo que no nos imaginábamos es la cantidad de personas, personas y personas venidas de la India, Bangladesh y Sri Lanka que viven aquí. La causa de tanta inmigración son los trabajos con contratos de dos años en los puestos de la construcción que los singapurenses rechazan.

Bajamos del autobús y empezamos a pasear. Nos miran todos, como si no fuera muy típico la visita de turistas por aquí. Y así debe ser, pues apenas nos cruzamos con media docena. Llama especialmente la atención la cantidad de indios que ocupan las calles. Y digo ocupar a propósito, ya que se cuentan por docenas los que se agolpan en explanadas y aceras, de pie, sin hacer nada, más allá de intercambiar cuatro palabras en conversaciones que aparentan ser poco apasionadas. ¿Se pasan el domingo así? Muy curioso.

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Torcemos en una calle para sumergirnos aún más en el barrio. Menos espacio, más indios, más colores y algunos ejemplos de arquitectura hindú. La visita es muy interesante sobre todo por el impacto que produce. Que no se me interprete mal, pero estar rodeados de ese curioso color de piel bajo las atentas miradas de sus blancos ojos, es una sensación muy curiosa.

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Agotamos nuestras últimas energías en este paseo y volvemos al hotel para descansar. Desde allí hablamos a través de Whatsapp con Mariano y quedamos en una hora determinada en el león marino de Marine Bay. Una vez allí y tras una distraída charla decido dirigirme hacia un extremo de la bahía para tomar una buena perspectiva y unas buenas fotografías. Mariano se une.

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Cenamos en la apodada calle de las prostitutas. Hoy hay menos ambiente pero ellas se vuelven locas de igual manera por nuestro cash. Para más inri no somos tres hombres, hoy somos cuatro. Encontramos un sitio barato, comida correcta, justo al lado de un local donde las chicas toman algo en la terraza, una noche más. Al principio intentan cruzar alguna sonrisa, pero cuando se dan cuenta de que no van a obtener nada, nos convertimos tanto nosotros como ellas en parte del mobiliario urbano. Hasta que de repente escuchamos “Joooohnn”. Aparece el típico británico freak, rechoncho, de no perdonar jamás su desayuno inglés, que por el recibimiento debe ser cliente habitual del lugar.

Y de ahí vuelta al hotel, caminando junto al río Singapur hasta que cruzamos una ancha avenida y vemos venir un taxi. Nos separamos y despedimos de nuestro amigo argentino. Un abrazo y hasta la vista.

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