Malasia y Singapur (Día 12). Singapur.

ÍNDICE VIAJE

FICHAFICHA
DÍA 1Kuala Lumpur.
DÍA 2Hacia Mabul.
DÍA 3Mabul.
DÍA 4Mabul.
DÍA 5Semporna. Sepilok.
DÍA 6Sepilok. Kinabatangan.
DÍA 7Kinabatangan.
DÍA 8Kinabatangan. Kuala Lumpur.
DÍA 9Langkawi.
DÍA 10Langkawi.
DÍA 11Langkawi.
DÍA 12Singapur.
DÍA 13Singapur.
DÍA 14Malaca.
DÍA 15 Kuala Lumpur.
DÍA 16Kuala Lumpur.

RESUMEN DEL DÍA

LO MEJORLO PEOR
Marine Bay, de noche y de día, un espectáculo.

DIARIO

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Llegamos a Singapur. El aeropuerto, el tranvía y el metro que cogemos para llegar al centro de la ciudad, la ropa o los móviles que portan los singapurenses, denotan diferencias respecto a Malasia. Y eso teniendo en cuenta que Malasia ya es un estado desarrollado comparativamente en la región. Las calles de Singapur transmiten un orden y pulcritud contrario al polvoriento desorden general del sureste asiático.

Nuestro hotel se encuentra en un edificio muy coquetón justo al lado de la Mezquita del Sultán, una mezquita muy resultona. Su cúpula es la más grande de la ciudad. El edificio se halla aquí desde 1825 aunque el actual se construyó en 1928.

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Nos dirigimos a Marine Bay bordeando el río Singapur. La localización de Marine Bay es fácil de identificar, no sólo porque siguiendo el río no tiene pérdida, sino porque los impresionantes rascacielos que tenemos enfrente y que rodean la bahía nos sirven de orientación. Seguimos por la derecha del río. A nuestra izquierda, en la otra orilla, la ciudad nos brinda otra sensacional panorámica urbana. Discurrimos por un paseo repleto de solitarias terrazas de bares y pubs, pero con unos precios indicados en las pizarras que asustan. El impacto de ver ciertas cifras, atendiendo a los precios de Malasia que aún predominan en nuestra memoria a corto plazo, es verdaderamente desalentador.

Mientras proseguimos la marcha veo a Uri alejarse unos metros a mi derecha y grabar algo o a alguien. Una chica espectacular, guapa, elegante, vestida a la última moda, es el objetivo de su Iphone. Un indicio más de que el nivel de satisfacción de las necesidades materiales, aquí, está más que cubierto. Y una fotografía más para el impulsivo y diferente álbum de fotos de Uri que nos llevaremos a casa.

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Cruzamos un puente y otro grupo de altos edificios se muestra ante nosotros. Aparecemos en una avenida. Me fijo en la cantidad de Lexus NX 300H que circulan por la ciudad. Son como los Seat León en España, con la diferencia de que el primero no baja de los 40.000€. A ello hay que recordar la ingente cantidad de impuestos que pagan los singapurenses para poder circular por su terruño. Mis cábalas en esta ciudad dan siempre como resultado el símbolo del dólar en oro de 24 kilates rondando mi mente. Levanto la cabeza hacia mi derecha y otro pedazo de Skyline luce ante nosotros. En esta ciudad todo impresiona.

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Seguimos de frente y por fin aparecemos en Marine Bay. El Skyline anterior queda a nuestra derecha, imponente sobre el mar. Frente a nosotros el famoso, y visto ahora espectacular, Hotel Bay Sands. Las tres torres de 55 plantas cada un, están coronadas por una plataforma elevada destinada a un parque al aire libre. El voladizo que sobresale de la torre izquierda mide nada más y nada menos que 67 metros. La plataforma simula un barco, y en ella se encuentra la piscina elevada más larga del mundo, la cual, además, tiene un borde invisible de 150 metros. Una magnífica obra de la ingeniería. A su izquierda hay un edificio con forma de flor de loto y cuto techo es retráctil, un campo de fútbol construido sobre el mar, y más a la izquierda aún, las instalaciones del circuito de Fórmula 1 de Singapur. Lujo es la palabra que define el conjunto.

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Moviéndome por los menús de la réflex me doy cuenta que llevo todo el camino junto al río haciendo fotografías con una resolución muy pobre. Me frustro. Uri y Raúl deciden acercarse al famoso hotel, pero yo como soy un neurótico con mis fotos, me separaré de ellos para reandar todo el camino y volver a sacar las instantáneas. El primer día hubiera recibido unas caras extrañas, pero a estas alturas, tanto Raúl como Uri ya me tienen calado. Quedamos en las terrazas de los bares que vimos más atrás.

Con la tarea conseguida, vuelvo a las terrazas de antes. El precio señalado en las pizarras me duele en el alma. El instinto de supervivencia me lleva a desistir, así que me dirijo a un 7eleven y compro una enorme cerveza. 4€ al cambio, que en Singapur es un chollazo. Encuentro un wifi abierto, justo al lado de lo que parece una biblioteca. Ya tengo avituallamiento mientras espero a mis compañeros de viaje.

El tiempo pasa lento, los muy golfos no aparecen. Finalmente quedamos en una terraza en la que ya están bebiendo cervezas. Parece que llevan mejor que yo los precios singapurenses. Me explican que se han colado en el hotel para subir a la piscina situada en lo alto del edificio. Para ello se han puesto los Iphone en la oreja para hacerse pasar por huéspedes, y han subido por el ascensor rodeados de señoras en albornoz. Se han ahorrado los 20€ por persona de entrada. Un ejemplo de picaresca latina en toda regla. Me enseñan los vídeos y las vistas son espectaculares. El precio de mi torpeza.

Cuando ya ha pasado un buen rato decido dejarlos en el bar y dar una vuelta por el margen izquierdo del río. Me apetece pasear. En una calle solitaria me encuentro con un tipo que, en la puerta de un edificio gubernamental y con paso marcial, baja la bandera. Nadie le mira, excepto yo. Unos metros más adelante desemboco justo enfrente de un campo de rugby. Justo en ese momento juegan hombres occidentales. Apostaría a que son los directivos de las multinacionales que ocupan los rascacielos que nos rodean, pasando su tiempo libre.

En la zona se hallan el Old Parlament y el Teatro Victoria, uno de los primeros edificios victorianos de la ciudad, construido en el año 1862. Estos vestigios de otra época transmiten historia. El lugar está muy cuidado, con mucha zona verde. Pero es torcer una calle y doy al río Singapur, donde los rascacielos me hacen regresar al futuro.

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Ya de vuelta al bar empieza a anochecer. El paseo, sin darnos cuenta, está empezando a cambiar de fisonomía. Más luces, más ambiente nocturno, y unas chicas en el local de al lado que por sus miradas inquisitivas y modelitos, diría que son prostitutas. Uri ya nos avisó, sin indirectas, que en Singapur la prostitución está legalizada. Algo evidente atendiendo la cantidad de chicas que ocupan las puertas de los sospechosos pubs que nos rodean. Normalidad.

Antes de buscar sitio para cenar nos acercamos de nuevo a Marine Bay. No sé muy bien si mis compañeros sabían que ahora empieza un espectáculo nocturno de luces. Yo me he dejado llevar por ellos. Los rayos fosforitos de luces que nacen de la parte superior del Hotel Bay Sands y el Skyline de noche me dejan embobado. Muy bonito.

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Llega la hora de alimentar nuestros estómagos, tarea que se antoja complicada en una ciudad tan cara. Nos acercamos a la zona del 7eleven, más por instinto que por disponer de información que nos lleve al lugar. Aquí el ambiente sí que ha cambiado por completo. Todas las plantas bajas están ocupadas por locales nocturnos, chicas paseando y esperando en sus puertas, pubs, multitud de occidentales pasando su tiempo libre bebiendo. Muchas chicas nos miran, otras sonríen y otras nos llaman. Son embaucadoras. Pero aunque ellas no lo saben, más allá de las cuestiones morales, somos muy pobres. Y así, acto seguido nos metemos en un McDonalds a cenar.

De nuevo en la calle, nuestro siguiente objetivo es encontrar un bar en el que televisen el Barça. Capricho de Raúl consentido por los demás. El ambiente es aún más bullicioso, se respira más alcohol. El lugar es muy ruidoso. En medio de la calle juegan a colar pelotas de ping pong en vasos, y quien pierde, bebe. Nosotros seguimos siendo el centro de atención de las chicas. Tres tíos solos y tan poco integrados en este desenfreno son un perita en dulce.

Pero del partido de fútbol nada de nada. En todas partes televisan la Premier League. Pudimos ver el Barça en la Selva de Borneo y no podemos verlo en una ciudad como Singapur. Una City, rugby, pubs, alcohol, gritos y Premier League, el paraíso para todos los anglosajones que viven en esta ciudad.

Cogemos un taxi para volver al hotel e intentar ver el partido en streaming por alguna web pirata. Y lo conseguimos. Nos sentamos en la calle, la habitación es minúscula, y un argentino que va solo se nos acerca. Otro argentino. Pero éste tiene una pinta de pijo pedante que echa para atrás. Y es de River Plate, cumpliendo el apodo de “los millonarios”. Ante el riesgo de que se nos acople subimos a la habitación. No es nuestro Mariano.

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