Malasia y Singapur (Día 11). Langkawi.

ÍNDICE VIAJE

FICHAFICHA
DÍA 1Kuala Lumpur.
DÍA 2Hacia Mabul.
DÍA 3Mabul.
DÍA 4Mabul.
DÍA 5Semporna. Sepilok.
DÍA 6Sepilok. Kinabatangan.
DÍA 7Kinabatangan.
DÍA 8Kinabatangan. Kuala Lumpur.
DÍA 9Langkawi.
DÍA 10Langkawi.
DÍA 11Langkawi.
DÍA 12Singapur.
DÍA 13Singapur.
DÍA 14Malaca.
DÍA 15 Kuala Lumpur.
DÍA 16Kuala Lumpur.

RESUMEN DEL DÍA

LO MEJORLO PEOR
Visitar tres islas de manera tan diferente.El montaje de la visita de la isla de Pulau Dayang Buting. Artificial a más no poder.

DIARIO

Arranco la moto con diligencia. Antes de la excursión contratada para esta mañana tengo que encontrar una lavandería de ropa, por cuestión de supervivencia personal.

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Nos traslada una furgoneta hecha trizas a una playa en la que hay mucho movimiento. Una embarcación tras otra recogen a los turistas y locales que han contratado esta conocida excursión, los cuales esperamos en la arena como si fuéramos supervivientes de un naufragio y esperáramos a ser rescatados. La excursión consiste en la visita a tres islas: Pulau Dayang Bunting, Pulau Singa Besar y Pulau Beras Basah.

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Con cada ola la embarcación da grandes, bruscos y sonados saltos, haciéndome literalmente daño en el trasero. Tengo la sensación de que se partirá en dos. Extremo precauciones e introduzco la mochila de la cámara en la funda impermeable por si acabo en el agua. Quizá exagero pero peores cosas se habrán visto por estos rincones del mundo.

Por fin llegamos a la primera isla, la Pulau Dayang Bunting. Nos descargan y caminamos por una pasarela, siguiendo al gentío. Nos fijamos en que a nuestra derecha, en un lodazal, decenas de algún tipo de criatura muy pequeña se mueven. Miramos con atención. Parecen una especie de pez que vive en el barro en el barro. Curioso. Tras pagar la entrada al lugar subimos unas escaleras atiborradas de gente. Por el precio de la excursión no podemos pedir exigir exclusividad alguna.

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Llegamos a una laguna. Al raso y con tanto ser humano agolpado en los muelles no tiene demasiado encanto. La laguna vista ayer en una fotografía aérea, con los rayos del sol a su favor y sin un alma robando el protagonismo de la exótica solitud del paraje, es otra historia. Aquí y ahora, pues no.

Buscamos un hueco en el muelle para introducir los pies en el agua y lo encontramos. Pero estamos rodeados de chicos asiáticos de corta edad, adolescentes, bastante maleducados. Entre que no saben nadar y se empujan entre ellos, dedico más esfuerzos a prestar atención de que ninguno me caiga encima, que de disfrutar del entorno. Finalmente decidimos irnos a otro sitio, pero no mejora: dos mujeres con un burka integral, de esos que las ocultan por completo, dedicadas plenamente al cuidado de los niños mientras sus maridos nadan, se relajan, charlan y sonríen tan tranquilamente en la laguna. La rabia me corroe por dentro, y sobre todo a Raúl, que le corroe por dentro y por fuera. Es inevitable.

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Llega la hora de volver a la embarcación. Retomamos el camino esquivando a centenares y centenares de personas que vienen en sentido contrario a visitar la laguna. Es un sinparar. Se abre un claro entre el gentío y aparece una familia de monos en una roca. Ya de vuelta al muelle, nos situamos en una cola enorme para esperar los barcos que atracan, cargan y se van, uno tras otro, a ritmo fabril. Reconocemos el nuestro cuando vemos al patrón. Un salto y hacia dentro.

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La embarcación se dirige a la isla Pulau Singa Besar. Los saltos producidos por el oleaje son peor que en la ida, seguramente porque ahora navegamos al revés va al revés. Me acongoja mucho más esto que un taxi kamikaze de los que abundan en el sudeste asiático.

La embarcación se detiene a menos de 100 metros de la orilla, sin que nadie dé explicación alguna. Pronto nos percatamos de lo que hemos venido a ver. Frente a nosotros unas águilas se lanzan en picado hacia el mar. Les están tirando comida para que los turistas podamos ver sus maniobras maniobras. Es una turistada, pero ver un ave tan estilista y elegante en sus movimientos, siempre resulta curioso y entretenido.

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Desembarcamos en una bonita playa. Ahora sí, es lo que espera uno de una excursión por estos lares. Estamos en la isla Pulau Beras Basah. A un lado, las barcas hacinadas en la arena. Enfrente, las decenas de turistas agolpándose en el bar. Al otro, la playa discurre rodeada y acotada por un manglar, bien pudiendo pasar por una playa perdida y paradisiaca en medio del océano. Nos dirigimos en esa dirección y nos plantamos a medio camino. El sol es infernal, abrasa. Raúl se pone rápidamente una gorra para proteger su albina y despejada mollera. Por momentos tenemos que resguardarnos bajo los árboles, quema que da gusto.

Un movimiento inesperado en la zona más alejada y solitaria de la playa vislumbro por el rabillo del ojo. Enfoco y no me lo puedo creer. Un mono al trote se dirige hacia nosotros. Tengo un sexto sentido para detectarlos. Alerto a Raúl y Uri, con los que estoy en la orilla gracias a una nube que nos ha hecho de paraguas del endemoniado sol. El mono se aproxima cada vez más. De repente veo nuestras pertenencias bajo la sombra de los árboles que nos resguardaban antes. Nos levantamos y corremos para salvarlas. Pocos segundos después el simio pasa por nuestro lado como si no existiéramos, con paso ligero y decidido.

Una vez pasado el peligro seguimos de relax en la isla. El sol sigue dando tregua y aprovecho para sacar buenas instantáneas.

Mientras nos revolcamos en la orilla, vemos al mono volver hacia nosotros, en sentido contrario. Nos ponemos alerta para responder a sus posibles perversas intenciones. El mono vuelve con el mismo paso decidido, hasta que la cercanía nos permite entender el motivo de sus movimientos: el primate agarra una bolsa de patatas con una mano, saca las patatas con la otra y se las zampa al ritmo de sus zancadas por la arena. El muy canalla viene de robar a algún ingenuo turista. Otra vez más, son los putos amos.

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Desembarcamos en la isla principal, en Langkawi, en un descuidado puerto situado en una zona ausente de todo servicio turístico. Una furgoneta nos devuelve al hotel. La excursión no ha estado mal, es una manera de visitar lugares distintos, y aunque haya tenido poco de exótica, lo compensa su precio y la buena organización. Eso sí, me hubiera gustado pasar más tiempo en la última isla.

Comemos pizza frente al hotel, mientras intentamos, una vez más y con el tiempo pisándonos los talones, comprar los vuelos para salir de la isla. Pero la web de Air Asia sigue dando problemas. Después de volver al hotel con los fardos de ropa limpia le pregunto a Raúl si ya funciona. Nada, no ha habido éxito. Le pido que me acompañe, nos vamos al mismo aeropuerto a comprarlos. Se acabó la tontería. Compramos tres billetes, aunque con amago de susto final, porque al no llevar el pasaporte de Uri, no podían expedir el suyo. Un gesto de sorpresa y una sonrisa vuelven a ser suficientes para que los autóctonos sean permisivos y comprensibles con nosotros, una vez más. El trato al turista es excelente.

Pasamos las horas que quedan hasta la noche tomando algo. Caminamos por la calle principal por última vez. Visitamos un mercadillo porque Raúl quiere comprar una camiseta de fútbol del equipo local. A un vendedor le debe haber hecho gracia que pidamos camisetas del Langkawi FC, y no una imitación de los Barça, Madrid, Manchester o Juventus. Lo que es típico aquí. Al buen hombre le ha hecho tanta ilusión que nos da la vara durante quince minutos con el nuevo fichaje del club local, con reproducción de vídeos de YouTube incluidos, en los que se ve la llegada del jugador brasileño a la isla. Un brasileño que no conozco en absoluto, pero que aquí parece ser la estrella.

Cenamos en un puesto callejero comiendo arroz y pollo. Me encantan los puestos callejeros y mi estómago los lleva bien, pero mis compañeros no tanto. Supongo que ya tenemos plena confianza en una isla aunque no estaba en nuestros planes iniciales, es una isla que nos ha brindado unos días felices y divertidos. Hemos hecho actividades diferentes y poco exigentes, hemos comido, hemos bebido, hemos salido, hemos paseado por agradables playas. En definitiva, hemos desconectado y descansado después del tute acumulado propio de un viaje con mochila al continente asiático.

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