Malasia y Singapur (Día 10). Langkawi.

Iniciamos la excursión con una expedición compuesta por dos motos, para ahorrar dinero, con Raúl de paquete en la que yo conduzco, y con el objetivo de cruzar la isla y visitar la mejor playa de Langkawi, según cuentan las guías. Es la Tanjung Rhu Beach. A la que nos alejamos de nuestro hotel la isla nos vuelve a enseñar su cara más virgen, lejos de la marabunta de turistas que nos amontonamos en determinados enclaves. Circulamos por carreteras cubiertas de vegetación tropical, con el GPS y la Go Pro en manos de Raúl para no perdernos nada ni nadie.

Llegamos a la playa. La primera noticia positiva es que no nos cobran entrada a pesar de la garita y el vigilante en la entrada del camino que discurre hasta la costa. Circulamos unos cientos de metro al lado de lo que parece un lago o una playa interior y aparecemos literalmente en la arena de la playa. Vemos un buen lugar para estacionar las motos y me dirijo a él pero pocos metros después de introducir las ruedas en la arena, la moto amaga con hacerme un trompo. Y doy gas desafiando las leyes de la física. Me divierto.

El paisaje que envuelve la playa es espectacular. Nos rodean algunos islotes produciendo una estampa salvaje y exótica. Las guías aciertan sobre el lugar en el que pasaremos gran parte del día. Alquilamos unas hamacas y durante las siguientes horas dedicamos nuestro tiempo a la agotadora tarea de refrescarnos, descansar y saquear el chiringuito de la playa. El agua no es cristalina pero ya sólo el entorno merece la pena para llegar hasta aquí.

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El guardia de seguridad nos llama la atención para que no nos aventuremos mar adentro, pues parece ser que hay traicioneras corrientes. Es de esos peligros que uno tiende a obviar viniendo del apaciguado mar Mediterráneo.

El día va llegando a su fin y nuestra siguiente tarea consistirá en contratar una excursión por los alrededores de la isla para el día de mañana. Raúl recuerda haber visto precios en la playa que visitamos ayer al atardecer. Nos dirigimos hacia allí pero está cerrado. Volvemos a la zona del hotel, ya de noche y con su ajetreado tráfico de todos los turistas que buscan sitio para cenar. Entramos en una agencia y negociamos con un hombre muy amable y claro en sus explicaciones. Excursión barata y que ocupa medio día. Perfecto.

Compramos una botella de whisky en el centro comercial. Ya en busca de un sitio para cenar vemos a los taxistas aburridos jugando a algún juego de mesa local. Unos pocos metros más allá encontramos un restaurante que nos convence a los tres. Nos tratan como si aquello fuera de alto copete. La comida muy buena y las camareras y el dueño extremadamente atentos y predispuestos a las bromas, seguramente recurrentes de todos los turistas que debemos pasar por aquí cada día.

Y el día acaba en la playa, sin energías para descubrir un poco más la noche de Langkawi.

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