Malasia y Singapur (Día 1). Kuala Lumpur.

Día 1. Kuala Lumpur

Circulamos con el taxi por una alguna carretera del extrarradio de Kuala Lumpur haciendo un terrible esfuerzo por no caer en un profundo sueño. Hablo de mi, pues Raúl ya ha caído. Estoy agotado. Ahora mismo me pesa tanto el viaje hasta Malasia como la aventura para salir del aeropuerto. Pasillos y más pasillos, ascensores, algo similar a un metro y un tren. Creía que no saldríamos nunca. Al menos me ha servido para obtener una primera impresión de la ciudad: infraestructuras modernas, ellos y ellas vestidos a la última y una pareja de gays no haciendo demasiados esfuerzos por ocultar su condición sexual. Parece que estamos en una urbe mucho más avanzada que otras visitadas en el continente asiático.

El taxi nos deja en nuestro hotel , elSignature Little India. O eso creemos, ya que al enseñar la reserva en recepción un hombre con claros rasgos indios, como era de esperar, nos dice que el hotel se ubica en otro lugar. Por suerte nos llevarán ellos en una furgoneta que tienen aparcada justo enfrente. Nos dirigimos de nuevo al exterior y justo se pone a diluviar. Nuestro primer monzón. Esperamos para entrar en el vehículo apenas tres minutos hasta que amaina la lluvia. Intensa y breve. Uri se sienta delante, adoptando el papel de embaucador que tanto le gusta.

Después del check-in con una seca y cortante receptionista, ver la habitación y no lograr acordar con el hotel un buen precio para el taxi que nos deberá llevar mañana al aeropuerto, Uri y yo salimos al exterior del hotel. El calor es asfixiante, la humedad es opresiva y Raúl parece que se ha quedado atrapado en la taza del water. Hoy es un día de conocernos en las distancias más cortas.

Accedemos al recinto de las Batu Caves a través de un destartalado mercado que ya están desmontando. Alguien llama la atención. Giro la cabeza y a nuestra izquierda un mono hurga en la basura. Sí, es uno de esos monos con semblante de canalla. Por si acaso no me acercaré demasiado. Seguimos recto hasta una plaza. Y por fin, a nuestra izquierda la gran estatua del dios Muruga a quien están dedicadas las cuevas. Detrás suyo una enorme piedra caliza por la que sube la infinita escalera de 272 peldaños que nos debería llevar a ellas. El lugar desde aquí fuera no respira demasiada espiritualidad.

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Después de las fotografías reglamentarias empezamos a subir las escaleras. Un paso, otro paso, y al tercero ya quiero bajarme de nuevo. No he necesitado mucho tiempo para darme cuenta que hoy, y bajo este calor, moverse por aquí va a ser una fatigosa tarea. Pero el trayecto se anima muy pronto: un malintencionado mono roba una botella de agua a una chica. Acto seguido le enseña los dientes, poniendo de manifiesto que no habrá negociación posible para su devolución. Agarramos con más fuerza nuestros bártulos. Por si acaso.

Por fin llegamos arriba. Las enormes entradas situadas aquí y en el otro extremo, al dejar entrar tanta luz, permiten ver las dimensiones de la inmensa caverna. Observado la longitud, la anchura, pero miro hacia arriba y sólo veo oscuridad. A pesar de la luz es imposible ver el techo de la cueva. Es descomunal y en ella el ambiente es frío. Un regalo viniendo de ahí fuera. La Lonely Planet explica que las Batu Caves fueron descubiertas hace 120 años por un naturalista americano y no tardó en construirse en ellas un pequeño santuario hinduista. Quizá son los chiringuitos de ahí delante, unos puestecillos que bien podrían provenir de la feria de mi pueblo. Una manera muy efectiva y cutre de restarle encanto a la cueva.

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Seguimos hacia el otro extremo de la cavidad y subimos unas cuantas escaleras más. Éste sí es el famoso santuario. Varias personas se agolpan esperando algo que no logro apreciar. Se respira armonía, una quietud que junto al fresco de la cueva apagan poco a poco mis sobrecalentadas baterías. Me embobo mirando el hipnótico movimiento de la escoba del barrendero que limpia el suelo, la tenue luz que se filtra desde una apertura en el techo. Relajación.

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Volvemos hacia atrás. Comenzamos el descenso cuando vemos un camino a nuestra derecha que se dirige hacia otro lugar. Lo seguimos. Entonces uno de los muchos simios que se agolpan al inicio del camino le enseña la dentadura a otra chica que ha cometido el pecado de mirarlo y señalarlo. Son muy macarras. Pasamos junto a él marcando cierta distancia. Alcanzamos la entrada de la cueva, donde los carteles anuncian una excursión de 45 minutos, a oscuras y para ver murciélagos y multitud de bichos raros. Nos parece cara y tampoco nos apasiona el plan. Damos media vuelta. Mientras Uri se achicharra al sol en la escalera, Raúl y yo nos quedamos viendo y fotografiando a los monos. Varios de ellos saltan, juegan, dos de ellos de temprana edad se revuelcan por el suelo. Una escena divertida y tierna a la vez. Pero de repente, el mono más grande, en un golpe de furia ,empieza a zarandear la barandilla como si lo acabara de poseer el mismísimo diablo. Parece que el macho alpha quiere recordar a los aquí presentes que siguen siendo los chungos del barrio. Y él, el que más.

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Estamos de nuevo en el metro. La gente nos mira, algo raro pasa. Raúl señala un cartel: estamos en un vagón de sólo mujeres. Todas nos miran con lo que parece simple curiosidad, sin hacernos sentir violentos. Nos hacemos los suecos, el jet lag y el calor han hecho mucha mella.

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Llegamos a la parada de KL Sentral. Antes de salir al exterior buscamos una oficina de cambio en el complejo de la estación, un centro comercial bastante lujoso. Fuera, paseamos por la zona, por unas calles con aire comercial, antes de sentarnos a tomar algo en una moderna y agradable cafetería. Luego, antes de entrar en el viejo conocido supermercado 7eleven, me fijo en una panorámica que parece muy frecuente en la ciudad: casuchas bajas con los rascacielos asomando por encima.

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Empezamos a bordear la zona y parece que nos alejamos. Nos cruzamos con varios locales, de apariencia más humilde y muchos de ellos ataviados con la vestimenta típica musulmán. Un hombre mira mal a Raúl, que lo único diferente que está haciendo es darle un trago a una lata de cerveza. Hace cinco minutos estábamos en una zona comercial que por arquitectura de los edificios y estética de las personas bien podría ser un distrito cualquiera de una moderna ciudad europea. Y ahora aquí. Kuala Lumpur es una ciudad mucho más moderna de lo que me imaginaba aunque esa carrera no parece que se diera hace mucho. Guarda algunas huellas del pasado.

Se nos hace de noche. Aunque queremos volver al hotel no lo tengo marcado en el gps. Mientras me ubico nos cruzamos con un restaurante chino que está a reventar. Nos sentamos en una mesa y pedimos a boleo. Error. Aunque mi plato de arroz caldoso de sabor no está mal, la apariencia es bastante repulsiva. El plato y mi cara pasan a ser objeto de todo tipo de bromas.

Volvemos al primer hotel, al que llegamos por error esta mañana. Preguntamos cómo volver al nuestro y el mismo chico de esta mañana se ofrece a llevarnos. Excelente. Volvemos a intentar pactar un precio para llegar mañana al aeropuerto pero nos ofrecen el mismo que en el otro hotel, aunque el chico nos comenta la posibilidad de coger un autobús desde KL Sentral. Decidimos que mañana nos despertaremos y haremos y desharemos sobre la marcha. Mientras circulamos por las calles pienso en Kuala Lumpur. No es una ciudad que destaque especialmente pero dista mucho del caos de otras, lo que la hace más agradable.

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