Lanzarote (Día 2). Teguise. Famara. Arrecife.

Día 2. Teguise. Famara. Arrecife

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FICHAFICHA
DÍA 1Playa del Carmen.
DÍA 2Teguise. Famara. Arrecife.
DÍA 3Costa Papagayo. El Golfo. Los Hervideros. Playa Blanca.
DÍA 4Timanfaya y Montañas de Fuego. Casa Lagomar. Playa del Carmen.
DÍA 5Costa Papagayo.
DÍA 6Jardín Cactus. Jameos del Agua. Cueva de los Verdes. Mirador del Río. Punta Mujeres.
DÍA 7Timanfaya. Salinas de Janubio.
DÍA 8 y DÍA 9Casa César manrique. Famara. Monumento Campesino. Puerto del Carmen.

Es Domingo, día en el que se celebra el más importante mercadillo de Lanzarote, concretamente en la Villa de Teguise. En la misma entrada de la Villa nos invitan a dejar el coche en un descampado, previo pago de unos 5€, creo recordar, pero al adentrarnos en el pueblo nos damos cuenta que el aparcamiento es el timo de la estampita: a pesar de que está abarrotado de personas por ser día de mercadillo hay aparcamiento más que suficiente.

El mercado es enorme, aburre incluso a la mujer más adicta a las compras, ocupa un sin fin de calles de Teguise. La mayoría de puestos son de artesanía de todo tipo, aunque también hay zonas en las que se concentran puestos propios del mercadillo de tu pueblo y zonas con puestos en los que sirven desayunos y comidas cargadas de grasas destinadas a los ingleses y alemanes que invaden la isla.

Paseando por el mercadillo nos topamos con un grupo de lanzaroteños ataviados con ropas tradicionales y llevando consigo instrumentos para tocar música folklórica. Empiezan a tocar y apenas 2 minutos después emprenden la marcha para irse. Me acerco a uno de ellos, les pregunto que a dónde van y me contesta: “íbamo a tocá pero disen que hase mucho caló…”. Con toda la parsimonia del mundo, se da la vuelta y se va sobre sus lentos pasos. Esta es la constatación fehaciente de que la vida en Lanzarote lleva otro ritmo.

Teguise en sí nos gusta mucho. Reúne todas las características del típico pueblo lanzaroteño con sus calles y casas blancas y el silencio que se respira en ellas cuando y donde no hay mercado. A su vez no es la típica urbanización ni el típico pueblo levantado a golpe de pelotazo, Teguise es un pueblo con sus callejones, su iglesia.. y mucho blanco, blanco en todas partes.

Tras llegar a mi máximo aguante yendo de compras, que ronda las 2h, nos tomamos un café en un bar ubicado en un bonito rincón de los muchos que hay en Teguise antes de partir hacia el Castillo de Santa Bárbara. Éste se encuentra flanqueando Teguise y fue construido en un inicio en el s. XV como una simple torre y reformado hasta su finalización como castillo en el s. XVI. En lo alto de la montaña Guanapay sirvió como atalaya de vigilancia al divisarse desde ella casi todas las costas de la isla. Las vistas son sencillamente espectaculares y nos recreamos con ellas durante un largo rato: desde las escaleras que suben al castillo, bordeándolo por un lado, bordeándolo por el otro… nos quedamos con estas impresiones y decidimos no entrar porque nos parece que el precio es algo abusivo para lo que parece que puede haber dentro.

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Ha llegado la hora de comer y el hambre apremia. Consulto el listado de restaurantes recomendados que obtuve en internet hace unos días y veo que tengo señalado el pequeño pueblo pesquero de Famara. No está a muchos kilómetros de aquí. Tomamos la carretera y aún quedando muchos kilómetros podemos ver los imponentes riscos de Famara, el macizo montañoso más importante de Lanzarote que podremos disfrutar después de comer.

Llegamos a la Villa Caleta de Famara. La Villa básicamente está conformada por dos calles que discurren en paralelo al mar. Ni siquiera están asfaltadas y las casitas de la calle más cercana al mar dan a un espacio apenas construido, a modo de paseo, en el que se encuentra un minúsculo puertecito y una panorámica de la kilométrica Playa de Famara sobre la cual se alzan los gigantes riscos.

Pedimos mesa en el restaurante El Sol porque nos cuadra el precio, la variedad de los platos y las instalaciones. Todo un acierto. Por 43€ nos sirven dos bowls con mojo picón verde y rojo, papas arrugás, cazuelita de pulpo y gambas con champiñones y patatas y una paella de la que nos sobra la mitad. Hemos comido con la vista pero hemos comido de muerte, todo estaba buenísimo.

Salimos rodando del restaurante en dirección a la playa de Famara,  una playa kilométrica en la que conforme te adentras en sus aguas transcurren metros y metros a la altura del tobillo hasta que de repente un fuerte oleaje invita a las decenas de surferos que practican con su tabla. Los vientos en esta playa son muy fuertes. Tras descansar en la toalla damos un largo paseo por la arena, a los pies de de los espectaculares acantilados. La playa es interminable. Antes de darnos la vuelta nos cubrimos el cuerpo con el barro de la orilla, que tiene una textura aún más fina que el barro de otras playas.

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Ya cuando se vislumbra la caída del sol nos retiramos al hotel previo paso por Arrecife, la capital de la isla. No nos gusta. Nos dirigimos al centro y nos percatamos rápidamente que no es más que una pequeña ciudad: cemento y más cemento. Apenas  paramos con el coche para hacerle un par de fotos al Castillo de San Gabriel y la Charca de San Ginés. Marta ni siquiera baja del coche.

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