La India (Día 1). Vieja Delhi.

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FICHAFICHA
DÍA 1Vieja Delhi.

RESUMEN DEL DÍA

LO MEJORLO PEOR
No hay feeling con Vieja Delhi. Por suerte, a partir de mañana todo cambiará.

DIARIO

Después de un duro trayecto con una escala infernal de nueve horas, iniciamos nuestra experiencia en la India con nuestro primer timo. Nos hemos comido con patatas un cambio de 50 rupias por euro, cuando la oficina de cambio del aeropuerto anunciaba anunciaba el cambio en una relación 70/1. La razón ha sido una comisión de 350 rupias que nos han colado, que no anunciaban en ninguna parte. Peor el problema no ha sido la comisión, pues también deberíamos que haber preguntado. El engaño ha sido decirle al hombre de la ventanilla, antes de firmar nada, que me devolviera mis euros, y éste negármelo porque ya tiene los billetes en su mano. Bienvenidos a la India. Ojos bien abiertos.

Lídia, Cris, Raúl y yo nos encontramos en un metro que nos llevará desde el aeropuerto a poco más de un kilómetro de nuestro hotel. La estación de metro del aeropuerto era algo lúgubre, pero tanto aquella como el convoy son mucho más modernos de lo que cabía imaginar. La siguiente parada es la nuestra. Delhi nos espera.

Me coloco delante, ansioso por salir al exterior y llevarme la primera sensación de la legendaria capital de la India. Cruzamos la puerta y recibo una gran bofetada de realidad. Sin capacidad para asimilar todos los inputs que están recibiendo mis sentidos, me doy la vuelta buscando la mirada de mis compañeros, su comprensión, una empatía mutua. Encuentro la mirada de Raúl y antes de poder decir nada, exclama un “me cago en la puta”. Estamos a primera hora de la mañana frente a un sinfín de personas sentadas en el suelo, algunas sin hacer nada, otras cocinando en cochambrosas cocinillas, aquí en medio, compartiendo espacio con decenas de perros piojosos. Detrás, una concentración de autocares, o más bien chatarras con ruedas, intuyen lo que debe ser una estación. Mucha gente, ruido, movimiento. Los sentidos se están viendo superados.

Tomamos la calle hacia nuestra derecha. Me vuelvo a situar el primero, con decisión, con el GPS en la mano y un único objetivo: llegar al hotel y respirar hondo. Pasamos por lo que parece un mercado pero apenas levanto la mirada para que nada ni nadie me desvíe de mi propósito. Más gente, más aglomeración. Nos asaltan multitud de indios, ofreciendo habitaciones, tuktuks, comprar en sus paradas. Pero sigo con paso firme mientras me voy diciendo a mi mismo “flipa”. Hay que estar aquí para entenderlo.

Por fin dejamos atrás la estación. Una recta calle que cruza por encima de un incontable número de vías de tren nos ha de llevar directos al hotel. Ahora sí, con menos alboroto a mi alrededor, puedo fijarme pausadamente en lo que me rodea. Y aún me impresiona más. A nivel de suelo pasamos junto a varios cuervos que buscan comida, ardillas que hacen lo propio o una enorme rata que nos obliga a bajar de la acera. En los momentos en los que puedo levantar la vista nos cruzamos con indios de a saber qué castas, vestidos de blanco, de naranja o directamente sin vestir. Bajo el puente que estamos cruzando veo varias chabolas, destartaladas e insalubres. Mi vista vuelve a fijarse en el suelo pero esta vez para sortear un hombre moribundo, tirado en el suelo, del que no podría asegurar ni siquiera si está vivo. Vuelvo a levantar la vista y frente a nosotros se acerca un indio con la camiseta completamente manchada de sangre y las piernas cubiertas de roña, caminando tan tranquilo. Llevamos unos 600 metros andados y yo ya estoy agotado.

Llegamos a un cúmulo de edificios donde salvo error se ubica nuestro hotel. Vemos el cartel. Aunque éste se encuentra rodeado de edificios que parece que se tengan que derrumbar en cualquier momento, la fachada, la seguridad en la puerta y el hall son propios de un buen hotel, un champiñón en medio de la penuria. Nos sentamos en los sofás, con el aire acondicionado a toda castaña. Nos miramos todos y respiramos hondo. Necesitábamos llegar, dormir unas cuantas horas para recuperar el cansancio de los vuelos y asimilar en el proceso del sueño todo lo que acabamos de ver. A las doce del mediodía, los cuatro, nos encontraremos en el hall.

Salimos a la calle y rápidamente nos asaltan indios ofreciéndonos tuktuks, o como se conocen aquí, autorickshaws. Subimos a uno mientras intentamos negociar con el “conseguidor” el precio del trayecto hasta el Fuerte rojo de Delhi. Nos ofrece un buen precio pero también nos dice que tenemos que ir a comprar las entradas del fuerte a una oficina de turismo porque sólo las venden allí. Le digo que no e insisten. Propongo bajar porque se ve a leguas que nos la quieren colar pero los demás se lo toman de otra manera, que nos dejemos llevar, que ya llegaremos.

Intento negociar con el conductor, que nos lleve al Fuerte rojo o a la mezquita Jama Masjid, ya me da igual. Pero ya subidos y en marcha va a hacer lo que le dé la gana, o mejor dicho, lo que haya acordado con el “conseguidor”. Nosotros ahora sólo somos mercancía. Miro el GPS, y en efecto, estamos yendo en dirección opuesta al Fuerte rojo. Quiero matar a mis compañeros.

Llegamos a la agencia. Entramos para hacer el paripé. El hombre de la agencia cala rápidamente que no tenemos ninguna intención de contratar nada. Nos dice que los tickets de la mezquita y del fuerte sólo se pueden comprar en las taquillas de entrada a estos edificios. Nos despacha pronto, salimos y volvemos al tuktuk. El gesto disgustado del conductor lo dice todo. De nuevo en marcha, 200 metros después el conductor frena en una rotonda y nos pide que nos bajemos porque se le ha estropeado el motor. Avisa a otro tuktuk que casualmente pasa por allí, el cual nos ofrece un precio exagerado para llevarnos a la mezquita. Le decimos a los dos conductores que teníamos pactado un precio pero al nuevo conductor le importa un rábano. Todo es una jugada. Nos han traído hasta aquí por un buen precio para que contratemos algún tour o excursión en la agencia, y como no ha sido así, nos montan el numerito con un tuktuk amigo, uno de los que estaba aparcado fuera de la agencia. Mientras tanto me fijo en un mono que cruza la calle. Es todo tan surrealista.

Hemos perdido más de media hora y estamos más alejados del fuerte que antes. Me siento idiota. Un chico que ha estado viendo el episodio nos dice que cojamos el metro. Consulto el GPS y en efecto tenemos una parada a poca distancia. Parece que por fín nos podemos fiar de alguien. Empezamos a caminar, torcemos a una calle más concurrida mientras obviamos más ofrecimientos de tuktuks. Un hombre nos avisa de que el metro está cerrado. Otro intento de jugada. Hasta que finalmente llegamos. Tras unas cuantas horas en Delhi es la primera vez que algo sale como queremos . Pero no podemos cantar victoria, porque las máquinas expendedoras de billete no funcionan y en las taquillas hay una cola de infarto. Nos situamos en la cola y vemos a varios chicos jóvenes colarse a empujones, apartando unas chicas que están justo delante nuestro. Con todo el descaro posible y como si las chicas no existieran. Se percibe una sociedad muy machista. Meto el hombro marcando territorio pero nadie se inmuta, no debo estar haciendo nada ofensivo porque todo el mundo se sigue empujando. El incidente perdura hasta que el revisor de la taquilla se levanta y da un grito, echando a los chicos hacia la parte de atrás. Llegamos por fin a la taquilla y resulta que es la otra, la de al lado. Toca repetir el mismo proceso, los mismos empujones. Horror.

Salimos a la calle, cerca de la Mezquita Jama Masjid. La calle es muy estrecha y está muy destartalada. Apenas podemos caminar sin temer que nos pase por encima algún tuktuk. No hay aceras y circulamos en fila india. Nunca mejor dicho. Seguimos adelante, alcanzamos una intesección, tomamos una calle por error, retrocedemos. Las calles son denigrantes, los cables se apelotonan e las fachadas. Cualquier chispazo y la explosión del Gran Septo de Baelor de Juego de Tronos será una broma al lado de lo que puede ocurrir aquí.

Me fijo en una de las callejuelas perpendiculares, con una montaña de basura de un par de metros dejando el espacio justo para que pasen las personas. Me falta el aire en esta zona y apenas puedo hacer fotos, porque cada una implica volver a alcanzar a mis compañeros sorteando personas, coches, tuktuks.

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La calle muere en lo que parece la muralla de la mezquita. La rodeamos y alcanzamos unas anchas escaleras que ascienden hasta la entrada. Nos obligan a ir descalzos, caminamos por el pasillo hacia la gran explanada justo cuando un chico se nos acerca con sharis en la mano. Lídia le hace un ademán con la mano conforme no quiere, el hombre insiste y Lídia hace lo propio. De repente el chico se altera y grita como un loco. Al final entendemos que no le está intentando vender nada, sino que la está obligando a ponerse el shari para entrar.

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Nos sentamos a un lado. Estamos cansados, física y mentalmente, necesitamos un momento de relax. Pero dura poco. Un grupo simpático de indios nos piden hacerse fotos con nosotros. Parece que en la India los occidentales, como en otros países asiáticos, somos celebrities. Damos una vuelta por el complejo. La Mezquita Jama Masjid es la más grande de la India, construida en el s.XVII y con dos minaretes de 40 metros de altura a cada lado. No es excesivamente bonita, y la zona, en la que supuestamente se encuentran los mercados, no nos invita a pasear. Queremos salir pronto de aquí, hoy no es nuestro día.

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Aparecemos en una grande y ruidosa avenida. Se acumulan aquí autocares, coches, miles de personas, como una manada de búfalos. Nos subimos a la mediana porque no hay aceras. A un lado se encuentra el enorme mercadillo, al otro una pared. La mediana es el único espacio por el que transitar con una mínima seguridad, aunque tenemos que esquivar varios indigentes que no son más que pobres sacos de huesos. El suelo está lleno de agujeros de lo que deben ser nidos de ratas. La pobreza es dura, pero la pobreza urbana es devastadora.

Llegamos a una intersección. Tenemos que pasar al otro lado porque enfrente está el acceso al Fuerte rojo. Es una locura absoluta. Aquí confluyen centenares vehículos y personas de este, oeste, norte y sur, cada uno intentando seguir su dirección. Y nosotros tenemos que cruzar por aquí. Nos lanzamos.

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Alcanzamos las altas murallas rojas. Deberíamos estar ilusionados por entrar pero algo falla. Nos sentamos en un muro bajo como si sólo quisiéramos ver el tiempo pasar. Nos preguntamos cuáles serán los siguientes pasos. Podemos entrar al fuerte, aunque a nadie le ha embaucado, y tampoco nos quedan muchas rupias. O podemos cenar por la zona aunque ésta no inspira mucha confianza. Nada está saliendo bien hoy, nada es fácil, me siento bastante desorientado.

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Nos situamos en una cola infinita, que al final resulta que no es la nuestra. El seguridad nos envía directamente a una ventanilla sin cola. Nos ofrecen el pack completo, Fuerte rojo y museo. Le pido sólo por entrar al Fuerte rojo pero la chica me dice que no es posible. Miramos la billetera y no tenemos dinero para todos. Es la excusa perfecta para dar media vuelta. No hay sintonía con el lugar, así que decidimos marchar al hotel y comer allí. Delhi nos ha saturado, algo que ya esperábamos, y más con el cansancio del viaje. Pero detrás de ese cansancio no hay una conexión con el lugar, sólo miseria urbana, acumulación y ruido.

Salimos de nuevo al cruce maldito. Un hombre se acerca y hace el intento de guiarnos. Raúl intenta esquivarlo pero el hombre insiste, se mete en la carretera y para a todos los vehículos que pasemos, casi jugándose su integridad física. Intentamos hacernos los suecos pero el hombre al final nos logra encolomar un tuktuk que frena ahí mismo. El hombre empieza a discutir con el conductor. Apretados, agobiados, entre pitos y gritos, finalmente logramos salir de aquí.

Empezamos a discurrir por las calles de Delhi, esquivando obstáculos hasta nuestro hotel. Encontramos de nuevo nuestro particular oasis. Después de hacer un aperitivo en la terraza superior, unas Spanish Potatoes, unos refrescos y un paquete de tabaco, pasamos los últimos coletazos del día viendo la televisión india. Increíblemente freak el mundo de Bollywood. El “pelazos” nos quedará marcado para siempre.

Esperemos que mañana las sensaciones en una ciudad muy lejana, Udaipur, cambien.

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