Islandia (Día 8). Dyrholaey. Sólheimasandur. Skogafoss. Seljalandsfoss. Oddi.

ÍNDICE VIAJE

FICHAFICHA
DÍA 1Borgarnes. Osar. Hvitserkur. Hofsos. Akureyri.
DÍA 2Godafoss. Vindbelgjarfjall. Myvatn. Skutustadir. Dimmuborgir. Grjotagja.
DÍA 3Hverfall. Namafjall y Hverir. Viti. Leirhnjukur. Krafla. Selfoss. Dettifoss.
DÍA 4Egilsstadir. Lagarfljot. Litlanesfoss. Hengifoss. Seydisfjordur.
DÍA 5Stdvarljordur. Hvalnes Lighthouse. Hofn.
DÍA 6Jokulsarlon. Fjallsarlon. Svartifoss y Skaftafell. Sandar. Dverghamrar. Foss a Sidu.
DÍA 7Systrafoss. Kirkjugolf. Fjadrargljufur. Vik. Reynisdrangar. Reynisfjara. Dyrholaey.
DÍA 8Dyrholaey. Sólheimasandur. Skogafoss. Seljalandsfoss. Oddi.
DÍA 9Geysir. Strokkur. Gullfoss. Pingvellir. Reikiavik.

RESUMEN DEL DÍA

LO MEJORLO PEOR
La Reserva de Dyrholaey, tan bonita a última hora del día de ayer como a primera hora del día de hoy. Un rincón muy vivo.El Monasterio de Oddi, mucho más destacable su historia (y su media página dedicada en la Lonely Planet) que su visita. Imprescindible 100%
Pese al número de turistas, la bella cascada. Skogafoss.

DIARIO

Llegamos al aparcamiento de la Reserva de Dyrholaey. El párking está rodeado por cortos senderos que conducen a los miradores de la reserva natural protegida, cerrada entre los meses de mayo y junio para favorecer la nidificación de las aves que visitan Islandia: frailecillos, gaviotas árticas y otras aves de estos lares. El primer sendero nos lleva a un mirador con vistas a la Playa de Reynisfjara. El cielo encapotado, la bruma, la blanca espuma esparcida por la negruzca playa, conforman una escena casi tenebrosa.

Nos movemos hacia otro mirador situado más a la izquierda. Aquí las aves planean a escasos metros de nuestras cabezas, como si lo tuvieran ensayado y se deslizaran por turnos. Una gaviota. Otra. Y otra más. Intento captar alguna toma decente pese a las dificultades propias de tan agitados modelos. Aquí arriba se respira mar, se respira océano. Pero, ¿y los frailecillos?

Vemos el arco, tapado tras unas rocas. A lo lejos vemos unas pequeñas aves posadas en el mar, moviéndose al son de la marea. Son los tímidos frailecillos, que se mantienen a lo lejos sin ninguna intención de dejarse ver. Una lástima. Más a la derecha, la Playa Kirkjufjara, cuyo acceso está barrado por peligro de desprendimientos. La orografía aquí es más dura, con las olas chocando salvajemente contra las rocas, casi mojándonos a nosotros. El salvaje océano aquí castiga con aún más fuerza. Naturaleza en estado puro.

Media hora después y con gps en mano estamos intentando averiguar dónde se halla la siguiente y extravagante visita: un avión americano estrellado aquí en plena Guerra Fría, los restos del avión de Solheimasandur. Paramos en la carretera, justo a la altura del avión. Cuando bajamos del coche y nos disponemos a cruzar campo a través vemos un cartel anunciando que está prohibido aparcar y que el camino hacia el avión está unos kilómetros más adelante. No debemos ser los primeros. Efectivamente, un accidentado, pequeño y muy concurrido aparcamiento, da lugar al inicio de la senda.

El camino es aburrido, monótono, recto, infinito, envuelto de una monótona tierra marrón. Aquí, bajo mis pasos, a los costados y en el horizonte. Cuarenta fatigosos minutos después avistamos los restos del avión. El entorno desértico le da al avión estrellado, mimetizado con el entorno, un aura enigmático que una visita que bien podría ser una mierda, se convierte en curiosa y atractiva con cada paso que damos hacia nuestro objetivo. EXPLICACIÓN. Lo peor de todo es la vuelta, aburrida como ella sola.

Entramos en el recinto de una de las cascadas más famosas de Islandia. Sin ir más lejos, es la portada de la Lonely Planet. Aquí hay un hotel, un cámping, un restaurante y una enorme cantidad de coches y autocares que acreditan la fama de la cascada Skogafoss. Mientras buscamos aparcamiento la vemos. Un enorme torrente de agua cae en picado entre montañas verdes de postal. La fuerza de la caída eleva millones de partículas de agua que forman un arcoiris precioso. Maravilloso.

Después de comer en explanada del cámping con vistas a Skogafoss nos acercamos a su base. A unos treinta metros somos recibidos por una invisible cortina de agua que nos ducha. Son todas las partículas que rebotan hacia la atmósfera. Los turistas nos movemos atrás o hacia adelante, adaptándonos a los caprichos del viento que nos tira el agua en la cara. En una de esas doy un paso al frente, al contrario de todos los demás, sin importarme las consecuencias. Quiero captar una foto de la majestuosa cascada sin nadie delante. Es realmente preciosa de cerca.

A unos veinte minutos otro desvía nos lleva a la cascada Seljalandsfoss y su hermana pequeña, la cascada Gljufrafoss. Entre multitud de turistas, lo que viene a ser normal en esta zona de Islandia, contemplamos la primera sentados en una mesa. Nos acompaña un sabroso pastelito y un café caliente. Los turistas pasan por un resbaladizo sendero tras la cascada Seljalandsfoss pero a Marta le da pereza volver a mojarnos y está cansada. De la segunda cascada, desde aquí, se aprecia una parte del torrente que cae. Mientras me relajo con el entorno, Marta chafardea la tiendecita de souvenirs de aquí delante. En un momento dado la veo venir con gesto escandalizado. Las alfombras que exponen fuera de la cabaña cerrada a cal y canto por el frío valen casi 300 euros. Volvemos a decir aquello de “si esto fuera España…”. Lo tenemos muy asumido.

Le comento a Marta que cerca de aquí está el Monasterio de Oddi. Tampoco leí muchas maravillas. Cuando vemos el cartel anunciándolo decidimos acercarnos. Esta iglesia fue la cuna de las eddas nórdicas, los libros de poesía vikinga más importantes que se conservan, del siglo XIII. Mitos nórdicos, historias sobre los dioses, el destino de los hombres, el fin del mundo, la leyenda de Sigfrido y los nibelungos, historias de gigantes. A pesar del misticismo del lugar las reseñas no estaban desencaminadas. Actualmente Oddi es una humilde iglesia, muy contemporánea y rodeada por cuatro tumbas.

Nuestra intención es encontrar un hot pot que esté cerca del volcán Kerid. Mientras Marta conduce, yo miro una guía de hot pots que me encontré en un cámping de Vik en el que nos duchamos. Muchos hot pots no nos cuadran por horarios, porque no llegamos. Finalmente decidimos acercarnos a Kerid, y allí, según la hora, decidir. Pasamos de largo el pueblo de Selfoss. Aquí ya se aprecia un entorno urbano más desarrollado, siempre dentro de los límites de un país tan virgen y deshabitado como éste. Se nota que estamos muy cerca del Triángulo Dorado (Geysir, Gullfoss y Thingvellir). Tras unas cuantas curvas vemos el cráter rojo del volcán Kerid. El cráter es el resultado de una explosión de hace 6500 años. Paramos en la puerta, junto a una enorme cola, y miramos los precios. Nos parecen una barbaridad para un cráter que viéndolo desde aquí fuera, no nos parece tan espectacular. Además, leemos en la guía que hubo mucha polémica porque el propietario lo valló para cobrar entrada. Ésta será nuestra pequeña aportación a esa protesta. Volvemos a Selfoss a disfrutar del que, seguramente, será nuestro último hot pot.

Aseados y muy relajados, circulamos hacia el norte para estar mañana lo más cerca posible de nuestras siguientes visitas. Cuando ya está anocheciendo llegamos a un pueblo perdido con un cámping muy acogedor. Parece de personas autóctonas por la cantidad de caravanas y avancés plantados aquí. Antes damos una vuelta por el pueblo y vemos cosas un poco lunáticas. Solitarios muñecos sentados en unas sillas de jardín y con cervezas encima de una mesa, un invernadero con luces excesivamente estridentes, los típicos camiones de las películas de miedo ambientadas en un granja perdida en el interior de USA… y todo desierto. Es un pueblo extraño. Ya de vuelta al que será nuestro alojamiento, lo entendemos todo. En el lavabo de anuncia la fiesta del tomate del pueblo. Esta noche hay orquesta. Le propongo a Marta ir a echarle un ojo pero no le entusiasma la idea. La historia de una película de terror bien que podría empezar así.

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