Islandia (Día 7). Systrafoss. Kirkjugolf. Fjadrargljufur. Vik. Reynisdrangar. Reynisfjara. Dyrholaey.

ÍNDICE VIAJE

FICHAFICHA
DÍA 1Borgarnes. Osar. Hvitserkur. Hofsos. Akureyri.
DÍA 2Godafoss. Vindbelgjarfjall. Myvatn. Skutustadir. Dimmuborgir. Grjotagja.
DÍA 3Hverfall. Namafjall y Hverir. Viti. Leirhnjukur. Krafla. Selfoss. Dettifoss.
DÍA 4Egilsstadir. Lagarfljot. Litlanesfoss. Hengifoss. Seydisfjordur.
DÍA 5Stdvarljordur. Hvalnes Lighthouse. Hofn.
DÍA 6Jokulsarlon. Fjallsarlon. Svartifoss y Skaftafell. Sandar. Dverghamrar. Foss a Sidu.
DÍA 7Systrafoss. Kirkjugolf. Fjadrargljufur. Vik. Reynisdrangar. Reynisfjara. Dyrholaey.
DÍA 8Dyrholaey. Sólheimasandur. Skogafoss. Seljalandsfoss. Oddi.
DÍA 9Geysir. Strokkur. Gullfoss. Pingvellir. Reikiavik.

RESUMEN DEL DÍA

LO MEJORLO PEOR
Recuperar las vibraciones que dejamos en Jokulsarlon, ayer por la mañana.El trayecto de Kirkjubaejarklaustur a Vik.
Pese a que es difícil escoger lo mejor de esta región de Islandia, me quedo con Reynisfjara al atardecer.

DIARIO

El día es mucho más bonito que ayer. Mientras desayunamos me fijo en las cabañas del cámping, unas decenas de metros más arriba, en las faldas de las montañas verdosas coronadas por los rocosos y pronunciados picos tan típicos del paisaje islandés.

Estamos muy cerca de una excursión programada para el día de hoy. Vamos con reservas, atendiendo a lo que ayer tendría que haber sido una preciosa caminata y no lo fue. Aparcamos a escasos 30 metros de la cascada, en el pueblo de Kirkjubaejarklaustur. Digo pueblo por decir algo, porque una vez más, dista tanto de lo que entendemos como concentración urbana. Unas cuantas casas separadas por enormes jardines, una moderna iglesia, un supermercado, una gasolinera y poco más.

La cascada Systrafoss es muy curiosa, pues como indica la traducción de su nombre, son dos cascadas hermanas. Subimos una empinada hasta la cima de la montaña por la que cae el torrente de agua sin saber a dónde nos dirigimos. Y ahí perdemos todos los miedos y reservas del principio. Estoy en mi paisaje, en el paisaje verde quemado, húmedo, gélido, extenso e inabarcable. Un apacible lago se extiende frente a nosotros, el lago Systravatn, antaño zona de baño de las monjas.

Seguimos el camino hacia nuestra derecha a través de una pradera infinita que se pierde a la vista. Parece que todos los insectos de Islandia se concentran aquí, rodeándonos en todo momento moscas, mariposas y muchos otros que no sé identificar.

El agradable paseo da lugar a una ladera bastante empinada. Por suerte el suelo agarra bastante bien, pues la inclinación amenaza con caernos rodando hasta el bosque de allí abajo. Un bosque demasiado perfecto, frondoso y delimitado, como para ser natural.

Cuando llegamos abajo estoy convencido de que nos hemos pasado nuestra siguiente visita. Pero justo antes de alcanzar la carretera principal del pueblo nos encontramos con el suelo de la iglesia Kirkjugolf. Son unas singulares columnas de basalto alisadas que parecen eso, el suelo de una iglesia. Pero resulta que son obra de la naturaleza.

Apenas 15 minutos de trayecto después tomamos una desviación hacia el cañón Fjadrargljufur. Aquí nos encontramos con la primera carretera F, las carreteras de alta montaña que se sumergen en el corazón de Islandia y por las que sólo se puede circular con un todoterreno. Esta carretera se dirige hacia Laki. La Islandia interior queda pendiente para otro viaje.

El cañón es muy cautivador, con los salientes de la roca esculpidos por el río Fjardra que le dan misterio a la profundidad del fenómeno. El cañón tiene ni más ni menos que dos millones de años. Ascendemos por el camino que discurre a su derecha, justo donde unas chicas están instalado en el suelo unas piezas de plástico para no resbalarse, típico de las sendas de muchos lugares turísticos del país. Los espacios para asomarse a las rocosas profundidades impresionan.

Comemos en una mesa de merendero situada justo delante del cañón. Nos deleitamos con un sabrosísimo salmón marinado que nos hemos comprado en el supermercado del pueblo. Por fin nos damos un capricho en la cara Islandia.

Tras diez minutos de trayecto envueltos en un extraño paisaje vemos un espacio de aparcamiento. Hemos aprendido que en la despoblada vastedad de este país, el hecho de que se haya invertido dinero en acondicionar un aparcamiento junto a la Ring Road, implica que hay algo para ver. Despierto a Marta, que se ha quedado sopa, y le insisto para salir de la furgoneta. Un estrecho y corto sendero nos adentra en el extraño paisaje que nos viene rodeando desde hace un buen rato. Poder ver y tocar este paisaje merece la pena. Las rocas volcánicas están cubiertas por una capa verde y húmeda de unos 10 centímetros de moho. Transmiten vida. Aprieto con la mano y parece literalmente un colchón. Marciano.

Tras dos horas más en coche, posiblemente el tercer tramo pesado de este viaje, tras el primer día y ayer mismo, llegamos a Vik. Esta ciudad es la más lluviosa de Islandia y se percibe en el verde brillante de las montañas de alrededor. Subimos a la iglesia y nos tomamos unos minutos para descansar de la paliza. Desde aquí arriba se tiene una buena panorámica del pueblo, el cual encuentra situado en la esquina que forma una montaña con el mar. Y allí abajo se divisa la playa de Reynisdrangar.

Bajamos a ver la playa. Es negra, como todas las islandesas, pero destaca su longitud y ese entorno bastante privilegiado. Cuenta la leyenda que el conjunto de farallones que emerge del océano que emerge del océano son unos troles que fueron sorprendidos por la luz del sol. La misma leyenda que en Hvitserkur, una de las visitas del primer día de viaje.

  

Miramos el reloj. No nos quedan muchas horas de sol y queremos dedicarlas a la playa de Reynisfjara y a la Reserva de Dyrholaey, dos puntos especialmente subrayados en mis anotaciones. En los mapas pensaba que esta playa la podríamos alcanzar desde aquí. Pero una vez en el terreno, la cresta de la montaña que tenemos enfrente nos imposibilita cruzar hasta ella. Subimos el puerto de montaña con la furgoneta, cercados por el verde de las praderas, ahora matizado por la tonalidad anaranjada de los rayos del sol en el atardecer. Un atardecer que en Islandia es infinito.

Ya al otro lado, tomamos la desviación hacia la playa y dejamos el coche frente a un elegante restaurante. Andamos unos metros y tocamos la arena. Extraordinario. La playa de Reynisfjara es infinitamente más larga y ancha que la anterior, ubicada entre la montaña de Vik y la Reserva de Dyrholaey. Se ven unos farallones en el mar, posiblemente los que veíamos en la playa del otro lado. Dyrholaey se muestra a lo lejos, en un promontorio, perfectamente definido como una enorme, misteriosa y sombría roca que se adentra en el mar.

Decidimos recorrer Reynisfjara hasta la reserva. El altiplano rocoso de Dyrholaey es una reserva rica en aves, incluidos frailecillos. Desde aquí destaca su arco de piedra sobre el mar. Por la zona hay una cueva vikinga, Loftsalahellir, que servía para las reuniones del consejo en la época de las sagas. Intentaremos encontrarla. Caminamos sobre la arena con dificultad, hundiendo paso tras paso. A nuestra izquierda las olas del mar rompen estruosamente y esparcen el agua sobre la playa negra, pintándola. A mi derecha nada más que la vasta extensión de arena. Y delante nuestro objetivo, envuelto por la bruma. Es un momento de desconexión fantástico.

   

Tras una hora caminando por la playa, cansados, alcanzamos por fin el otro extremo. Hemos subestimado las distancias. Cuando nos estamos acercando al promontorio buscamos un acceso, un sendero que nos lleve a lo alto. Pero no vemos nada. Nos separa un acantilado y hacia el interior, el agua del mar forma una especie de laguna. Tendremos que dar media vuelta y volver mañana para ver la reserva desde el mirador de ahí arriba.

Miramos el cielo, allí donde unos pájaros surcan el aire de un lado hacia el otro. No son pájaros, ¡son frailecillos! Los frailecillos son como pingüinos voladores, con la corona y espalda negra, las mejillas y el pecho de color blanco, un pico rojo y unas patas naranjas que contrastan con su plumaje. Otro encantador animal que nos brinda el país. Intento fotografiarlos pero la distancia, la velocidad de los frailecillos y la falta de luz hacen casi imposible mi propósito.

Empieza a anochecer. Miro atrás y me da la sensación de que aquella laguna es más grande, de que la marea está subiendo. Me entra cierto miedo, teniendo en cuenta que no podemos subir a Dyrholaey y que el camino de vuelta es largo. Apremio a Marta a volver. Islandia es un ejemplo de naturaleza virgen y eso conlleva ciertos peligros que los turistas no siempre apreciamos. De ahí que cada año haya algún fallecimiento. No quiero ser uno de ellos. Quizá exagero.

Reandamos la playa en el anochecer interminable. Cenamos en el aparcamiento del restaurante, ahora semidesierto. Después volvemos a Vik para buscar un lugar donde dormir. Marta recuerda un cartel de zona para caravanas. Y ahí dormimos, en una noche que una vez más se presenta calentita.

Marcar el Enlace permanente.

No se admiten más comentarios