Islandia (Día 6). Jokulsarlon. Fjallsarlon. Svartifoss y Skaftafell. Sandar. Foss a Sidu. Dverghamrar. 

ÍNDICE VIAJE

FICHAFICHA
DÍA 1Borgarnes. Osar. Hvitserkur. Hofsos. Akureyri.
DÍA 2Godafoss. Vindbelgjarfjall. Myvatn. Skutustadir. Dimmuborgir. Grjotagja.
DÍA 3Hverfall. Namafjall y Hverir. Viti. Leirhnjukur. Krafla. Selfoss. Dettifoss.
DÍA 4Egilsstadir. Lagarfljot. Litlanesfoss. Hengifoss. Seydisfjordur.
DÍA 5Stdvarljordur. Hvalnes Lighthouse. Hofn.
DÍA 6Jokulsarlon. Fjallsarlon. Svartifoss y Skaftafell. Sandar. Dverghamrar. Foss a Sidu.
DÍA 7Systrafoss. Kirkjugolf. Fjadrargljufur. Vik. Reynisdrangar. Reynisfjara. Dyrholaey.
DÍA 8Dyrholaey. Sólheimasandur. Skogafoss. Seljalandsfoss. Oddi.
DÍA 9Geysir. Strokkur. Gullfoss. Pingvellir. Reikiavik.

RESUMEN DEL DÍA

LO MEJORLO PEOR
El paisaje glaciar de Jokulsarlon y Fjallsarlon. Su silencio, su quietud, el intenso blanco, los reflejos azules, sus espontáneos crujidos. Una maravilla.El parque nacional de Skaftafell. Para los islandeses los árboles son una rareza, para nosotros un bosque más.
El desconocido mirador de Hvalnes Lighthouse. Imprescindible.Nuestras primeras lluvias. Han estropeado el día.

DIARIO

El ruido de decenas de niños que acuden a la escuela con sus padres envuelve nuestra diminuta furgoneta. Ayer pensamos que pernoctar frente a una escuela en agosto era una buena idea, pero en Islandia precisamente deben aprovechar la climatología más suave del verano para que los niños puedan ir al colegio. Nos vestimos con celeridad y salimos escopeteados antes de que alguien se pueda sentir molesto con nuestra presencia.

Hemos vuelto a dormir bien, el frío es cosa del pasado, a pesar de las nubes grises que no dejan ver ni un rayo de sol. Llevamos casi una hora circulando por la Ring Road, con otro amago de susto cuando una oveja kamikaze se ha lanzado sobre la carretera. Por suerte me ha dado tiempo de hacerle una pitada monumental, cosa que la oveja ha captado rápido, desviando su carrera hacia el prado otra vez como si allí no hubiera pasado nada. Se divisa un glaciar enorme a lo lejos, una lengua de hielo que cae entre las montañas. Hoy el día es muy gris y las cumbres están escondidas tras un manto de nubes. Poco después identificamos un parking abarrotado de coches. Conforme nos acercamos a la región suroeste del país, la más turística, la concentración de coches y personas se presume mayor.

Nos situamos frente al glaciar Jokulsarlon. Nos quedamos durante unos minutos ensimismados contemplando otro fenómeno natural más de Islandia. Pero éste es aún más bello y surreal. Un lago glaciar copado por enormes bloques de hielo de varios metros que van a la deriva, con diferentes tonalidades blancas, azules y el negro propio de las playas de aquí. Entre los pequeños icebergs identificamos rápidamente varias focas nadando, danzando de un lado para otro en busca del mejor bocado. Realmente fascinante.

Caminamos hacia nuestra derecha, bordeando el lago. La quietud de las aguas azules y tranquilas apenas se ve interrumpida de vez en cuando por el crujido del hielo de los icebergs. Estos icebergs provienen del contiguo glaciar Breidamerkurjokull, que forma parte del glaciar de mayor tamaño, el Vatnajokull. Sus intrincadas formas los convierten en esculturas de hielo. Desembocan finalmente en el océano Atlántico a través del río Jokulsa, el río más corto de Islandia, y pueden pasar hasta cinco años flotando en el agua hasta deshacerse. Su largo viaje al mar.

El hielo se pierde de vista en la laguna de 25 km2 y 260 metros de profundidad. Unos apañados vehículos híbridos entre camión y barco se adentran violentamente en el agua, llevando a los turistas en un tour por del lago glaciar. Nosotros preferimos ahorrarnos el billete y pasear junto al lago, ya que la mayor concentración de pedazos de hielo parece estar justo aquí. Este lugar es tan bonito.

Cogemos el coche para acercarnos a otro glaciar, el glaciar Fjallsarlon, el hermano pequeño del anterior. Desde el parking ascendemos una pendiente. En el punto más alto ya se divisa lago helado, allí abajo, inmóvil. Tras él, dos lenguas de hielo. El glaciar es más pequeño que el anterior, como esperaba, el lago está más acotado y la concentración de icebergs es menor. Pero hay mucho menos trajín de personas, más silencio. Sigue siendo un paisaje que me fascina.

Menos de una hora después de dejar atrás Fjallsarlon localizamos un parking en el momento y lugar adecuados. Es la hora de comer. Mientras Marta prepara el menú subo una pendiente para investigar, ya que advierto un glaciar ahí detrás. Arriba, una grande y húmeda pradera y un lago me separan de un glaciar que baja unas montañas que parecen estar dibujadas en 3D. La sensación de libertad, de estar frente a la vasta naturaleza en toda su expresión, es brutal. El gélido viento corre hoy bajo este cielo encapotado, huyendo de las enormes montañas que hay frente a mi postradas como gigantescos muros que separan el corazón de Islandia del terreno más llano que discurre junto al mar y las playas. Tras dichas montañas empieza la Islandia interior y seguramente más salvaje, más inmensa, que muy a mi pesar, no tendremos tiempo de conocer.

Después de echar un cigarrillo frente a una cascada situada a escasos 100 metros de la Ring Road, llegamos al Parque Nacional de Skaftafell. A la derecha del gigantesco parking se ve otro glaciar, lugar en el que recuerdo haber leído que se llevan a cabo interesantes excursiones. En el complejo de entrada del parque, junto al mismo parking, un garito con botas y material para caminar por el hielo confirma que caminar por aquel glaciar es una ruta típica de aquí.

El parking está a reventar, se nota que estamos en la zona natural favorita del país, con 300.000 visitantes anuales y muy cerca del llamado triángulo de oro. Dejamos atrás la acumulación de coches y empezamos a caminar por el principal sendero del parque, dejando atrás el glaciar mentado. Apenas llevamos caminados 500 metros cuando ya le comento a Marta que el paisaje no me atrae demasiado. Ella piensa igual. Es un simple bosque, como Kjarnaskogur en Akureyri. Las arboledas, la frondosidad, son conceptos casi exóticos en Islandia. Por eso lo han hecho parque nacional, porque no los tienen, sus paisajes están pelados por el frío, el viento y la nieve. Seguramente lo bonito era visitar el glaciar Vatnajokull. Hemos fallado.

500 metros más adelante llegamos a la cascada Svartifoss. Es más tímida que otras pero las paredes de roca basáltica, tallada verticalmente y con un intenso color negro, es de lo más original. Y en esta cascada se pueden apreciar aún más de cerca. Alcanzamos el punto más alto del bosque. Confirmamos nuestras sensaciones. Posiblemente estemos ante nuestra primera decepción del viaje.

Apenas pocos minutos desde que dejamos atrás Skaftafell empieza a llover, poco más que chispear. Durante más de una hora mi principal preocupación es la lluvia en más o menos intensidad y la niebla, según el tramo. Lo único destacable es la planicie negra de los Sandar, una planicie formada por sedimentos, grava y arena provenientes de lo alto de las montañas y arrastrados hasta aquí por los glaciares. La carretera aquí cruza una enorme cantidad de puentes metálicos, o más que puentes, continuaciones metálicas del asfalto, seguramente para salvar el inestable suelo. Estamos totalmente rodeados de llanuras de tierras de un gris negruzco, mucho viento y ríos de color pardo. Es tal la extensión de los Sandar, el mayor de ellos mide 40 km entre el campo de hielo y la costa, que la palabra islandesa singular “sandur” se refiere precisamente a este fenómeno topográfico.

Paramos frente la cascada de Foss a Sidu. Nos extraña que no nos podamos acercar demasiado porque está dentro de una granja y además sigue chispeando. Posiblemente nos hayamos equivocado de cascada pero el tiempo no nos deja margen para indagar mucho más.

La siguiente visita es Dverghamrar, que significa “rocas del enano”. Dverghamrar es una formación rocosa con las típicas columnas de basalto y en las que la leyenda cuenta que moran algunos seres ocultos. Justo cuando salimos del coche la lluvia gana presencia. Es una lluvia curiosa, pues las gotas son muy finas, como si chispeara, pero en apenas unos segundos tenemos empapada la ropa. Tal como nos acercamos a la formación rocosa y vemos que no nos sorprende volvemos corriendo al coche.

Decidimos parar en un camping. Llueve sin cesar y hoy puede hacer frío. Acabamos el día compartiendo un espacio techado con mesa, fregaderos, duchas y lavabos, con una pareja de portugueses. Ya de noche preparamos la furgoneta. El frío ni está ni se le espera, ya sólo podemos esperar a que amaine el tiempo para la jornada de mañana.

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