Islandia (Día 5). Stdvarljordur. Hvalnes Lighthouse. Hofn.

ÍNDICE VIAJE

FICHAFICHA
DÍA 1Borgarnes. Osar. Hvitserkur. Hofsos. Akureyri.
DÍA 2Godafoss. Vindbelgjarfjall. Myvatn. Skutustadir. Dimmuborgir. Grjotagja.
DÍA 3Hverfall. Namafjall y Hverir. Viti. Leirhnjukur. Krafla. Selfoss. Dettifoss.
DÍA 4Egilsstadir. Lagarfljot. Litlanesfoss. Hengifoss. Seydisfjordur.
DÍA 5Stdvarljordur. Hvalnes Lighthouse. Hofn.
DÍA 6Jokulsarlon. Fjallsarlon. Svartifoss y Skaftafell. Sandar. Dverghamrar. Foss a Sidu.
DÍA 7Systrafoss. Kirkjugolf. Fjadrargljufur. Vik. Reynisdrangar. Reynisfjara. Dyrholaey.
DÍA 8Dyrholaey. Sólheimasandur. Skogafoss. Seljalandsfoss. Oddi.
DÍA 9Geysir. Strokkur. Gullfoss. Pingvellir. Reikiavik.

RESUMEN DEL DÍA

LO MEJORLO PEOR
Recorrer tan tranquilamente los inhóspitos fiordos del este.Entre los fiordos y Hofn el trayecto es algo pesado.
El desconocido mirador de Hvalnes Lighthouse. Imprescindible.

DIARIO

Nos despertamos descansados, reparados, habiendo dormido tan confortablemente. Hoy no ha hecho frío. Parece que la ola polar de las primeras noches ha llegado a su fin. Caigo en la cuenta de que ayer ya subí a las cascadas en manga corta, algo impensable días atrás. Nos preparamos para salir del cámping. Veo a un par de ciclistas con su bici y su tienda de campaña individual. Muchas personas que recorren el país en bicicleta, solos. Esto sí que ha de ser una verdadera experiencia de desconexión.

Con cierta pena de no poder volver a visitar Seydisfjordur empieza nuestra andadura de hoy a través de la Ring Road, hacia el sur. Paramos en un rincón para desayunar, junto a la carretera, cercado por montañas marrones, algunas praderas de hierba muy fina, un río y mucha nieve en las cumbres. Una pareja de turistas que habrá dormido aquí y que arrancan el coche justo en este momento nos saludan efusivamente. Qué fácil es ser majo en un país así.

Durante un buen rato circulamos envueltos en el mismo tipo de paisaje. La zona noreste de Islandia es muy atractiva.

Alcanzamos Faskrudsfjordur, el inicio de nuestra ruta por los fiordos del este. O parte de ellos. Circunvalamos el primer fiordo, excitados por lo que nos ofrecerá detrás de cada curva. Pasamos al lado de algunas granjas, de una misteriosa isla cubierta por la niebla. La carreterilla dibuja los contornos del país. Ya al otro lado llegamos a Stodvarfjordur, algo más de una hora después de desayunar en los aledaños de Egilstadir. Estacionamos frente a Steinasafn Petru, el museo de minerales más grande del país. Es una colección privada, reunida durante toda una vida, de una tal Petra Sveinsdottir. Desde la entrada vemos la casa llena de piedras y minerales. Los precios islandeses y que la temática no es nuestra pasión nos convencen para no visitarlo.

Inspeccionamos las calles del pueblo de apenas 200 habitantes. Algunas casas con curiosos jardines y un par de naves a pie de mar en lo que parece un pequeño puerto. Y mucha paz, silencio, quietud. Descubrimos una tienda de ropa, decoración y todo tipo de objetos realizados a mano. Jerseis, guantes y bufandas, papanoeles y copitos de madera, posavelas con roca volcánica…. todo es una cucada. La guía señala dos galerías de esta índole en el pueblo. Me da que esta es la de Salthussmarkadur, aunque no lo puedo asegurar. Obviamente todo cuesta un riñón, así que nos conformamos con algunos potes de miel y un portabotellas de vino de patchwork. Acabamos la visita tomando un tanque de café con leche compartido y retomamos nuestra tranquila ruta por los fiordos del este.

Lo que nos recibe a continuación son bonitos paisajes costeros. Aparco la furgoneta para hacer una foto. Y otra. Aparco de nuevo. Pierdo la cuenta de las veces que he tenido que bajar precipitadamente para captar alguna bella composición antes de que Marta me envíe al cuerno. Los fiordos del este me están gustando, sobretodo por su vasta extensión a través de una carretera que no tiene fin. Una de las paradas es culpa de dos ovejas que están sentadas en mitad de la carretera. El asfalto debe estar calentito o son un comando organizado que intenta buscar el momento de enviarnos barranco abajo. Por el camino la furgoneta presenta una nueva avería: ahora la ventanilla del conductor baja cuando le da la gana. Pide jubilación.

Nos acercamos a una densa bruma iluminada por el sol, a la altura de Breidalsvik, que esconde todo lo que sigue kilómetros más al sur. Paramos en un mirador en el que un cartel explica la construcción de la carretera que sigue y un ataque pirata de argelinos del s. XVII De repente aparecen unos renos a nuestra izquierda. Otra frenada de emergencia. Pasamos el mentado pueblo, ubicado en un paraje por el que bien valdría la pena parar si no fuera por los kilómetros que aún nos queda por recorrer en la jornada de hoy. La carretera cruza aquí literalmente el mar, sumergiéndonos en una densa niebla por la que apenas veo 50 metros más adelante. Hemos pasado del sol a esto sin darnos cuenta.

Con el sol iluminando de nuevo nuestras vidas el paisaje sigue siendo una maravilla. No me canso de mirar los enormes picos marrones y tintados de verde, que nos cercan contra el muy respetable Señor Mar del Norte. Aprovechamos un párking frente a una playa para comer con estas excelentes vistas una carbonara y unas albóndigas. 

Los siguientes kilómetros, incluyendo el primer tramo de la Ring Road sin asfaltar, están siendo bastante duros. No sé si por el cansancio o porque los altos picos verdosos nos han abandonado y ahora estamos rodeados de más roca. Pero justo antes de que un mínimo atisbo de decepción pueda salir de mi boca, tras dos horas desde nuestra parada para comer, aparece un párking de considerable tamaño, con varios coches e incluso un autocar que se dirige a él. Esto tiene que ser algo importante. Entro y despierto a Marta, que estaba en el quinto cielo.

Salimos del coche y miramos hacia atrás. Un paisaje de película. A nuestra izquierda una negra playa en forma de lengua que se adentra en el mar. Enfrente una panorámica brutal de unos picos que parecen gigantescos meteoritos clavados en el suelo. La zona se llama Hvelnes Lighthouse. Por cortesía de Google Maps, ya que no tenía ninguna información de este espectacular mirador. Una parada obligatoria.

Llegamos a Hofn. El trayecto de hoy ha sido una buena paliza, pero una paliza que como siempre en este país, ha merecido la pena. Hofn ya es casi una pequeña ciudad. Damos una vuelta con el coche por el puerto y por el interior. Pasamos por delante de algunos edificios de pisos, algo tan extraño en Islandia. Compramos en un pequeño centro comercial, otra rareza por aquí. Nos llaman la atención las 20 televisiones de plasma almacenadas en el mismo pasillo de salida al exterior. Un caramelo en la puerta de un colegio si esto fuera España. Visitamos el hot pot de Hofn, de nuevo un lugar de relax maravilloso y que nos sirve de aseo y ducha del día de hoy. Conocemos a un chico, un camarero andaluz que viene a hacer temporada porque aquí pagan muy bien, incluyendo alojamientos y comidas. El chico confirma nuestra impresión respecto a la importancia de las piscinas en Islandia. Son como los bares en España, lugar de reunión de pequeños y mayores.

Después de cenar aprovechando la infraestructura de un cámping local, pasamos la noche frente a un colegio, escondidos junto a unos árboles. En agosto nadie nos molestará aquí. O eso creemos.

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