Islandia (Día 4). Egilsstadir. Lagarfljot. Litlanesfoss. Hengifoss. Seydisfjordur.

ÍNDICE VIAJE

FICHAFICHA
DÍA 1Borgarnes. Osar. Hvitserkur. Hofsos. Akureyri.
DÍA 2Godafoss. Vindbelgjarfjall. Myvatn. Skutustadir. Dimmuborgir. Grjotagja.
DÍA 3Hverfall. Namafjall y Hverir. Viti. Leirhnjukur. Krafla. Selfoss. Dettifoss.
DÍA 4Egilsstadir. Lagarfljot. Litlanesfoss. Hengifoss. Seydisfjordur.
DÍA 5Stdvarljordur. Hvalnes Lighthouse. Hofn.
DÍA 6Jokulsarlon. Fjallsarlon. Svartifoss y Skaftafell. Sandar. Dverghamrar. Foss a Sidu.
DÍA 7Systrafoss. Kirkjugolf. Fjadrargljufur. Vik. Reynisdrangar. Reynisfjara. Dyrholaey.
DÍA 8Dyrholaey. Sólheimasandur. Skogafoss. Seljalandsfoss. Oddi.
DÍA 9Geysir. Strokkur. Gullfoss. Pingvellir. Reikiavik.

RESUMEN DEL DÍA

LO MEJORLO PEOR
Seydisfjordur, un pueblo de cuento que bien hubiera merecido disfrutarlo en una estancia de 24 horas, día y noche. Mágico.La virgen e inabarcable naturaleza islandesa es lugar de multitud de accidentes de turistas que no estamos acostumbrados a sus potenciales riesgos. Cuidado.

DIARIO

Un accidente para empezar el día:

Duermo, despertándome cada rato. Por mucho que me arrapo al saco, que metro ropa dentro de él, no encuentro el calor de ninguna de las maneras. Hoy es la peor noche. Una furgoneta con calefacción estacionaria es obligatoria para visitar Islandia. Es la primera lección. En uno de esos desvelos veo que el sol ya ha salido pero nuestra furgoneta está aparcada en la sombra. Me coloco en el asiento del conductor dispuesto a moverla hasta el sol, en busca del calor, en busca del confort. Paso el limpia pero el cristal está congelado. Solamente hay un espacio circular en la parte central de la luna a través del cual poder ver el exterior. Empiezo a circular, muy poco a poco, mirando a través de él. Paso al lado de la última furgoneta antes de llegar al sol e intento alejarme un poco más, no vaya a ser que nuestros vecinos hayan depositado algo en el suelo que no sea capaz de ver a través de la opaca luna. Veo una irregularidad del terreno y vuelvo a girar hacia la derecha. Y de repente un golpe seco. Como si me despertara de repente de una pesadilla me veo inclinado hacia delante. No entiendo nada. Acelero para avanzar pero la furgoneta no se inmuta. Pongo marcha atrás y lo mismo. Abro la puerta para entender qué ha pasado y ésta, como si fuera un peso muerto, se abre de un trompazo. Mierda. A mi izquierda había una zanja enorme y acabo de meter la furgoneta ahí. Salgo del coche, siendo recibido por el frío extremo, el silencio y una inquieta estampa: la furgoneta dentro de una zanja, la rueda delantera suspendida, el parachoques contra el suelo. Despierto a Marta, sobresaltado y asustado. Le explico la situación, se pone al volante, acelera y nada. La he liado parda, como diría aquella. Buscamos gente en el cámping. Ni un alma, ni del personal ni de los turistas que aún duermen. Nos dirigimos a la puerta del restaurante a esperar ayuda. Las manos se nos hielan, incluso empiezan a doler. Marta se vuelve a la furgoneta, no aguanta. Yo me fumo un cigarro. Luego otro. Pierdo la cuenta. Estoy histérico. Empiezo a pensar en grúas, en facturas islandesas, en horas esperando una solución, incluso en un día entero sin salir de aquí. Unos turistas que ya marchan pasan a nuestro lado con su 4×4. Con un gesto tranquilo nos dicen que no tienen nada para remolcarnos pero que tampoco nos preocupemos en exceso. Ayuda cero. Finalmente encontramos a la cocinera. Nos explica que a las 8 vendrá el Ranger del parque. Nos pide que esperemos, nos ofrece cobijo en el calor del restaurante y un café gratis. Por fin algo de paz y calor reparador. Parece ser que este frío no es normal ni siquiera aquí, Islandia está sumida desde hace unos días en una ola de frío. Ahora lo entiendo todo. Marta localiza una pala en el exterior. Pienso que no va en serio. Un minuto después estamos cavando, intentando hacer hueco para que el parachoques ceda algo en su empuje contra el suelo, intentando arrancar la hierba helada, incluso con las manos, para que la furgoneta gane tracción. Marta coge el volante, yo cojo posición frente a la furgoneta para empujar. Justo en ese momento se despiertan dos franceses de la tienda de al lado. Nos ven. No se lo creen. Y nos ofrecen ayuda. Los tres empujamos, Marta quema motor, la rueda, empieza a salir humo. Finalmente la furgoneta empieza a subir. Pero al poco parece que vuelve a irse hacia delante. Grito a Marta para que apriete el freno. Nos miramos todos. Uno, dos, tres… repetimos la acción. La furgoneta sale. Una risa nerviosa, histérica, se apodera de mi estado de ánimo. Tengo ganas de gritar pero Marta se me adelanta. Me abraza y empieza a llorar. Nervios.

Después de agradecer la ayuda a la cocinera, a los franceses, de comprobar que la rueda delantera de la furgoneta está totalmente lisa, quemada, nos duchamos antes de proseguir la marcha. En la ducha no hay agua caliente. Voy al cuartito de al lado, abro la llave de gas y sigue sin funcionar. Enciendo el mechero y una explosión me achicharra los pelillos de los dedos y manos. La llamarada ha inundado el pequeño espacio donde se aloja el calentador. Me ducho rápido, quiero irme ya, la granja mágica de ayer es hoy una granja maldita.

Volvemos a la Ring Road. Antes vemos al presumiblemente Ranger del parque subirse a un helicóptero. Al poco se enciende una luz de alarma en el cuadro de la furgoneta que tiene muy mala pinta. Creo que la hemos matado. Desaparece. Después de los nervios me entra el sueño, mucho sueño. Tras un tiempo que no soy capaz de contabilizar Marta me despierta. Ha vuelto a aparecer la señal de alarma. Paramos. La duda está en si llamamos a alguien o no. Antes decidimos pasar unos minutos en un párking para descansar, cerca de un río turquesa. Han pasado unas dos horas desde que dejamos atrás la granja.

Seguimos el camino por unos puertos de montaña preciosos. Nos rodea el verde y la nieve en la cúspide de las montañas de alrededor. Apenas puedo disfrutar el paisaje porque me preocupa el estado de la furgoneta. El camino hasta Egilstadir se nos hace eterno. En la primera gasolinera pedimos que llamen a GoCampers para transmitirles que tenemos una avería. Llaman pero comunica. El hombre, frío como el tiempo esta noche, nos da un mapa con la localización de un mecánico de la ciudad que trabaja para nuestra empresa de alquiler. Perfecto. Llegamos al taller y explicamos la luz de la avería. Ni una referencia al incidente de esta mañana. El chico, a la vez que habla con GoCampers, nos dice que no nos preocupemos, es una de las cuatro resistencias de encendido del coche y podemos circular con tranquilidad. Tampoco tenían coche de sustitución para prestarnos. Nos hemos librado de una buena.

Por fin, liberados de zanjas, averías y nervios, nos disponemos a disfrutar de la jornada de hoy. Desansadamos el camino hasta la entrada de Egilstadir, para fotografiar unas preciosas vistas del lago Lagarfljot. Cuenta la leyenda que en las oscuras aguas del lago habita el temible monstruo de Lagarfljotsormur. El río que alimenta el lago nace del glaciar Vatnajokull, formando este enorme lago de 38 km de longitud y 50 metros de profundidad.

Nuestro siguiente trayecto consiste en rodearlo para ver dos famosas cascadas de esta región. Lo hacemos por el lado este, entre árboles y vegetación muy alpina. Caigo en la cuenta de los pocos árboles que hay en Islandia. Supongo que las temperaturas extremas matan todo lo que hace el intento de crecer más de 5 centímetros del suelo. Excepto aquí.

Cerca de las cascadas decidimos hacer una parada en un merendero para comer. Las vistas son muy bonitas. A lo lejos se ve un roto en la montaña donde presumo que debe bajar el caudal de las cascadas. Y allí nos dirigimos. Subimos la empinada cuesta que se anuncia complicada, más aún hoy, que estamos especialmente cansados debido a las contingencias de la jornada. Primero nos cruzamos con la cascada Litlanesfoss, rodeada por unas curiosas columnas de basalto verticales.

Seguimos la ascensión y encapsulada entre las montañas se encuentra la cascada Hengifoss. Es la segunda cascada más alta de Islandia, precipitándose el agua 118 metros por una fotogénica garganta de rocas de tonos marrones y rojos. Nos acercamos un poco más. De cerca, la cascada y el ruido ensordeceder te envuelven, te aíslan del exterior.

Volvemos por el lado oeste del lago. Ningún turista hemos visto que cogiera esta carretera y ahora lo entendemos, pues el camino es principalmente esto, un camino de tierra sin asfaltar. Pasamos de largo Egilstadir porque queremos visitar Seydisfjordur, un pueblo enclaustrado en otro de esos bonitos fiordos que definen la orografía islandesa. Por esta zona hay más rincones recomendados pero no tenemos tiempo. Subimos un puerto de montaña hasta casi tocar la mismísima nieve, pasando al lado de un bonito lago. Después empieza el descenso por un valle con unas imponentes montañas a lado y lado, de las más bonitas que he visto hasta ahora. Parece que te abracen. Al final de la carretera nos espera un pueblo, entre los pies de las montañas y el mar. Aparcamos, caminamos unos metros hasta la orilla y nos quedamos boquiabiertos con la panorámica. Es un pueblo de cuento de hadas, con pintorescas casas de colores bajo las enormes montañas nevadas, reflectándose en el agua del mar.

Un poco más a la izquierda hay una calle que parece el epicentro del pueblo. La decoración es pura fantasía, el ambiente transmite hospitalidad. Apenas nos da tiempo a tomar un café y acercarnos a la iglesia antes de abandonar el pueblo más bonito de Islandia.

Volvemos a cruzar el puerto de montaña, donde ahora varias ovejas amenazan con asaltar la carretera. Una de ellas se rasca con uno de los palos que delimitan la carretera. Ellas siempre están ahí, acechando, presentes. Ya en Egilstadir buscamos infraestructuras para pasar la noche aquí. La Lonely Planet pone de vuelta y media al pueblo, pero a mi me parece más apacible de lo que dice la guía y un buen lugar para hacer campamento base. El hot-pot es brutal, unas instalaciones nuevas y acogedoras en las que nos pasamos todo lo que queda de día en remojo en sus jacuzzis de agua caliente, sencillamente viendo el tiempo pasar. Salgo, al igual que de la piscina de Hofsos, reparado, autista perdido, con la misma sensación que intenta venderte cualquier anuncio de gel o champú de ducha.

Marcar el Enlace permanente.

No se admiten más comentarios