Islandia (Día 3). Hverfall. Namafjall y Hverir. Viti. Leirhnjukur. Krafla. Selfoss. Dettifoss.

ÍNDICE VIAJE

FICHAFICHA
DÍA 1Borgarnes. Osar. Hvitserkur. Hofsos. Akureyri.
DÍA 2Godafoss. Vindbelgjarfjall. Myvatn. Skutustadir. Dimmuborgir. Grjotagja.
DÍA 3Hverfall. Namafjall y Hverir. Viti. Leirhnjukur. Krafla. Selfoss. Dettifoss.
DÍA 4Egilsstadir. Lagarfljot. Litlanesfoss. Hengifoss. Seydisfjordur.
DÍA 5Stdvarljordur. Hvalnes Lighthouse. Hofn.
DÍA 6Jokulsarlon. Fjallsarlon. Svartifoss y Skaftafell. Sandar. Dverghamrar. Foss a Sidu.
DÍA 7Systrafoss. Kirkjugolf. Fjadrargljufur. Vik. Reynisdrangar. Reynisfjara. Dyrholaey.
DÍA 8Dyrholaey. Sólheimasandur. Skogafoss. Seljalandsfoss. Oddi.
DÍA 9Geysir. Strokkur. Gullfoss. Pingvellir. Reikiavik.

RESUMEN DEL DÍA

LO MEJORLO PEOR
Un día perfecto: el paisaje marciano de Hverfall, los colores imposibles y los fenómenos de Hverir, el negro campo de lava de Krafla y la cascada de Dettifoss.La cascada de Selfoss, si no fuera por su cercanía a la colosal Dettifoss, se podría omitir.
La ubicación y el rollo del cámping Modrodalur.

DIARIO

Esta noche el frío ha sido un poco más soportable. Estacionar la furgo entre dos enormes autocaravanas e inundar los sacos con ropa para crear un microclima caribeño, seguro que ha ayudado. Volvemos a las faldas del Hverfall, con las fumarolas de fondo humeando. A estas horas no hay absolutamente nadie. Desayunamos con calma y justo antes de subir llega una furgo de trabajo con dos operarios que construyen aquí un sencillo edificio de madera. Futuros lavabos, bar o tienda de souvenirs. Parece un mueble de IKEA gigante.

Iniciamos el ascenso con la pronta sensación de estar caminando por la luna. Alcanzamos la cima y miramos la enorme caldera, un vacío infinito donde no hay nada ni nadie. Ni una planta, ni un animal, ni una persona, sólo gris antracita brillante y la percepción de cuan pequeños somos ante la fuerza de la naturaleza. Esperamos unos minutos para coger aire e iniciamos la vuelta alrededor del volcán tras otros turistas que se nos han adelantado. Es una de las excursiones más originales de mi vida, caminando al filo de la enorme caldera de un volcán. En su interior hay un montículo, como otra caldera en versión miniatura. 

Desde aquí arriba las vistas al entorno son espectaculares. Estamos rodeados de bastos espacios abiertos, la sensación de tocar el cielo. A un lado tenemos al mar y al otro las imponentes montañas del interior de Islandia. Viento y silencio. Respiro con tranquilidad, disfrutando cada segundo aquí. Mi pulso se ha adaptado al mar de sensaciones de Islandia, el país en el que parece que el tiempo se paró milenios atrás.

Seguimos avanzando por la Ring Road, seguimos rodeados de fumarolas. Pasamos junto a una piscina artificial con un color muy extraño, casi radioactivo. Por sus instalaciones parece parte de alguna estación de energía geotérmica. Recuerdo que Islandia produce más de la mitad de su energía aprovechando el calor que genera el interior de la tierra.

Ascendemos a través de montañas peladas con una maravillosa tonalidad ocre que me recuerdan a Timanfaya. Estamos en el paso de Namaskard. Pronto empezamos a descender por una fuerte pendiente. Allí abajo, a lo lejos, se ve una aglomeración de coches importante. Es la primera vez que vemos tanto ser humano junto. Estamos llegando a nuestra siguiente visita, la zona geotermal de Hverir. La colina roja a la derecha, la montaña de Namajfall (Montaña de la Mina) la delata. Hverir es la mayor solfatara de Islandia, el mayor conjunto de pozos de barro hirviente, depósitos de azufre y fisuras por donde emanan vapores de agua con sulfuros de hidrógeno. Esta zona se ubica justo encima de la dorsal mesoatlántica, la cresta que limita las placas tectónicas eusoasiática y norteamericana. Esto explica la enorme actividad volcánica de la región.

La explanada de Hverir es un extraño paisaje de colores imposibles, calderas de barro y enormes fumarolas. Empezamos a caminar hacia la izquierda del campo, pasando primero por una fumarola cuya columna de humo podría esconder a dos personas juntas. A la derecha, una piscina con barro hirviendo, un barro de color azul acero. Más adelante, un pequeño campo con varias fumarolas más pequeñas. Es un mundo mágico.

Seguimos caminando siguiendo al gentío, que se dirige a la falda del Namajfall para subirlo. Desde allí arriba se presumen unas vistas increíbles. El sendero es una estrecha marca en la tierra rojiza y en el que apenas puedo dar un paso sin que mis botas no resbalen hacia atrás. Me fijo en los demás turistas y con dificultades van subiendo. Pero yo me veo incapaz sin acabar rodando hacia abajo. Tras 10 o 15 metros de ascenso nos damos media vuelta, no sin ver peligrada mi integridad física, y reandamos hasta la explanada de Hverir. Creo que necesito un cambio de botas de montaña. Rodeamos la montaña y cruzamos una grieta que discurre desde la cima de la montaña hasta abajo. En la grieta no circula agua, sino ese extraño barro. Como antes andamos el campo por la izquierda, ahora lo hacemos por el otro costado. Aquí investigamos diversas piscinas de barro hirviendo, con forma de pequeños cráteres. Ver este fenómeno de la naturaleza es sencillamente espectacular.

Circulamos hacia nuestra siguiente visita. El paisaje ha vuelto a cambiar, ahora se respira la atmósfera de un paisaje de alta montaña Tras lo que parece una central de energía geotermal nos pasamos el desvío y acabamos unos centenares de metros más arriba frente al cráter volcánico Viti. Viti significa infierno, ya que antiguamente se pensaba que el infierno se encontraba bajo los volcanes. El cráter, creado en 1724, aloja un enorme lago verde. El ángulo de mi cámara no es capaz de abarcarlo todo, ya que según las guías mide 300 metros de ancho. Volvemos al desvío y aparcamos junto a decenas de coches, furgonetas y autocaravanas típicas de estas latitudes.

El camino empieza al lado del cráter Leirhnjukur, con una grieta más arriba y un pequeño lago a la altura de nuestros pies. Un lago esta vez de ese color radioactivo, casi fosforescente.

Más allá el panorama cambia. Ahora estamos en el camino al infierno, en un mar de lava negra solidificada que cubre todo lo que alcanza la vista, como un enorme chapapote escupido al suelo. Pasamos junto a unos vulcanólogos que hacen pruebas con extraños aparatos de medición. Caminamos dando brincos entre las negras rocas de caprichosas formas. Y ahí delante tenemos el cráter de Krafla. Entre la oscuridad de la tierra, en el centro de la escena, como si fuera la mismísima puerta a la morada de satanás. Es el campo de lava más increíble de Islandia. Se creó en las dos erupciones vulcánicas de la zona: entre 1724 y 1729, y entre 1975-1985, abriendo todas las fisuras volcánicas y movimientos de magma que copan esta región de Islandia.

Llegamos a los pies del cráter. Su puesta en escena casi exige arrodillarse y rendirle pleitesía. Seguimos el sendero, con forma circular. Al otro lado nos recibe una grieta humeante. Doy un brinco a una piedra más elevada. Aquí se me pierde la vista en una llanura totalmente anegada de lava negra, hasta los pies de unas montañas más altas con nieve en la cumbre.

El sendero nos lleva a un terreno más accidentado, que asciende junto a lo que parecen cráteres aún más pequeños. Arriba del todo las vistas del campo de lava son increíbles. Desde aquí ae diferencia la lava de las dos erupciones volcánicas que mencione antes. La lava de la erupción más antigua es marrón, como desgastada. La lava de la erupción del siglo pasado es del mismo negro que nos rodeaba más atrás. También se puede apreciar cómo la lava descendió las laderas de la montaña como un enorme y caudaloso río, siguiendo el curso natural de bajada. El camino sigue justo a éste, permitiendo ver muy de cerca hasta dónde alcanzó la dispersión de la lava.

Mientras circulamos hacia nuestra siguiente visita sigo pensando en la singularidad de la zona volcánica del lago Myvatn. Sin darme cuenta el paisaje vuelve a cambiar. Es una zona más desértica y más pedregosa. Son kilómetros duros, 70 km en los que se tarda algo más de una hora en llegar. Estamos cerca cuando la carretera se bifurca hacia una u otra cascada. Elegimos la cascada de Selfoss porque en principio es la menos bonita. Caminamos por un paisaje más rocoso, inexpresivo. La cascada de Selfoss la vemos a lo lejos. El camino nos permite acercarnos algo más, pero la distancia y un entorno más duro no la incluirán en mis lugares favoritos de Islandia.

Nos dirigimos caminando por un sendero que une ambas cascadas. Empezamos a ver otros turistas en sentido contrario, que vienen de la cascada de Dettifoss, literalmente empapados. Escuchamos un ruido constante de fondo que con cada paso se hace más fuerte, más estruendoso. Empieza a llover agua pero miro al cielo y no hay nubes. La dirección que toman las diminutas gotas desafía las leyes de la gravedad, por lo que me da que esto no es lluvia caída del cielo. La curiosidad que ha ido en aumento se ve colmada cuando el sendero acaba frente a la cascada de Dettifoss, justo donde el camino empieza a descender para acercarse a ella lo máximo que permite la orografía del terreno. El caudaloso río desaparece de repente, cae en forma de uve de manera muy aparatosa, devolviendo al cielo millones y millones de partículas de agua por segundo, que duchan a los incautos que se acercan a un pequeño mirador ubicado justo enfrente de la caída. Coronando la cascada, asciende hacia el cielo un bello arcoiris. Sensacional.

Marta se queda en el sendero. Yo, gopro en mano, me acerco al mirador para grabar la descomunal fuerza de la naturaleza. Me impresiona la sensación de ser pequeño, débil, frente a la energía que transmite la bofetada de agua que se desploma en caída libre. El ruido es ensordecedor, imposibilitando cualquier conversación a tan sólo un metro de distancia. Mi ropa queda empapada. Seguimos el sendero y un poco más allá se alza un mirador con una buena panorámica de la cascada y sin el riesgo de coger un resfriado. Es la cascada más salvaje que he podido ver nunca.

Nuestro objetivo es acercarnos a Egilstadir lo máximo posible, sin llegar a dicha ciudad, ya que es tarde y está a más de dos horas de camino. El paisaje islandés vuelve a mostrar otra de sus múltiples caras. Ahora estamos en Arizona. Lo que describe esta región es la soledad. Lo único que estorba el fluido trayecto es una familia de patos que cruzan la carretera delante nuestro. Y sin mirar.

Vemos un cartel que señala un cámping. No creo que haya mucha oferta en esta zona, así que cogemos el desvío para dirigirnos a él. Es una explanada un tanto cutre junto a una casa. Damos media vuelta, seguimos la Ring Road, y aparece otro cartel. Tomamos ese camino. Ahora sí que estamos en Arizona, por un camino de tierra que discurre en un terreno árido, estéril. El lugar parecería a todas luces despoblado sino fuera porque seguimos la flecha de un cartel que anuncia un cámping. Vemos un poblado, como los de las películas del oeste. Una granja, una iglesia y un par de casas. Faltan los pistoleros a caballo viniendo hacia nosotros a toda velocidad.

Nos quedamos a pasar la noche. Entramos al edificio principal, un restaurante decorado con mucho cariño y que nos recibe con un reconfortante calor. Hablamos con la dependienta, una asturiana que ha venido a petar aquí. Nos explica que la ciudad más cercana es Egilstadir, a unos 90 km de distancia. Cuando necesita acercarse a ella sólo lo puede hacer mediante autostop. A este poblado sólo llegan suministros un par de veces por semana, porque el resto lo producen mediante el autoabastecimiento. Pasar una noche en un lugar inhóspito, apartado de la existencia humana, es la experiencia que todo viajero desea vivir.

Salgo al exterior para investigar el poblado. En este momento llega el camión de suministros, el cual minutos después se adentrará en el parque dejando atrás un rastro de polvo. Enfrente, las típicas granjas islandesas que actualmente alquilan como alojamientos a precio de oro. Son un bonito ejemplo de la arquitectura tradicional islandesa. Los tejados están copados por hierba, una antigua técnica de construcción utilizada en los países nórdicos para proteger a sus habitantes de la humedad, el frío y el viento. Un buen aislante y un buen manjar para la cabra que subida al tejado se está cenando la hierba.

Cambio de perspectiva con la intención de hacer una fotografía al horizonte con el sol que empieza a caer. Detecto un rápido movimiento a través del visor. Separo la cabeza de la cámara y veo dos cachorros de zorro jugueteando frente a mi. Me quedo paralizado ante tal sorpresa. Juegan y corren como si yo no estuviera ahí, como si el elemento realmente perturbador y sobrante de la escena fuera yo mismo.

Mientras Marta se ducha escucho un chillido. Uno de los perros de la granja tiene cogido a uno de los zorros. Pero no le hace nada, sólo lo marca y el zorro sale por peteneras. El lugar tiene una esencia increíble, original.

Acabamos el día cenando en una cocina lúgubre y oscura en una granja islandesa en bastante mal estado. Parece más bien la casa de una bruja. Con la caída del sol, el frío se ha apoderado de nuestros sentidos, de nuestra mente. En la cocina nos peleamos por estar cerca del fogón. El frío del cámping Modrodalur es el precio de estar tan desconectado del mundo.

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