Islandía (Día 2). Godafoss. Vindbelgjarfjall. Myvatn. Skutustadir. Dimmuborgir. Grjotagja.

ÍNDICE VIAJE

FICHAFICHA
DÍA 1Borgarnes. Osar. Hvitserkur. Hofsos. Akureyri.
DÍA 2Godafoss. Vindbelgjarfjall. Myvatn. Skutustadir. Dimmuborgir. Grjotagja.
DÍA 3Hverfall. Namafjall y Hverir. Viti. Leirhnjukur. Krafla. Selfoss. Dettifoss.
DÍA 4Egilsstadir. Lagarfljot. Litlanesfoss. Hengifoss. Seydisfjordur.
DÍA 5Stdvarljordur. Hvalnes Lighthouse. Hofn.
DÍA 6Jokulsarlon. Fjallsarlon. Svartifoss y Skaftafell. Sandar. Dverghamrar. Foss a Sidu.
DÍA 7Systrafoss. Kirkjugolf. Fjadrargljufur. Vik. Reynisdrangar. Reynisfjara. Dyrholaey.
DÍA 8Dyrholaey. Sólheimasandur. Skogafoss. Seljalandsfoss. Oddi.
DÍA 9Geysir. Strokkur. Gullfoss. Pingvellir. Reikiavik.

RESUMEN DEL DÍA

LO MEJORLO PEOR
Bordear el fiordo de Akureyri. Dimmuborgir, a nosotros no nos encandiló.
El Lago Myvatn y los pseudeocráteres de Skutustadagigar. Un paisaje precioso.
El paisaje volcánico de los alrededores de Hverfall. Extraterrestre,

DIARIO

Llegamos al centro de la ciudad de Akureyri. La segunda ciudad más grande de Islandia es una iglesia en lo alto, una calle comercial y un gran número de casas residenciales rodean el centro. 18000 habitantes. Subimos a la iglesia, vestida con ese estilo arquitectónico inspirado en los flujos de lava basáltica del paisaje de Islandia. Bajamos de nuevo a la calle comercial, con algunas tiendas de souvenirs y diversos bares y restaurantes. Me llama la atención el cariño con el que los islandeses decoran las calles. Flores, muñecos o bonitos grafitis, como las casas, que como en Borgarnes, también aprovechan las ventanas para mostrar una bonita cortina, una figura, una bella composición. La decoración nórdica es preciosa.

Circulando junto al mar, miro a mi derecha y veo una familia de ocas, con mamá pata al frente, y unas bonitas casas al fondo conformando otra bonita imagen de postal. No voy a ganar en paradas. Reanudamos la marcha. Nuestro siguiente destino es el bosque de Kjarnaskogur, a 3 km al sur de la ciudad. Nos desviamos y subimos una empinada y zigzagueante carretera. Sí, pasamos por medio de un bosque, pero un bosque que no parece todo lo espectacular que uno puede esperar, que no está a la altura dell resto de paisajes islandeses. Nos aburrimos, damos media vuelta y cogemos de nuevo la Ring Road.

Cruzamos el fiordo por un puente sobre el mar, un fiordo que en cuya cabezera se ubica Akureyri y que es el más largo de Islandia con 60 km de distancia. Al otro lado, una carretera asciende la montaña. Tras algunos kilómetros nos enamoramos del paisaje. Otra vez más. La larga carretera, con el vivaracho verde de la pradera a un lado y el intenso azul del mar al otro. Y de fondo, los picos helados. Al otro lado del fiordo, una alfombra de casas, Akureyri, sin perturbar en absoluto la armonía del entorno. Me quedo absorto mirando al infinito. Casi que emociona. Llevo un día en Islandia y ni siquiera he visto las zonas más bonitas del país. Eso dicen los foros. No me lo puedo creer.

A mitad del fiordo la carretera se adentra hacia el interior. Descendemos por un imponente valle de tierra muy oscura, donde las duras condiciones a esta altitud no dejan existir a la vegetación. Abajo se aprecia vida humana. Vemos algo parecido a un hotel, un camino que se dirige a un párking, y en éste, una decena de coches. Sí, debe ser nuestro siguiente destino, las cascadas Godafos. La llamada cascada de los dioses cae en medio del campo de lava Bardardalur, una colada casi tan larga como el río, el Skjálfandafljót, el cuarto del país. Recibe su nombre de una leyenda, que cuenta que el legislador Porgeir arrojó sus imágenes de dioses paganos cuando decidió que la religión oficial del país sería la cristiana. La cascada son dos saltos de agua, separados por una enorme roca. No es muy elevada, con 12 metros de altura y 30 de largo, pero es caudalosa y el chorro que cae de su roca central le da un aire muy místico. Sorprende la poca gente que hay aquí para ser un lugar tan señalado en las guías.

Dejo a Marta en el hotel para que busque un lavabo. Mientras tanto, bajo del coche para acercarme al río Skjálfandafljót. Escucho un grito. Me giro y un islandés alerta a unos turistas que pasean sobre un puent para que se aparten. Apenas pasan dos segundos cuando detrás aparece un jinete, seguido de 30 o 40 caballos que parecen medio salvajes. Dos o tres de los caballos se desvían y empiezan a correr hacia el párking. Un turista que baja de su furgoneta se lleva un susto de muerte.

Tenemos hambre. Repitiendo la metodología que nos funcionó ayer, buscamos un cámping que nos brinde la infraestructura necesaria para comer confortablemente. Empieza a chispear cuado justo nos encontramos un cámping, una explanada que rodea un edificio. La explanada está vacía. Entramos en el edificio y no hay nadie dentro. Accedemos con sumo cuidado, pues nadie nos ha invitado a entrar y no sabemos si estamos actuando correctamente. En la planta baja se hallan los baños, como un vestuario de un gimnasio, y arriba varias camas junto a una cocina. Parece un albergue. Y no hay ni un alma. Aprovechamos para comer aquí, dando ya por sentada la hospitalidad y confianza islandesa, resguardados y con una cocina a nuestra disposición. Lo dejamos todo tal y como estaba. Se me hace tan extraño esa accesibilidad a las cosas de los demás.

Antes de alcanzar al lado Myvatn paramos frente al cráter Vindbelgjarfjall. En un principio teníamos prevista una excursión para subir al cráter, pero aunque el lugar es bonito, nos llama más la atención el paisaje que se aprecia al otro lado del lago. Caminamos únicamente hasta la base del cráter. Luego, me acerco con la sola compañía de mi cámara a la ribera del lago. Solo, minutos de silencio frente al tenue movimiento del agua. Una solitaria barca a mi izquierda. Es increíble la capacidad de atraparme que tiene este país.

Rodeamos el lago y tras vacilar en una intersección junto a un conjunto formado por un hotel y dos granjas, vemos el párking y el camino que serpentea entre los pequeños cráteres de Skutustadagigar. Éstos son una serie de pseudocráteres que se formaron cuando la lava fundida descendió hasta el lago, quedando el agua hirviendo atrapada debajo, y desencadenando una serie de explosiones de gas que formaron los pequeños cráteres. Caminamos por el sendero que sube, baja y rodea los cráteres, los cuales se fusionan con el mismo lago Myvatn. La composición es tan brutal como el fuerte viento que pone en riesgo nuestra estabilidad. Es una pasada.

Llegamos al campo de lava de Dimmuborgir. Tras un bar con apariencia de ser caro, desde un mirador se ve el campo de lava de unos 2 km de diámetro, compuesto de infinidad de cavernas, columnas y pilares lávicos. Bajamos y hacemos uno de los caminos cortos porque nos parece que ver una formación es verlas todas y el tiempo no da para mucho más. El adjetivo más ajustado es que son curiosas. Sin mucho más que decir.

Nuestro siguiente destino es el cráter de Hverfall. Cogemos un camino de tierra, con la enorme caldera de fondo. El paisaje ha cambiado por completo, el verde ha desaparecido y los colores volcánicos lo pintan absolutamente todo. Es un paisaje lunar oscuro, enigmático. Alcanzamos la base de la caldera, que aquí se ve más grande aún. Es tarde y el viento es gélido, por lo que decidimos subir la empinada cuesta por la ladera negra mañana. Expectativas muy altas.

Seguimos por la misma carretera porque por la zona deberíamos encontrarnos con varias cuevas y zonas geotermales. Estamos en una viva zona volcánica. Me percato de que la montaña emana humo. Miro a un lado y a otro, y en todas partes se ven fumarolas que humean desde el corazón de la tierra. Espectacular. Paro la furgoneta en el primer sitio que veo y me acerco con sumo cuidado a una de ellas. Piso este suelo con la sensación de que estoy en otro planeta, buscando vida extraterrestre. El olor a azufre es inconfundible. Miro por el agujero con prudencia, con respeto a las fuerzas de la naturaleza que se manifiestan aquí.

Reandamos la carretera hasta un aparcamiento donde vimos algunos coches aunque ninguna señalización. Efectivamente aquí está la grieta Grjotagja. Es famosa porque aquí John Snow pierde la virginidad con Ygritte en Juego de Tronos. La escudriñamos primero desde la superficie, apreciando sus dimensiones. Después nos metemos en su interior, en una cavidad de la que entran y salen turistas. La cueva, con agua interior a 45 grados, se conserva muy virgen. El escaso número de turistas potencian esa sensación. Lástima de las turistas chinas que, obviando los carteles de prohibición con toda la jeta, ocupan los mejores sitios para meter sus pies en el agua geotermal.

Aprovechamos un cámping cercano para ducharnos, antes de nuestra primera noche durmiendo con la furgoneta en campo abierto. El olor a huevos podridos de las duchas del camping es exagerado. Tomamos un par de cafés, con autoservicio ilimitado, como en muchos sitios del país. Con los deberes hecho llegamos a Reykjahlid, otro típico pueblecillo islandés. Aparcamos, preparamos la furgoneta, la cena, nos ponemos los pijamas y colgamos las toallas para que se sequen antes de ir a dormir. Entonces aparece una Pickup y aparca justo detrás nuestro. Es un ranger. Nos dice que la zona del Lago Myvatn está protegida y no podemos dormir fuera del recinto de un cámping. Nos entrega un mapa con los existentes en la zona. Me hago el longuis y le digo que sólo estamos cenando. Me mira con cara de “sí, sí, claro” y acto seguido empiezo a tomar nota de nuestra matrícula. Hay que moverse, seguro que vuelve.

Accedemos al segundo cámping que hemos visto. Es enorme, con decenas de caravanas, autocaravanas e incluso camiones autocaravana con tracción total. El cámping se ubica en una ladera, en suave descenso, con amplitud y vistas al mar. Un sitio perfecto. Encontramos un hueco entre dos autocaravanas y aparcamos nuestra pequeña furgo en medio. Hay que resguardarse del frío, hoy también se presenta una gélida noche.

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