Islandia (Día 1). Borgarnes. Osar. Hvitserkur. Hofsos. Akureyri.

ÍNDICE VIAJE

FICHAFICHA
DÍA 1Borgarnes. Osar. Hvitserkur. Hofsos. Akureyri.
DÍA 2Godafoss. Vindbelgjarfjall. Myvatn. Skutustadir. Dimmuborgir. Grjotagja.
DÍA 3Hverfall. Namafjall y Hverir. Viti. Leirhnjukur. Krafla. Selfoss. Dettifoss.
DÍA 4Egilsstadir. Lagarfljot. Litlanesfoss. Hengifoss. Seydisfjordur.
DÍA 5Stdvarljordur. Hvalnes Lighthouse. Hofn.
DÍA 6Jokulsarlon. Fjallsarlon. Svartifoss y Skaftafell. Sandar. Dverghamrar. Foss a Sidu.
DÍA 7Systrafoss. Kirkjugolf. Fjadrargljufur. Vik. Reynisdrangar. Reynisfjara. Dyrholaey.
DÍA 8Dyrholaey. Sólheimasandur. Skogafoss. Seljalandsfoss. Oddi.
DÍA 9Geysir. Strokkur. Gullfoss. Pingvellir. Reikiavik.

RESUMEN DEL DÍA

LO MEJORLO PEOR
El avistamiento de focas en Osar. Un trayecto largo, compensado por la ilusión y energía del primer día.
La piscina de Hofsos y sus vistas infinitas a la inmensidad virgen de Islandia.

DIARIO

Subimos al autocar que nos transportará desde el pequeño pero acogedor aeropuerto de Reikiavik a la capital. El conductor, un hombre de considerable tamaño, nos pregunta nuestro destino. Es una empresa de alquiler de furgonetas. 40 minutos después y con un transbordo de por medio, nos deja en una calle de un polígono, cerca de la empresa que andamos buscando. Digo polígono porque veo almacenes y negocios, pero, ¿dónde están el gris cemento, el blanco humo, el oxido de la chatarra, los variopintos colores de los remolques de los camiones trailer?

Hacemos tiempo hasta que abra al público la empresa de alquiler. Nos cruzamos con una panadería. Desayunamos unas riquísimas pastas y dos tanques de café con leche. Nunca me acuerdo del tamaño de los cafés con leche en otras latitudes. Pedimos la cuenta y nos llevamos la primera bofetada en forma de corona islandesa. 12 euros. Bienvenidos a Islandia.

Nos atiende un chico de veintitantos años, muy indie. El local es de madera nórdica, madera de haya, la que ya vimos en el techo del aeropuerto. Nos explica todo lo necesario para disfrutar de nuestra estancia en Islandia con la Renault Kangoo, algo destartalada, que hemos alquilado por el módico precio de 1400€ para 8 días. Por suerte, estos golpes directos al riñón se ven compensados con cada pequeño descubrimiento del país. En el local tienen un espacio para autoservirse con todo tipo de comestibles que deben haber sobrado a los turistas que pasan por aquí antes de marchar del país. No me imagino esa cesta en España. Cogemos solamente café y aceite de ajo. Lo hacemos casi de escondidas, cuando el chico no mira, y es que se nos hace tan extraño coger cosas gratis. El civismo de Islandia me señala con el dedo desde el primer momento.

Tras una hora y cuarto llegamos a Borgarnes, nuestra primera parada. Paseamos por sus calles, y aunque a nosotros no nos entusiasma demasiado, más teniendo en cuenta el bombo que le da Lonely Planet, nos anticipa dos sensaciones que previsiblemente nos acompañarán durante todo el viaje: la soledad y el civismo. Borgarnes son un puñado de coloridas casas, cuyas ventanas muestran, con toda la intención, bonitas cortinas tejidas, amables figuras de barro pintadas, flores resultonas para un clima extremo como el de Islandia. Borgarnes es un conjunto de calles desérticas situadas en un promontorio, frente a una coqueta bahía rodeada de un paisaje marrón oscuro, casi lunar, y esa verde hierba quemada por el frío islandés. En el pueblo, frente a una casa, alguien exhibe un centenar de piedras pintadas de diferentes maneras, a cada cual más original. Piedras que cualquiera podría sustraer. Otra lección de civilización.

Seguimos avanzando, omitiendo la Península Snaefelsness por falta de días, acostumbrándonos a este paisaje infinito en el que resulta difícil cruzarse con elementos artificiales que perturben la vista, a excepción de la misma carretera. Hacemos una parada, a nuestra derecha discurre una llanura y a nuestra izquierda un cráter resultón. Hasta ahora Islandia ha mostrado señas de lo que puede ofrecer, me gusta pero ninguno de los paisajes llega a impactarme para emocionarme.

Es la hora de comer. Es la hora de nuestra primera experiencia logística viajando en furgoneta. Encontramos un cámping tras una pequeña gasolinera. Tiene un lavabo apañado, con fregaderos fuera, un buzón y un cartel informando que el dinero por pernoctar se ha de introducir en dicho buzón. Husmeando nos encontramos unas llaves colgadas, las llaves para entrar en un spa de agua caliente que debe haber tras otra puerta. Nadie que vigile, nadie que controle, máxima confianza. Utilizamos la infraestructura del camping pero comemos justo enfrente de la gasolinera, con unas vistas a un pequeño río y rodeados de la infinitiva alfombra verde. Allí abajo también se ve la carretera, la Ring Road, en la que apenas circula un coche cada ciertos minutos. En pleno agosto.

Cuando es hora de recoger, llevo los platos al fregadero del camping y abro el grifo. De repente, un fuerte e inesperado olor se apodera de mis cuencas nasales. Es el olor a huevo podrido al que hacían referencia en los foros todos los viajeros, un olor producido por el azufre que se funde en el calor de las profundidades de la tierra y se disuelve en las aguas que llegan a la superficie. Me entra la risa.

Tomamos una carretera, adentrándonos en la Península de Vatnsnes, que rápidamente se convierte en un camino de tierra lleno de agujeros. La furgoneta dé signos de desmontarse. Circulo con precaución y lentitud aunque los islandeses con los que nos cruzamos no tienen tales miramientos. Llegamos al Hotel Osar, ubicado en lo alto, que identifica el punto desde el que un sendero discurre hasta una colonia de focas, un sendero que nos ha de llevar a ese mar, que con un intenso color azul, nos queda a nuestra derecha, a lo lejos, descendiendo por una larga y ancha ladera. La forma de la costa anuncia que estamos en un fiordo. El contraste de colores de la tierra y el mar resulta muy evocador.

Pasamos por una puertecita de madera, la típica para impedir la salida de animales de cuatro patas. Empezamos a bajar con la brisa acariciándonos la cara. Abajo se ven unas figuras grises a tocar del mar. ¿Será la colonia de focas que hemos venido a ver? Los puntos son demasiado grandes para ser focas, pero a la vez demasiado pequeños para ser barcos varados en la arena. Estamos demasiado lejos para discernir. Continuamos.

Cien metros más abajo nos parece que una de esas manchas se ha movido. A cada metro andado se confirma. ¡¡¡Son focas!!! Segundos después nos cruzamos con varias ovejas que tras mirarnos con extrañeza vuelven la vista hacia el firmamento. Todo aquí se conjuga en una bonita armonía natural.

La playa es negra, volcánica. El contraste con el color del mar es bestial, como si hubiera subido varios puntos el nivel de saturación de colores de mi retina. Con el aire gélido en la cara nos paramos para contemplar, al otro lado del estrecho, 30 o 40 gordas focas varadas tomando el sol. Me encanta ver este animal en libertad. Ilusión.


Pasamos el rato observando a las focas, lo que aquí es un día más en la oficina. Paseamos por la negra arena e iniciamos la subida de la ladera, ya de vuelta. Me giro constantemente, como despidiéndome de ellas. Ahora sí puedo decir, por primera vez, que Islandia me ha conmovido. Esta es la naturaleza polar y salvaje que venía buscando.

Cogemos el coche para recorrer unos 400 metros más y acercarnos a la formación rocosa de Hvitserkur. Es un farallón de unos 15 metros de altura y cuenta la leyenda que Hvitserkur, que era un trol, fue sorprendido por el amanecer mientras intentaba destruir el monasterio de Pingeyrar, quedando petrificado. De ahí la forma de bestia bebiendo agua que tiene la enorme piedra.

Después de un par de horas de trayecto nos acercamos al pueblo de Hofsos con el objetivo de darnos un chapuzón en la piscina de Hofsos, una de las piscinas más espectaculares de Islandia. De camino tenemos un susto cuando una de las millones de ovejas que pueblan el país se cruza tan alegremente por la carretera. Se ven en todas partes, dándole validez al censo de Islandia: viven unas 300.000 personas y unas 500.000 ovejas. Van a su bola, los cercados que casi ni se aprecian en la inmensidad de la naturaleza virgen no sirven de nada. Peligro.

Llegamos al pueblo de Hofsos, ubicado en lo que parece otro fiordo. Tras una cuca iglesia la localizamos. La piscina fue construida en 2010 gracias a las donaciones de dos mujeres de la localidad. Nada más entrar se aprecia que las instalaciones son nuevas y además, con muy buen gusto. La ropa de los bañistas está guardada en cestos ubicados en los bancos. Nada de llaves y taquillas. Sorprenden los carteles advirtiendo con cierta insistencia en que teduches antes de entrar en el agua, señalando además las partes más íntimas del cuerpo. Ya venía avisado de que a esto, evidente para algunos pero seguramente no para otros, los islandeses le dan mucha importancia. Salimos al exterior y nos encontramos con una maravilla.


La piscina se encuentra frente al mar, abrazado por él, con unas vistas infinitas, espectaculares, únicas. Es de agua caliente, como no podía ser de otra forma. Al lado hay un jacuzzi, lo que en Islandia se conoce como hot-pot, donde unas chicas de nuestra tierra comentan que aún está más caliente. La piscina bien podría ser la de un hotel de lujo, de esos en los que la noche se puede pagar a varios cientos de euros la noche. Sumergirse en una piscina de agua caliente rodeado de la vasta naturaleza es una experiencia seguramente irrepetible. Pierdo la mirada hacia el fiordo. Es el climax que faltaba para coronar nuestro primer día en este increíble país.


Salir del agua para hacer fotografías supone sentir una prueba de lo que puede ser la muerte por congelación. La bofetada de frío en contraste con la piel calentita del agua tiene como consecuencias la práctica de un deporte de riesgo: carreras de atletismo descalzo alrededor de una piscina. Llega la hora del cierre, me siento extremadamente reposado, tranquilo e incluso algo autista. Estoy plenamente conectado con la quietud que me rodea.


Le pido a Marta que conduzca ella hasta Akureyri. Llegamos ya de noche, dos horas después de dejar atrás Hofsos. Tras sondear el par de cámpings de la ciudad, elegimos el primero que hemos visto. Dejamos la furgoneta entre dos caravanas porque el frío es extremo. Con chaqueta NorthFace, forro interior y un polar debajo, me congelo de frío. Nuestra primera noche apunta que será muy dura. Nos hacemos una sopa caliente, haciendo malabarismos para tomarla. Me tiemblan las manos al aguantar el bol. Estamos en agosto y debemos rozar los cero grados. Lo estoy pasando mal. Ni siquiera en Islandia creo que este tiempo sea normal.

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