Irlanda (Día 3). Cárcel de Kilmainhan. Fábrica de Guinness. Puente Ha’Penny.

ÍNDICE VIAJE

FICHAFICHA
DÍA 1Temple Bar. Trinity College. Dublín Castle. Catedral de San Patricio. Catedral Christ Church.
DÍA 2Acantilados de Moher. Galway. Temple Bar.
DÍA 3Cárcel de Kilmainhan. Fábrica de Guinness. Puente Ha’Penny.

RESUMEN DEL DÍA

LO MEJORLO PEOR
Descubrir después de 31 años que me gusta un tipo de cerveza: la cerveza negra!No poder entrar en la cárcel de Kilmainhan por no reservar con antelación.

DIARIO

Volvemos a repetir la rutina de ayer: por la mañana bien pronto nos dirigimos al apartamento de nuestros amigos, nos duchamos allí y desayunamos para empezar todos juntos las visitas. Esta vez cogemos el tranvía, el mismo tranvía que nos llevará a escasos 5 minutos andando de la cárcel de Kilmainhan, una de las visitas que más me atraen de Dublín por la cantidad de historias que seguramente quedaron atrapadas tras sus paredes. 

Aterrizamos en un lugar a las afueras y caminamos por una recta calle. A nuestra izquierda se asoman unos muros que parecen ser nuestro destino. Torcemos la calle, nos acercamos a la puerta y preguntamos al que parece un guía de la cárcel. No queda ninguna entrada hasta las 16h. Horror. No. Nos vamos de allí, resignado con unas simples vistas exteriores, fastidiado ante las expectativas que había volcado en la visita. Cruzamos un bonito parque justo en el momento en el que vuelve a lloviznar rodeado de ese profundo verde irlandés. Cuando salimos por el otro extremo, frente al Museo de Arte Moderno, ya se me ha olvidado la frustración.

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Dudamos si coger algún medio de transporte para llegar al siguiente destino pero intuyo con Google Maps en mano que apenas estamos a diez minutos caminando. Seguimos la marcha buscando empezar hoy de una vez el turisteo cuando alcanzamos una entrada de la Fábrica Guinness. Las señales indican que el acceso al museo está más adelante. Las seguimos y una calle se abre a nuestra derecha. La primera sensación es que ese callejón se conserva tal cual de origen, como si en ese momento fueran a aparecer un par de carros a caballo transportando decenas de apilotonadas cajas de cerveza y una fila de obreros con sus ropajes de finales del siglo XVIII acompañara el ritmo acompasado de los caballos dirigiéndose a una nueva dura jornada de trabajo más. Los muros, las farolas y  una prominente fábrica de muchos pisos de altura al volver a torcer a la derecha, hacen del lugar una bella muestra de la arquitectura de la industrialización, de la arquitectura fabril cervecera. Y unos metros más adelante la entrada al museo.

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La fábrica Guinness es la fábrica de cerveza más famosa de Dublín y uno de los productos más famosos que Irlanda importa al resto del mundo. Es una marca cuya historia está profundamente arraigada a la ciudad y la cultura popular de Irlanda. Fue construida en 1759, siendo hoy también un museo y joya arquitectónica a base de acero, ladrillo y cristal, aunque la cerveza lleva compartiendo vida y alegrías con Dublín desde 1725. Entramos a una primera sala donde se compran los tickets, pagamos la entrada cuyo precio me parece bastante considerable, y al salir hacia el inicio del recorrido veo rápidamente que la visita discurre por diferentes espacios temáticos donde, en cada uno de ellos, el protagonismo es de un ingrediente utilizado en la fabricación de la cerveza para explicar todo su proceso de elaboración. Desde el espacio del lúpulo, de la cebada o del agua, cada espacio con sus explicaciones y representaciones correspondientes, y con una ambientación y luz tenue que me permiten visitar el lugar relajado y jugando con las luces para hacer algunas fotos interesantes. 

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Tras 50 minutos alcanzamos el piso superior, donde nos recibe la terraza con una bofetada de luz diurna y unas vistas 360º de Dublín. Las vistas no valen demasiado la pena pero la entrada incluye una consumición aquí arriba, por lo que hacemos cola y nos pedimos la mayoría una jarra. Cogemos sitio en una mesa, dispuesto a beberme una cerveza cuando a mi nunca me ha gustado, si no es con mucho calor y mezclada con fanta de limón. Pero sorpresa. Acabo de descubrir que la cerveza negra Guinness me encanta, con ese toque tostado, ese punto a café y con una textura densa y cremosa. Doy la campanada y cuando nadie lleva ni una cuarta parte yo ya me la he acabado. Me encanta.

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El tiempo empieza a apretar, así que volvemos al centro, cerca de nuestro hotel, para comer y despedirnos, ya que Marta y yo viajamos en un vuelo que despega una hora antes que el del resto de nuestros acompañantes. Hacemos el check-out, cogemos las maletas, y como colofón a una escapada que me ha sorprendido gratamente, me encuentro a una excompañera de trabajo que lo dejó todo para irse a vivir a Dublín. El mundo es un pañuelo.

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