Irlanda (Día 2). Acantilados de Moher. Galway. Temple Bar.

ÍNDICE VIAJE

FICHAFICHA
DÍA 1Temple Bar. Trinity College. Dublín Castle. Catedral de San Patricio. Catedral Christ Church.
DÍA 2Acantilados de Moher. Galway. Temple Bar.
DÍA 3Cárcel de Kilmainhan. Fábrica de Guinness. Puente Ha’Penny.

RESUMEN DEL DÍA

LO MEJORLO PEOR
Los graznidos de las gaviotas en las alturas de los imponentes acantilados de Moher.Darte cuenta que Dublín, aún siendo interesante, es lo menos atractivo de la isla.
Galway, un pueblo pesquero en el que me hubiera quedado un día más.

DIARIO

Tengo unas expectativas muy altas respecto a la excursión del día de hoy. Nos cruzamos el país de un extremo al otro para visitar uno de los mayores atractivos de Irlanda, los acantilados de Moher. Así, nos despertamos bien pronto, me noto ciertamente ilusionado, con la ropa y enseres para dirigirnos por las solitarias calles al apartamento de nuestros amigos, donde nos ducharemos y desayunaremos todos juntos. Al finalizar caminamos junto al río para recoger la Citroen C4 Picasso de 7 plazas que hemos alquilado.

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La carretera hasta la costa atlántica de Irlanda es recta y sin apenas tráfico, aburrida o tranquila y segura, depende como se quiera ver. No hay vistas o paisajes destacables, el país es bastante llano y lo que llama especialmente la atención es la poca densidad de población. Desde Dublín hasta el otro extremo apenas vemos vida humana, más allá de las gasolineras y los cuatro coches que circulamos rodeados de praderas y, eso sí, centenares y centenares de ovejas pastando tan tranquilamente. Sin cruzarnos con un paisaje de infarto, Irlanda tiene un profundo verdor que transmite, que llega, que sin darte cuenta te lleva a relacionar inconscientemente el color verde con el país.

Tras apenas 5€ en peajes, una parada técnica en una gasolinera para desayunar unos muffin y un último tramo de carretera donde apenas cabían dos coches, llegamos al párking de nuestro destino. Parece que todo el país está concentrado aquí. Tomamos el camino hacia los acantilados, el cual se bifurca entre izquierda y derecha. Desde la derecha discurre un camino desde el que se presumen unas buenas vistas de los acantilados de Moher. Unos pocos metros y nuestras sospechas se confirman. Increíble, asombroso, indescriptible. Una impresionante catarata de roca cae abruptamente al mar, verdes praderas que acaban violentamente en verticales paredes de 8 km de ancho y hasta 214 metros de altura desde el nivel del mar. Y todo ello adornado con el sonido de las gaviotas que minúsculas se las ve revolotear allí abajo, a lo lejos sobre el mar, llegando los diminutos y lejanos ecos de los graznidos de las aves que la naturaleza salvaje deja escapar. La sensación de altura es bestial. Sólo falta Mel Gibson en lo alto gritando “libertad”, aunque eso no lo veremos, entre otros motivos, porque no estamos en Escocia. Posiblemente una de los paisajes penetrantes que mi retina ha podido captar.

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La visita permite hacer una caminata por todo el borde pero no veo especialmente entusiasmado al personal, más concentrados en quedarse pasmados ante los acantilados que en tirar millas. Ya me parece bien. Por tanto, decidimos seguir el camino hacia la cercana Torre O’Brien. Desde allí caminamos algunos metros más para ver la perspectiva de más paredes, y volvemos hacia el punto de partida para tomar el camino que al inicio partía hacia la izquierda.

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Recorremos este camino no recomendado para personas con vértigo, donde el típico espabilado se juega el tipo para vacilar de selfie. Encontramos un par de lugares donde hacer una foto divertida, nos volvemos a quedar aturdidos con las vistas de los acantilados desde otros planos, y volvemos atrás, cerca del párking, a la zona donde se concentran bar, merchandising, lavabos y un merendero para comer. Y aquí paramos, entre el frío polar que sin darme cuenta se ha apoderado del lugar y los cuervos que aterrizan diligentemente para llevarse los trozos de pan que les caen por ahí. 

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Antes de volver a Dublín tenemos marcado en el mapa una visita más a este lado de Irlanda: Galway. Retrocedemos por la misma estrecha carretera por la que vinimos pero antes de coger la autopista que cruza el país nos desviamos hacia la ciudad. Por el camino omitimos varios castillos que por tiempo o por error nos saltamos. Para llegar a la ciudad la entrada es más bien fea, más urbe de lo esperado, lo que de entrada me genera unas expectativas negativas. Pero al acceder al centro y aparcar, la primera vista de la ciudad es una bonita estampa de casas de colores frente a la desembocadura del río Corrib, con las gaviotas revoloteando y el gris del cielo y el mar envolviéndolo todo. 

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Nos dirigimos hacia la primera calle que se adentra en el corazón de Galway. Las calles están muy vivas, con gentío pero sin agobiar, banderillas de Irlanda por todas partes, tiendas y bares con porticones de madera de alegres colores y un mercadillo de artesanía. Todo ello sin hacerme sentir en un lugar prostituido por el turismo, sino todo lo contrario, que ha sabido recoger y salvar la esencia, llevándome a cada paso recorrido a apreciar mejor aquí la verdadera y auténtica Irlanda que uno se imagina, mucho más que en la capital. Caminamos hasta donde parece alejarse del centro y damos media vuelta para entrar en una cafetería, poniendo fin a una jornada maravillosa. Dublín es una ciudad interesante, pero lo que verdaderamente hace especial una escapada así es la excursión del día de hoy. Imprescindible.

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Llegamos a Dublín muy cansados pero con la obligación moral de no volver a Barcelona sin haber visitado un pub irlandés. Aparcamos el coche frente a la empresa de alquiler para caminar hacia Temple Bar. Antes de cruzar el puente nos metemos en un Burger King a cenar. La zona está atestada de mendigos. Me fijo en que son muy jóvenes, la mayoría de ellos con menos de 35 años, con apariencia de haber sufrido las consecuencias de la adicción al alcohol o alguna droga. Estas trazas de pobreza en la capital de Irlanda ya no sé si por la crisis o por algún elemento cultural que se me escapa. Sería interesante consultarlo a la vuelta.

A pesar de ser domingo noche y haber la mitad de ambiente que en el día de ayer cuando Marta y yo volvíamos directos hacia nuestro hotel, la atmósfera es increíble. Los pubs a reventar con la música irlandesa por todos los rincones. Nos acercamos al pub Temple Bar, el original, pero es imposible entrar. Volvemos hacia la calle principal y elegimos otro donde vivir la experiencia. A pesar del cansancio y el sueño me pondría a dar brincos ahora mismo. La decoración, la música con esos toques celtas, los colores… me siento confortable y alegre. Lástima que vamos con el horario español y nos cierran pronto. Pero menos mal que no se nos ocurrió meternos en el hotel.

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