Indonesia (Día 9). Ubud. Templo Tanah Lot.

ÍNDICE VIAJE

FICHA

FICHA

DÍA 1 y DÍA 2Llegada a Jakarta. Borneo.
DÍA 3Borneo
DÍA 4Borneo. Hacia el Volcán Bromo.
DÍA 5Volcán Bromo. Hacia el Volcán Ijen.
DÍA 6Volcán Ijen. Hacia Ubud.
DÍA 7Templo Gunung Kawi. Templo Tirta Empul. Arrozales Tengalang. Templo Mengwi.
DÍA 8Templo Pura Besakih. Pueblo Tenganan.
DÍA 9Ubud. Templo Tanah Lot.
DÍA 10Volcán Batur. Cascadas NungNung.
DÍA 11Templo Ulun Danu. Lagos Gemelos. Cascadas Munduk. Arrozales Jatiluwih.
DÍA 12Hacia Kanawa.
DÍA 13Kanawa.
DÍA 14Kanawa. Rinca.
DÍA 15Kanawa. Pueblo de pescadores.
DÍA 16Kanawa.
DÍA 17Kanawa. Labuan Bajo.
DÍA 18Hacia Sulawesi (Tana Toraja).
DÍA 19Rantepao.
DÍA 20Bolu Market. Marante. Palawa.
DÍA 21Funeral Tana Toraja. Kambira. Tampangallo. Suaya.
DÍA 22Trekking Lempo-Batutumonga.
DÍA 23Lemo. Londa. Ke’ Te’ Kesu’.
DÍA 24Yogyakarta.
DÍA 25 y DÍA 26Yogyakarta. Jakarta.

RESUMEN DEL DÍA

DIARIO

Me he despertado varias veces esta noche al escuchar el enorme chaparrón que ha caído. Marta también. El día invita a no irnos muy lejos, así que propongo quedarnos en Ubud. Por si acaso. Y el cansancio de recorrer tantos kilómetros con la moto en el día de ayer es otro motivo más. En conclusión, hoy visitaremos el Monkey Forest.

Para llegar tenemos que cruzar el epicentro del turismo en Ubud, con el tráfico en las calles casi parado y las aceras con mucho movimiento. Entramos en la reserva y rápidamente adivinamos las malvadas intenciones de la pandilla de macacos grises que viven aquí. Vigilan cada uno de nuestros movimientos a la espera de que les caiga algo que llevarse a la boca. Que les caiga o que lo puedan mangar ellos mismos.

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Tras el grupo de la entrada caminamos por un húmedo sendero, mezcla de moho y piedra, donde algún mono aparece sobre nuestras cabezas con inquietantes y desconocidos objetivos. Llegamos al espacio principal de la reserva, frente al templo Pura Dalem Agung. Aquí los monos lo ocupan todo y varios turistas se agolpan frente a un local que vende bananas para que los turistas se las coloquen en la cabeza y el simio trepe hasta ella. Yo no me la juego. Me giro y centro mi atención en el templo. No se puede acceder pero el ambiente de su interior a lo Indiana Jones o Tomb Raider es de lo más original.

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Seguimos rodeando la reserva hasta un árbol enorme donde vuelve a haber una aglomeración de monos. Tienen un plan perfectamente orquestado, saben perfectamente en qué puntos nos paramos los turistas a curiosear. Me doy cuenta que un mono camina con la mirada fija hacia mi cámara. Le miro intentando adivinar qué le llama la atención. Lo tengo. Se piensa que la bolsa amarilla del impermeable de la cámara es un plátano. Intento hacer alguna foto con Marta al lado de los monos. Es una tarea muy complicada. No sé si se mueven más los inquietos animales o Marta cuando se asusta al simplemente pestañear algún macaco.

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La siguiente parada es la zona turística de Ubud. Siempre la hemos pasado de largo. Tomamos un café frappé a un precio similar a España y nos sumergimos en un mercado. Es lo que venimos buscando por aquí.

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Primero deambulamos por pasillos abarrotados de todo tipo de ropa y complementos, unos pasillos que recorren el interior de los almacenes conectados en una laberíntica red. Volvemos a salir al exterior y una chica nos enseña unos pareos muy bonitos. La seguimos a otro de esos claustrofóbicos pasillos y hacemos la primera compra. Luego nos cruzamos con unas máscaras. Baratas y llevables en las mochilas. Perfecto.

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Cogemos otra calle rodeados de todo. Vemos un sitio para tomar algo pero no acabamos de entender por dónde se entra. Nos colamos hasta dos veces en casas particulares. Sin éxito, decidimos buscar un restaurante donde comer el famoso plato de lechón asado al estilo balinés, el babi guling. La Lonely Planet habla muy bien del Warung Ibu Oka. Encontramos el restaurante frente al Palacio de Ubud y la camarera nos dice que tienen tres locales. Miramos las fotos y nos ubicamos para llegar al que parece más bonito. El plato está delicioso, aunque me vengo arriba con el picante y paso un muy mal rato. Salimos del restaurante siguiendo los carteles hacia el centro. Está todo preparadísimo para que no salgamos de aquí. Compramos más pareos y seguimos ocupando la vista en este mercado. Está aprovechado hasta el último rincón, algo exagerado.

Después de una mañana tranquila nos animamos a visitar el templo de Tanah Lot. Es el mismo camino que recorrimos la tarde del primer día pero aún más lejos. Más tráfico, más adelantamientos locos y más carreteras y pueblos destartalados. Llegamos a la zona y lo primero que llama la atención es el enorme párquing, el trajín de autocares, motos y personal para dirigir a todos los vehículos motorizados que vamos llegando al lugar. En las aceras una riada de hindúes se dirigen hacia la costa buscando el templo. Algo se celebra hoy aquí.

Seguimos al gentío y alcanzamos la costa. No tiene pérdida. Primero vemos un saliente con una forma curiosa, con un hueco por donde pasa el mar. Y poco después, rodeados de hindúes que llevan ofrendas a Tanah Lot, el templo. Parece que nos hemos topado otra ceremonia hindú. Excelente.

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Nos acercamos al templo pero no podemos acceder. Una cola interminable de locales con sus ofrendas espera para subir. Justo enfrente algunas decenas rezan sentados en el suelo. Me acerco varias veces para captar la imagen de cerca. Sus gestos, sus miradas, su cara de concentración. La sensación de espiritualidad aquí es bastante bestia. Espectacular.

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Me da cierto apuro molestar. Pero estos momentos, el poder estar en un acto tan genuino de una religión tan extraña para mis ojos, suceden pocas veces en la vida. Configuro la GoPro, alzo el palo selfie y a grabar. Entonces un hindú ataviado con las típicas vestimentas blancas y pasa justo a mi lado cruza la mirada conmigo. Levanta la vista, mira la cámara y me sonríe amigablemente. El resto siguen con su liturgia como si yo no estuviera. Me quito un peso de encima: parece que no molesto.

Me dirijo hacia el otro extremo de la playa. Escucho un grito. Me están señalando la línea que separa a los fieles del templo. Debe estar prohibido cruzar por aquí. Lo siento. Ahora me muevo hacia la parte posterior del tumulto. Entre ellos aparecen unos hombres que reparten algún tipo de líquido sagrado. Llevan un estampado en la camisa, como si fueran los monjes, curas o como quiera que se llamen aquí. El momento de conexión con los rituales es precioso. Transmite buena armonía, buenas vibraciones. Y me ignoran por completo.

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Reandamos parte del camino. Nos sentamos para ver el atardecer. Pocos minutos después en algún lugar cercano sueltan centenares de pájaros. Sentados en el suelo disfrutamos del lugar, las luces anaranjadas del atardecer y la paz que se respira en Tanah Lot, únicamente perturbados por los jóvenes que piden hacerse fotos con nosotros. Primero uno, luego otro y al levantarnos para irnos dos más. Somos la sensación. No me molesta, es el pequeño precio a pagar por compartir estos momentos con ellos.

Caminamos en sentido contrario a los centenares de locales que siguen llegando aquí. Lo hago con la GoPro en alto, otra vez, intentando captarme aquí en medio, diminuto. Todos me miran, miran la cámara y me sonríen. Una tarde perfecta si no fuera por la paliza que nos queda para volver. Y con susto incluido cuando a un niño en moto le da por cruzar perpendicularmente la carretera sin luces, sin casco y sin mirar.

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