Indonesia (Día 8). Templo Pura Besakih. Pueblo Tenganan.

ÍNDICE VIAJE

FICHA

FICHA

DÍA 1 y DÍA 2Llegada a Jakarta. Borneo.
DÍA 3Borneo
DÍA 4Borneo. Hacia el Volcán Bromo.
DÍA 5Volcán Bromo. Hacia el Volcán Ijen.
DÍA 6Volcán Ijen. Hacia Ubud.
DÍA 7Templo Gunung Kawi. Templo Tirta Empul. Arrozales Tengalang. Templo Mengwi.
DÍA 8Templo Pura Besakih. Pueblo Tenganan.
DÍA 9Ubud. Templo Tanah Lot.
DÍA 10Volcán Batur. Cascadas NungNung.
DÍA 11Templo Ulun Danu. Lagos Gemelos. Cascadas Munduk. Arrozales Jatiluwih.
DÍA 12Hacia Kanawa.
DÍA 13Kanawa.
DÍA 14Kanawa. Rinca.
DÍA 15Kanawa. Pueblo de pescadores.
DÍA 16Kanawa.
DÍA 17Kanawa. Labuan Bajo.
DÍA 18Hacia Sulawesi (Tana Toraja).
DÍA 19Rantepao.
DÍA 20Bolu Market. Marante. Palawa.
DÍA 21Funeral Tana Toraja. Kambira. Tampangallo. Suaya.
DÍA 22Trekking Lempo-Batutumonga.
DÍA 23Lemo. Londa. Ke’ Te’ Kesu’.
DÍA 24Yogyakarta.
DÍA 25 y DÍA 26Yogyakarta. Jakarta.

RESUMEN DEL DÍA

LO MEJORLO PEOR
Las carreteras más genuinas posiblemente son las del este de la isla de Bali.Las mafias en el Templo Pura Besakih.

DIARIO

Perdidos por la isla, en el largo trayecto hasta la primera visita de hoy, nos cruzamos con un restaurante con un bonito mirador que nos llama la atención. Cuando nos ven entrar las camareras se miran y sonríen tímidamente y cuando pedimos un par de cafés hacen lo mismo. El gesto siempre lo percibimos en tono amigable. Nuestros rasgos más mediterráneos les deben hacer gracia. Reanudamos la marcha y hacemos parada en una gasolinera. Los dependientes denotan una mezcla de aburrimiento y cachondeo y nos piden hacerse una foto con nosotros. Parece que hoy caemos simpáticos. Yo me lo estoy pasando bien en Bali.

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Y por fin llegamos al Templo Pura Besakih. Aparcamos la moto con un hombre siguiendo nuestros movimientos. Hay algo extraño aquí y venimos avisados. Pero antes de juzgar lo veré con mis propios ojos. Nos remiten a una ventanilla donde nos piden pagar la entrada y dar una donación. El destino me es indiferente, no presto atención. Pagamos la entrada pero nos negamos a donar nada. Nos insisten pero hacemos lo propio. El hombre de la taquilla se cierra en banda: si no hay donación no entramos. Si estuviera en mi tierra me daba media vuelta y a otra cosa mariposa, pero estoy de vacaciones y tengo interés en visitar el templo. Juegan con eso. Finalmente pagamos el mínimo, nos giramos y dejamos al hombre con la palabra en la boca. Caminamos unos metros y nos aparece otro local. Se ofrece para ir con nosotros de guía. Le decimos que no. Nos impide el paso. El hombre, con educación, eso sí, insiste en que sin guía no se puede entrar y nos dice que podemos preguntar en la ventanilla. Pasamos de discusiones, en un lugar desconocido y en una lengua que no es la mía, así que pactamos un precio y entramos con él. La accidentada entrada a Pura Besakih promete muy poco. Yo estoy de mal humor y no quiero ver al guía a menos de diez metros de mi. Parece que lo ha captado pronto, así que apenas explica un par de cosas a Marta que se encuentra más cercana a él.

Escasos minutos después el guía nos dice que podemos seguir solos. Perfecto. Me siento robado pero sabíamos a lo que veníamos. Esta mañana el padre de la familia que ostenta el hotel en el que nos alojamos nos ha avisado de que en esta parte de la isla hay muchas mafias y que nos preparemos para pagar por todo. Su semblante lo decía todo.

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Pura Besakih es el templo más importante de Bali. Es un conjunto de 23 templos relacionados entre sí, encaramados en una ladera de la montaña Gunung Agung, de los cuales Pura Penataran Agung es el más grande. Subimos hasta arriba, hasta encontrarnos con éste. El conjunto es espectacular pero sería mucho mejor poderlo ver con más perspectiva, más lejanía, porque aquí dentro me siento sumergido en todo momento entre torres. Y sobre todo, las mafias del lugar nos han dejado una sensación negativa que nos impide vivirlo sin nada que perturbe la experiencia.

Alcanzamos de nuevo la parte inferior. Intento hacer una última fotografía pero una pareja, que se está haciéndose infinidad desde todos los perfiles posibles, me estorban. Espero. Se acercan y resulta que son españoles, por el acento andaluces. Me piden que les haga otra foto. Sí, otra más. Seguidamente nos preguntan si hemos pagado, a lo que obviamente decimos que sí, la entrada y los numerosos timos que se estilan por aquí. Ellos no. Por lo visto han dejado la moto por la parte de arriba del templo porque sabían que desde allí se puede acceder sin pagar. Pero inmediatamente después aparece un local y les pide el ticket de entrada. Parece hecho a propósito. Se intentan hacer los suecos pero el hombre insiste. Empiezan a discutir. El indonesio les amenaza con llamar a la policía. Y se bajan del burro. No sé si es cruel pero me alegro que les hayan cogido. Una cosa es negarse a pagar determinados conceptos cuya legalidad y legitimidad es más que dudosa, la otra es colarse para entrar a un monumento cuyo precio, para el bolsillo de un occidental, no representa un coste exagerado. Y es que mucha gente vive aquí del turismo.

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Volvemos a la moto. Planificamos la ruta para el resto del día: objetivo, la costa. Tengo anotadas buenas referencias de estas carreteras y en seguida se confirman. Tienen un aire que encandila. Estrechas y solitarias carreteras, entre densa vegetación y con curvas y pendientes que permiten tomar perspectiva de infinidad de bonitos paisajes. Todo es más rural aquí. No esperamos mucho para comer. En medio de la nada nos cruzamos con un restaurante con terraza. Está desierto. Me asomo y una mujer me confirma que podemos comer. El lugar es sencillo y familiar, por ser generoso. Volvemos a estar en ruta disfrutando del trayecto como niños y parando en multitud de lugares para captar una bonita instantánea más. Si tengo que escoger entre las caóticas carreteras de en el suroeste o lo que estamos recorriendo hoy, la elección es evidente.

Seguimos hacia el sur. Después de tantos zigzags necesito reubicarme en el mapa. Preguntamos a una mujer en uno de los pocos poblados, por llamarlos de alguna manera, que nos hemos cruzado. Es gracioso porque para indicarte un lugar no te guían en el sentido de las carreteras, sino señalándote la ubicación del lugar con el dedo cuando entre medio hay una selva enorme. Adivina cómo llegar. Y así minutos después vemos el mar. Por fin. Poco a poco van apareciendo más carteles anunciando restaurantes y hoteles, más construcciones, más coches. Nos estamos acercando a un centro turístico. Pero no llegaremos.

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En un cruce una señal indica que Tenganan está hacia la derecha. Para allá que vamos. Al final de la carretera un párking y una taquilla para pagar la entrada nos reciben. En este pueblo viven los Bali Aga, descendientes de los pueblos que habitaron Bali antes de la llegada de los Majapahit, un imperio que controló diversas zonas de Asia hacia el s. XIII. Una muralla rodea el pueblo, que consiste en dos hileras de casas que en paralelo se distribuyen en la ladera de la colina. Primero recorremos una de las calles, calle por referirme de alguna manera, pasando junto a varios espacios en los que se amontonan gallinas dentro o fuera de unas jaulas preparadas para su tamaño. El cacareo es constante desde todos los rincones del pueblo. Al final del pueblo torcemos para volver por el otro lado y cruzamos un espacio en el que varios comerciantes desmontan sus puestecitos. Todo está calmado, apenas hay un alma paseando por aquí. No sé si es bueno o malo aunque apuesto más bien por lo primero. Entramos en una casa donde exponen diversos tejidos, posiblemente los kamben gringsing, que protegen de la magia negra o los doble ikat, con una técnica especial para teñirlos. Por lo visto valen un rión. La anciana que nos ha invitado a pasar parece la artista. Estamos literalmente dentro del comedor de su casa.

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Volvemos a Ubud, parte paralelos a la costa a través de una carretera con un buen asfalto y guardaraíles. Nos llama la atención. Y así acabamos el día volviendo a cenar en nuestro restaurante bueno, bonito y barato.

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