Indonesia (Día 6). Volcán Ijen. Hacia Ubud.

ÍNDICE VIAJE

FICHA

FICHA

DÍA 1 y DÍA 2Llegada a Jakarta. Borneo.
DÍA 3Borneo
DÍA 4Borneo. Hacia el Volcán Bromo.
DÍA 5Volcán Bromo. Hacia el Volcán Ijen.
DÍA 6Volcán Ijen. Hacia Ubud.
DÍA 7Templo Gunung Kawi. Templo Tirta Empul. Arrozales Tengalang. Templo Mengwi.
DÍA 8Templo Pura Besakih. Pueblo Tenganan.
DÍA 9Ubud. Templo Tanah Lot.
DÍA 10Volcán Batur. Cascadas NungNung.
DÍA 11Templo Ulun Danu. Lagos Gemelos. Cascadas Munduk. Arrozales Jatiluwih.
DÍA 12Hacia Kanawa.
DÍA 13Kanawa.
DÍA 14Kanawa. Rinca.
DÍA 15Kanawa. Pueblo de pescadores.
DÍA 16Kanawa.
DÍA 17Kanawa. Labuan Bajo.
DÍA 18Hacia Sulawesi (Tana Toraja).
DÍA 19Rantepao.
DÍA 20Bolu Market. Marante. Palawa.
DÍA 21Funeral Tana Toraja. Kambira. Tampangallo. Suaya.
DÍA 22Trekking Lempo-Batutumonga.
DÍA 23Lemo. Londa. Ke’ Te’ Kesu’.
DÍA 24Yogyakarta.
DÍA 25 y DÍA 26Yogyakarta. Jakarta.

RESUMEN DEL DÍA

LO MEJORLO PEOR
Meternos en el volcán Ijen. Una de las experiencias más increíbles de mis viajes.El trayecto hasta Ubud. Otra paliza, aunque por suerte, hasta el momento se están viendo recompensadas.

DIARIO

Llevamos metidos en el coche casi 2 horas desde que Aidey nos arrancó del hotel en el que tan gustosamente estábamos descansando. Por el camino hemos pasado frente a un par de pueblos de típicas casas coloniales con una decoración aparentemente curiosa, donde por lo visto viven los descendientes de colonos holandeses. También me ha parecido ver alguno de esos peajes irregulares que tanto abundan por aquí. Todo ello es un creo, un parece, un por lo visto, un según nos cuenta Aidey. Y es que tengo mucho sueño.

Estamos en un aparcamiento. Bajamos a estirar las piernas y el frío nos vuelve a dar la bienvenida, una noche más. Empiezan a abrir algunos puestecillos. Eso significa que volvemos a llegar pronto. Otro punto positivo para nuestro guía. Sin aglomeraciones todo parece más auténtico.

Nos presenta el sherpa para la caminata, nuestro guía para el ascenso al volcán Ijen. El bueno de Aidey no creo que esté para estos trotes. Y por las mafias que se intuyen por esta zona de Java tampoco creo que le dejaran. No obstante, apuesto más por lo primero. Empezamos a caminar en la absoluta oscuridad. No se ve un pimiento. Suerte de nuestras linternas frontales. El guía no tira demasiado. Tampoco debe necesitar demostrar nada, aburrido de hacer este trayecto y carente de nuestra motivación.

Ya sudando empiezo a oler algo. Me resulta familiar. Es el azufre, inconfundible, el mismo olor que conocimos hace menos de 24 horas en el Bromo, aquel volcán que ahora nos parece tan lejano. Cada metro que avanzamos ese olor a huevos podridos se hace más poderoso, más intenso. Empezamos a encontrarnos con grupos más numerosos de turistas. La mayoría comienzan a estar ahogados. Aceleramos para adelantarlos, para evitar aglomeraciones, ansiando llegar a lo más alto. Pero empiezo a no poder respirar. No es el cansancio, ni siquiera es el olor, es el ambiente que está gasificado. Nuestro guía nos ofrece unas mascarillas que lleva en su mochila. De momento preferimos seguir con la sudadera recubriéndonos media cara.

Va a más. El negro de la noche ha dejado paso a un ambiente humeante. La falta de visibilidad de ha multiplicado por dos. Y necesitamos las máscaras. No es que lo estemos pasando especialmente mal, pero es una sensación molesta y extraña. Ahogarse por simplemente respirar. Casi puedo masticar el mineral. Nos ponemos los artefactos y la cosa cambia. Ahora son las molestias de respirar sobre un artilugio que te ciñe el rostro. Pero se respira mejor cuando el ambiente cada vez está más pesado. Estamos llegando a la morada del diablo.

Llegamos a un camino más estrecho, atestado de turistas. Seguimos adelantando. Unos metros después comienza otro sendero. Éste es muy ancho, abierto, y a su izquierda se vislumbra algo parecido a un barranco. Pero no veo mucho más ni tengo mucha idea del aspecto de lo que nos rodea. Entonces el guía nos conduce a un emplazamiento frente a ese barranco. Y observo. Decenas de lucecitas descienden progresivamente a través de un sendero estrecho, zigzagueante y con una importante pendiente. Nos lleva al interior de algo. Ardua tarea la de seguir el rastro en esta oscura y humeante noche.

Nos situamos en la apretada fila. Con sumo cuidado damos cada paso, ya que cualquier piedra mal calculada es sinónimo de peligrosa caída con posible efecto bola de nieve incluido. El guía va dando brincos a nuestro alrededor, despejando el paso, avisando al resto, cual perro ovejero guiando a su rebaño. Entonces da un salto hacia adelante y llama la atención a los turistas que tenemos unos metros más adelante. Se enfada porque parece que no le hacen caso. Levanto la vista por un momento del suelo pedregoso y un hombre sube con un palo apoyado en la nuca y dos pesadas sacadas llenas de algún tipo de mineral. Se le ve agotado. Es un minero al que nuestro guía nos insiste en que le dejemos pasar. Respeto por quien está ganándose el pan. Me quiero fijar en él pero apenas puedo centrar la vista más allá de un metro delante de mi para no caerme.

Bajamos, bajamos y seguimos bajando siguiendo la misma dinámica, viendo cada vez menos. Siento como si estuviéramos bajando a la mismísima morada del diablo, estamos en lo más profundo rodeados de paredes. Entonces un intenso y brillante azul se vislumbra en la atmósfera oscura y humeante. Parece que hemos llegado al fuego azul del volcán Ijen. Los turistas se agolpan más adelante, donde me pareció ver el color azul, cerca de un sendero que parece ascender de nuevo. Pero a nuestra derecha, tras una gran roca parece que hay un afluente del vapor de azufre con una tonalidad de ese azul que estamos buscando. Me acerco y aparece un hombre, no sé si un guía, encendiendo fuego con alguna especie de artilugio. Y de repente un río se descubre y enciende ante nosotros, de un más vívido, más luminoso y más penetrante azul. Lo hemos encontrado, está aquí. Miro de reojo. Marta está varios metros por detrás también observando. Y el guía aún más lejos. Estoy agachado frente al fuego azul, frente al azufre que inunda el ambiente en combustión formando una de las imágenes más bellas que he visto jamás.

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De repente se levanta una ráfaga de viento, escupiendo todo el vapor de azufre hacia mi posición. Me falta el oxígeno. El guía aparece rápidamente para pedirme que me retire unos metros. Me quiero resistir, seguir mirando y haciendo millones de fotos, pero es que realmente la cortina de humo me impide ver y respirar. Y el fuego frente a mi se apaga. La sensación de estar dentro, aquí y ahora, es brutal. Nos movemos unos metros hacia atrás, donde otra formación rocosa nos permite ver el escenario un par de metros más arriba. Aquí tenemos mayor perspectiva aunque la sensación de estar tocando el fuego no es la misma. No sé si echa más humo el volcán o mi cámara. Es magia, es brujería. Un espectáculo visual de la naturaleza. Estamos en el corazón y núcleo del planeta Neptuno.

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Empezamos a subir justo cuando se sospechan los primeros halos de luz en el cielo. Miro hacia arriba y veo la silueta de la ladera que hemos bajado. Estamos sumergidos 200 metros aproximadamente en la caldera de un volcán. Increíble. Seguimos el ascenso y alcanzamos un minero. Luego otro. Dan lástima, cargados con sacos enormes a la espalda, con cuatro trapos subiendo esta cuesta y respirando el aire gasificado de vapor de azufre. Ahora sí puedo observarlos bien. Una esperanza de vida mucho más corta.

Llegamos a lo alto. Algunos mineros parecen hacer recuento de lo que han subido. Miro hacia atrás y la panorámica de lo que ya se empieza a vislumbrar con cierta claridad es muy bestia. Atisbo una zona algo más elevada rodeando la caldera. Marta prefiere no seguirme así que la dejo con el guía. Camino unos 50 metros, saltando zanjas y surcos en el suelo en una leve pendiente, y ahí está. Es la imagen. La caldera con el cráter amarillento a la izquierda y un lago turquesa a la derecha, medio escondido por el vapor y el cual no apreciamos allí abajo en ningún momento. La formación de lagos junto a los volcanes es algo normal, ya que el aire frío en la cumbres y a estas alturas se mezcla con el aire caliente que sube desde el núcleo, creando las condiciones ideales para la condensación y las precipitaciones. El acceso al lago está cerrado por unas explosiones freáticas que ocurrieron no hace mucho. Explosiones y un lago ácido no parecen una buena combinación. Espectacular, me quedaría horas aquí simplemente contemplando el lugar.

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Retrocedo lo subido, dando brincos y salvando los enormes surcos del suelo. Marta está en su mundo y el guía hablando con sus paisanos. Les hago una señal y empezamos el descenso. Pero antes nos cruzamos con un minero. Parece de más edad que el resto, aunque digo sólo que lo parece porque esta profesión debe estropear mucho. Unos turistas le dan una propina. Le saco una foto y hago lo propio. Su gesto es de alguien que no entiende mucho los motivos. Supongo que es una forma de empatizar con él y sus duras condiciones de trabajo.

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Reanudamos el descenso. El guía nos afirma que los mineros llevan 70 u 80 kg en las sacas. Eso creo entender. El sendero está ahora muy resbaladizo, con las nubes por debajo de nosotros y el omnipresente volcán Raung en erupción de fondo de la postal. Más adelante nos cruzamos con varios carretilleros que suben, con uno de los cuales el guía se para a charlar apenas un minuto. Nos explica que vienen a recoger el azufre que extraen los mineros de arriba. Y éstos cargan unos 200 kg. Sólo escuchar los pesos me canso. Entonces el guía se aparta la camiseta y nos enseña la piel desnuda de sus hombros. Tiene una especie de agujeros o marcas, como si le hubieran partido la clavícula. Él antes de guía también era carretillero. Parece positivo el cambio de profesión. Y por su semblante intuyo que piensa lo mismo.

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Ya abajo y de nuevo con Aidey reponemos fuerzas en su coche, comiendo aparentemente escondidos de los vendedores de los puestos que ahora ya sí están todos abiertos. Son instrucciones de Aidey y obecedemos.

Estamos en el puerto para partir hacia Bali. Aidey nos acompaña hasta donde le dejan para evitar confusiones, para asegurarse de que no tenemos duda alguna. Nos despedimos con una sonrisa y un fuerte apretón de manos, propios de quien agradece enormemente la atención y la profesionalidad durante estos días. Me viene a la cabeza un pensamiento. Aconseja a Aidey a la comunidad de losviajeros.com. Se lo merece.

Entramos al barco junto a dos catalanes que acaban de discutir con su guía. Creo que todo ha venido porque no saben si les esperarán al otro lado. No se fían. No sé qué les puede haber pasado para estar de esta guisa pero el tono no dice nada bueno de ellos. Los destinos escritos en sus maletas y su actitud parecen propios de alguien que quiere posturear, más que conocer y respetar.

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Salimos del puerto ya en Bali y un hombre nos dirige a nuestra furgoneta. Circulamos algunos cientos de metros y nos paramos. Cambian el conductor. Parece que todo está perfectamente orquestado. Demasiada gente para algo tan sencillo. Nuestro conductor tiene dificultades para arrancar la furgoneta, como si fuera novato. Estamos interminables horas para llegar a Ubud, 3 o 4, más otras tantas para encontrar nuestro hotel. El GPS apenas avanza por la isla y nuestro guía se pierde, dando vueltas por el mismo sitio y haciendo paradas para preguntar. Primero hace una parada en una zona apartada de todo y luego en lo que parece el mismo centro de Ubud. Creo que no se entera mucho. Y para más inri tiene el aire acondicionado como si quisiera criogenizar nuestros órganos. Pasamos de él y bajamos las ventanillas. No tenemos feeling.

Pero por fin llegamos a Ubud. Y de muy mal humor por el duro trayecto. Estamos en una zona turística pero no tanto como un par de calles que hemos pasado. Aún así Ubud parece tranquilo. Después de acomodarnos buscamos sitio para cenar. Elegimos un restaurante moderno, donde pedimos unas hamburguesas a una camarera que me vuelve a confirmar lo guapas que son las indonesias. Desde la terraza me fijo en la huella cultural hindú que artificialmente o no se percibe en la decoración de las calles. Flores, ofrendas en el suelo, unas ramas enormes decoradas… mañana miraré en la guía qué significado tiene todo esto. Ahora estamos agotados por el trayecto, así que antes de dormir ya sólo nos queda la tarea de preguntar precios para alquilar una moto. Empieza nuestra andadura en Bali.

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