Indonesia (Día 5). Volcán Bromo. Hacia el Volcán Ijen.

ÍNDICE VIAJE

FICHA

FICHA

DÍA 1 y DÍA 2Llegada a Jakarta. Borneo.
DÍA 3Borneo
DÍA 4Borneo. Hacia el Volcán Bromo.
DÍA 5Volcán Bromo. Hacia el Volcán Ijen.
DÍA 6Volcán Ijen. Hacia Ubud.
DÍA 7Templo Gunung Kawi. Templo Tirta Empul. Arrozales Tengalang. Templo Mengwi.
DÍA 8Templo Pura Besakih. Pueblo Tenganan.
DÍA 9Ubud. Templo Tanah Lot.
DÍA 10Volcán Batur. Cascadas NungNung.
DÍA 11Templo Ulun Danu. Lagos Gemelos. Cascadas Munduk. Arrozales Jatiluwih.
DÍA 12Hacia Kanawa.
DÍA 13Kanawa.
DÍA 14Kanawa. Rinca.
DÍA 15Kanawa. Pueblo de pescadores.
DÍA 16Kanawa.
DÍA 17Kanawa. Labuan Bajo.
DÍA 18Hacia Sulawesi (Tana Toraja).
DÍA 19Rantepao.
DÍA 20Bolu Market. Marante. Palawa.
DÍA 21Funeral Tana Toraja. Kambira. Tampangallo. Suaya.
DÍA 22Trekking Lempo-Batutumonga.
DÍA 23Lemo. Londa. Ke’ Te’ Kesu’.
DÍA 24Yogyakarta.
DÍA 25 y DÍA 26Yogyakarta. Jakarta.

RESUMEN DEL DÍA

DIARIO

Suena el despertador. Aún siendo las 3 de la madrugada no me cuesta ponerme en marcha. Con el cuerpo aún dormido pero el cerebro muy despierto la ilusión por lo que vendrá domina la situación. Nuestro guía espera fuera. Alguna persona ya circula, aunque para ser un hotel de paso y peregrinaje al volcán parece que muchos aún duermen. Pero conforme nos estamos acercando a la entrada del hotel empiezo a intuir movimiento ahí fuera. Primero escucho los rugidos de los potentes motores todoterreno que pasan uno tras otro. Luego, cuando estamos casi en el exterior los halos de luz de los focos los delatan. Son los mismos que veíamos subiendo ayer por la noche pero multiplicados por decenas. Esperamos al nuestro pero no llega. Cada minuto que pasa el trajín ahí fuera es mayor, uno tras otro, hasta tal punto que empieza a formarse retención.

Repentinamente un todoterreno abandona la carretera, desviándose y entrando a toda velocidad en el recinto de nuestro hotel. Aidey nos invita a subir. Es el nuestro. La verdad que el vehículo es una pasada, una especie de Jeep asiático que me gusta más incluso que los norteamericanos. Nuestro conductor pisa el acelerador y ya estamos subiendo una oscura y serpenteante carretera. Pasan algunos minutos cuando el camino asfaltado deja paso a lo que parece una enorme pista de arena. Damos un bote. Luego otro. Badeamos un agujero. Pasamos por un profundo surco. Parece un rally donde cada bote es más intenso que el anterior. Me tengo que agarrar para no darme contra el techo del coche. En uno de esos saltos me giro y decenas de pares de luces siguen la misma trayectoria que nosotros. Es el resto de la expedición. No veo más ahí fuera, y me gustaría ver el entorno por lo enormemente dificultoso del terreno y porque no veo bordes del camino, barrancos. Nada, todo pista y brincos infinitos. No me puedo imaginar dónde estamos.

El coche para cuando ya estamos en lo que parece un camino. Aidey se pone delante y nosotros le seguimos. Parece como si hubiéramos parado antes de tiempo, puesto que los todoterrenos continúan subiendo mientras nosotros nos perdemos por aquí. De repente el guía nos hace un ademán de meternos en un camino, estrecho y medio disimulado por mucha vegetación. Nos pide que bajemos la cabeza. Nos lo vuelve a pedir. Continuamente se gira para comprobar que nadie nos siga. Quiere esconder el lugar al resto de guías, como si fuera su rincón secreto. Este misterio me divierte. Subimos el sendero quizá unos 200 metros. Y llegamos a un pequeño llano en la punta de una montaña. Enfrente, derecha e izquierda sólo barranco y el negro de la noche. Bienvenidos al escondite de Aidey.

Nos señala dónde acomodarnos. Hace un frío que pela, suerte de las chaquetas, sino morimos de hipotermia. Rápidamente empieza a manejar trastos de su mochila. Nos la señala y sonríe. Está orgulloso de su kit de supervivencia. Nos explica que lo compra por Internet. Me fijo bien y todo es de marca Quechua. Lleva medio Decathlon a cuestas. Rápidamente empieza a montar un fogón y a calentar leche. Saca unos sobres de su mochila mágica. No me lo puedo creer. Café capuccino para amenizar y calentar la espera. Parecía deamsiado formal al principio, o mejor dicho lo es, pero es majo y atento, mucho más de lo que podemos pedir. Y además nos ha traído a su escondite antes que muchos, si atendemos a la ahora ya sí congestionada fila de coches que se ven allí abajo.

Va pasando el tiempo. Aidey nos tiene bien enseñados a no levantarnos con la linterna de cabeza que nos ha aprovisionado para que otros guías no descubran su rincón. No será por precauciones. Ahora un café, después un cigarro y vuelta a empezar. Así hasta que los primeros rayos del sol aparecen desde nuestra izquierda, iluminando poco a poco el escenario. Y lo que va apareciendo enfrente es brutal, sencillamente espectacular. La reflex, la GoPro, todo el arsenal puesto al servicio de captar el paisaje marciano.

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Me quedo absorto con las descomunales calderas y sus compinches que emergen de la noche. Es la enorme caldera volcánica del Parque Nacional de Bromo Tengger Semeru que según las guías tiene aproximadamente 10 km de diámetro. La humeante es nuestro deseado volcán Bromo. A su lado el monte Batok, el único no activo. Al fondo el monte Semeru la montaña más alta de Java y que ha entrado en erupción desde 1818 55 veces, 10 de las cuales han resultado fatales. Después centro mi atención con el mar de arena que, cada vez más iluminado, se muestra descomunal al lado de los coches de ahí abajo, de las casas del pueblo de Cemoro Lawang, insignificantes hormigas ante esta vasta y categórica expresión de la naturaleza. Y entonces Paris nos señala hacia nuestra izquierda, desde donde vienen esos primeros rayos del sol. Una monstruosa columna de humo toca el cielo. Es el volcán Raung, que justo antes de volar a Indonesia estaba cerrando diversos aeropuertos debido a la escasa visibilidad producida por la nube de ceniza volcánica. Tengo aquí la confirmación de que Indonesia es una de las zonas volcánicas más importantes del planeta. Con una mirada alrededor es suficiente. Indonesia tiene una actividad sísmica y volcánica descomunal, sólo superada en número de erupciones por Japón, ya que el país está asentado sobre el llamado Anillo de Fuego del Pacífico, albergando unos 76 volcanes históricamente activos. Acongoja sólo imaginar la destrucción que pueden llegar a provocar los ríos de lava, los gases y la ceniza incandescente.

No sé si es por el sueño o por lo patidifuso que me encuentro, pero percibo que estos momentos me pasan como si fueran ajenos a mi, como si me hubiera abstraído infinitamente de mi propia conciencia para contemplar este espectáculo. Cuando vuelvo el sol ya empieza a calentar y nuestro guía, que antes dormía estirado, ahora lo hace sentado. Me apena incluso que uno pueda acabar aburriéndose de algo así. Pero ante todo estoy cada vez más feliz por haber apostado por este viaje.

Nos quedamos un tiempo más observando la panorámica, recreándome. Levanto un poco la cabeza, lo justo para no alarmar a Aidey, y veo a los turistas agolpados en una montaña situada un poco más atrás. El emplazamiento ha sido perfecto, solos y con unas vistas mucho mejores. La apuesta por este guía hasta el momento está siendo un completo acierto.
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Bajamos. Aparcamos en las faldas del volcán y quedamos con el guía y el conductor en volver a este punto en máximo una hora. Estamos en el mar de arena rodeados de todoterrenos y mucho polvo levantado por las ruedas de las decenas de esos Toyota que vienen y van. Varios caballos se dirigen hacia la caldera, muchos de ello con su jinete encima a toda prisa, levantando casi el mismo polvo que los coches. Rápidamente el desierto de Mongolia me viene a la mente. No sé si habré visto una imagen similar en un documental sobre aquel país, lo que sí sé es que conforme pasamos más tiempo aquí el lugar me parece más auténtico y diferente a todo lo que he visto hasta ahora.

Empezamos a caminar. Un templo hindú a nuestra izquierda supone el inicio del ascenso. Desde fuera no llama demasiado la atención. Después un sendero propiamente dicho comienza a subir. Intentamos seguirlo con normalidad pero nos ahogamos, el polvo es tan fino que se introduce en la boca y la nariz, dando lugar a tos, picor, sequedad. Noto la textura de la arena en la boca. Conforme avanzamos más gente, menos espacio y algún que otro caballo empeoran la situación. De poco sirve el pañuelo que llevamos en la boca. Seguimos la marcha por los bordes del sendero, quizá un metro más elevados y con una pendiente a veces ajena al curso del propio sendero. Al menos por aquí escapamos del polvorín.

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Se ha hecho dura la subida. Pero a pesar del polvo y la empinada última escalera estamos arriba. Un ceñido camino discurre hacia nuestra izquierda, bordeando el cráter. Avanzamos apenas unos metros hasta verla y algunos más para quedarnos más solos, esquivando con sumo cuidado al resto de turistas, pues ningún elemento de seguridad nos separa de la pronunciada pendiente. Y aquí está. Me quedo embobado mirando al interior del cráter, en una mezcla de temor y admiración. La incesante columna de humo, el fuerte olor a azufre que impregna el ambiente, los colores alienígenas de sus paredes. Me imagino cayendo por el agujero. Atroz. El corazón de la tierra respira lentamente, tranquilo, sin prisa por estallar escupiendo fuego y destrucción. Qué pequeños somos.

Miro el cráter y tengo vértigo. Me giro y veo la pendiente y tengo vértigo. Observo frente a nosotros la caldera del Monte Batok, más elevada, y también me da vértigo. He perdido la cuenta de las horas que llevo aquí de estupefacción. Es un lugar para venir al menos una vez en la vida, no tengo dudas. Saco la GoPro dispuesto a hacerme un selfie 360º. No soy muy dado a ello pero me siento obligado a inmortalizar este momento. Levanto la cámara, empiezo a girar sobre mi mismo, cuando el pañuelo que me había dejado Aidey sale despedido, volando hacia la caldera. Se posa a un metro de mi, como si los dioses me insinuaran que intentara cogerlo. Me doy media vuelta y comienzo a bajar.

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La bajada es mucho más rápida. En apenas unos minutos estamos frente al templo hindú. Bromo es la pronunciación en javanés de Brahma, el dios hinduista de la creación. Por eso debe estar aquí. No nos vuelve a llamar la atención y pasamos de largo, directos a nuestro todoterreno. Tardamos algunos segundos en divisarlo. Todos nos parecen iguales. Cuando lo identificamos nos acercamos. Aidey duerme y el conductor hace lo propio detrás. Me sabe mal despertarlo pero ha llegado la hora de decir adiós e irnos al hotel a desayunar. No vaya a ser que alguno de los volcanes despierte.

Ésta es la misma carretera que ayer subíamos. Como casi siempre pasa, de día gana muchísimo. Bajo la ventanilla una y otra vez, intentando captar alguna imagen de la gente que discurre por aquí. Muy auténtica, rural. Por sus vestimentas y color de la piel parecen peruanos venidos del Machu Picchu. La zona parece muy bonita pero lástima no poder venir por libre. Por aquello de las mafias locales.

Me sabe mal bajar una y otra vez las ventanillas. Por Aidey, ya que por su mirada por el retrovisor interior y su talante formal y metódico me da que no le hace mucha gracia. Obviamente no se atrevería a decirnos nada si no estuviera muy justificado. Pero hace una parada. Quiere que le haga fotos a un bonito valle. Como un padre, creo que al final no le ha quedado otra que aceptar que lleva a un freak de la fotografía de viaje dentro de su coche.

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Han pasado casi 4 horas de viaje. Estoy cansado, por la paliza y por la hora a la que nos hemos despertado. Aidey nos acompaña a la habitación y nos informa sobre la hora a la que tendremos que estar en pié: a la 1 de la madrugada. Por el amor de dios. Nos explica que quiere estar pronto para evitar aglomeraciones. Si él lo dice yo le sigo. Han habido detalles por los que se ha ganado absolutamente mi respeto. Tras decirnos un hasta luego inspeccionamos el hotel. Tiene bastante nivel, con un aire de resort de playa. Lo de “Ijen view” no acabo de entenderlo muy bien teniendo en cuenta que estamos a 1.5h del volcán. Salimos al exterior para buscar sitio para cenar. Una carretera feucha, nada interesante, así que desandamos hacia el restaurante que hemos pasado de largo justo en la entrada del hotel. Está bastante caótico, acaban de hacer algún tipo de celebración. Nos fijamos bien y por la decoración cursi hacia decir basta parece un festejo chino. Tras cenar de lujo vamos a la piscina a echar un cigarro. Vemos varios huéspedes chinos bañándose y algunas chicas indonesia haciendo lo propio pero tapadas a niveles que molestan a la vista. A pesar del nivel de tolerancia que se respira en el país, no hay que olvidar que estamos en un país musulmán.

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