Indonesia (Día 3). Borneo.

ÍNDICE VIAJE

FICHA

FICHA

DÍA 1 y DÍA 2Llegada a Jakarta. Borneo.
DÍA 3Borneo
DÍA 4Borneo. Hacia el Volcán Bromo.
DÍA 5Volcán Bromo. Hacia el Volcán Ijen.
DÍA 6Volcán Ijen. Hacia Ubud.
DÍA 7Templo Gunung Kawi. Templo Tirta Empul. Arrozales Tengalang. Templo Mengwi.
DÍA 8Templo Pura Besakih. Pueblo Tenganan.
DÍA 9Ubud. Templo Tanah Lot.
DÍA 10Volcán Batur. Cascadas NungNung.
DÍA 11Templo Ulun Danu. Lagos Gemelos. Cascadas Munduk. Arrozales Jatiluwih.
DÍA 12Hacia Kanawa.
DÍA 13Kanawa.
DÍA 14Kanawa. Rinca.
DÍA 15Kanawa. Pueblo de pescadores.
DÍA 16Kanawa.
DÍA 17Kanawa. Labuan Bajo.
DÍA 18Hacia Sulawesi (Tana Toraja).
DÍA 19Rantepao.
DÍA 20Bolu Market. Marante. Palawa.
DÍA 21Funeral Tana Toraja. Kambira. Tampangallo. Suaya.
DÍA 22Trekking Lempo-Batutumonga.
DÍA 23Lemo. Londa. Ke’ Te’ Kesu’.
DÍA 24Yogyakarta.
DÍA 25 y DÍA 26Yogyakarta. Jakarta.

RESUMEN DEL DÍA

LO MEJORLO PEOR
El cambio de color a esa oscura y enigmática tonalidad del agua del río Kumai.La aglomeración de klotoks en el tercer campo de conservación. Hasta ese momento me sentía perdido en este rincón del mundo.

DIARIO

Nos sentamos en la mesa, recién despertados de un sueño muy reparador. Aparece Paris con un más que apetitoso desayuno y nos pregunta dónde lo queremos, si en la mesa principal de la cubierta o en la que tienen arriba, en lo alto del barco. Unos segundos de dudas bastan para verlo claro. Desayunaremos arriba, con el entorno privilegiado iluminado por el incipiente sol de la mañana, haciendo de este desayuno algo aún más especial.

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Bajamos de nuestra embarcación y caminamos por una inacabable pasarela de madera. Un kilómetro después, o menos quizás, nos sitúan frente a una plataforma desierta. El segundo campamento de conservación no está tan insertado en la selva por lo que lo de la humedad se lleva mejor. Aparece un indonesio, seguramente guarda del parque por la vestimenta, lanza un aullido al viento y deposita una cesta de bananas en la plataforma. Está llamando a alguien, y por el aullido y por el destinatario de esa cesta, creo que llama a nuestros amigos los orangutanes.

Estoy impaciente. No sé por dónde vendrán ni cómo aparecerán en escena, pues ayer llegamos nosotros después. De repente algo se mueve ahí delante. Pero es algo muy pequeño. Una bonita ardilla negra, blanca y pelirroja, ahora quieta o ahora descendiendo a sacudidas, como si alguien encendiera la electricidad y huyera del calambrazo. Tiene un objetivo muy claro y no lo oculta: la cesta de fruta. Parece que aquí el mundo animal se conoce.

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Y entonces repentinamente la copa de un árbol a lo lejos desdibujada entre más árboles, más ramas y más hojas, se zarandea. No es el sibilino viento acariciando la parte alta de la tupida selva, es un movimiento brusco, una sacudida seguida de crujidos de ramas y de más zarandeos. Mis cinco sentidos se concentran para identificar algo en la espesura cuando de repente aparece, otea el horizonte y se desliza por un lateral, a través de un árbol utilizado a modo de pasarela que parece haber sido atropellado muchas veces. Es una orangutana que se dirige directamente hacia las bananas, justo en el momento en el que sin esperarlo se asoma una pequeña cabeza de su pecho. Su cría. Un momento mágico.

Se sienta. Vuelve a mirar, controlando el espacio. Bebe del cazo de leche cogiéndolo con la mano como si fuera cualquiera de nosotros con unas formas en la mesa algo más rudimentarias de lo esperado. Se va. Aparece otra orangutana con su cría. Ésta parece un poco más espabilada aprovechando los movimientos de la madre para llevarse alguna pequeña banana a la boca. La orangutana se rasca. La cría baja al suelo y sigue dándose su festín. Y aparece él.

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Asombro es la palabra. Un enorme macho accede por la misma pasarela, un robusto, corpulento, fibroso y peludo orangután. Del asombro paso a la intriga por saber cómo reaccionará el macho, ya no sólo con la hembra que se alimenta en la plataforma, sino con todos los humanos aquí presentes. El fornido visitante transmite fortaleza, furia, nada bueno para alguien que fácilmente se puede crear películas mentales ante tan desconocido escenario. No sé cómo ni por qué mi mirada se encuentra con Paris, que parece que emerja de debajo de la tierra siempre que se le necesita. Nos dice que es un macho pasivo, que no es el alpha del grupo. Nos pide que observemos sus movimientos y su mirada. Después de la conmoción inicial observamos con más detenimiento. Y tiene toda la razón, lo veo. El macho se sienta a un lado, tímido, como aquél que no quiere molestar el paso a los demás. Mira continuamente alrededor, a nosotros, detrás suyo. Paris nos explica que observa porque si aparece el macho alpha del grupo saldrá despavorido. Sus movimientos y miradas son cohibidos pero vigilantes, sutiles pero en un concentrado estado de alerta. Alpha o beta, acongoja igual.

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Cuando la visita ya llega a sus últimos compases aparecen en escena varias hembras con sus crías, escurriéndose desde unos árboles cercanos por nuestra derecha. Parece que esperan su turno. Decidimos que entonces llega la hora de marchar y volvemos por otro camino, confirmando que hoy se respira menos humedad en esta parte de la selva. Paris para y nos enseña unas plantas. Son carnívoras, pero de las que comen alguna despistada mosca, no las devoradoras de humanos de las películas de Hollywood.

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Seguimos por el río sin novedad hasta que sin percatarnos cambia de color a un intenso negro, casi azabache. Ya nos lo avisó Paris en la noche de ayer, aquí cambia de color por la vida microbiana que discurre por estas aguas. Más enigmático. Pero el tenebroso negro deja paso a los vivos colores de los manjares que prepara nuestra cocinera particular, hoy verdura y un pescado que por su frescura tiene todos los números de haber sido capturado hoy mismo. Venía avisado: en los klotok se come mejor que en ningún rincón de Indonesia.

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A un centenar de metros se agolpan al menos una decena de barcos. Están situados frente al tercer campamento de conservación de orangutanes. Supongo que el elevado número se debe a cuestiones de planificación de la vuelta, porque es la primera vez que vemos tanta embarcación junta en un mismo punto del río. Es lo que se me ocurre.

Empezamos a maniobrar para situarnos en paralelo a otra embarcación. Sin duda es todo un reto de espacios. Unos turistas juegan con unos pequeños monos grises, cuya fisonomía parece la de muchos de los monos que hemos ido viendo a la vera del río. Estos y los monos narigudos, aunque dada la distancia y escasez de estos últimos, apenas los sabría identificar. Pero la sorpresa viene cuando el capitán nos señala un enorme reptil que transita por una roca. Parece que cuanto más lejos de la civilización estamos más fauna hay. Llega la hora de bajar, nos calzamos nuestras botas y empezamos a saltar de barco en barco. Viendo los demás de cerca el nuestro realmente es acogedor. Llegamos al último, justo antes de saltar al muelle, cuando un hombre me resulta familiar. Cabeza prominente y camiseta del Athletic: un bilbaíno en la Selva de Borneo, al que espero que no se le encare ningún orangután. Por el bien del simio, digo.

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Una aún más infinita pasarela de madera que la de esta mañana se adentra en la selva. Comenzamos la marcha cuando llegamos a un cruce donde nos incorporamos a otra pasarela que parece también kilométrica. Paris nos explica que esta última lleva a otro punto del río donde paraban antes las embarcaciones, pero que dejó de utilizarse porque un inglés se tiró al agua y un cocodrilo se lo merendó. Por lo visto era y sigue siendo zona de cocodrilos. De repente me queman los pies, quiero correr.

Llegamos a una casa muy tropical. Paris nos pide que entremos para firmar un libro de visitas. Supongo que también debe ser alguna forma de control para ellos. Salimos y un indonesio que fuma una pipa parece ser la sensación del lugar. Efectivamente, genuino es. Me acerco y le señalo la cámara. Me hace una mueca como dándome permiso pero inmediatamente después se levanta y mira a sus amigos, como extrañándose por su minuto de protagonismo. Se ha cansado de las fotos. En ocasiones así me sabe mal que se piensen que los tratamos como animal de zoo. No, simplemente son diferencias culturales que quien ama viajar ansía observar.

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Caminamos por uno de esos senderos que ya me empieza a resultar tan familiar. Éste es más ancho, sin tanta vegetación, más parecido en este sentido a un bosque mediterráneo. Vemos un guía con sus correspondientes turistas mirar al bosque. Una sombra pelirroja delata a un orangután. Seguimos la marcha. Empezamos a ver más y más turistas. Parece que este campamento está más concurrido, algo obvio cuando caigo en la cuenta de la cantidad de embarcaciones que aguardan ahí fuera. Un par de guías nos apartan del centro del camino. Miro arriba y una figura pelirroja hace sus monerías de rama en rama. Me sorprende la cantidad de orangutanes que nos estamos cruzando, pululando tan tranquilamente por aquí.

Torcemos hacia la izquierda y ahí está la plataforma. Unos cuantos en ella, otros en lo alto de un árbol, mirándose frente a frente, como necesitando de contacto físico. Me sigo quedando boquiabierto con los movimientos de sus manos, sus pies, sus miradas cuasi humanas. Me doy cuenta que debajo de ellos hay varios jabalíes, y advierto además que este recinto parece más artificial, más preparado. Paso los minutos pasmado ahí cuando aparece uno de esos cuidadores y acerca más bananas a la plataforma. Este cuidador parece más confiado. Poco después, como siempre, Paris se acerca y nos da las oportunas explicaciones. En este campamento a diferencia de los anteriores los orangutanes están semidomesticados, tienen mucho más contacto con el humano aunque vivan en libertad. Ahora todo cuadra. Orangutanes pululando por todas partes, viviendo con jabalíes, cuidadores muy confiados… lo entiendo mucho mejor.

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De repente un mono totalmente diferente a los vistos hasta ahora aparece en escena. Debía estar ya por aquí, en lo más alto, pero la falta de luz solar con el cielo azul detrás dibuja sombras donde hay orangutanes y no he visto absolutamente nada. El nuevo tiene los brazos más largos aunque de cuerpo es más pequeño. Empieza a descender. Parece que trama algo. Entonces pega un par de brincos, llega a la plataforma, coge varias bananas y vuelve a subir el árbol a toda prisa. Las orangutanas empiezan a chillar, escandalizadas, señalando al ladrón. Una de ellas mira hacia arriba, identifica su objetivo, y empieza a escalar en dirección al mono de los brazos largos. Va a haber pelea. El nuevo se ve acorralado, y aunque hace aspavientos, la rama en la que está no tiene mucho más recorrido. Y por cuerpo tiene las de perder. Pero la orangutana tampoco parece querer ir a degüello, como si sólo buscara asustar, por lo que intercambia algún aspaviento y mirada maligna con momentos de pasar absolutamente de todo. No obstante, no deja de escalar, así que poco a poco se van acercando hasta que el invitado, o mejor dicho el no invitado, cuando parece que su única salida es caer al vacío, pega un par de saltos agarrándose con sus largos brazos, recordándome los movimientos de algún personaje animal de videojuego, y desaparece del lugar.

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Escucho un pseudogrito por detrás. Un simio con un cuidador cerca de él parece querer ir a la plataforma justo por donde estamos nosotros. Momento de desconcierto. Se arma un revuelo porque los guías se apresuran a apartar a la gente. Entonces el animal con torpes pasos empieza a caminar, ignorando que alguien pueda obstaculizarle el paso. Viene decidida, ella quiere sus bananas. Todo el mundo le hace fotos pero yo, demasiado prudente, me aparto y pierdo el sitio para hacerle una buena instantánea. Me da mucha rabia, he estado lento. Pero escasos minutos después parece que tengo una segunda oportunidad. Una de las orangutanas con dos crías aferradas a ella baja de la plataforma y empieza a venir hacia nosotros. Nos apartamos pero le dejo el espacio justo para dejarla pasar, para con la cámara en mano asaltarla y hacerle una foto lo más cerca posible. Esta vez no se me escapará. Parece una temeridad pero poder ver estos animales tan de cerca es una auténtica maravilla. Y todos los turistas allí presentes lo sabemos. Es una competición. Pasa de largo, con las bananas en alto, como queriendo evitar que nadie se las quite. Fotos, fotos y más fotos, cual estrella de cine cuando desfila por la alfombra roja.

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El anecdotario parece haber llegado a su fin y la humedad empieza a asfixiarme. Parece que estas horas son las peores en la selva. Me cuesta respirar, tengo la camiseta empapada, empiezo a tener ganas de volver al río. Hacemos una señal a Paris y tomamos otro sendero para la vuelta. Caminamos sin más hasta que de repente veo una sombra a lo lejos. Una orangutana viene hacia nosotros, caminando tan tranquilamente, como cuando te cruzas con el vecino al ir a comprar el pan. Me asombra la naturalidad con la que estamos interactuando hoy, aunque estén semidomesticados. La orangutana se para en un árbol, como tomando un descanso del agobiante calor. Como las anteriores veces, nos apartamos del camino. Ella reanunda la marcha. Sólo le ha faltado dar las gracias.

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Estamos de nuevo en la pasarela. Pero esta vez rodeados de muchos monos de aquellos grises, pequeños. Tienen una apariencia de cabrones que no hay forma de disimularla. Nos miran como sabiendo que se nos puede caer algo, que nos podemos despistar, y ellos estarán ahí para robarnos. Lo saben y lo sabemos.

Miramos hacia delante y un gentío se agolpa en la estrecha pasarela. Extraño. Conforme nos vamos acercando no me lo puedo creer. Una guía está agachada, diciéndole cosas a una orangutana enorme. Me fijo mejor. La orangutana tiene una mochila en sus manos. La guía le está echando la bronca, cual profesora a un alumno rebelde. Miramos a Paris. Es la orangutana reina de aquí, la Queen, que le ha robado la mochila a una de las guías. Me asombra la nula distancia entre guía y orangutana cuando ésta de un zarpazo puede hacerle mucho daño a la primera. Pero a pesar de las confianzas, la guía lo sabe, pues tampoco le estira con demasiada vehemencia las pertenencias, y aparte de la bronca apenas se limita a mirar cómo le manipula las cosas con los movimientos propios de un bebé humano con sus primeros juguetes. Me resulta extremadamente graciosa la situación, aunque la mujer no piense lo mismo. Pero lo peor está por llegar. La orangutana descubre un neceser, repleto de pastillas. Lo abre, y como si se trataran de golosinas, se las empieza a comer, a chupar los envoltorios. Me preocupa que le dé un síncope allí en medio pero los guías parecen bastante tranquilos. Eso sí, me da que la borrachera no se la quitará nadie.

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Aparecemos en el río, recibiendo esa bofetada de aire fresco que significa que hemos escapado de la humedad de la selva. Empezamos a desandar el río. Me apresuro a disfrutar los últimos momentos aquí. Aunque parece que llevemos mucho más tiempo yo aún me quedaría mucho más. A pesar de los turistas, a pesar de la semidomesticación de muchos orangutanes, a pesar de no haber visto al macho alpha… a pesar de todo esto la conexión con la naturaleza ha sido brutal. De lo mejor hasta la fecha.

Va llegando la noche. Le pido a Paris que nos lleve a ver luciérnagas, algo que leí previamente en mi tan apreciado foro de losviajeros. Cuando anochece del todo la tripulación se dedica a buscarlas. Me acerco a este lado de la orilla, luego al otro… así hasta que paran la embarcación. Y ahí están. Apenas unos segundos después, cuando el ojo se acostumbra a la noche, tenemos frente a nosotros un árbol iluminado con decenas y decenas de diminutas lucecillas, casi como un árbol de navidad. Y el cielo estrellado de fondo. Parece magia. Es que es mágico.

Escuchamos un ruido, de algo más grande que una rana. Con la linterna apuntamos hacia la vegetación y no vemos nada. Pero así pasamos el rato aunque la situación pueda parecer banal. Aquí no hay lujos, no estamos viendo un espectáculo audiovisual. Es todo sencillo, natural. Desconectados de nuestro mundo material. Un árbol, un cielo estrellado, el chapoteo de algún animal, los sonidos de la selva. Pero qué bello es todo esto.

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