Indonesia (Día 25 y 26). Yogyakarta. Jakarta.

Día 25. Yogyakarta

Nos dejan a todos los turistas que la furgoneta ha ido recogiendo hotel por hotel en un pequeño aparcamiento. Delante, un sendero asciende hacia algún punto desde donde veremos el amanecer del Templo Borobodur. El conductor no nos acompaña y está amaneciendo ya. Arriba está completamente abarrotado de turistas y el templo no se ve. Una neblina lo cubre todo y sólo alguna sospechosa forma puntiaguda nos hace pensar que Borobodur está ahí abajo. Pero pasa el rato y sigue sin verse. Timo o mala suerte. Cuánto echo de menos a Aidey.

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Hacemos el trayecto en sentido contrario pero ahora para llegar al templo. Primero nos sientan en un puestecito a desayunar. Por lo visto está incluido en el tour. Compartimos espacio con varios turistas y dos chicas españolas, una de las cuales tiene pánico a los gatos. Al cabo de un rato aparece el conductor con las entradas. Empezamos a caminar por unos caminos artificiales en busca del Borobodur. Aparece. El templo es espectacular, mucho más bonito que Prambanan. Es una gran mole con la base cuadrada de 118 x 118 metros, con forma de pirámide y formado por nada más y nada menos que dos millones de bloques de piedra. Se cree que la pintura original, que desapareció hace mucho tiempo, era de algún color para reflejar el sol. En la piedra tallada se aprecian todo tipo de representaciones, ya que el monumento se concibió como una visión budista del cosmos en piedra, empezando en el mundo cotidiano y subiendo en espiral hasta el nirvana, el paraíso budista. Lo rodeamos, dejándonos embelesar por las dimensiones y la cantidad de detalles en los que recrear la vista. He perdido a Marta. La busco y una chica me saluda. Son la pareja de belgas con los que llegamos a la isla de Kanawa. Lástima que mi bajo nivel de inglés se pueda confundir fácilmente con que no me hace ninguna ilusión verlos.

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Subimos por unas escaleras. Hay varios niveles o plantas, cada uno de ellos con un pasillo descubierto que parece rodear el templo. Los recorremos de abajo a arriba. No puedo dejar de mirar las figuras talladas en la piedra. Aunque Borobodur impresiona como mole, la refinada obra en la piedra vista de cerca es realmente espectacular. Imágenes que narran la doctrina budista, la vida de Java de hace mil años o el sueño de la reina Maya, que incluye una visión de elefantes blancos de seis colmillos. La secuencia acaba hasta el nacimiento del príncipe Siddhartha y su viaje para convertirse en un buda. Así hasta que llegamos arriba, donde se encuentra la imagen que ilustra la portada de la Lonely Planet. Esas enormes campanas de piedra. Fotografías y más fotografías sorteando a los turistas que hacen lo propio. Tras una hora de visita tomamos el camino de salida. Intentamos volver por donde hemos entrado pero un guarda de seguridad nos lo impide. Seguimos los carteles. Discurrimos por un paseo cubierto zigzageante, interminable, diseñado para que uno pase por centenares y centenares de paradas. No acaba nunca. Por suerte la gran mayoría están cerradas, no me quiero imaginar esto en plena ebullición. Pero el más de cuarto de hora perdido aquí cuando la entrada no está ni a 500 metros no nos lo quita nadie. Una pena restarle encanto al templo de Borobodur de esta manera.

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Llegamos al hostal donde nos tienen preparado un desayuno típico de aquí. Pastitas. Tras reponer energías salimos a la calle con la intención de ver Yogyi. Pero tenemos muy mala suerte: el Kraton hoy está cerrado. El palacio de los sultanes era la principal visita arquitectónica del centro de la ciudad. Nos dirigimos a la parada de unos curiosos tuktuks a pedales, llamados Becaks, y regateamos a un pobre hombre, ya abuelo, para que nos lleve a ver el resto de lugares que podremos visitar. El hombre pedalea con dificultades. Nos adelantan todos. Le pedimos que nos lleve al Taman Sari pero a mitad de camino para frente a un taller de marionetas. No queremos comprar pero al final desistimos. No tenemos ganas de discutir. Entramos, damos una vuelta de rigor, y salimos con la mirada poco amistosa del hombre que regenta el local. Circulando de nuevo el hombre nos insiste ahora en darnos una vuelta a la ciudad. Le decimos que no. Parece bastante desesperado.

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Paramos frente al Taman Sari. El señor nos dice que nos esperará allí para seguir. Le volvemos a decir que no pero se empecina. Empieza a sabernos mal, así que quedamos en que volveremos con él. El Taman Sari, construido entre 1758 y 1765, es un complejo que sirvió como parque recreativo, con estanques y canales, para el sultán y su séquito. La leyenda cuenta que el sultán mandó ejecutar al arquitecto portugués que lo construyó para mantener en secreto sus salas de placeres ocultas. Damos un paseo por su interior y no nos cautiva demasiado. Parece dejado.

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Salimos del edificio y entre una marabunta de conductores está nuestro señor mayor esperando. Le pedimos que nos lleve a Malioboro Street. Vuelve a intentar vendernos una vuelta por la ciudad. Tras algunos minutos circulando empieza a verse mucha gente por la calle. Parece que estamos llegando. El hombre nos hace un gesto, señalando que tengamos cuidado con los bolsos. Nos ha caído bien, a pesar de su insistencia no nos ha molestado en absoluto. Todo lo contrario. Él intenta ganarse la vida como puede y tampoco lo esconde. Le damos propia, justo lo que le había regateado en un principio.

Malioboro Street es una calle comercial con un montón de tiendas, principalmente de artesanía y ropa. Transmite buenas vibraciones. Lo primero que vemos es un arco chino en la entrada de una de las calles perpendiculares. Donde hay comercio hay chinos, no falla. Caminamos algunos metros. Las aceras discurren bajo los mismos edificios, como si aquello fueran porches, que con los puestos cargados de productos y sus lonas crean la sensación de estar atrapados en un túnel. Llegamos al otro extremo donde un centro comercial con aire acondicionado nos invita a deshacernos un poco del sofocante calor. Comemos, paseamos por el centro comercial, tomamos un helado en el McDonalds y nos fumamos un cigarro en las escaleras que llevan a la calle. Nada especial. Volvemos al exterior. Desandamos unos metros y una tienda de artesanía nos llama la atención. El hombre nos recomienda que compremos batik, el producto estrella de Yogyakarta, en una escuela situada cerca de aquí. Salimos fuera, enfilamos la calle que nos indica, y nos encontramos una mujer que nos pregunta hacia dónde vamos. Le decimos que vamos a una escuela de batik que nos han recomendado y nos explica que ella vive justo delante, que los conoce y son de fiar. Entramos en ella y durante un buen rato regateamos por un cuadro del que nos hemos enamorado. Aprovechando el descuido del vendedor preguntamos a una pareja de italianos cuánto han acordado por las pinturas que se llevan. Lo tomamos como referencia y finalmente llegamos a un acuerdo. No llevamos efectivo suficiente, así que tenemos que buscar un cajero. El vendedor nos pide que sigamos a uno de sus chicos que nos acompañará. Es todo muy extraño. El vendedor que nos recomendó la escuela, la mujer que casualmente vivía enfrente, el hombre que nos acompaña al cajero. Casi puedo asegurar que todos están perfectamente coordinados para llevar al turista a esa supuesta escuela. Da igual, lo importante es que el batik no sea una falsificación, y haciendo todas las pruebas recomendadas por la Lonely Planet, parece auténtico.

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Después de controlar los impulsos que se empeñan en hacernos comprar toda la artesanía de la zona, llegamos de nuevo al restaurante de nuestro hostal para repetir la experiencia gastronómica. Una mano nos saluda. Son los italianos de la tienda de batik, los cuales nos invitan a sentarnos con ellos en la mesa. Típica conversación entre viajeros, chapurreando nosotros italiano y ellos español. Son majos, aunque me deja bastante descolocado el chico cuando sin venir a cuento nos explica que han tenido suerte en conocernos porque es el primer viaje juntos y están un poco cansados de discutir. Y eso que es el primero.

Llega el taxi que nos ha pedido el hostal. Le regateo el precio y sin más comentarios el taxista me hace un aspaviento, se sube al coche y se larga. Nos ha dejado tirados. Marta vuelve al hostal para pedir otro taxi pero parece que todo son pegas. Parece que es la hora de los imbéciles. Finalmente llega un segundo taxi, que con el precedente del anterior, ni se nos ocurre poner en duda el precio para llevarnos a la estación de tren. Último trayecto interno en este fabuloso país.


Día 26. Jakarta

Salimos a una calle cualquiera de Jakarta. Estamos cansados, no tanto por la comodidad del tren que para haber dormido en butaca no ha estado mal, sino por el sueño discontinuo de todo trayecto nocturno. Queremos tomar un café pero no vemos nada. Rodeamos la estación y tampoco. La zona es bastante fea, todo son silos de oficinas, muy funcionarial, carente de toda vida. Eso y que es la hora que es. Desistimos y cogemos un taxi para dirigirnos directamente al hotel que hemos reservado y que se paga por horas. Cansados, en una ciudad poco simpática y en un viaje que llega a su fin. Imposible que conectemos con Jakarta.

Circulamos durante más de media hora para llegar al hotel situado cerca del alojamiento del primer día. Se cierra un círculo. Y como el primer día, el trayecto es extraño, rodeando un sin fin de veces el aeropuerto. Entramos en un recinto cercado, con seguridad y con un toque moderno que parece pensado para extranjeros que necesitan tener el aeropuerto cerca. El barrio parece sacado de cualquier ciudad europea.

Llegamos y no tienen lista la habitación aún. Preguntamos precio de un café en un bar que recién abre y nos quedamos perplejos con los precios. Mejor buscamos otra alternativa, que aparece en forma de supermercado justo detrás. Nos sentamos en una terraza aprovechando el wifi de aquél, entre los edificios de oficinas con muchos colorines. Así llega el momento de subir a descansar antes de coger el vuelo para volver. La habitación es pequeña pero apañada. Ducha y siesta matutina como hace tiempo que no recuerdo.

Salimos a comer y vamos al restaurante situado justo al frente. Caro, no tanto proporcionalmente como el café, pero los platos bien presentados y la comida muy sabrosa. Ya de noche, escuchamos en otra mesa a dos chicas catalanas organizándose el viaje. Me acerco a pedirles fuego y entablamos conversación. No llevaban nada preparado y por culpa de ello llevan tres días atrapadas en Jakarta porque no hay vuelos debido al trajín de personas que vienen y van para celebrar el día de la independencia de Indonesia. Y eso sin contar la cantidad de destinos interesantes que ni conocían. Es muy hipster ir sobre la marcha, intentar ser espontáneo, pero al final se consigue justo lo contrario: acabar yendo a los destinos típicos fruto de no profundizar en la planificación de un viaje. Me sbe mal, parecen bastante majas.

Y finalmente llega la hora. Taxi, aeropuerto y un qatarí que se me cuela sin ningún tipo de pudor en la cola de facturación. Nada suficiente como para enturbiar mis sensaciones, propias de quien ha visitado el país más espectacular y diverso del sudeste asiático. O al menos de lo que yo he visto.

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