Indonesia (Día 24). Yogyakarta.

Día 24. Yogyakarta

Después de la paliza en autocar y el posterior vuelo aterrizamos en Yogyakarta tras dar durante más de media hora vueltas y más vueltas con el avión en el aire. Esperamos en una parada de autobús cerrada para coger la línea que nos ha de dejar cerca de los templos de Prambanan, situados a unos 17 km de aquí. Nos subimos al bus y unos cuarenta minutos después aparecemos de nuevo frente de la terminal. Seguía una ruta circular y ni nos hemos enterado de la parada. Torpes. Hoy es día de pérdidas de tiempo.

Empezamos la segunda vuelta a la ciudad y en menos de 15 minutos estamos bajando donde corresponde. Tras sortear algunos taxistas, guías o a saber qué cansinos de turno, con un sol infernal caminamos hacia la entrada. El espacio que ocupa el complejo es enorme. Primero intentamos entrar por un costado, el más cercano, pero un guarda de seguridad nos dice que es al otro extremo. El rodeo no nos lo salva nadie. Accedemos, pagamos las entradas correspondientes y divisamos las torres de los diferentes templos de Prambanan. Lo primero que llama la atención es la cantidad de ruinas apiladas alrededor de las grandes torres. Son los restos del terremoto del año 2006, el cual derrumbó o agrietó la mayoría de los templos, hoy la mayoría ya restaurados. La historia cuenta que se erigieron a mediados del s. IX para conmemorar el regreso de una dinastía hindú como único poder a Java. Desde aquí se intuye el nivel de detalle del tallado de las piedras, elevando el nivel de los templos indonesios que en general es más bien discreto. Allá vamos.

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Durante una hora entramos a casi todas las torres a las que se puede acceder. La principal, la más grande y más bonita, es el Candi Shiva Mahadeva, cuya aguja principal se eleva 47 metros. Destacan los pequeños leones que decoran su base y las estatuas situadas en las salas interiores, subiendo a cada una de ellas por unas empinadas escaleras situadas a cada costado. Detalles en todas las paredes, torres y bonitas figuras talladas, todos ellos con unos significados que apenas intentamos descubrir en la guía porque estamos agotados y hace un calor insoportable.

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El taxi nos deja en una apacible calle que nos recuerda a la tailandesa Chiang Mai. Zona turística pero tranquila. Después de hacer el check-in nos dirigimos a comer al restaurante que tiene nuestro hotel en la misma calle. Sólo mirar la carta y ojear algunos platos que nos rodean me doy cuenta de que hemos acertado de pleno. Enorme variedad de comida occidental con un aspecto más que apetecible. Tras 24 días comiendo mayoritariamente platos asiáticos esto es precisamente lo que queremos ingerir: ensalada variada con bacon, picatostes, tomate y una salsa blanca, un plato de pasta con salsa pesto y una especie de falafel muy sabroso.

No tenemos ganas de movernos. Cansados, dedicamos toda la tarde a pasar el tiempo en la terraza del restaurante planificando el día de mañana. Estamos a gusto. Decidimos que compraremos una entrada para ver el Borobodur al amanecer y el billete de tren para no tener que perder el tiempo yendo a la estación. Tampoco nos apetece alquilar una moto para una ciudad que parece muy accesible. Queda claro que las energías física y mental a estas alturas y con el fin del viaje tan cerca empiezan a escasear. Sólo nos queda pasar por una de las agencias situadas en la misma calle y pronto, bien pronto, irnos a dormir.

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