Indonesia (Día 23). Lemo. Londa. Ke’ Te’ Kesu’.

Día 23. Lemo. Londa. Ke’ Te’ Kesu’

Encaramos el último día en Sulawesi con la tranquilidad de haber encontrado los atractivos de la isla, de haber ido de menos a más. Quizá no ha sido suficiente como para escucharme recomendar venir hasta aquí pero al menos ya no siento haber desperdiciado nuestro tiempo y dinero.

Nuestra primera visita es Lemo. Y para variar nos cuesta horrores encontrarla. En la carretera y con el mapa en mano parece que nos pasamos de largo, volvemos atrás, nos volvemos a ir más allá de la ubicación donde debería estar. Encontramos un camino donde un hombre con los que parecen sus hijos pasan absolutamente de nosotros. Aquí tampoco es. En la carretera de nuevo subimos y bajamos, no logro interpretar el punto exacto ni la situación del río que en el momento que se separa de la carretera debería aparecer el camino. Y así hasta que lo conseguimos.

Entramos al complejo. A nuestra izquierda una serie de tiendas con todo tipo de souvenirs, entre los que buscamos alguna madera con los dibujos y colores de las casas típicas de los Toraja. No hay nada que nos interese. Ni tampoco turistas. Y más allá la pared de roca. Según las leyendas locales, estas tumbas son para los descendientes de un jefe Toraja que reinó aquí hace cientos de años y construyó su casa en lo alto del precipicio. La escarpada pared es parecida a Suaya, aunque incluso más espectacular por el número de tau tau. Nos quedamos allí contemplando la imagen, despidiéndonos de las huellas de una cultura tan singular y diferente. En los quince minutos que nos distraemos aquí apenas compartimos espacio con una pareja de franceses.

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En el camino de acceso a Londa se ve a lo lejos otra enorme pared, en cuya parte inferior se vislumbran los restos funerarios. Escasos metros después del avistamiento nos asalta un guía ofreciendo sus servicios. No pide mucho dinero, viene decidido y está tullido, por lo que decidimos hacer nuestra pequeña aportación. Además, creo que estamos obligados a contratarlo. Pero como siempre digo, hay que intentar marcar una línea entre el que intenta ganarse la vida y el que estafa, aunque a veces sea difícil discernir la diferencia.

La acumulación de ataúdes y tau tau metidos en esos balcones es increíble. Pero siguiendo al hombre entramos rápidamente a la cueva de la derecha.

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El guía sabe que el lugar da bastante grima, con multitud de cráneos, huesos y pertenencias personales diseminados por los infinitos recovecos de la cueva. Nos lo va señalando todo e incluso nos pide que le hagamos alguna foto a él poniendo caras al lado de los restos humanos. Parece que se regocije. Según la leyenda local, la gente que está enterrada aquí desciende de Tangdilinoq, el jefe de los Toraja cuando fueron expulsados a las tierras altas. Nos lo explica todo con mucho detalle aunque después de tantos días aquí ya me sé la historia. Lástima no haber venido aquí el primer día. Ni en el orden he acertado con Sulawesi.

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El hombre sigue enseñándonos restos dispersados por la cueva, que con la luz del farolillo, le da un toque más siniestro. Aún así parece que estamos inmunizados a tanto muerto y hasta me divierto con la visita.

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De repente nos enfoca un ataúd con una persona momificada. Está lleno de cigarros y monedas para que disfrute en la otra vida. A Marta le da repelús y a mi casi que risa. La cantidad de restos y las curiosas formas de la cueva hacen de esta visita una de las mejores. Sin duda, recomendada.

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Salimos al exterior y nos dirigimos a la cueva de la izquierda. Ésta es más pequeña, con una sola estancia y otros tantos ataúdes amontonados. Acaba la visita aquí, pagamos al guía y según sus indicaciones salimos por la izquierda para ver la roca con más perspectiva. Con guías así no sabe mal pagar. Muy diligente.

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Me siento fuera, observando todos los detalles de la pared.

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Volvemos hacia Rantepao. Nos asalta la duda de si ir a comer o no, pero una vez hemos pasado de largo nuestra siguiente visita, retrocedemos para dejar finiquitadas todas las visitas del día de hoy. Estamos en Ke’Te’Kesu’, un pueblo típico Toraja con restos funerarios subiendo la montaña.

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Primero vemos las tongkonans y los famosos graneros de arroz tradicionales del poblado. En el camino que asciende la montaña multitud de tiendas venden esas tallas de madera que tanto nos gustan. Hoy sí, nos agenciamos un par para llevarnos a casa. Y ya subiendo, en la pared del precipicio están todos los restos funerarios. Son muy antiguos, medio descompuestos y algunos de ellos suspendidos en vigas de madera. Me llama la atención de entre todos ellos uno en concreto, igual de deteriorado que los demás, pero con decenas de huesos agrupados como si se tratara de un lapicero.

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Ya de vuelta a Rantepao buscamos un restaurante recomendado por la Lonely pero lo encontramos cerrado. Buscamos el siguiente. La comida está muy rica, con platos occidentales que a estas alturas del viaje apetecen mucho. Ensaladas y alguna fritanga. El local tiene un aire a una hamburguesería de los 50’s americana pero sin mantener desde entonces.

Comemos parsimoniosamente. Esto llega a su fin. Hemos captado muy bien la cultura Toraja porque por suerte hemos utilizado a guías locales para que nos expliquen, nos muestren y nos lleven. Pero no hemos conectado con esta gente. Demasiado tétrico y salvaje, demasiado para mi cuerpo, pues la imagen que me llevo de aquí son calaveras y cerdos chillando.

Pasamos el resto del día en el hotel. Pedimos cena de despedida, una de las especialidades de la casa. Una vez más, delicioso. Y conocemos a unos italianos, a los que les ponemos en situación de una tierra tan desconocida en Internet. Que no hagan caso a los guías que les digan que los funerales están muy lejos y que se puede llegar a cualquier parte fácilmente en moto. Acabamos hablando de Italia.

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