Indonesia (Día 22). Trekking Lempo-Batutumonga.

Día 22. Trekking Lempo-Batutumonga

Quedamos con el guía en su casa. Le recogemos y le seguimos hasta una casa, donde una mujer parece decirle que la persona que busca no está. Quién es ni lo sabemos ni nos lo explica. En la calle para un taxi furgoneta que nos lleva hasta lo que parece una estación de buses y más taxis. Esperamos sin saber muy bien el qué o a quién. Tampoco preguntamos. Simplemente nos dejamos llevar.

Un rato después nos subimos a otro taxi. La tapicería de pelo de peluche rojo es lo más cutre que he visto en años. Al poco el guía nos explica que el conductor es su cuñado. Todo queda en familia. Circulamos por la carretera que vimos en parte antes de ayer y en la que dimos media vuelta precisamente para no repetir. Llegamos a lo más alto, donde su cuñado nos deja y da media vuelta. La panorámica es increíble, la vista se pierde en un océano de arrozales.

Entramos en un bar situado justamente aquí, con la barra de cara al paisaje cual mirador. Quizá espera que tomemos algo aquí pero no nos apetece. Al guía se le ve orgulloso de su tierra. Nos hace comentarios insistentes del paisaje, como buscando que reafirmemos su amor por todo aquello. Proseguimos la marcha a pie, adentrándonos en una zona boscosa con unos bambús enormes. Poco después un pueblo, Lempo, y por el camino alguna tumba insertada en las rocas.

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Observo a los niños en el patio de la escuela practicando un desfile. Se avecina el día de la independencia de Indonesia. Todo cuadra. Continuamos hasta que dejamos atrás el pueblo y entramos en una llanura que discurre a las faltas de la montaña que parece que subiremos. El paisaje es precioso y apunta a que será lo mejor que veremos por aquí. Tengo ganas de ver más.

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Cruzamos literalmente los arrozales, permitiéndonos ver de cerca a los campesinos trabajar y algunos búfalos, por suerte atados, que sin esperar su presencia me dan algún que otro sobresalto. La variedad de tonos verdes que protagonizan la excursión me va hechizando poco a poco. Fascina.

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Llegamos a lo más alto, justo para comer en un restaurante con unas fastuosas vistas de lo andado. Nos sentamos en la mesa mientras otros turistas se divierten con unos escarabajos con enormes cuernos que los guías les traen. Los bichos luchan entre sí caminando por encima de la mesa, por el recipiente de las servilletas… un poco asqueroso.

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Al acabar de comer salimos por el otro lado de la montaña y empezamos a bajar. Por aquí la zona de arrozales es más recogida, con parcelas más pequeñas y accidentadas.

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Ahora subimos un barranco, luego bajamos por una roca enorme o salvamos un río con un brinco. La caminata se hace más exigente pero no me quejo, es el precio a pagar por descubrir los rincones más genuinos de estos lares, por pasear por el corazón de los arrozales y ver de cerca los quehaceres de los campesinos que trabajan en ellos.

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Llegamos a otra llanura y empezamos a caminar por los mismos arrozales. El guía busca el camino correcto porque pregunta a otros campesinos. Parece que estamos perdidos. Y yo empiezo a estar cansado de verdad.

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Otra colina más. Pasamos por el borde de un canal y luego subimos por el bosque. Parece que estamos saltando montañas buscando la salida. Alcanzamos la casa perdida de un hombre. Ahí, en medio de la nada. Descansamos mientras nuestro guía habla con él. Se nota que hablan de nosotros. Me gustaría saber qué piensan. Al poco el hombre le explica a nuestro guía cómo salir de aquí. Salvamos otra ladera más. Empiezo a saturarme, más que por el agotamiento, por no saber cuánto nos queda para llegar.

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Aparecemos en un pueblo. No sé si es Batutumonga, Tikala o Lokomata, y el guía tampoco nos lo explica, pero me escasea tanto la energía que no puedo ni quiero preguntar. Aunque agradable, la experiencia con él no ha sido todo lo buena que podría haber sido porque no nos pone en situación. Demasiado reservado. En todo caso parece que este es el poblado que buscamos. Lo cruzamos entre tongkonans y búfalos de ojos azules hasta el otro extremo donde baja la carretera que nos llevará a Rantepao. Tomamos un refresco del kiosko mientras esperamos el transporte.

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Extenuados en el hotel, enganchados al wifi tan pésimo como cada día, decidimos probar el restaurante a pesar de la lentitud desesperante con la que sirven. Pedimos una sopa de calabaza, y aunque la elaboran a su ritmo, la espera vale la pena. Está exquisita. Las opiniones tan positivas vertidas sobre el restaurante del hotel son incuestionables.

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