Indonesia (Día 21). Funeral Tana Toraja. Kambira. Tampangallo. Suaya.

Día 21. Funeral Tana Toraja. Kambira. Tampangallo. Suaya

El guía nos viene a recoger puntual al hotel. Hubiera preferido que llegara más tarde, pues la cocina del hotel vuelve a funcionar y el desayuno que hemos pedido nos lo han servido escandalosamente lento. Como todo en este alojamiento, por mucho que la mujer tenga unas maneras agradables.

Ya en ruta el guía hace una parada frente a unos campos de arroz. Me da la sensación de que intenta hacer tiempo, alargando el discurso, insistiendo en lo bonitas que son las vistas. Me empiezo a mosquear. Cuando llegamos al poblado donde se celebra el funeral me doy cuenta rápidamente que las dos horas para llegar hasta aquí eran un burdo bulo para que lo contratáramos. Está bien, es un pequeño truco de todos los guías de la zona, pero tampoco somos memos como para no ver la diferencia entre veinte minutos y dos horas de trayecto por mucho que intenten distraernos por el camino.

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En una carretera estrecha nos piden que bajemos porque sino el coche no podrá dar la vuelta. Varios vehículos con la misma composición chófer+guía+turistas se agolpan tras nosotros realizando la misma maniobra. Empezamos a subir una empinada cuesta cuando una motocicleta nos avanza a toda velocidad. En la parte de atrás lleva un cerdo recostado y atado a una tabla de madera, como los que vimos en el mercado de Bolu. El pobre animal llora como un desesperado con cada bache. Pasa otra motocicleta igual. Y una tercera. Pero ésta salva mal un bache y el cerdo cae hacia un lado. El grito al chocar es estremecedor, pero aún lo es más cuando intenta escaparse de las cuerdas para poder ponerse en pie. Bienvenido a un funeral Tana Toraja.

Entramos en el recinto. Está a reventar de gente. Mucho movimiento y mucho ruido. El fallecido debía ser de una familia reconocida de la zona. Primero nos encontramos con un círculo de personas que agarradas de la mano cantan música tradicional.

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Seguimos adentrándonos y a nuestra izquierda aparecen decenas de cerdos recostados y atados. Como los que subían en moto. Metros más adelante, restos de un búfalo exterminado. Espeluznante. Levanto la vista, dirijo mis sentidos a todo lo que me rodea. Olor a muerte, movimiento de personas descontrolado, gritos del speaker que parece estar invocando al mismísimo satanás acompañados por los gruñidos de los cerdos que se retuercen buscando escapar.

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El guía nos coloca junto a la multitud en el interior de una especie de palcos, en el fondo, para presenciar el ritual. Busco turistas pero apenas hay cuatro o cinco. La mayoría son miembros de la familia, de la comunidad, representantes políticos o religiosos. El guía está atento en todo momento para que no entorpezcamos a nada ni a nadie. Supongo que hay protocolos que no veo pero que están ahí. Tomamos un café, muy negro y amargo. Entonces empieza a dirigirse hacia nuestra zona una columna de personas, capitaneadas por un hombre mayor, siguiendo un paso lento, amainado. Son la familia del difunto.

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Me siento agobiado, apabullado por el delirio que me rodea ahora mismo. Soy incapaz de absorberlo. Intento distraerme moviéndome para captar buenas fotos, sorteando los cerdos del suelo. Ahora más cerca de ellos escucho muy bien sus llantos. Están sufriendo. Intento obviarlo, concentrarme en el ritual. No puedo, no logro abstraerme, los llantos se me meten en el cerebro como punzantes agujas, una tras otra, sin dejarme tiempo a respirar, a asimilar, a intentar sobrevivir emocionalmente del sufrimiento de estos animales. Una orgía de dolor me rodea. Empiezan a aparecer unos niños a mi derecha, posicionándose para desfilar, y dirijo expresamente mi atención hacia ellos.

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El speaker sigue a lo suyo. Parece que en cualquier momento sacarán una olla enorme con agua hirviendo y todas las cabezas de los Tana Toraja se girarán hacia nosotros, con una mirada amenazadora y caníbal. Sigue entrando más gente, más ofrendas. El guía me insiste en que haga fotografías, no quiere que me pierda detalle. Pero estoy aturdido, demasiadas y muy perturbadoras sugestiones me acompañan en este momento. Me quiero ir de aquí.

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Nos movemos hacia la derecha. El sufrimiento de los cerdos queda algo disimulado por el altavoz del speaker que queda ahora delante de nosotros. Alivio… que no durará mucho. Algunos indonesios empiezan a levantar los cerdos atados del suelo. Se los llevan a la parte de atrás. El guía me pregunta si quiero ir. Al principio digo que sí porque no le he entendido, porque no estoy aquí, pero Marta rápidamente me hace comprender la invitación. Al cabo de un minuto vuelven con los cerdos calcinados y con unos cuchillos enormes los comienzan a abrir en canal delante de nosotros. La sangre encharca el suelo, rodeando los cadáveres.

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Empiezo a dejar pasar los minutos por no quedar mal con el guía. Marta y yo nos miramos sabiendo que no queremos estar aquí, evitando mirar a ciertos sitios. Mientras tanto, fuera de la burbuja que he creado dentro de mi cabeza, tras la que me intento esconder, todo sigue igual. Los cerdos gritando, el speaker vociferando, la gente moviéndose aquí y acullá.

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Entonces aparecen dos búfalos enormes. No, hasta aquí hemos llegado. Le decimos al guía que nos queremos ir aunque nos insiste en que nos quedemos. Le vuelvo a decir que no. Nos insta a ver antes a la familia para entregarle el regalo que te obligan a traer. Lo típico es azúcar o tabaco, y nosotros hemos optado por lo segundo. Volvemos a entrar en otro palco, en el habitáculo de la familia. Nos recibe un hombre. Nos ofrece cerveza Toraja, un líquido turbio avinagrado que sabe fatal. Nos ofrece más café. Al menos se muestra afable, agradecido, un poco de humanidad en este contexto no est’a de m’as. Presto atención y estamos junto a un catalán que hace de guía de otra pareja tambien catalana. El guía nos explica que vive aquí desde hace muchos años. Este momento es lo más agradable que hemos vivido hoy aquí.

Salimos del recinto, como quien sale corriendo de una casa en llamas buscando oxígeno. Y empezamos a bajar la cuesta con una reparadora sensación de alivio. Hemos salido de esa sectaria carnicería. Aunque sabíamos a lo que veníamos claramente subestimamos nuestra sensibilidad. Hoy me he conocido un poco más. Eso que me llevo.

Cambiamos de conductor. Con él visitaremos algunos de los lugares de interés más alejados. Pero antes el guía nos lleva a un restaurante para turistas con precios acordes a esa imagen de billetes con patas que tienen de nosotros en muchos de estos países. Desde su nivel de satisfacción de necesidades no les quito razón. Aunque obviamente la comisión la tendrá más que pactada, huelga decir que el lugar vale la pena: las vistas sobre unos arrozales son evocadoras y la comida está muy bien.

El conductor se espera en el coche mientras el guía y nosotros bajamos una escalera que desciende desde el párking. Inmediatamente después aparece un ancho y viejo árbol, protegido con un cercado. Son las tumbas infantiles de Kambira. Una de las tradiciones Toraja, ya en desuso según nuestro guía, consistía en enterrar a los bebés colocados de pie en el interior de los árboles porque creían que continuarían creciendo junto a ellos. Este árbol es uno de los más grandes de la región y alberga unos 20 cuerpos tras esas pequeñas puertas de palitos de madera. Emociona y perturba a la vez pensar en lo que hay ahí detrás.

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Nos dirigimos a una casa Toraja que hay justo enfrente. El guía nos enseña los espacios que componen la diminuta casa y nos explica que cuando una persona fallece el cuerpo lo dejan en su habitación, llevándole la comida como si aún estuviera viva hasta que tienen el dinero para celebrar el funeral que desean. Marta me señala las maderas de la casa, con los mismos colores y formas que vimos tan de cerca ayer en Palawa. Confirmando, nos encantan. Mientras tanto varios niños miran la televisión como si no estuviéramos ahí. Ni se inmutan. Debemos ser los turistas número 1575 que venimos aquí este mes.

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Tampangallo es una tumba perteneciente a los jefes de Sangalla, descendientes del mítiro ser divino Tamborolangiq, quien se cree que introdujo el sistema de castas, los rituales funerarios y las técnicas agrícolas en la sociedad Toraja. Estamos en el camino rural que nos lleva a estas tumbas tras bajarnos del coche cien metros más atrás. Entonces aparecen tres renacuajos. Nos piden dinero y nuestro guía rápidamente los espanta. No los trata mal, en absoluto, pero les da una clara lección de la diferencia entre la oportunidad en forma de turista solitario y el cliente de un adulto que como ellos se intenta ganar la vida. Los niños, al parecer con pocas o ninguna distracción alternativa, nos siguen durante el resto del camino, lo que me permite ver más de cerca cómo actúa y vive un niño indonesio. Impensable ver en España tres chiquillos así solos por el monte. Me fijo en que el pequeño recibe todo tipo de bromas y empujones de los mayores. No se aprecia maldad, pero supongo que debe ser la forma en la que aprenden rápidamente aquí. Y el pequeño parece que se instruye bien por las galletas que también suelta de vez en cuando.

Estamos frente a las cuevas, aunque antes de entrar el pequeño ha vuelto a recibir algún empujón y está llorando en el suelo. Como se podía esperar, la profesora de guardería que camina a mi lado ha ido rápidamente a socorrerle mientras el guía sigue intentando ahuyentarlos. Sin mucho éxito, por cierto. Entramos y una sensación fría me recorre el cuerpo. Todos los rincones de la cueva están ocupados por huesos y cráneos humanos, sin ninguna intención de ocultarlos u otorgarles un mínimo de intimidad. Seguimos adentrándonos y aunque cada vez veo menos, con cada flash de mi cámara se adivina un nuevo arsenal de restos humanos, un grupo ataúdes que por su estado parecen del paleolítico, o unos más agradables muñecos tau tau. La cueva es muy pequeña, así que sin darme cuenta llegamos al otro extremo y de la misma forma me percato de que los niños siguen con nosotros.

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Caminamos por otro camino rural, pero éste más estrecho y en el que tenemos que cruzar la horrible humareda, por maloliente, de las basuras que un campesino está quemando. Los desechos suelen ser gestionados así en Asia. Lo que no es muy normal es que me tenga que estar ahogando con ellos.

Aparecen frente a nosotros las tumbas en la pared rocosa de Suaya. Impresionantes los balcones con todos los tau tau perfectamente alineados cual fotografía de un equipo de fútbol. El guía nos explica que cuánto más arriba se encuentran los restos más riqueza tiene la familia, ya que más pertenencias intenta salvaguardar y más dinero cuesta mantener las tumbas tan arriba. Nos quedamos un buen rato contemplando la estampa que tan bien ejemplifica la importancia de la muerte en la cultura de los Tana Toraja.

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