Indonesia (Día 20). Bolu Market. Marante. Palawa.

Día 20. Bolu Market. Marante. Palawa

Después de un día perdido por fin salimos de Rantepao. Antes hacemos una parada técnica en una gasolinera para repostar con nuestra nueva moto. Unos veinte scooters hacemos cola, incluida una en la que a un niño de 3 o 4 años se le ocurre experimentar qué pasa cuando se le da gas. El manotazo de su padre será la lección aprendida de hoy.

Empezamos a subir la carretera en dirección norte. Un núcleo urbano queda a nuestra derecha pero seguimos subiendo. Basándome en el mapa debería estar más lejos. Estamos buscando Bolu y su famoso mercado de búfalos. Minutos después nos encontramos circulando en un entorno aislado, demasiado rural. Preguntamos a un hombre y sus señas nos indican el núcleo que hemos visto más atrás. Damos media vuelta.

Llegamos a Bolu. Y volvemos a preguntar. Orientarse en Sulawesi apunta maneras. De tragedia griega. Nos cruzamos con unos camiones estacionados para el transporte de búfalos. Ha de ser aquí. Asomamos tímida y lentamente la rueda en el callejón y vemos el mercado. Algo parecido a unos establos a reventar de búfalos, búfalos y más búfalos, quietos ellos y sus dueños, supongo que esperando comprador.

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Nos adentramos un poco más y aparecemos en la sección en la que venden cerdos. Decenas de éstos están tumbados, atados por el cuello y la cintura a unas cañas de bambú como si estuvieran preparados para ir directos a la barbacoa. A algunos les cuesta respirar. No, así no. La imagen me duele. Quizá es hipocresía cuando escribe esto un carnívoro pero es como lo siento. Nos vamos rápidamente del lugar. Unos metros más allí empiezo a racionalizar la escena. Se nota que la zona de Tana Toraja no es musulmana como la mayoría de territorios de Indonesia. Aquí hay cerdos.

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Aparecemos en una explanada donde hay aún más cantidad de búfalos y sus dueños inmóviles. Algunos bóvidos son especialmente bonitos. Me fijo en la gente, me pierdo entre ellos grabando con la cámara. Parecen más rancios que en otras islas, sonríen mucho menos. No encuentro ni una sola una mirada de complicidad.

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Volvemos a la carretera por la que nos perdimos a primera hora de la mañana. En algún momento tendremos que torcer para llegar a Marante. Aquí encontraremos tumbas de piedra y tumbas colgantes con varios tau tau (los muñecos que representan al fallecido), cráneos en ataúdes y una cueva con huesos diseminados. Volvemos a preguntar y nos dirigen por un accidentado camino. Primero nos cruzamos con unos niños correteando cerca de un poblado típico Toraja, es decir, tres o cuatro casas tradicionales y un granero a lo sumo. Se ríen de nosotros. Seguimos perdidos, por lo que pedimos ayuda a unos hombres que trabajan frente a unas casas más allá. El camino comienza aquí a ascender una ladera y no tenemos ninguna certeza de que perdidos por estos bosques vayamos en buena dirección. Nos dicen que sigamos por ahí. Aparecemos en un puente que salva un ancho río. Al otro lado del mismo el camino se bifurca. O seguimos en línea recta o torcemos hacia la izquierda, por un camino con mucha pendiente. Buscamos unas tumbas en una pared de piedra, así que por intuición subo caminando el segundo. Pero me vuelvo a encontrar con otro poblado. Empiezo a desesperarme.

Resignados continuamos el camino y justo al dar la curva aparece la buscada pared de roca. Por lo visto la tradición de enterrarlos en cuevas se ideó porque los Toraja creen que uno puede llevarse sus posesiones a la otra vida, por lo que equipan al muerto de tal manera que muchas tumbas fueron saqueadas. Por este motivo empezaron a esconder a los muertos en lo más alto de las paredes de piedra o en lo más hondo de las cuevas. Esperaba algo más arreglado, expresivo, espiritual, y me encuentro con unas tumbas cochambrosas, rotas, sin pintar y con multitud de huesos a la vista. Lo más llamativo son los tau tau, las efigies de los muertos talladas en madera. Son curiosas pero me producen espanto. Yo sigo sin conectar con los Tana Toraja.

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Siguiente destino: Palawa, un pueblo tradicional que alberga varios tongkonans, las casas tradicionales de los Tana Toraja, y graneros de arroz. Encontrar este pueblo nos resulta más sencillo. La estampa de todas las casas típicas es bonita. Creo que es el primer sitio de la isla que me hace experimentar algo realmente agradable. A ver si remontamos a partir de ahora.

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Aparece la pareja francesa con un guía. Se comportaron tan bien que nos hace especial ilusión volverlos a ver. Y más a la mujer, que es tan maja.

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Entramos en una de las casas tradicionales, las tongkonans. Estas casas no se pueden ni comprar ni vender y representan uno de los símbolos más importantes de la cultura Tana Toraja. El elevado tejado que se levanta en ambos extremos es lo primero que llama la atención. La guía cuenta que no se sabe si representa los cuernos de un búfalo o la proa y popa de un barco. En la base, varios cuernos de búfalo se agolpan expuestos, como si fueran un trofeo. Por lo visto, cuantos más, mayor es el estatus de la casa. De cerca, las pinturas en la madera son preciosas. Los naranjas, rojos y negros, las misteriosas formas de los dibujos y los mentados tejados… la composición es de lo más étnica, armoniosamente étnica. Quiero algo así de decoración. Y Marta también. Esta idea creo que nos acompañará de aquí en adelante.

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Una señora me hace gestos. Nos pide dinero. Paso de ella, no he visto en ningún lugar nada que indique que se debe pagar aquí. Pero la mujer insiste y advierte a las que la acompañan. Y después a uno de los guías que merodean por aquí. Parece que va en serio.

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Seguimos hacia el oeste en busca de alguno de los lugares señalados en esta zona: Pangli, Bori o Parinding. El entorno comienza a ser bonito. Nos cruzamos con unas tumbas introducidas en bastas rocas. La sensación vuelve a no ser buena. Están rodeadas de basura. El concepto de sagrado dista mucho de lo que podía esperar. Seguimos circulando cuando el GPS nos ubica demasiado cerca de Batutumonga. Y no hemos encontrado nada de lo que venimos buscando. El paisaje es precioso, ya que cada vez hay más verde, más arrozal, más espacio. Pero no podemos seguir, pues pasado mañana haremos un trekking por la zona. Quiero preservar el efecto sorpresa.

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Ya hemos visto todo el noreste y eso que sólo estamos en la hora de comer. Las distancias han sido más cortas de lo que pensaba, lo que significa que posiblemente vayamos a estar demasiados días aquí. Parece que en este sentido tampoco he acertado. Volvemos a Rantepao y comemos en el mismo restaurante de ayer, acompañados de un grupo de españoles que llevan un guía muy gracioso. Canta, toca la guitarra y hace el payaso.

Sin nada más que hacer volvemos al hotel. Otra tarde muerta con el wifi que sigue yendo a pedales. Al menos la cocina funcionará a partir de mañana. Probaremos.

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