Indonesia (Día 19). Rantepao.

Día 19. Rantepao

He perdido la cuenta de las veces que he saltado de la butaca del autocar. Pero ahora abro los ojos por otro motivo. Y es que el autocar circula a menos velocidad. Pregunto y estamos ya en Rantepao. Tras despedirnos de la pareja austro-francesa nos bajamos con el sueño roto, descolocados. El hotel está hacia el sur y la Lonely Planet apunta lo mismo. Empezamos a caminar. La ciudad parece bastante fea, una carretera delimitada por edificios insulsos y descuidados. Después de más tiempo del esperado aparece el cartel que anuncia nuestro hotel hacia un callejón de nuestra derecha. Entramos en él y una señora con una voz tenue y calmada nos pide que esperemos. El ritmo al que se mueve la mujer es más bien caribeño. Y además nos anuncia que por la muerte de un familiar no cocinan y no saben hasta cuándo. Vale, está más que justificado, pero precisamente venimos a este hotel por lo bien que hablan de sus comidas. Error.

Estamos destrozados, así que nos pasamos toda la mañana dormitando. Hasta que con una resaca de sueño y cansancio nos vemos de nuevo caminando por las calles de Rantepao. Pero ahora en busca de alguien que me repare o venda un nuevo cargador de mi cámara. Vemos un local donde parece que reparan aparatos electrónicos. Un chico joven abre el cargador y me enseña una pieza quemada. Entiendo poco de electrónica. Me dice que él no puede soldarlo pero me señala en un mapa dónde pueden hacer estos trabajos. Le quiero pagar pero se niega. Ya ha hecho más por mi que lo que yo haré por él nunca. De diez.

Antes de proseguir entramos en un restaurante a desayunar. Está vacío completamente. Empiezo a notar retortijones que se confirman en el lavabo, donde la higiene deja mucho que desear, como suele ser en estos lares, aunque me preocupa mucho más el mosquito que merodea a mi alrededor. Desde que empecé las pastillas contra la Malaria, el Malarone, algo en mi estómago no va bien.

Entramos en el local que nos indicó el chaval. Parece un almacén de electrónica. Nos atiende una chica, le echa un vistazo a la placa del cargador y nos dice que no pueden hacer nada por el tipo de soldadura. No me puedo creer en un sitio así no puedan hacer nada. Desesperación. Insisto primero y desisto después.

Volvemos al hotel para alquilar una moto con la que no movernos por aquí. Nos dirigimos al centro a comer, cerca del lugar donde bajamos del autocar. Entramos en un restaurante recomendado por la Lonely, con una decoración de madera muy yankie. El plato estrella de aquí es el búfalo. La comida está genial. Mientras tanto se nos acerca un guía. Nos ofrece sus servicios a unos precios desorbitados. Intenta cautivarnos haciéndose el interesante. Descartado. Con el estómago lleno nos vamos en busca de un guía que nos acompañe a una ceremonia funeraria de los Tana Toraja. Es principalmente lo que hemos venido a ver a esta región. De vuelta a los alrededores del hotel, una primera agencia está cerrada. Luego, en un callejón, en la parte trasera de una casa (o delantera, yo que sé), nos ofrecen unos precios que tampoco nos cuadran. Eso sí, mejores que los del guía del restaurante. Y finalmente, en una casucha, una pareja nos ofrece un precio y unas maneras muy humildes a la hora de tratarnos, como si no escondieran nada, que nos convencen. Tenemos scooter para mañana, funeral para pasado y un trekking para el siguiente.

Volvemos al hotel. La paliza de esta noche ha hecho mella como para hacer grandes desplazamientos y en Rantepao no hay nada para ver. El alquiler de la moto ha acabado siendo un despilfarro inútil. No hay puntos de interés ni infraestructura para amenizar la estancia del turista. Parece que éste es lugar para ver las ceremonias, hacer alguna excursión y partir hacia otra isla. Empiezo a pensar que cinco días aquí van a ser demasiados. Y para más inri el wifi es malísimo. Por suerte, la zona del bar-restaurante es bastante coqueta para este tiempo muerto.

Marcar el Enlace permanente.

No se admiten más comentarios