Indonesia (Día 17). Kanawa. Labuan Bajo.

Día 17. Kanawa. Labuan Bajo

Abro los ojos. No tardo ni un instante en cerciorarme que éste es uno de los mejores despertares de mi vida. A pocos metros del mar, con unas vistas preciosas, el aire fresco de la mañana filtrándose a través de la fina tela de la mosquitera, escuchando el sonido de las olas como si estuvieran a punto de acariciar mis pies. Poco más se puede pedir.

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Preparamos las cosas para separarnos de este breve pero intenso idilio con la belleza. Decido que no puede haber mejor sitio para jubilar mis gafas de snorkel, las mismas con las que descubrí los encantos que hay debajo de ese mar al que antes tenía mucho respeto. Los pies de gato están absolutamente colmados de millones de pequeñas hormigas. Si la naturaleza quiere que también se retiren aquí, así será. Mi kit de snorkeling que comenzó a acompañarme en Croacia se queda en esta isla. Kanawa ha supuesto un antes y un después. Qué mejor forma de simbolizarlo.

Subimos a nuestro barco de vuelta. Silencio sepulcral, que hoy es día de luto. La embarcación empieza a rodear la isla hasta que toma perspectiva de la situación. Que nos vamos. La tristeza se apodera de nosotros. Me lamento con Marta. Ella hace lo propio. Tiene ganas de llorar. Y yo estoy igual. Durante toda mi vida buscaré lugares de playa similares a éste. Es y será mi referencia, mi homenaje. Y si no los encuentro seguro que volveré. Me cuesta imaginar más lugares así. Aunque no sé si mejor dejarlo como está, como un recuerdo intocable e imborrable.

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Llegamos a Labuan Bajo, a ese pueblucho feo. Pero no se lo tengo en cuenta, es el acceso al paraíso que ya ha quedado atrás. Lo primero que hacemos es buscar el cargador de mi cámara. Vamos a una tienda junto al puerto y no lo tienen. Otra unos metros más allá y tampoco. Recorremos la calle principal preguntando, lo que nos lleva a 1 kilómetro más allá, donde una prometedora tienda de fotografía está cerrada. No tenemos más tiempo ni más energía. Desisto.

Pasa de nuevo la primera de las furgonetas que unos minutos antes nos ofreció transporte. Decimos el mismo precio. Esta vez aceptan, parece que no tienen mucho más turista. Circulamos por un verdadero camino de cabras, a las afueras de Labuan, con visos de ser asfaltado algún día y con alguna parcela en proceso de construcción de resorts. Llegamos al hotel. El trayecto ha sido largo y los dos chicos han tenido que preguntar en más de una ocasión. Decido darles propina. Accedemos a nuestro hotel cuando vemos un cartel anunciando servicio de recogida en el puerto o aeropuerto. Qué torpeza.

El hotel es una pasada. Tanto la zona del hall y restaurante como los bungalows. Primero tomamos algo arriba. Bajamos a la habitación y nos llaman apresuradamente porque no hemos pagado. Un hotel así debería ahorrarse estos momentos apuntando lo consumido en una lista. Subo a pagar y la chica me da excesiva conversación. Se nota que está practicando inglés, que es nueva. Con menudo uno ha ido a practicar. Quizá demasiado cordial, demasiado pijo. Pero mientras no me den demasiado la vara disfrutaré de las instalaciones. Que hoy es día de duelo.

Piscina, comer, siesta, pasear por el complejo. Marta propone hacer snorkel en la playa pero no quiero. Es como si necesitara darle un colchón de tiempo a tamaña experiencia en Kanawa. Así hasta la noche, cena y cigarro. Un día muy perro. Un día de “impasse”. Último cigarro del día. Un francés de unos 50 años come con una indonesia de 20 años. Y si llega. Bienvenido de vuelta al mundo.

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