Indonesia (Día 16). Kanawa.

Día 16. Kanawa

Salimos bien pronto a pasear por la isla, por el inexplorado lado opuesto. Este extremo carece del encanto del resto de la isla, con unas aguas de un feo color. Parece como si las mareas obviaran esta parte y se concentraran aquí aguas estancadas que impiden la vida y color de la otra playa.

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Reandamos el camino y nos asalta la chica que gestiona las llegadas y salidas. Nos dice que el barco que parte cada mañana con los que se van ha partido ya y le consta que estar en ese barco. Compruebo mis papeles y tiene razón. Nos hemos confundido. Momento de incertidumbre. Y no ha sido a propósito, aunque lo haría con tal de quedarme un día más en este paraíso. Por suerte hay una solución: un bale, esas rudimentarias y vacías casetas situadas en primera línea que este año ya no ofrecen a los huéspedes.

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Volvemos a nuestra playa para seguir con nuestras sesiones de snorkel pero el mar nos aguarda una mala noticia. Hoy hay marea baja. Muchos corales quedan a descubierto, otros a una profundidad que dificulta verlos nadando desde la superficie. Y el color del agua no es el mismo, igual que la vida submarina tampoco. Ni la misma cantidad, ni los mismos colores. Aunque lo mejor ha pasado, nos adentramos para despedirnos de nuestra pequeña Kanawa. Cuando nos disponemos a penetrar en las aguas Marta me lanza un grito. Un pequeño tiburón vegetariano, como el que vimos ayer, bucea cerca de la orilla. Como un niño pequeño me lanzo a perseguirlo con la GoPro en mano. span>

Ante la falta de profundidad de nuestra playa nos movemos unos metros en dirección al muelle. A los segundos de entrar Marta lanza un segundo grito. Pero éste de dolor. Algo le ha picado o mordido. Pasan cinco segundos, y el psicópata marino me ataca a mi. A los dos nos han mordido cuando estábamos quietos, así que me coloco en posición horizontal moviendo todas las extremidades, sumerjo la cabeza y busco al agresor. Saco la cabeza del agua y me empiezo a reir. Esos pececillos blancos y color salmón que desde el primer día me llamaron la atención porque se colocaban frente a la GoPro, mirando de tu a tu, aleteando con vehemencia, son los que nos están atacando ahora. Unos turistas que pasan a nuestro lado y ven la escena nos dicen que esos peces son territoriales y por eso atacan. Supongo que con tan poca profundidad hay menos espacio para todos, peces y humanos, y de ahí su mala baba. Nos pasamos la mañana con cuidado de no aminorar el movimiento de las piernas. El esfuerzo vale la pena, y es que para rematar esta despedida de la flora y fauna marina de Kanawa, una manta realiza su últime y sublime desfile ante nosotros.**Vídeo GoPro**

Por la tarde nos relajamos viendo al personal del resort jugar un partido de volley playa contra algunos huéspedes. Yo ya me he despedido de mis peces de colores, mis ostentosos corales, el envolvente azul turquesa de las aguas. Y no quiero verlos más, en una especie de ataque de cuernos de quien sabe que difícilmente volverá a disfrutar de un lugar así muchas más veces en la vida.

Aprovecho para captar por última vez un bonito atardecer en Kanawa, mientras me pregunto por qué no alquilan los bales. Tienen algo que los hace especiales, con el sonido de las olas que se mete entre las sábanas.

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