Indonesia (Día 15). Kanawa. Pueblo de pescadores.

ÍNDICE VIAJE

FICHA

FICHA

DÍA 1 y DÍA 2Llegada a Jakarta. Borneo.
DÍA 3Borneo
DÍA 4Borneo. Hacia el Volcán Bromo.
DÍA 5Volcán Bromo. Hacia el Volcán Ijen.
DÍA 6Volcán Ijen. Hacia Ubud.
DÍA 7Templo Gunung Kawi. Templo Tirta Empul. Arrozales Tengalang. Templo Mengwi.
DÍA 8Templo Pura Besakih. Pueblo Tenganan.
DÍA 9Ubud. Templo Tanah Lot.
DÍA 10Volcán Batur. Cascadas NungNung.
DÍA 11Templo Ulun Danu. Lagos Gemelos. Cascadas Munduk. Arrozales Jatiluwih.
DÍA 12Hacia Kanawa.
DÍA 13Kanawa.
DÍA 14Kanawa. Rinca.
DÍA 15Kanawa. Pueblo de pescadores.
DÍA 16Kanawa.
DÍA 17Kanawa. Labuan Bajo.
DÍA 18Hacia Sulawesi (Tana Toraja).
DÍA 19Rantepao.
DÍA 20Bolu Market. Marante. Palawa.
DÍA 21Funeral Tana Toraja. Kambira. Tampangallo. Suaya.
DÍA 22Trekking Lempo-Batutumonga.
DÍA 23Lemo. Londa. Ke’ Te’ Kesu’.
DÍA 24Yogyakarta.
DÍA 25 y DÍA 26Yogyakarta. Jakarta.

RESUMEN DEL DÍA

LO MEJORLO PEOR
Cruzarme con mi primera tortuga marina. Las condiciones en las que viven los niños del pueblo de pescadores.

DIARIO

Pasamos una mañana más viendo pececitos de colores en la isla de Kanawa. Pero hoy la isla quiere sorprendernos un poco más. Desde el muelle vemos un par de pequeños tiburones vegetarianos. Después nos cruzamos con nuestras primeras mantas. La primera y uno de esos tiburones vegeterianos se quedan en mi retina, ya que la cámara da un error que bajo el agua no llego a distinguir a tiempo. La segunda, ésta sí, queda inmortalizada. Las muy granujas infunden respeto.

Cuando se acerca la hora de comer escuchamos unos gritos. Una pareja han visto algo bajo el agua que parece muy interesante, pues se dan señas el uno al otro y no sacan la cabeza de debajo del agua. Marta y yo nos dirigimos hacia allí. Les seguimos unos segundos pero parece ser que le hemos perdido la vista. A lo que fuera. Cambio de dirección, buscando en cada rincón del fondo marino con la escasa percepción visual que nos ha dado la evolución para ver bajo el agua. Me giro y Marta ha seguido otra dirección. La llamo y, o bien no me escucha, o no me hace caso. Doy cuatro coces más, porque así creo definir correctamente mi estilo de natación, y percibo un movimiento en el fondo. Me quedo pasmado, como si se abriera una puerta en el cielo y empezara a sonar la música de los dioses. Una enorme tortuga asciende del lecho marino. Sus movimientos son lentos, muy lentos, como si hubieran sido grabados a slow motion. La forma del caparazón y sus extremedidas se van adivinando conforme la tortuga deja las sombras del coral y se cruza con los rayos del sol que inciden bajo el agua. Levanto la cabeza y busco a Marta. Quiero que vea la escena, lleva deseando ver una tortuga desde que aterrizamos en Indonesia. Y para más inri lleva la cámara. Grito una vez, otra y otra. Sigue nadando. Me enfado. Vuelvo a meter la cabeza bajo el agua, no podré grabarla pero su imagen me la llevaré siempre conmigo, en mi memoria.

***Vídeo GoPro***

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Bien entrada la tarde nos subimos al barco que nos llevará a una visita para la que hemos tenido serias reservas. Visitar un pueblo de pescadores, sabiendo lo que representa con antecedentes como Tai O en Hong Kong ,y cuando vivimos en el paraíso, supone un contraste que no sé si es buena idea experimentar. Pero allá vamos con un padre francés, su hija adolescente y el capitán Carton.

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Nos acercamos al muelle mientras se confirman nuestras sospechas. Un apelotonamiento de casas muegrientas de chapa nos recibe. Pero no es lo único que nos da la bienvenida. Una aglomeración de niños se apiña en el muelle esperando nuestra llegada. El capitán echa el amarre y sin apenas poner un pie en tierra firme los niños saltan al barco con una agilidad pasmosa, un asalto propio de una película de piratas. El semblante sonriente de los niños denota curiosidad e ilusión por estar cerca de los pocos occidentales que se acercan por aquí. A Marta se le abalanzan dos niñas, peleando el sitio por cogerle la mano. A mi unos niños me hacen lo mismo pero, intentando ser lo más simpático posible, les digo que no. Marta cae en la trampa y tiene a las niñas agarradas a ella. Nos sabe mal perono somos muy amantes de las distancias tan cortas. Y más con la falta de higiene que se respira en la isla.

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Empezamos a caminar por la isla. El pueblo es una lista infinita de necesidades, de carencias. Pero lo compensa la curiosidad que despiertan en mi los niños, las mujeres y los ancianos, lo que abunda aquí. Sus ropajes o su falta de ellos, el afecto con el que nos reciben en cada casa, en cada calle. Seguramente no dejamos de ser una fuente de ingresos pero esas sonrisas me parecen sinceras. Todos se prestan a hacerse fotos como si fuera la primera vez que ven una cámara.

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Alcanzamos un enorme espacio en medio de la isla. Lo único oxigenado aquí es un grandioso campo de fútbol con dos porterías. Lugar de escape de los niños de la isla cuyas expectativas en la vida se antojan muy complicadas. Vemos los primeros hombres jóvenes, que como el resto, también saludan a la cámara. Marta empieza a estar agobiada, por la niña que la sujeta como si le fuera la vida en ello y el niño descalzo y desnudo que la persigue también. Es la expresión de la pobreza, esa que da lástima pero que a la vez te ahuyenta, te incomoda, hasta que la empatía te da un toque de atención y haces el amago de acercarte a ellos.

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El objetivo del paseo es subir la única colina de la isla. Desde aquí se divisan unas vistas del poblado increíbles. Es ínfimo, atrapante. Alrededor sólo agua. Detrás nuestro, a lo lejos, Kanawa. El contraste máximo, absoluto. Cuán injusto es el mundo.

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De nuevo abajo paseando por la otra cara de la isla. Más casas ruines, más niños descalzos, más chapa y deterioro alrededor. Al menos me consuela la simpatía de esta gente. Y así llegamos al puerto, justo después de que un niño le pida dinero al padre francés. Ya era hora, yo si viviera aquí lo llevaría haciendo desde el minuto cero. Nos subimos al barco de nuevo, con una niña con síndrome de down despidiéndose de nosotros entre la jauría de niños que se agolpan. Mi entereza ha llegado a su tope.

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Un par de niños se suben al barco cuando ya empieza a navegar. Su sonrisa gamberra les delata el juego mientras el capitán Carton parece que les dice que vuelvan a la isla. Se le ve tranquilo, como si la broma no fuera novedad. Entonces los dos dan un salto al mar y vuelven nadando al puerto. Niños de 6 o 7 años pegando brincos y nadando solos en el mar. Mi mentalidad occidental hace esfuerzos por entenderlo pero no lo consigue. No sé si sobreprotegemos a nuestros niños o es que aquí viven asalvajados y que sobreviva el más fuerte. Seguramente ambas cosas, un gris como de costumbre. Una visita dura pero la autenticidad del pueblo bien merece la pena.

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