Indonesia (Día 1 y Día 2). Llegada a Jakarta. Borneo.

ÍNDICE VIAJE

FICHA

FICHA

DÍA 1 y DÍA 2Llegada a Jakarta. Borneo.
DÍA 3Borneo
DÍA 4Borneo. Hacia el Volcán Bromo.
DÍA 5Volcán Bromo. Hacia el Volcán Ijen.
DÍA 6Volcán Ijen. Hacia Ubud.
DÍA 7Templo Gunung Kawi. Templo Tirta Empul. Arrozales Tengalang. Templo Mengwi.
DÍA 8Templo Pura Besakih. Pueblo Tenganan.
DÍA 9Ubud. Templo Tanah Lot.
DÍA 10Volcán Batur. Cascadas NungNung.
DÍA 11Templo Ulun Danu. Lagos Gemelos. Cascadas Munduk. Arrozales Jatiluwih.
DÍA 12Hacia Kanawa.
DÍA 13Kanawa.
DÍA 14Kanawa. Rinca.
DÍA 15Kanawa. Pueblo de pescadores.
DÍA 16Kanawa.
DÍA 17Kanawa. Labuan Bajo.
DÍA 18Hacia Sulawesi (Tana Toraja).
DÍA 19Rantepao.
DÍA 20Bolu Market. Marante. Palawa.
DÍA 21Funeral Tana Toraja. Kambira. Tampangallo. Suaya.
DÍA 22Trekking Lempo-Batutumonga.
DÍA 23Lemo. Londa. Ke’ Te’ Kesu’.
DÍA 24Yogyakarta.
DÍA 25 y DÍA 26Yogyakarta. Jakarta.

RESUMEN DEL DÍA

DIARIO

Llegamos tarde, sobre las 22.30h, motivo por el cual ya preveímos reservar para la primera noche un hotel que nos viniera a recoger al aeropuerto. Con los años uno va aprendiendo pequeños detalles para hacer más confortables los trayectos, y es que no ha de ser una aventura hasta la última de las rutinas para disfrutar de un viaje a la otra punta del mundo. Y más cuando ese viaje es tu luna de miel.

Nos espera un hombre con mi nombre en un cartel. Nos dice que le sigamos. Le pedimos un lugar donde cambiar dinero porque no llevamos ni una rupia y entre las horas que restan del día y las que podamos tener mañana por la mañana justo antes de coger el vuelo a Borneo, no esperamos encontrar una oficina de cambio. El recuerdo de China aún está presente. Nos vuelve a llevar al interior del aeropuerto, pero por otra puerta, donde otro hombre con el mismo uniforme y un cartel con mi nombre nos esperaba. Con este control tengo claro que no nos hubiéramos perdido.

Nos guía a un kiosko donde tiene toda la pinta que cambian dinero de forma clandestina. Por lo que he leído antes de volar, el cambio que ofrecen no es bueno pero tampoco es un timo. Es tarde y estamos cansados, así que sin regatear demasiado, cambiamos dinero suficiente para nuestra estancia en Borneo. Entregamos los euros y recibimos a cambio un fajo de incontables billetes que apenas me caben en la bolsa preparada al efecto. Me siento multimillonario.

Nos subimos en nuestra van. Empezamos a circular por una carretera que sigue un camino extraño, como yendo en un sentido para volver por otro punto en el sentido contrario, rodeando varias veces las pistas. Prueba de ello es que nuestro hotel está a escasos 500 metros de la valla del aeropuerto pero tardamos treinta minutos en llegar. Parece que el aeropuerto lo hayan insertado allí de mala manera.

Acordamos un taxi para mañana volver al aeropuerto y nos fumamos un cigarro en el jardín, en ese bochornoso y asfixiante calor que ya me resulta tan familiar. Agotados nos vamos a dormir. Mañana comienza la experiencia.


Día 2. Borneo en Klotok

Llegamos a la zona del bufet y no hay ni un alma. ni de huéspedes ni del servicio. Venimos famélicos, dispuestos a cargarnos de mucha energía para un viaje hasta el corazón de la isla de Borneo que es toda una incógnita. Unos extraños huevos duros con algo parecido a un rebozado, tofu con una indescriptible salsa y una ya más conocida tostada con mermelada. Y adelante.

Aparecemos en una terminal de aeropuerto curiosa, rodeada de jardines con llamativas plantas tropicales. Sólo falta el príncipe de Zamunda con sus rimbombantes colores por aquí. Esperamos hasta la hora de embarque pero anuncian retraso del vuelo. Sí, el primer vuelo y el primer retraso, crónica de una historia anunciada. Y es que en todos los foros habidos y por haber hacían mención a los continuos retrasos de los vuelos indonesios. Una hora de retraso y primera en toda la frente.

El avión empieza a descender cuando miro por la ventanilla. Una alfombra de kilómetros y kilómetros de palmeras allí abajo, cuya perfección sólo se ve truncada por las decenas de brillantes ríos y riachuelos que resquebrajan todo aquello. Sensacional. Me apresuro a buscar la GoPro pero es tarde. Cuando reacciono el avión ya está acercándose decididamente a tierra.

La selva de Borneo. Podría ser un destino más pero para mi significa el primer deseo viajero, al menos que yo recuerde. Fue un día, yendo al lavabo a hacer algunas de mis necesidades primarias y cogiendo una de esas revistas que desde hacía poco me había dado por comprar. National Geographic, Muy Interesante… creo que era la primera. Y allí estaba, un artículo sobre la selva de Borneo, sobre las excursiones para visitar los orangutanes y los bungalows para dormir sobre algún enigmático río abriéndose entre una densa vegetación tropical. Aquí estoy, como cumpliendo un sueño.

El aeropuerto de Borneo es increíblemente pequeño. Tanto que sin darnos cuenta estamos en el exterior, con el guía que nos acompañará durante los próximos tres días. Circulamos por una carretera isleña, sin mucho tráfico y mucho bache. El guía está atento en explicarnos particularidades de su tierra. Me llaman especialmente la atención unos altos edificios grises sin ventanas y pequeños orificios en la parte superior. Son pajareros, lugares preparados para que unos pájaros llamados vencejos elaboren sus nidos con su saliva, creando una sustancia que en China es una exquisitez gastronómica. Está atestado de estos antiestéticos edificios, pero cuando el guía nos dice que pagan más de 2500 dólares por kilo, lo entiendo perfectamente.

Entramos en un pueblo que transmite mucha pobreza. Las personas visten con cuatro trapos y las calles están apenas sin pavimentar. Circulamos hasta que el coche frena y estaciona, un coche que a primera vista no nos asombró pero que visto en este contexto es difícil imaginar que muchas más personas de aquí puedan alcanzar. Nos bajamos y sentimos las miradas de aquellas humildes gentes como si hubieran llegado dos extraterrestres. Y yo intento hacer lo contrario, mirándoles con una mezcla de humildad y naturalidad porque no quiero que sepan que a ojos de un occidental realmente son de otro planeta. Creo que ya hemos llegado a Kumai.

Entramos en la construcción de madera, un hogar o sólo una casa para los bártulos de quienes trabajan y medio viven en el agua. Me inclino por lo primero. Sale una mujer. Nos la presentan. Es la mujer de nuestro guía Paris. Segundos después nos pide el dinero de la aventura. Ha salido sólo para cobrar, algo que tampoco les puedo tener en cuenta, esto es su principal sustento de vida.

Kumai
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Nos suben al barco. El tamaño y estado es una de las principales preocupaciones de quienes contratamos la visita al Parque Nacional de Tanjung Puting en klotok. Es perfecto, grande, espacioso, confortable y con la pintura en muy buen estado. Sin poder entender si la mecánica y la flotabilidad son buenas, la primera impresión cumple con lo esperado.

Durante casi media hora el guía y varias personas más esperan en la casa mientras nosotros nos relajamos en el barco. Parece que falta alguien. Entonces un hombre nos saluda. Es Toris me grita Paris, su primo, el guía al que contratamos la excursión y que nos redirigió a Paris. Poco después suben todos. El guía, el ayudante, el capitán, la cocinera y nosotros. Nuestro barco, nuestra tripulación.

Arrancamos y rápidamente nos empiezan a servir la comida. Nos sentamos frente a esos platos con una pinta tremenda, en la cubierta de un barco para nosotros y con el suave viento acariciando nuestras cabezas. Esto promete desde el primer segundo.

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Nos dirigimos de lado a lado del ancho río, hacia una costa absolutamente poblada de palmeras. En un movimiento circular se empieza a adivinar una apertura en esa línea de costa. Es un río más estrecho, supongo que el que remontaremos durante los próximos tres días. Empezamos a sumergirnos en él y una inquietud aventurera se apodera de mi. Me siento como un misionero, un explorador o un soldado real adentrándome en el corazón de África, buscando descubrir nuevas tierras, haciendo frente a los peligros de la naturaleza y de lo recóndito. Pero aquí no hay peligros, sólo el placer de quien estará día y noche sumergido en la mismísima Selva de Borneo.

Acabamos de comer, nos tomamos el café y echamos un cigarro. El monótono ruido del motor se ha convertido en un sonido ambiental más. La brisa y el estómago lleno nos van haciendo caer en la modorra, justo en el momento en el que el cielo se va tornando gris y algunas gotas empiezan a chispear. Nuestra tripulación, atenta hasta el último detalle, aparece en cubierta. Montan unas lonas para proteger algo más la zona y nos instalan allí en medio un colchón con su mosquitera. Sí, allí en medio dormiremos cada noche. Nos estiramos en el nido y justo cuando el sueño se empieza a apoderar de mi escuchamos unos gritos. El guía y su ayudante aparecen de nuevo y nos señalan las copas de los árboles. Son monos, nuestros primeros monos.

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Media hora después estamos amarrando el barco en un pequeño muelle para visitar el primer centro de conservación del Parque Nacional de Tanjung Puting. Caminamos por un sendero donde parece que a cada metro recorrido aumenta un grado la temperatura, la humedad o todo a la vez. Y entonces llegamos junto a un grupo grande de personas que observan en silencio. Sigo la dirección de sus miradas y mis sentidos se concentran también sobre aquello. Increíble. A escasos metros y en una plataforma construida con cuatro troncos, varios orangutanes comen bananas, con unos movimientos acompasados, suaves y tranquilos. Me siento un privilegiado disfrutando de una expresión tan profunda de la naturaleza, con nuestros primos los orangutanes sumergidos juntos en la densa y húmeda selva de Borneo. Inolvidable.

Los orangutanes vienen y van con los mismos movimientos pausados. Interaccionan en la plataforma lo justo para no estorbarse el festín. De repente uno se va por la izquierda encaramándose a unas lianas, elevándose con tremenda facilidad. Me encuentro absorto con cada nueva situación, por banal que sea. Así estamos durante más de 20 minutos, inmóviles, hasta que alguien llama la atención a nuestra derecha. Caminamos unos pasos adentrándonos aún más en la selva y en lo alto el reflejo rojizo de la piel de otro simio destaca entre los verdes de los árboles, allí arriba, marcando bíceps. Rodeamos un árbol por un lado y luego por el otro, buscando la mejor perspectiva del animal. Entonces un guía nos pide que no nos pongamos debajo. Supongo que caerte uno de estos encima debe ser doloroso. De repente el que se encuentra encima nuestro se pone a orinar, cayendo la meada justo donde estaba hace escasos segundos. Por los pelos.

La humedad empieza a comprimirme los huesos. No paro de sudar, a niveles insoportables, casi como si aquello fuera una sauna. Entonces, antes de que se acerque el momento de marchar una familia de orangutanes aparece justo en lo alto del árbol que nos queda al frente. Una última instantánea para recrearnos un rato más con la belleza del mundo animal. Quizá esto no es todo lo genuino que uno podría imaginarse con los documentales del National Geographic en mente, por el contacto entre el hombre y el orangután que espera cada día y a la misma hora su ración de bananas, la plataforma construida y el grupo de personas que nos concentramos aquí. Pero es una forma hermosa y con garantías de acercarse al este animal que me ha emocionado.

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Seguimos remontando el río. Empieza a oscurecer, con un viento algo más frío y las enigmáticas sombras que empiezan a rodear el río. Nosotros ya nos hemos dejado atrapar completamente por los sonidos de los centenares de monos que copan los árboles, por la vegetación infinita que marca nuestro camino, relajados y apenas interrumpidos de ese clímax mental por las risas de nuestro risueño guía. Cenamos y cuando ya ha caído la noche el barco se detiene y maniobra para amarrarlo al tronco de una palmera. Nos preguntan si cierran algún lateral. Marta tiene algo de miedo, así que les pedimos que monten las lonas de ambos lados.

Cuando estamos echando el último cigarro de buenas noches aparece Paris con la intención de explicarnos un montón de cuestiones que interesan. El comportamiento del orangután, la desforestación de la selva de Borneo por culpa de la producción del aceite de palma, el papel de la religión en Indonesia o la existencia de Malaria en Kumai, son algunos de los temas que trata y que llego a entender a pesar de mi pésimo nivel de inglés. En su primer día tanto el guía como la tripulación ha sido de diez, atentos y sorprendiendo con detalles que uno no espera.

Llega el momento de caer en un profundo sueño, con los sonidos de la noche entonando una constante melodía. Ranas, grillos, pájaros y a saber qué otros animales, todos a coro. Me agarro bien al edredón, sintiéndome pequeño ante todo aquello. Cuando estoy a punto de desconectar oímos unos pasos en la madera del barco. Unos húmedos pasos. Nos preguntamos qué es. Prestamos atención y por el sonido y ritmo parece alguna rana que nos ha venido a saludar. Y si es algo más grande espero que al menos nos deje descansar.

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