Croacia y Venecia (Día 8). Zavala. Stari Grad. Milna.

Día 8. Zavala. Stari Grad. Milna

Cuando preparaba el viaje leí comentarios muy positivos de las calas de Zavala, en el lado sur de la isla. Dada la estrechez de la misma, que es mucho más larga que ancha, apenas tenemos que recorrer 8 kilómetros hasta nuestro destino. Para llegar pasamos por un túnel de más de 1 kilómetro, el túnel Pitve, con una anchura que en la que sólo cabe un coche y excavado en las entrañas de una montaña de forma que la temperatura baja nada más y nada menos que 5 grados. Empezamos con la rutina de siempre, bordeando a pié la costa para buscar nuestra cala. En apenas segundos nos damos cuenta de que hemos vuelto a encontrar un paraíso.

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El agua con su mezcla de colores turquesa nos recuerda las calas de Premantura pero la orografía de la costa, con más recovecos, lo hace más íntimo.

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Durante casi 4 horas me dedico a hacer snorkel, a admirar el fondo marino, el color del agua. Estoy tranquilo, como nunca antes he estado chapoteando en el agua, sabiendo que van a pasar muchos años hasta que vuelva a encontrar esa paz con simplemente unas gafas y un tubo.

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Nos dirigimos a nuestra habitación para comer y echarnos un rato cuando la abuela, como si nos estuviera esperando, nos vuelve a parar para hacernos un regalo. Esta vez tiene un frasco aromático de lavanda. Es un sol de mujer, una de esas pocas personas que están tranquilas con el mundo si hacen felices a los demás.

Es nuestra última tarde en la maravillosa isla de Hvar. Este nombre va a quedar grabado en mi retina como uno de los lugares más mágicos de mi experiencia viajera. Tras la siesta correspondiente nos dirigimos a Stari Grad, un pueblo con menos encanto y menos turistas que Hvar. No hay tanto restaurante, tanta tienda ni callejuela, así que decidimos omitir la visita a un castillo y un monasterio que señala la Lonely Planet y nos darnos un pequeño lujo tomando una copa de vino en una terraza muy chillout. Un momento de relax en el que no nos olvidamos del restaurante de Milna. Llegada la noche, cogemos el coche convencidos de que no nos podemos ir de la isla sin volver a probar el pulpo de ayer.

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Volvemos a la misma terraza, se acerca el amigable camarero y pedimos exactamente lo mismo. Pero no podía ir todo tan bien: ¡no les queda pulpo! Resignados, repetimos de todo cambiando nuestro desaparecido pulpo por un pescado que aunque muy bueno pierde toda comparativa con el plato estrella de ayer. Supongo que como forma de compensar tomamos un postre dos locales más allá, un banana split, que a pesar de su nombre no tiene nada que ver con la ciudad croata.

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