Croacia y Venecia (Día 7). Jelsa. Hvar. Milna.

Día 7. Jelsa. Hvar. Milna

Bajamos al pueblo con la intención de pasar la mañana en alguna cala de la zona. Llegamos a un paseo bastante tranquilo, con algunos comercios y transeúntes que no llegan a estorbar la tranquilidad que se respira en Jelsa.

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Empezamos a bordear la costa en dirección oeste con la intención de alejarnos un poco del centro y encontrar una cala virgen. Y lo conseguimos. En Croacia no es en absoluto complicado localizar rincones allí donde te lo propongas.

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Una cala cuya agua es de un intenso azul verdoso y apenas un par de pequeños botes es la escogida. La bordeamos por el otro costado con la intención de buscar un sitio en el que estemos solos pero apenas conseguimos evitar despeñarnos por las rocas, así que volvemos con el resto de turistas. El cielo se encapota por primera vez en el viaje así que antes de lo previsto volvemos al hotel para comer. La cala no es de visita obligada y más con el cielo tan gris pero para haber surgido de la improvisación está bastante bien.

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Pasamos antes por un supermercado y justo cuando nos disponemos a entrar a nuestra habitación la abuela de la casa coge por banda a Marta para regalarle un frasco para hacer masajes. Una vez en nuestro apañado balcón de la zimmer nos preparamos unos bocatas de unos frankfurts rojizos con un cierto sabor a chorizo, tomate a rodajas, queso rayado y mayonesa. Los frankfurts están increíbles aunque desgraciadamente no los volveré a ver nunca más.

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Ya entrada la tarde estamos de camino a Hvar, a unos 30 km de nuestro hotel. Al buscar aparcamiento nos percatamos rápidamente de que el lugar es un sitio concurrido. Aquí llegan más de 30.000 personas al día en temporada alta. Increíble. Dejamos nuestro Volkswagen Polo algo alejado del centro y nos dirigimos hacia el Spanjol, en lo alto del pueblo, ya que no va a tardar en caer el sol y las vistas desde arriba prometen. Pasamos de largo por la plaza mayor a la que le dedicaremos tiempo después y empezamos a subir por callejuelas empinadas de mármol. Hay muchos turistas pero sin agobiar como en Trogir.

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Y así, entre la ya conocida arquitectura croata, tiendas y flores, subimos hasta que tras nosotros se empieza a vislumbrar una panorámica de la ciudad. Los tejados a la izquierda y el mar a la derecha, donde destacan algunos islotes y un puerto con yates de un tamaño considerable.

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Seguimos subiendo por un camino más propio de monte y pasamos al lado de una pequeña ermita. Y 5 minutos después llegamos al Spanjol que con la bandera croata vigila Hvar y su pequeña bahía. Fue construido en el lugar que ocupaba un castillo medieval para defender la población de los turcos y fue reforzado en 1557 por los autriacos añadiendo un cuartel. Echamos un ojo a la entrada pero, aunque titubeando, decidimos no pagar la entrada para inspeccionarlo por dentro a pesar de las vistas y la colección de ánforas que alberga en su interior. El presupuesto a estas alturas empieza a oprimir.

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Volvemos nuestros pasos, mientras me lamento por no entrar a la fortificación, hasta la plaza mayor, Trf Svetog Stjepana. Nos compramos unos refrescos y nos sentamos dejando caer la noche entre turistas que empiezan a agolparse en las terrazas para cenar y entre palacetes renacentistas mientras miramos a lo lejos el arsenal, situado en el lado meridional de la plaza y construido en 1611.

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Como telón de fondo tenemos la Catedral de San Stjepan, de los siglos XVI-XVII, situada en el lugar de una primera catedral destruida por los turcos.

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Las pizarras de los restaurantes anuncian precios algo elevados porque Hvar parece sentir debilidad por los visitantes adinerados. Cogemos el coche y nos dirigimos a Milna, un enclave cerca de aquí y de camino a nuestro hotel en el que suponemos que habrá precios más asequibles para nuestro bolsillo. Milna viene a ser apenas una calle costera con algunos hoteles y muchos restaurantes cuyas terrazas se asoman al mar. Se respira mucha tranquilidad, un lugar perfecto para cenar. Nos sentamos en una de esas terrazas sin imaginarnos que vamos a degustar los mejores platos de Croacia: ensalada de anchoas y de segundo un plato de calamares y otro de pulpo que preparan en unas brasas situadas en la misma terraza, acompañados ambos de unas sabrosas espinacas con patatas. Especialmente el pulpo está espectacular, sublime.

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Para redondear la cena, los camareros son majísimos. Y no me extraña, ya que más allá de lo agotador que debe resultar trabajar en la restauración, Milna es un rincón donde se se respira un ambiente embaucador, sin prisas, sin estrés. La cena llega a su fin, convencidos de que mañana volveremos a pasar por aquí, pero antes probamos unos chupitos de la casa que soy incapaz de beberme, no por el sabor, sino porque apenas al primer trago me suben unos calores que me aconsejan dejarlo ahí.

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