Croacia y Venecia (Día 6). Ruinas de Solin. Split. Brela. Isla de Hvar.

Día 6. Ruinas romanas de solin. Split. Brela. isla de hvar

Hoy visitaremos la mayor urbe de nuestra ruta en Croacia, Split, pero justo antes tomamos un desvío hacia las ruinas romanas de Solin. Cualquiera que le interesen los restos arqueológicos del antiguo Impero romano bien debe perder una hora de su tiempo en visitarlos, ya que son los restos arqueológicos más importantes de Croacia.

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Solin fue la sede administrativa de la provincia dálmata romana y cuando el emperador Diocleciano construyó su palacio en Split a finales del s.III, lo que en realidad le atrajo fue su proximidad a Solin. Arrasada por los eslavos y ávaros en el año 614, sus habitantes huyeron dejando la ciudad a su suerte. En ella vemos multitud de restos, como la necrópolis, basílicas, puertas y sobre todo el anfiteatro del s.II. A pesar de lo interesante que me parece resulta algo complicado imaginarse las dimensiones de los edificios, pues al final lo que queda generalmente son vestigios de todo aquello.

Split con sus más de 200.000 habitantes, es una gran ciudad. Los grandes bloques de viviendas que vemos a ambos lados de la carretera de acceso lo revelan.

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Dejamos el coche en el puerto, que nos queda cerca del centro histórico, con la duda de si esta visita va a merecer la pena. Habíamos olvidado ya en las calas y pueblecitos de la costa croata lo que es una gran urbe. Nos encaminamos directamente al Palacio de Diocleciano, la gran atracción de Split. No es un edificio en sí, es un conjunto arquitectónico de edificios y estrechas calles modificado en la Edad Media que mide 215 m de este a oeste y 181 m de norte a sur. Con la Lonely en mano empezamos en sentido opuesto el circuito a pie que recomienda.

Accedemos por la puerta situada más al sur, la puerta de Bronce que da a las salas del sótano. Pasillos abovedados se nos abren a derecha, izquierda y al frente, con una clara sensación de humedad propia de lo que está metido en la tierra y con la escasa iluminación que entra por unas ventanas situadas a cuatro o cinco metros de altura. Al final de uno de ellos hay un cartel que nos parece que anuncia una visita a las salas del sótano pero preferimos seguir devorando la zona.

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Así, tomamos el pasillo del frente y pasamos por el vestíbulo, la parte mejor conservada de la residencia imperial. La zona está ocupada por decenas de tenderetes que venden recuerdos y artesanía. Desembocamos en una plaza que por la altura de los edificios que la rodean da la sensación de agujero en medio de la ciudad. La poca distancia entre paredes crea una sensación que impresiona. Es el mismísimo centro de la ciudad antigua. Destaca la catedral de San Dominius, rodeada por 24 columnas y un espacio que es el Protiron, la entrada a las estancias imperiales, que por desgracia encontramos en obras.

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Sin apenas poder asimilar todo lo que ven nuestros ojos allí amontonado seguimos las callejuelas pasando por altos muros y por debajo de multitud de arcos hasta que salimos por la puerta de Oro, antaño la puerta que iba a Solin. La sensación de estar recorriendo unas calles que fueron pasadizos de un gran palacio está realmente presente. Y unos metros más allá topamos con la estatua de Gregorio Nin, el obispo de Croacia del s.X que luchó por utilizar el croata enatiguo en los servicios litúrgicos. Según cuenta la leyenda quien frote el dedo gordo de su pie izquierdo volverá algún día a Split. Parece que todo el mundo se lo toma en serio, pues está desgastado por la cantidad de personas que lo tocan cada día.

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Tomamos una bebida el tiempo justo y necesario para volver a sumergirnos en las callejuelas a través de otro de esos arcos abiertos en una fachada. Disfrutamos del aire medieval de Split. Si pudiéramos echar a las personas que pasean por la ciudad, básicamente turistas, podríamos sentir tal y como se vivían los habitantes de la ciudad hace muchos siglos. El lugar está muy bien conservado y nos está sorprendiendo gratamente.

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Finalmente nos acercamos al Templo de Júpiter y a una torre defensiva situada en una de las esquinas del Palacio de Diocleciano. Tras hora y media ponemos fin a nuestra visita con la sensación de que hubiera sido un buen lugar para contratar una visita guiada y saber y entender mejor la historia que se respira de forma mayúscula aquí.

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Tomamos una carretera para aprovechar la mañana en alguna cala antes de llegar al puerto desde el que un ferry nos llevará a nosotros y al coche a la isla de Hvar. En las guías tengo señalado el pueblo de Brela, a 1h de distancia, aunque una nota extraída de un foro recomienda buscar calas alejadas del pueblo propiamente. Justo antes de llegar vemos alguna calle que baja al mar, situado a muchos metros bajo la carretera que serpentea por la costa, pero decidimos comprobar por nosotros mismos qué tal son las playas del pueblo. No nos hace falta ni siquiera bajar del coche para corrborar lo que hemos leído en foros, ya que son muy turísticas, con un paseo, comercios y más personas de las que queremos ver. Así pues, volvemos hacia atrás y bajamos por una de aquelllas empinadas calles cuesta abajo, no sin antes perdernos por lo que parece una urbanización, hasta que el azul intenso del mar a primera hora de la tarde nos da la bienvenida.

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Marta prepara unos bocatas debajo de un pino, en un rincón rodeados de piedras. Con el calor que hace uno se estiraría aquí a echar la siesta, pero justo detrás una serie de calas unas al lado de otras nos llaman a gritos. Hay bastante gente, mucho croata, más de la que esperábamos cuando tomamos la calle empinada semidesierta. Eso significa que es un lugar conocido por la gente de aquí. Buena señal. Sin ser Premantura, ni siquiera Primosten, el lugar tiene ese inconfundible sabor mediterráneo de la costa de Croacia.

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Después de pasar un rato esperando el ferry en el puerto de Makarska, con todos los coches que van a saltar a la isla de Hvar parados en fila india, nos encontramos ya a bordo del barco que en apenas veinte minutos llegará a nuestro destino. El sol se ha puesto y apenas unos rayos que colorean de naranja el cielo permiten ver las siluetas de la siempre bella orografía que nos rodea. Cuando llegamos a Hvar ya es de noche. El barco ancla en el extremo este de la isla, en Sucuraj, y Hvar se encuentra justo en el extremo oeste. Son nada más y nada menos que 80 kilómetros, de noche y por angostas carreteras, lo que en la práctica significan más de dos horas de camino. Se nos hace muy pesado, por lo que decidimos dormir en Jelsa, que está a mitad de camino, a unos 50 km del inicio de la travesía en Sucuraj.

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Jelsa es un pueblo costero con aire de urbanización, puesto que no se respira masificación, no se ven calles anchas, no hay edificios de altura ni tampoco un centro histórico que atraiga el turismo masivo. Nos parece un buen sitio para pernoctar y, dado que está en el centro de la isla, utilizarlo como campamento base desde el que hacer las visitas. Entramos a un par de casas en las que anuncian zimmers pero no encontramos alojamiento, hasta que nos topamos con un grupo de abuelitas en un banco que parecen contarse sus historietas. Preguntamos y una de ellas nos hace el gesto de que aguardemos. Nos quedamos a un par de metros de distancia y la señora nos pide que nos sentemos, como horrorizada por tomarnos la molestia de respetar su espacio vital a pesar de que nos tengamos que quedar de pié. ¡Cómo se nos ocurre no estar cómodos en su país! Sería una lástima que el turismo que ha de llegar en un futuro a Croacia, más con la entrada en la Unión Europea, estropee la hospitalidad de estas personas.

Pasados unos minutos estamos siguiendo la moto de un chico que parece ser el nieto de la anciana del banco. Llegamos a la casa, que está bien situada, con un amplio balcón y con unas cogidas de refilón vistas al mar. El alojamiento y su precio son perfectos. Ya sólo nos queda cenar para despertarnos mañana en la isla de Hvar y eso hacemos en un restaurante cuya terraza está casi colgada sobre el mar. Un lugar donde cenar que es de lo más común en Croacia pero que en mi tierra sería un sitio top para una cena romántica. Y el precio tampoco dejaría de ser top. Hamburguesa de tamaño balcánico, patatas y las ensaladas cuyo precio proporcionalmente al resto de platos en Croacia no cuestan nada. Momento para acordarnos de las ensaladas a siete, nueve o diez euros de Barcelona.

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